viernes, 6 de diciembre de 2013

Una mañana de café


Te dibujo. Con el teléfono en una mano, sin tratar de pensarte y sin estar consciente de hacerlo, trazo sobre una servilleta líneas que poco a poco comienzan a parecerse a ti. Tomo un trago de café. Del otro lado de la ventana frente a la que estoy sentada pasan, tomados de la mano, con sombreros y bufandas, dos desconocidos que de alguna manera reconozco. Hay algo de mí en ellos. También hay algo de ti.  
Sonrío y por un momento pierdo el hilo de la conversación. –Perdón ¿Qué dijiste?- pregunto y la voz del otro lado del teléfono, que no es la tuya, se ríe conmigo y de mi. Y se confunde creyendo que es otra de esa infinidad de distracciones de todos mis días. Sí, eres una distracción y sí, de todos los días. Y mi secreto de asoma de la servilleta blanca, por entre los círculos que comienzan a parecerse más y más a un par de ojos que me siguen sin que pueda evitarlo y por la media luna, dibujada como un niño lo haría, que se asemeja a tu sonrisa.
Afuera el viento revuelve a las hojas que se han caído y yo me complazco en observar el frío que parece no tocarme ahora, no tocarme jamás mientras me aferro al recuerdo de tu risa en ese mismo café por primera vez. No puedo evitar sonreír. Entre una conversación de la que apenas soy consciente y la pluma que se empeña en esbozar eso que yo me niego a decir, pierdo la noción del tiempo. No sé si he esperado dos minutos o una hora, cuando del otro lado de la banqueta, dentro de un abrigo un poco grande, te veo.
Me despido con prisa y palabras atropelladas y desde detrás de la ventana, agito una mano. Sonríes y te apresuras a cruzar la calle. La puerta del café se abre y un viento frío arrasa con la servilleta que cuidadosamente había doblado. La levanto y la meto en mi chamarra. Tu cabello está despeinado y caminas hacia mí mientras te quitas los guantes. Hay una punzada en mi estómago y calor en mis mejillas. Jamás he tenido un secreto más feliz.



jueves, 10 de octubre de 2013

The strangest of all mixtures




He’s the strangest of all mixtures. Rational, yet an artist; a buried alive artist.  Bright like ice templates when they start to melt. He’s cold and sarcastic like none I’ve ever met, yet his eyes make me warm inside when life is pouring down. He feels like morning sun after days of storm. He’s also the sun coming through my window on a December morning when I’m still in bed and its sheets cling to my body refusing to let it go. Would I be insane to call him my October rain? Constant and never faltering; a sure promise of the storm awaiting ahead.  “The one I should’ve never met” that’s what they all say if I dare pronounce as much as the word “Us”. I don’t know how or why, but he’s the beginning and the ending of my longest nights. When I’m with him even without him, I’m as strong as I’ve ever been and, at the same time, incredibly weak in the knees. I am a girl again. And it is of no use to pretend or try to make my mind keep to itself, for he realizes it and very dearly loves when I speak what it has to say even if it makes absolutely no sense. He strips me of the truth with the cursed magic of his sound eyes, and I am hopeless; I am his to take.
Deep down he knows the trouble that lies beneath the surface of whatever it is we are. There is no calm in my mind when he does as much as smile or frown, but it’s the closest I’ve been to feeling at ease since I can recall. Lately his lips have been warning me, telling me I shouldn’t stay. I know I shouldn’t stay… but how am I to leave when he gives me that half- crooked smile? He should be careful and know better than to let his eyes show he craves me as much as I crave him. Why pretend? We are done for.
He's the turning point in my life, and I don’t know what we are to become, but I do know it is easier to breathe knowing that no matter what and in spite of it all, we are.


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sábado, 7 de septiembre de 2013

Cuando insistes


Te odio. Odio cómo te encanta hacerme recordar el monstruo que eres disfrazado de cariño. Odio como eres cariño que disfrutaba disfrazarse de monstruo. Odio que me lo recuerdes porque yo no hago más que intentar olvidar.
No importa el tiempo que pase o las cosas que hagas, todo lo bueno se convierte en terrible y detestable enseguida me haces recordar eso que tanto quiero borrar de mi mente. No importa cuántas cosas hayan cambiado, porque cuando dices esas palabras lo único que hago es imaginar ese cuarto y tus ojos y como yo no podía dejar de temblar.
Veo tu mirada como fuego y las garras que se extendían interminables frente a mí, a ratos arañando mi cuerpo, otros tantos amenazando con hacerlo. Tus escamas duras e impenetrables a las que quise golpear, pero que por miedo a lastimarte no lo hice. Y me acuerdo de tu fuerza y de tus palabras y de cómo yo no podía hacer nada, nada más que esperar a que todo llegara a su fin.
Ahora imagino un camión a quien sabe qué lugar tan lejos de ti y de todo lo que me haga acordarme de lo que eres y de lo que soy. Ya no quiero pensar, ya no quiero verte… ya no quiero sentir lo que siento cuando me ves y tengo la certeza de que cualquiera de estos días vuelve a salir ese monstruo al que te tengo tanto miedo.
Ya no te quiero tener miedo. Estoy cansada de que insistas en que te tenga miedo. 


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miércoles, 28 de agosto de 2013

Otra noche, otro tú


Despierto de madrugada a la fiel idea de tu cuerpo atravesado sobre mi cama. Despierto a la idea de tenerte, sin tenerte. La noche aún se extiende y sobre mi buró las manecillas se congelaron a las 11:43 de la noche. Volteo al techo y ya puedo pronosticar los pensamientos que correrán salvajes por mi cabeza antes de que dormite unas dos o tres veces más con sobresaltos de que es tarde y ya debí estar de pie. Decido no pasar otra madrugada así. La ciudad murmulla ininteligible sus historias y yo escucho palabras aisladas que llegan a mis oídos sin sentido. Me siento en el borde de la ventana y enciendo un cigarro.

Estoy harta de ti, de tu voz, de tu risa, de tu manera de mirar, de lo que no dices… de lo que quiero escucharte decir. Dejo escapar el humo para librarme de ti, pero enseguida abandona mi cuerpo necesito inspirar el humo que es humo y eres tú para llenarme hasta que me asfixie, hasta que seas tanto que no pueda tenerte más. Un escalofrío me recorre y siento miedo. A la noche le falta mucho para terminar y el miedo no piensa detenerse. Un coche pasa por la calle iluminándola y por un instante creo que va a detenerse. No lo hace y todo queda de nuevo entre sombras.

Ya no sé qué hacer. No tengo ni idea de qué hacer.


lunes, 19 de agosto de 2013

"Después del día" o "Antes de la noche"


El sol se mete. La luna, en la distancia, amenaza con salir. Empieza a hacer frío y mi piel comienza a enfriarse. Cae la noche de la manera más impredecible, sin que me dé cuenta de que cae, sin que pueda decir en qué momento los rayos dorados desaparecen… cuando las sombras llegan y me envuelven. No puedo decir cómo pero he dejado de ser del día y soy de ese momento que no es noche, anterior a la noche… de un momento ambiguo que me deja partida sin poder explicarlo y, no obstante, me completa.
Estoy más presente de lo que en meses he estado y como si fuera la primera vez, casi toco la superficie de mi piel. Me paro de puntas y sin esfuerzo, sin que sobre mis dedos pese mi cuerpo, me asomo por detrás de mis pupilas. Quiero el azul y el morado y el negro que iluminan ese cuerpo que no soy, pero que cualquiera de estos días empiezo a ser.
El frío cobra ese olor tan peculiar que no se me ocurre describir de otra manera más que como frío y se me antoja eterno… igual y eternamente cambiante. Y así, sin la menor sospecha, soy. Soy de ese momento huidizo y al mismo tiempo congelado en el tiempo. De ése tan fugaz que suele pasar desapercibido.   
Entre estos pensamientos permanezco sentada en la azotea. Con mi piel fría y mis labios húmedos.  La noche casi llega y la luna, que todavía no es luna, detrás de tonos morados, azules y negros, comienza a susurrar.   

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lunes, 12 de agosto de 2013

Dear you



Dear you,

I’ve been thinking about writing since some time ago, but somehow always find a more urgent matter. An excuse, some might say.
I’m sorry I hadn’t answered your past letter… or the other six that you sent. I am doing fine. I really think so. I am doing fine. I had my fresh new start, exactly the way I had been wanting it since so long ago. Here no one seems to know who I am. It is refreshing to be able to joke and smile lightly without having people talking behind my back or wondering what is the next thing I’ll come up with. It is almost as if the last three years didn’t belong to me. Who knows, maybe it was a dream or a distant memory of a life I thought was mine but in the end wasn’t. I wake up every morning and go to school with people that say hello and make fun of me with me or we make fun of something else together. I laugh, I laugh hard. Sometimes I laugh so hard that I almost feel like crying, but I never really do. I wonder why that is. Mid morning my new friend and I go buy a coffee at the coffee machine in the fourth floor. We always joke about how our loved was doomed and how it would’ve never worked between us. Besides, he’s got a really nice girlfriend which he loves a lot. More than once, I’ve caught myself wondering how such love might feel. I tend to stop myself before going in too deep. I remember what you used to tell me: Do not overthink.
I’ve been doing some progress with my writing. Sometimes I just sit and write for hours without knowing where time went. Some others I go out with these new people, and we drive through places I didn’t know about with loud music and talk about life’s simple pleasures. If you were wondering, I’m still not sure of which mine is. To answer that I have to realize first to whom I am asking that question. That is another thing I don’t think I know, at least not now.
Mom and Dad are doing great, and I think it is been almost a year since we fought so bad that I had to pack my things. Dad doesn’t yell to me anymore, and I really love him, I do. I think I am happy. I am happy now.
Things are going good for me. I study and don’t complain much. I haven’t had the urge to run away in a while, which is a good thing. How have you been doing? Is the city still as bright as you expected? Do you still let Sasha cuddle in bed with you when it starts to get cold? I miss that little thing.
I am curious… that life you knew about, is there any trace of it in your side of the world? I know I must be out of my mind. I must be, because it can’t be normal to wish for that which I wanted to get rid of. Can you keep a secret? Sometimes I secretly think I’d like to go back. I feel like someone else with a fresh new start, with a huge future ahead… I just wish I could feel like that someone was me. It is so strange to feel as light as I do, and more strange it is to live like there is no past pulling me from behind. I must’ve cut the cord that connected today to yesterday, and I dare say it wasn’t the best choice I made.
Why else would I miss her? Why would I feel like I got hit by a bus and had my mind emptied? It is as if I had amnesia or something with occasional sparks of a life I’m not sure was mine. I crave to know what was of that life.
I wish I didn’t have to stop writing, because every letter I type brings me closer to remembering it. First the end, then the middle, and back to the beginning. But it is late, and I am expected to have dinner with everyone downstairs.
I have a whole bunch of things to tell you about, but that’ll have to wait. Before I put down my computer, I’d like you to know that while writing these couple of letters, I felt something. It was my life. It wasn’t a dream. It was all my life to the very core. Every night, every shadow and laughter and every huge disaster belonged to me. It was all mine, and I’d give anything to have it back.

I promise I’ll try to make time to answer all of your letters soon. Please bare with me.

Until next time.

-A.



domingo, 11 de agosto de 2013

Más nada


Espero. Nada. Me sirven otra copa de vino. No estoy segura de cual, ni siquiera sé si es bueno. No me importa saber si es bueno. Doy otro trago. Nada…
Ahora el coche avanza y yo subo el vidrio de la ventana del copiloto. La música suena fuerte, ahora más fuerte y a mi lado una voz que canta, no es la mía, no hoy. Comienza la lluvia y mis ojos se fijan en el parabrisas y en el ir y venir de las gotas. Juegan a intentar llegar a mí. Busco esperando que sea a ellas a quien espero, pero no son ellas y me desespero en mi asiento, ansiosa por llegar. ¿Por llegar a dónde? Ya conozco ese camino, conozco esos árboles y esas casas y las curvas que hay que hacer para llegar a dónde pretendemos llegar. Pero he estado ahí antes y no sé si la idea de regresar me hace sentir en calma o tedio insoportable de regresar a lo que conozco, a lo que me es familiar, a lo que me da seguridad.
La seguridad se viste de calidez esperando que quiera entrar y quedarme. Los recuerdos llegan de golpe, urgiéndome aceptar mi realidad o suplicando que abra la ventana y brinque del coche antes de que sea demasiado tarde. Mi cuerpo paralizado arde y duele, entumido no puede hacer nada, sólo espera. Algo me estira y recorre mis arterias y venas cada vez más rápido y sospecho que si no actúo deprisa, pronto mi cuerpo inmóvil y aparentemente relajado, va a estallar. El golpeteo del agua contra el parabrisas me pregunta insistente la respuesta, pero no la encuentro. A mi lado desfilan imágenes cuyos colores se disuelven intentando cobrar las formas de lo que espero, pero mis ojos no ven más que un remolino. Un remolino cuyos colores no me alegran, pero que sí consiguen darme nauseas. Quiero vomitar.
El carro se detiene. Casi llegamos. La puerta del carro se abre y sobre mi mano siento ese calor que me recorre, una vez más. Sin que yo lo ordene, una de mis piernas se desliza fuera, luego la otra y yo no sé si quiero reír o llorar.


jueves, 1 de agosto de 2013

Aunque sea hoy


No le cuentes tus secretos. No le cuentes de dónde vienes ni aquellas noches que sin que lo supieras grabaron en y sobre ti letras con las que escribiste tu historia. Calla esas anécdotas que mueres por contarle y mejor sonríe y asiente. Guarda en tu bolso los colores que descubriste en tu camino ahí y la canción que te regaló el pájaro desde fuera de tu ventana esta mañana mientras te arreglabas. Evita mencionar los lugares en los que has estado y las personas que de tan extraña manera te han fascinado. No le cuentes cómo las dibujas una y otra vez sobre cualquier superficie que te lo permite. Si puedes, evita hablar de los baños de madrugada y con las luces apagadas. Mantén tu boca cerrada y no menciones lo que descubriste las pasadas noches que ha llovido afuera de tu ventana. No intentes explicarle tu continuo pleito y reconciliación con la madrugada. Aléjate del fuego, no importa si es literal o metafórico, sólo olvida el tema. Sonríe y presta atención. Y a lo mejor sin que tú hables de ello, él te pregunta. Quizás sin que trates de contarle el lo sospecha o muy en el fondo ya lo sepa. Pero hazme caso, aunque sea hoy, no hables, no le cuentes lo que te digo. Probablemente mañana, pero no hoy.


Está lloviendo y yo estoy despierta.


No sé qué decir, no sé qué hacer. En esta inmensa ciudad, con sus luces y su tráfico, más allá de esos edificios y detrás de algunas rejas, ahí, en el cuarto de la cortina amarilla, estoy yo.
 Sentada sobre la cama intento asomarme a la ventana. Llueve. Llueve sin cesar como yo en el fondo desearía poder hacerlo. Pero no lo hago. Me siento y jalo mis rodillas hacia mi pecho mientras dejo que la imagen de las gotas resbalando por mi ventana, de ellas cayendo y haciendo círculos cada vez más grandes en los charcos, quede grabada en mi pupila. Y entonces me acuerdo de ti.
Eres el de los ojos cafés miel, el de los ojos verdes tornasoles, el de ojos oscuros. Ya no sé bien quién eres, pero sé muy bien que me dueles y que me escondí de ti lo mejor que pude. Entiende que no me quedaba a dónde ir.
 Ahora por fin despierto, despierto a ti, el de los ojos cafés oscuros y mirada retadora. Despierto y me da miedo abrir los ojos porque me sacudes y me desesperas. Me haces sentir tonta y con ganas de saber mucho del mundo, de ti, de tu mundo. Me asusta como mi mente me cuenta de ti en el rojo de los semáforos y luego como se entusiasma con el verde del mismo semáforo en el cual, de nuevo, te me apareces. Y entonces te pienso cuando acelero y acelero más, cada vez más y otra vez me asustas porque no quiero dejar de acelerar.


sábado, 27 de julio de 2013

Esperando




Llega la tarde con su tenue sol que intenta enmascararse tras la lluvia, a veces fina, otras no tanto. Llega hablándome de un pasado antes vivo como el carbón, pero que ahora es difuso como un sueño. Me cuenta secretos que todavía no entiendo, pero dice que son secretos y yo le creo. Así espero, entre el olor a tierra mojada y la tarde, que poco a poco deja de ser tarde y se pinta de un azul cada vez más oscuro.
Espero a que lleguen las preguntas, porque sin mis preguntas se me hace evidente que se escapa eso que aún estoy definiendo. Espero a que el puente entre hoy y ayer se dibuje porque hace más de un mes que la busco y no la encuentro. Espero a que las risas se desvanezcan y reluzca todo lo que yace debajo de ellas. Anhelo que desaparezca esta realidad que se parece más a un cuadro surrealista que a la vida misma… pero lo que con más ahínco deseo y por ello espero es que un día, sin previo aviso y sin que yo lo sospeche, de golpe, esta tela en la que queriendo y no me he envuelto, resbale sobre mi cuerpo y me deje desnuda. De nuevo.
Desnuda, con calor... con frío y sin ningún miramiento. 



jueves, 27 de junio de 2013

14th floor




Numb. I can’t feel a thing… I couldn’t feel a thing. Lights or shadows had the same damn meaning. Not that it really mattered, but I was broken inside and barely stitched. I got myself locked behind my ribcage. I don’t really know how it happened. It just did. What are you saying? Yes, I am ok. Of course I am. Stop asking questions! Can’t you see I’m smiling? Exactly the way you want me to do so. Will you stop driving me insane already? Please? My life was passing me by so fast, and I was scared I would never catch it, so I wrapped it inside a green colored bottle and threw it into the sea. Would it be any good to deny it? I started taunting life and playing with death. I’m sorry, I was just trying to have fun… God, what are you saying? I was just walking on the ledge! Because, I wanted to know how it felt like…
Something changed. I don’t have a fucking idea of how it happened. It just did. Oh! So now you want to know? I’ll tell you what happened: I saw him.  
Strong green eyes, broken deep inside. The kind of eyes that make you want to stay and at the same time, run away. Now we’re trapped in the 14th floor. I can’t reach out to him, and I know he won’t reach out to me. That’s what’s happening. We won’t reach out even if we’re trapped in the same fucking floor. We just won’t.  


viernes, 5 de abril de 2013

Insoportable




Soy insoportable. ¿Qué no sabes que soy insoportable? Por las noches me reúso a dormir. Me empeño en permanecer despierta y con la ventana abierta, por si en una de esas a quien espero se le ocurre regresar y cuando me meto a la cama lo hago con pies fríos, esperando que los quieras calentar. Sin razón despierto de madrugada y con ansías locas de besarte, pidiéndote, casi suplicándote, que me hagas el amor. Otras veces despierto en franco llanto, sin saber porqué, sin poder hablar, sin querer que me tomes en tus brazos y deseando que no tuvieras que verme así, pero lo haces y te das cuenta que sí, en efecto, soy insoportable.  Por la mañana el olor a pintura te despierta y no entiendes cómo no entiendo que estés enfadado. Si lo único que he hecho es pintar en la pared aquella frase que desde hace un par de noches me da vueltas en la cabeza. Lo hice mientras dormías, para sorprenderte, para que por la mañana lo pienses y tú que lo único que quieres es sacarte ese olor de la nariz. Mi inocencia se convierte en frialdad, cuando, tras vestirte, me encuentras en la sala, frente a la ventana que da a la ciudad con un café. Escribo, te despides y me reúso a mirarte. Hoy no tengo ganas de abrazarte. Enseguida sabes que será uno de esos días, un mal día. Y te preguntas si al regresar a la casa aún estaré ahí. Por tu mente pasa llevarte las maletas por si se me ocurre empacar, como aquella vez, que me encontraste sentada en la banqueta esperando a mi taxi que en cualquier momento iba a llegar. Te enojas y decides mandarme a la chingada. Si me quiero ir… ¡que me vaya! Cuando llegas te he preparado la comida y como chiquilla de quince años, te doy un beso en los labios cuando entras por la puerta y juego a que acabo de conocerte, a que estás en mi café y yo te atiendo… a que me invitas al cine. Tengo bastantes ganas de ir al cine. Día siguiente decido iniciar un nuevo proyecto y el que había empezado se queda embarcado a la mitad y aquel contacto que me conseguiste, ya no quiero, porque no lo siento, porque ese proyecto ya no me habla. Y me visto como hace mucho no hago, con tacones y blusas elegantes que hace meses permanecen dobladas en el ropero. Te beso adiós y me ves salir por la puerta. Por días me voy temprano y llego tarde y comienzas a sentir mi ausencia y a desear que ese proyecto mío no me alejara de ti. Me ves feliz y sabes que si sonrío, esta vez no es por ti. Hablo de lo bien que me siento, de mis sueños y de lo bien que me está yendo. Quieres sonreír y decirme que te alegra verme así, pero celas a mi proyecto, que se roba toda mi energía y por las noches me deja sólo con ganas de ir temprano a dormir. Pasan un par de semanas y te sorprende que al despertar yo no me haya marchado. Duermo sin dormir, o bueno, cierro los ojos y finjo que duermo para que no me hables. Alrato me encuentras en la tina, pensativa, te metes conmigo y sin sacarme palabra alguna me haces tuya. Ahora me tienes entre burbujas y te sorprendo cuando finalmente hablo. Mi voz es firme y seria. Oyes resolución. Quiero viajar. Necesito viajar. Es más una necesidad que otro de mis berrinches. Sabes que con o sin ti voy a hacerlo, así que decides planear para poder ir conmigo. ¿Qué tal que mi viaje se prolonga y no encuentro mi camino de regreso? ¿Qué tal que me pierdo? Te digo que ahora eres diferente y que no sé si quiero llevarte conmigo. Te enojas y me regañas. Lloro. Lloro y te abrazo. Te pido perdón. Ya no sabes que hacer conmigo. Te desesperas y mientras yo duermo colgada a tu cuello, piensas en mil y un maneras de dejarme, de huir lejos de mí y no volverme a ver, de no pensar en mí, de olvidarme… cuando sin que lo imagines, entre sueños, susurro esas palabras que hace meses esperas oír de mi boca. Lo digo dormida y sin darme cuenta. Y si me preguntas al día siguiente, voy a fingir no escuchar y si insistes lo voy a negar, pero si tratas de marcharte, voy a llorar hasta que decidas regresar. Hoy fue tu cumpleaños y no quieres hablarme. No sabes qué hacer conmigo. Te pinté un cuadro, te pinté un cuadro sobre mi cuerpo. Esperaba que entendieras que te estaba regalando mi arte y a mí. Toda yo. Eso que tengo hasta adentro que nadie ve, sólo para ti. Quería que todos supieran que era sólo tu regalo. Yo no entiendo porqué estás tan enojado, pero tú no entiendes porqué tuve que darte tu regalo a la mitad de la reunión con tus amigos. Tus amigos y amigas se quedaron con la boca abierta. Yo pienso que les gustó mi regalo. En cambio, tú corriste por el mantel y me envolviste en él. Creo que es porque no te gustó. A lo mejor la pintura no era exactamente la que esperabas. Ese par de cisnes… sabía que parecían enojados. Ahora no me hablas y yo lloro. No sabes que mi regalo era mi manera de decirte esas palabras que quieres oír de mi boca y que por quien sabe qué cosas no puedo pronunciar. Ahora tú dices que soy imposible. Que no sabes que pensar, que lo hago para molestarte, para hacerte la vida imposible. Yo sé que lo que quieres decir es que soy insoportable. Te escuché decirle a tu amigo el otro día por teléfono. Creías que me bañaba, pero lo que hacía era escribir. Prendí la regadera para sentir que estaba en las cataratas. Lo sé, escuché todo. Ya no sabes que hacer conmigo y a veces hasta tienes ganas de dejarme. Escribía de aquel viaje, ese que prometimos hacer el verano pasado y no hicimos. Lo imaginaba, lo vivía en mi mente. Ahora no estás en casa porque me alteré y empecé a romper cosas. Dijiste que estaba loca y que irías a tomar con tus amigos, haber si tomado era más fácil lidiarme. Son las dos de la mañana y aún no regresas. Y mi maleta me pide a gritos que la saque y llene de cosas, de esas que necesito para correr lo más lejos que pueda, pero la cama vacía me pide que me quede y te espere. Dan las cinco y yo te espero en la sala, café en mano y pluma, por si se me ocurre algo. Parece que usé la pluma para pintar sobre mi cara, pero no fue así. Es mi delineador que se ha corrido y ahora forma una especie de riachuelo. De pronto la puerta se abre y en ella se para tu silueta. La puerta permanece abierta y esa silueta que se parece a ti, pero que no estoy del todo segura que seas tú, permanece debajo del marco de la puerta. No necesitas decirlo. Insoportable. No es la primera vez que me lo dicen. Suspiras. Yo estoy en el sofá con mis rodillas abrazadas a mi pecho. Y así, una vez más, como por inercia, queriendo irte y muriendo por quedarte, caminas para sentarte junto a mí.



jueves, 4 de abril de 2013

Escurriéndose entre senderos





Caer… o no caer, piensa mientras se encamina al sendero que tan amablemente se forma delante de su puerta. Y el sol que amenaza, a veces con salir, otras tantas con volverse a meter, le da la bienvenida. Como quien espera a un viejo amigo, la saluda. Y las ramas de los árboles, unas sin vida, otras con apenas unas cuantas hojas, hacen un intento por rozar su piel… antes vieja conocida. Cada paso es un torbellino de recuerdos que se enfilan para hacerla regresar a ese olvidado lugar. Entre una mezcla de rayos de sol, aire fresco y el crujido de las ramas, vuelve a sentirse en Hogar.
Algo al inicio del camino la jala de regreso y sin poder evitarlo, su cuello fuerza a su cabeza a voltear. El campo donde se encuentra su casa esta bañado en un dorado casi como oro, pero el viento impregnado en humedad la invita a continuar. No, no es un lugar desconocido. Ya ha andado por esos senderos. Antes, cuando ya no era nube, pero cuando tampoco era sol. Y la sombra que pensó conocer hasta lo más profundo comienza a trepar por sus pies, empezando en la punta de sus dedos, más arriba cada vez, hasta forrar sus pulmones y hacerlos espirar casi todo el aire… no todo. No todo porque aún lo necesita para continuar. Y la vegetación se vuelve más densa y las ramas cafés ahora son más negras y se cierran sobre su cabeza, cada vez dejando a menos rayos tocar el blanco de su piel.
La sombra no se detiene en sus pulmones. Encuentra su camino entre todos sus tejidos, venas, arterias, risas y sueños, hasta que llega a su garganta y ahí, como esperando, se enrosca.  Un veneno del que pensó haberse librado empieza a envenenar sus pensamientos y siente que muere por librarse de ellos, pero arde en deseos por dejarlos crecer, por ver  hasta que rincón pueden llegar a escapar. Poco a poco la consumen, de esa manera en la que te consume el amor malogrado y los sueños que arden como carbón que no prende, pero que no deja de intentar. Y sabe que lamentará no regresar a aquel campo bañado en oro, sin misterios, sin secretos que descifrar, sin sueños imposibles por los cuales morir al tratar, pero no puede parar.
Ya le arden los ojos que se secan con el aire frío que viene de algún lugar más allá de donde se ha atrevido a llegar. Y quiere estirarse para ver si sus dedos aún alcanzan los últimos rayos de la tarde, pero sabe que no dejará de imaginar que será aquello de lo que hablan los poetas y locos. Esa oscuridad sin luna ni estrellas, que algo calma sólo para volver a revolver.
Poco a poco, un paso, ahora otro. Y la sonrisa que antes era una mueca de incertidumbre comienza a aparecer en la comisura de sus labios. Y eso desconocido comienza a bailar en el negro de sus pupilas, materializando ese quien sabe qué, que tanto ha extrañado. Puede sentirlo, está cerca, cada vez más cerca…casi la está tocando.


miércoles, 6 de marzo de 2013

No te me vayas


Luz mía ¿dónde te has metido? Dónde… que no veo esos hoyitos en tu carita cuando ríes, o las miraditas que sacan el rojo de mi piel. Sol mío, no te me vayas que me quedo a oscuras y ciega a medias. A medias porque ya no te veo y sin embargo, sin ti veo la realidad completa. Ciega a medias estoy, sin ser capaz de ver del todo, sin ser capaz de no ver, sin ser capaz de soñar, así como viejo que muere antes de morir, si te vas estoy. Como río de verano llegas y te llevas todo aquello que no fue bueno. Te llevas todo lo malo, lo seco y lo áspero. Así, como a rayos, traes suspiros que florecen en las cuencas de mi vida. Quédate un poco más y toma mi mano; desliza tus dedos entre mi mano delgadita y un poco huidiza.  Vamos a pasear a aquellos escondites de los que sólo sabemos nosotros dos. Espera a que a no te vea y despeina mi cabello eternamente despeinado. ¡Ay cómo me siento débil y como niña chiquita! Mi Luz eterna, no te vayas a otros campos que todavía no es hora, todavía no llega la brisa de la noche que ya me cala sin conocerla. Mejor ven y sácame otra sonrisa, ríete conmigo un rato y hazme entender como le haces tú para que te quiera sin razón y sin prisa, perdiéndome a ratos. Y si aceptas quizás te proponga un trato, así mientras me acomodo en tus brazos, en una de esas, sin que sepas ni como, ni cuando, te regreso esos colores que no sabes que me has mostrado.      



Dedicado a mi primer amor, tan puro e inocente y a mi último amor, que será el que me recuerde cómo se siente. 

sábado, 2 de marzo de 2013

Sol frío




Mis ojos… los abro. Un poco entrecerrándolos, un poco queriendo volver a soñar. Pero me obligo y dejo entrar al sol mortecino entre mis pestañas. El frío cala mi piel y recuerdo que he olvidado traer un abrigo. Nunca previniendo, nunca pensando que al despertar haría frío y que mi piel se enchinaría a mi pesar. Mis manos ciegas me obligan a levantarme y ese dorado helado que veo distante por las persianas me invita a seguirlo. Salgo a la calle. Salgo con el cabello sin peinar y mi cuerpo sin lavar, pero es la urgencia de ir y buscar. Necesito encontrar. Camino sabiendo que necesito avanzar y sin la menor idea de dónde iré a parar. Pasan a un lado y otro, mujeres sumidas en abrigos que tapan hasta sus talones con niños que jalan con prisa y detrás. Y hombres, hombres viejos que han perdido la luz en sus ojos y sólo piensan en el trabajo que pierden y quieren conservar. Pasan, unos volteando, otro queriendo mirar, pero sin detenerse a observar. Yo sólo puedo pensar en avanzar y me abro camino, no pensando en el frío que vendrá o en el cuarto de paredes blancas y estantes vacíos que estoy dejando detrás. El chico de los periódicos y la bicicleta pasa y por poco me arrolla. Estoy a punto de caer pero no lo hago. Unas manos pálidas y arrugadas me detienen. Volteo sólo para  ver al viejo de la boina alejarse murmurando y sobre mis labios bailan las letras del “gracias” que no va a escuchar. Tengo ganas de regresar al calor de las sábanas que acarician mi piel y me piden no volverme a marchar. Una puerta delante de mí se abre dejando escapar el calor de hogar que pensé estar buscando o quizás dejando sin pensar y lo acompañan olor a canela y café…mocka o negro. Sea el que sea me quiero quedar. Manos sobre el vidrio, mezcla de inocencia y ganas de escapar, mis ojos se detienen a mirar. El extraño de ojos chocolate y libro en mano me hace señas para que me vaya a sentar.  Y su boca dice palabras que por más que intento no logro escuchar y que quien sabe como calman parte de esa desconocida ansiedad. Y me veo sentada con una tasa entre mis manos y su abrigo sobre mis hombros, riendo de quien sabe que cosas de las que habla sin parar. Pone su mano sobre mi rodilla desnuda y veo el centelleo en su mirar que intenta desesperadamente sostenerme y no dejarme marchar. Mis manos caen a mis lados dejando a su paso su marca sobre el vidrio y el ensueño que inició queda colgando de los ojos de aquél extraño mientras me alejo y lo dejo, de nuevo, solo y con las letras que no le darán un beso antes de irse a acostar.  No me puedo quedar. Delante de esas pieles y ceños fruncidos hay algo más y busco como perro olfateando ese quien sabe qué que se a ratos se asoma de las manos del que me pide unas monedas y de la señora de las flores que suspira mientras las arregla sin saber si sus flores algo, algún día, irán a cambiar. Más allá del gris de esta ciudad, de sus prisas y las miradas de los que te ven sin idea de si te vieron o te imaginaron pasar, demasiado ocupados para pensar, demasiado entretenidos en los días que no volverán, el sol mortecino me invita a continuar, a no detenerme aunque tenga frío, aunque mis pies duelan y este cansada de no encontrar. Así, incitada por el sol frío que encandila mi mirar, le busco sin parar.     

domingo, 24 de febrero de 2013

Casi en las nubes


Por un instante llevo mis manos a mi cabeza y aprieto los ojos fuerte. ¿Qué hago? ¡Dios mío! ¿Qué hago? Siento como mis piernas, a pesar de mi impulso de correr, me fallan y por un segundo juro que van a tocar el suelo. Casi siento el golpe seco y frío, hiriente de mi peso aplastando la piel que cubre mis rodillas, espero, pero no pasa. No sé como no pasa. Las respiraciones entrecortadas hacen que mi pecho se mueva violentamente hacia arriba y hacia abajo y casi no deja que de mi boca salga ningún ruido. Siento que estoy por volverme loca y quisiera hacer que esto se detuviera. Trato, trato con todo lo que tengo dentro, pero lo que tengo dentro me está quemando y me está deshaciendo. ¡Porfavor! ¡Haz que se detenga!¡Haz que pare! El eco de la casa entra por mis oídos como queriendo reventar mis tímpanos y de no ser por ese sonido sordo que me envuelve y me acaricia, juraría que me he quedado sorda. La fiesta terminó y no sé a qué hora terminó. No puedo entrar a mi cuarto porque alguien lo ha cerrado y de él salen voces que al final no son voces, sino suspiros y gemidos de las dos o tres personas que se adueñaron de él. El Black Label roto se mete debajo de mis pies y me hace tropezar. Ahora mi mano arde, arde y un líquido caliente escurre por mi brazo hasta alcanzar mi codo. Busco el teléfono. ¿Dónde está el teléfono? Un cuarto, el cuarto, no quiero regresar al cuarto. Y pensar en las sábanas sucias y deshechas, empapadas de mi miedo y de mi debilidad para luchar, me hace querer vomitar. Dejo caer mi espalda contra la pared y siento como caigo en un río de imágenes más borrosas cada vez. Con la boca abierta lloro porque ya no puedo respirar. Ya no reconozco las caras. Mi cabello sucio se pega a mis sucios labios haciéndome  recordar sus sucios besos. Y me muerden hasta calarme los huesos. Y siento miedo, mucho miedo, volteo como presintiendo que viene, porque siempre viene, eventualmente viene. Y sin saber como pegándome a la pared, bajo las escaleras dejando una línea roja sobre la pared que me sostiene. ¡Ay cómo duele! A mi derecha ellas dos ríen, mitad esperando que me derrumbe, mitad que vaya y me les una. Como puedo abro la puerta y salgo al frío que me pega en la cara y me recuerda que sigo viva, que todavía respiro, que no he muerto, que apenas empiezo a morir.

domingo, 3 de febrero de 2013

Oh sweet sweet misery!


Sweet misery it is. To think about the touch of your hands and your bright dazzling eyes fixed upon mine. Torture.  As the burning water aching against my skin, is your gentle “no idea” touch. Please, do touch again! Dizzy. Is how I feel when I hear you laugh. Again. To run away and hide from this wanting, that I wish I could. Inside out, I am consumed. To never know what to expect, I expect. Baring no antidote, I drink from you. Inevitable danger, I am engaged more than I wish it to be true. 


jueves, 31 de enero de 2013

Hambre


Recuerdo un cuarto algo alargado que esta junto a las escaleras. Estoy en el cuarto y acabamos de comer. El olor a jengibre y cordero aún permanecen en el aire. Por algún motivo me he adelantado y permanezco a medio cuarto… sola. Las paredes son altas y blancas y el suelo está revestido de una alfombra gris. Toda la estancia es un juego de tonalidades grises, negras y blancas. A mi espalda hay una pared que no es pared, sino cristal y pegado a él hay un sofá. El sofá se me antoja para estirarme después de haber comido aquella comida tan rara y tan deliciosa… si tan sólo pudiera recargar mi cabeza en esos cojines ajedrezados sería… en frente del sofá hay una pantalla. Una pantalla plana enorme. No sé que tiene este cuarto que a pesar de su falta de viveza se me antoja. Es como si nadie hubiera estado aquí en mucho tiempo o como las salas que ponen en las tiendas departamentales, perfectas y sin rastro alguno de personas. No hay pantuflas, no hay un vaso de agua a la mitad, no hay algunas notas sobre la mesa o un libro a medio leer descansando  al lado de la lámpara. Hace frío y busco una cobija, pero no hay cobijas. A un lado del televisor hay una serie de películas acomodadas alfabéticamente y por género. Me pregunto si alguien las habrá visto recientemente. Sea como sea, no reconozco ninguno de los nombres y me aburro pronto. Más allá de esta habitación hay otra y la puerta se encuentra entre abierta, veo cruzar a una mujer que usa una bata de seda negra abierta por el frente. Su cabello rubio no me deja ver su cara. Puedo escuchar entre murmullos que habla con un hombre, el parece molesto. Pongo atención para ver si entiendo lo que están hablando…un ruido interrumpe mi concentración, es una risa. Más allá de la habitación blanca y negra, junto a las escaleras, hay una puerta café. La abro con cuidado y veo a la mujer de extravagante cabello rubio de pie junto a una de tres cunas. Aunque me da la espalda, desde donde estoy puedo ver que en sus brazos arrulla a un bebé…su bebé. En las otras dos cunas dos bebés más hacen ruidos extraños, que parecen mezcla de risas y balbuceos, intentando llamar su atención. La ropa elegante, pantalón negro, blusa blanca y negra y tacones negros, desentonan con el beige de la alfombra y el café madera de las cunas. Los dos niños y la niña visten con los mismos tonos blancos y amarillos y cada uno de ellos tiene un oso de peluche igual al del otro. El cuarto huele a talco y a leche y sigo intentando descifrar porque la imagen de la mujer con el niño entre los brazos pareciera no pertenecer a aquí. Los brazos torpes de aquella mujer siguen arrullando al primero de los tres niños y de entre su voz melodiosa que murmura alguna canción de cuna que yo no conozco, se escucha el sonido de cristal estrellándose sobre el piso. Hay un golpe de algo que no sé que es, pero que se que es grande y la mamá sigue cantando entre murmullos. Me asomo a la puerta y no logro ver nada. Busco el origen del sonido y con cautela me acerco a las escaleras. Más allá de las escaleras, en el primer piso, mezcla de voces altas y risas continúan sin la más mínima alteración. Bajo uno a uno los escalones. Sobre la mesa hay todo tipo de platillos, falafel, trozos ahumados de ternero, tabule, otra carne que no sé que es, pero que se me antoja y más allá, en el extremo cerca de la puerta giratoria, una charola de dulces de pasta de los cuales sólo reconozco a los dedos de novia. Dos mujeres que visten con uniformes arreglan la mesa. El olor que sale de la cocina hace que mis intestinos se tuerzan. ¡Tengo tanta hambre! Por un instante pienso en correr hacia la mesa y llenar mis manos de lo que sea que haya sobre los platos. Veo sobre mi hombro y estoy a punto de iniciar la carrera, es ahora o nunca… entonces un hombre con camisa blanca y pantalones grises entra a la casa. Lo hace rápido y entra a lo que parece un baño. Es hasta ese entonces que me doy cuenta de los otros tres hombres que se sientan en la mesa cerca del jardín. Los tres fuman shisha y mientras me acerco puedo percibir un olor a naranja. Me recuerdan a la oruga de Alicia en el País de las Maravillas, pero sin tantos colores y con cejas que antes de tranquilizarme, me invitan a alejarme. Uno de ellos debió verme venir porque inmediatamente hace una seña para que cierren la puerta. Intento asomarme entre la rendija que forma la madera con el marco pero no alcanzo a ver nada. Mis oídos tampoco escuchan lo que debieran. Mi estomago se siente lleno y tengo en realidad mucho sueño. Las sillas alrededor de la mesa están desordenadas y el sabor dulce de los dedos de novia aún permanece en mi boca. Una mujer de cabello rubio y sonrisa amplia me invita a regresar uno de estos días y muevo mi mano de un lado a otro en su dirección mientras estoy por subirme al auto. La habitación de los niños tiene una luz tenue y un poco amarilla y ahora no quiero alejarme de ella porque la mujer se ha ido y dos de los tres bebés hacen ruidos que no entiendo. Entre mis brazos acuno a uno de ellos, el primero. El sonido de cristal estrellándose contra el suelo hace que el bebé salte en mis brazos pero no dejo de cantar. Después un golpe. No sé que causa el golpe. De pronto escucho a los hombres decir algo en un idioma que no conozco y por la rendija por la que me asomo puedo ver una sombra corpulenta acercándose a la puerta. Corro a esconderme debajo de las escaleras justo cuando el hombre sale acompañado del de barba cerrada y de olor a naranja. En la oscuridad de debajo de la escalera, recuerdo la sonrisa amplia de la mujer de tacones negros. Sobre mi oigo unos pasos y aunque sé que debería hacerme chiquita, no lo hago y teniendo cuidado asomo la cabeza. La puerta de la entrada se abre y de las escaleras bajan los que salieron oliendo a naranja cargando una sábana blanca que parece muy pesada. La casa de tonos negros, cafés y verdes de pronto se anima con aquella mancha roja y justo antes de que cierren la puerta, de entre el blanco de la sábana veo aquellos cabellos rubios que tengo memorizados. La casa huele a una mezcla de naranja y cordero y de quien sabe que tantas cosas raras que aún se me antojan. Trato de abrir la puerta, pero a mi derecha hay una mesa llena de comida que no conozco pero que huele bien y ¡tengo tanta hambre! Me encamino hacia la mesa y al pasar por las escaleras escucho, no bien, apenas como un murmullo, una canción de cuna y uno que otro balbuceo, o risa, o llanto. 

lunes, 28 de enero de 2013

Mi muñeca de porcelana



Y la rompí en cachitos, de esos tan pequeños que imaginas nunca vas a poder pegar. ¡Cuánto dolió romperla en tantos pedacitos! Ahora que la veo ahí, sobre la repisa, en fragmentos, rota y aún hermosa, pienso que quizás hubiera sido mejor dejarla como estaba, dejarla ser parte de ese mundo irreal. Respiro profundo antes de soltarme a llorar. Quisiera poder pegarla, quisiera que esas cortadas, que yo no infligí pero que hice se notaran, no existieran. Quisiera volver a verla sonriente y entera sobre la repisa viéndome con esos ojotes cafés de cristal que dicen tantas cosas sin en realidad decir nada. ¡Mi muñeca de porcelana tiene el cabello más hermoso! Jamás sabrás todos los secretos que guarda mientras sonríe, porque su sonrisa hace parecer simple arena a las perlas más hermosas del mar. Y cuando ríe, porque a veces si lo hace… o lo hacía, el sonido de su risa recuerda a un día de verano, cuando acaba de terminar la escuela y las tardes se extienden interminables como un sueño. ¡Qué cosa tan más linda es mi pequeña muñeca de porcelana! Tiene las manos más delicadas y con ellas da caricias que sanan las heridas más profundas o hace callar a las palabras más hirientes. Sus manitas son blancas y pequeñas y son el principio de un par de brazos delgados y bien formados. Sus  brazos son engañosos porque, a pesar de lo que aparentan, dan los abrazos más fuertes que he probado. Tanto que a veces parecería que podrían sostenerte por siempre. Mi muñeca de porcelana tiene las facciones más finas y cuando se necesita, mantiene una compostura que yo no podría conseguir ni siquiera si quisiera. A veces juraría que no es de este mundo porque tiene un corazón que late a un ritmo que aún desconozco, más acelerado que cualquier otro y más firme que la más firme de las montañas. Es como un caballo desbocado. Tiene esa belleza simple y sin esfuerzo que enamora y una complejidad que nadie que no haya sido caballo lograría entender. Si mi muñeca de porcelana fuera caballo, habría sido la única yegua blanca y si hubiera corrido, hubieras jurado que volaba. No es de este mundo, te digo. Es la más frágil que haya sostenido y la más fuerte, pero hoy, por mi culpa, está rota. La línea de sus labios permanece recta y aunque yo quisiera sacarle alguna mueca, no lograría nada porque no soy como ella. A veces pienso que mi muñeca de porcelana vive en una casa de espejos. Quise enseñarle mi mundo, no sabiendo que mi mundo le haría daño. Ahora la veo con ojos más vidriosos de lo normal, sus mejillas permanecen rosadas y a través de sus delicados párpados aún puedo ver una que otra pequeña vena morada, pero sus labios, sus labios ya no me dicen que habrá un mañana y eso, eso es lo que más extraño de mi hermosa muñeca de porcelana. 

domingo, 27 de enero de 2013

Yesterday


Yesterday belonged to you. Today, I would say -No.- Beneath the bridge and across the trees, lies the place I used to call home. I was so scared to dare to leave! Had I known the world outside, across the trees and over the bridge, I would’ve never stayed under those dirty sheets. This is the place I used to know, this is the place I used to run to in search of hope. Now, standing over these old rocks, shelter of storm and loss, I can feel the cold chilling breeze against my chicken skin. I can feel the freezing air and the warmth of the rising sun. And the longer I look, the further I can see. There’s always been so much of the world I would miss! Well, not today, not while there’s so much waiting for these curious eyes to meet.



jueves, 24 de enero de 2013

"Driftwood"


Nunca más. Fueron las palabras que susurró al espejo empañado mientras se secaba la cara, mezcla de agua dulce y salada. Su mejilla, aún ligeramente rosada, ardía con cada pasada de la toalla. El vapor del baño se colgaba de su cabello y lo torcía. Lo torcía de la misma manera en la que lo había hecho aquella noche llena de lluvia y falta de luna. Las ventanas del carro estaban empañadas y a su izquierda y derecha se alzaba un remolino de agua. No había estrellas, tampoco había luna. El motor del carro no prendía y empezaba a darle miedo. No el miedo que te da cuando te quedas sola en casa con las luces apagadas, no, un miedo de verdad. Ese que se te sube a la garganta y te aprieta el pecho. De ese que sabes que apenas comience no habrá manera de detener. Intentó una vez más, pero el carro no arrancaba y se imagino como estaría sumergida en un charco mezcla de agua y lodo. Sin señal, sin nadie a quién llamar, sin un mapa que le dijera a dónde ir o a quién acudir. Nada. Imaginó que debió poner más atención a las tardes en el taller, a las clases de geografía, a los viajes de verano o su amiga que tanto había insistido en hablar. El agua caía ahora más fuerte y no parecía tener intención de parar. Su estómago comenzó a hacer ruidos, como queriendo conversar, pero no tenía de que conversar. No quería recordar todas esas veces que debió llamar y decidió que sería mejor hacerlo luego o las veces que pudo arrepentirse y correr en la dirección equivocada para equivocarse más, para no tomarse tan enserio, para ahora saber qué hacer y no ser un pedazo de madera a la deriva. “Driftwood” eso era. Pensó en casa y el fuego que seguramente ahorita estaría ardiendo, en las personas que perdidas lo estarían viendo. Intentó recordar “hogar” y no pudo hacer más que voltear al asiento del copiloto, vacío, y al asiento trasero lleno de cosas viejas y cajas repletas. Ése era “hogar” pero no se sentía como tal. ¿De verdad sería ése hogar? ¿Y si no le gustaba? ¿Y si le daba miedo y ganas de abrir la puerta y correr? ¿Pero correr a dónde? Más allá del agua y la oscuridad había árboles, de esos con los que antes fantaseaba poder escalar. ¿Y qué si se caía? De la mochila saco un paquete de galletas. Comió una, luego otra y antes de seguir decidió guardarlas, por si mañana tardaba en llegar, por lo que mañana pudiera aguardar. Cerró los ojos y calló en una especie de estupor. Con imágenes de aves y caras familiares que bailaban bajo la lluvia y frente al fuego. Desfile de animales que brincaban encima del parabrisas y a los lados. De osos que intentaban abrir la puerta y ojos brillantes que desde la orilla de la oscuridad no dejaban de observar. Soñó con amaneceres sin agua y en tonos rosados y con otros llenos de neblina y cuando de verdad quiso despertar, no sabía cómo hacer para detener el desfile o remolino de imágenes que se amontonaban frente a sus ojos o en el fondo de su imaginación. A ratos casi sonreía y otras veces, su boca se curvaba hacia abajo y cual niña pequeña hacía pucheros amenazando con soltarse a llorar. No supe cuanto duró su delirio. No creo que nadie lo haya sabido. Del fondo de dónde sea que haya estado, regresó cuando la luz iluminó el tablero de su carro. Dos luces la cegaban y hacían que entrecerrara los ojos. Su cabello estaba torcido y sabía que debería tener miedo. Sabía que tenía que correr porque a esa hora y entre esos sueños, no podía ser ayuda la que venía. Trató de urgirles a sus piernas que se movieran y a su brazo que se estirara para abrir la puerta, para que se abalanzaran a la oscuridad de entre los árboles pero en lugar de eso, lo que hizo fue bajar el vidrio y sabiendo que debía tener miedo a la sombra que frente a ella se alzaba, cerca, cada vez más cerca, sintió alivio. Ahora estaba rodeada de vapor y su cabello también estaba torcido. Ahora imágenes desfilaban frente a ella, una a una, no en estupor, sino como un sueño, como un mal sueño que debió prever. La manija de la puerta giró y llegó a un alto. Ella envuelta en la toalla ni siquiera miró. Tomó la crema de noche, la abrió y con su dedo anular tomó un poco. Del otro lado una voz serena pidió que abriera la puerta. Se llevó su dedo a la cara, ahí donde ardía. Sus labios no se movieron. La manija volvió a girar, esta vez más fuerte. Se sacudió. Del otro lado de la puerta, una profunda exhalación. Tomó más crema y la puso sobre su otra mejilla. La imagen en el espejo se difuminó un poco. A su espalda algo golpeó la madera de la puerta y mientras trataba de no llorar, pensó “Hogar”. La puerta se sacudía y la manija amenazaba con dejarse abrir en cualquier momento. Sus manos temblaban, pero ya casi terminaba con la crema, sólo un poco más. Del otro lado de la puerta algo se rompió y ella, aún envuelta en la toalla, llena de miedo, empezaba a llorar. No de ese miedo que sientes cuando te quedas sola en casa por las noches con la luz apagada, no, de ese miedo que te sube por la garganta y te apachurra el pecho, de ese que sabes que una vez empiece, hagas lo que hagas, no vas a poder parar.


miércoles, 9 de enero de 2013

Cuando era chiquilla


La noche llena de estrellas me recuerda a sus besos y al sabor dulce de su boca. A mi carita redonda con esa sonrisa imborrable y llena de ilusión pensando que si de verdad me quedaba muy quietecita y con los ojos abiertos, quizás, sólo quizás, podría atrapar una de esas bolas de fuego que aún no caían. El frío me hizo pensar en noches corriendo muy despacito a abrir la puerta para que no fuera a rechinar. Para poder salir por un beso, para poder salir y escuchar mi canción. Me recordó a mis manitas frías entre sus manos apenas por poquito más grandes, a esa cartita y a las mil y un veces que debí leerla. Y entonces sonó el teléfono y por poco me tropiezo pensando que yo tenía quince y él dieciséis y que justo ahora llamaba para ver si estaba bien, si nuestro pleito no había sido el fin de nuestra pequeña historia, de nuestra pequeña, gran historia. Y yo me quedaba muy calladita escuchando todo lo que tenía que decir y su voz más ronca y al mismo tiempo más suave de lo normal sólo para al final decir “te quiero” y escuchar un suspiro que venía del otro lado del teléfono. El teléfono no era para mí, supe cuando mi hermana se adelantó, pero en mi cabeza la historia ya estaba rodando y me acordé de cuando me dijo lo bonita que me veía y de lo roja que me puse. Y cómo luego me confesó que soñó conmigo y que no me podía contar y de la pena y emoción que sentí conforme se me calentaba algún lugar en mi pecho. Debí estar a punto de decirle que no me contara, porque no hizo más que mirarme y reír y más roja me puse. Y me acuerdo de la primera vez que tomó mi mano y cómo sentí escalofríos recorrer todo mi cuerpo y de las noches en las que yo esperaba hasta las once porque sabía que antes de dormir lo último que hacía era recostarse y mandarme mensajes para, como él decía, dormirse pensando en mí y así asegurarse que a mí no se me olvidara pensar en él.  Todavía me acuerdo de la primera vez que se enojó y se enojó feo, porque yo me iba y no lo llevaba conmigo, porque no me escapaba esa misma noche con él. Supongo que ahí fue dónde debí verlo venir. Ay y cómo olvidar las rosas los domingos y sus manitas traviesas que no dejaban de intentar llegar a dónde no debían llegar. Todavía me acuerdo de cuando me dijo que quería jugar a tener hijos y de cómo esa noche me quitó el sueño diciéndome esas dos palabras que no debes decir nada más así. Si hubieras visto como me miraba y no puedo imaginar haberlo visto de una manera distinta porque nunca me había sentido así y de pronto mi pueblito era mi pequeño paraíso dónde lo único que necesitaba para sonreír era su pesado brazo sobre mis hombros…ah y un helado, un helado de café. Tendrías que haber visto como lloré el día que lo golpearon para saber lo mucho que lo quería. De pronto la chiquita miedosa se moría de ganas por ir a buscar a esos que le habían echado montón y no habían esperado a que llegaran sus amigos. Yo estaba muy orgullosa, muy orgullosa de que hubiera defendido a ese hombre enfermo como lo hizo. Por eso lo quería, porque era muy valiente y bueno y no dejaba que nadie tratara mal a nadie enfrente de él. Porque me hacía sentir segura y por la manera en que hacía que me pusiera roja. Nadie ha logrado que me ponga roja desde ese entonces. Él me presentó a insomnio y no se me olvida como, durante todo ese tiempo, padecí insomnio crónico. Sentía una felicidad como de loca y traía una sonrisa que no se borraba ni dormida. Hasta las dos o tres cerraba los ojos y yo creo que era por agotamiento de tanta felicidad. Yo no sabía que podías sentir tanta emoción en un solo día y las canciones, las canciones que me tocaba las repetía una y otra vez en mi mente tratando de disecar cada palabra y de ver que era lo que trataba de decir. Todavía me acuerdo de su carita cuando le dije esas dos palabras que no debes decir así porque sí, porque yo se las quería decir, pero aprendí que son palabras que debes cuidar cuando las vas a decir. Y la manera en la que me ponía el apodo, que no voy a mencionar, sólo para tener un nombre secreto que no supiera nadie más que él y yo. Ahora las estrellas salen y me vuelvo a acordar de él y veo a mi cajón, recordando que ahí dentro, en algún lugar todavía está la pulsera que me dio antes de irme, antes de irse. Yo aquí y él allá, en algún lugar en altamar, quien sabe, a lo mejor a veces también se acuerda de mí. Ahora tengo veintiuno y no es fácil ponerme roja. Sin previo aviso, el teléfono suena y me emociono cuando mi hermana entra a mi cuarto y con media sonrisa dice, es para ti. Tomo el teléfono y cierro la puerta y por un instante antes de contestar, pienso “es mentira, no tengo veintiuno, todavía soy esa chiquilla de quince que sueña con bolas de fuego”. Y con esa sonrisa de tonta me tiro en la cama para hablar horas y horas de quien sabe que cosas.

domingo, 6 de enero de 2013

Un pedazo de verdad (mi verdad)


Sé que vas a leer esto y no tengo ganas de jugar con mis palabras y con tus ideas de lo que significa o no significa lo que escribo. La imposibilidad de decir de frente lo que alguna vez dije en clave se me revela hoy como esta misma imposibilidad de no decir lo que pienso en clave, sino como lo siento, sin juegos, sin tapujos, sólo yo, completamente desnuda. Completamente yo.
Quiero, pero no de la manera en la que alguna vez quise. Aún puedo llorar, pero hace tiempo que no lo hago, no como solía hacerlo. Aún tengo locura en mí, pero no aquella inexplicable que no hacía más que ayudarme a huir. Corro, pero ya no de mí y tampoco de ti. Corro hacia sueños que antes no hacían más que emerger cuando me ahogaba, cuando todo era malo y ya no podía respirar. Me encamino con paso veloz, a veces volando, a veces caminando lento, pero firme, hacia ese lugar que, llueva o salga el sol, permanece fijo en mi imaginación. Ya no eres mi sueño, pero aún sueño contigo. Y pensar en ti no me hace querer correr lejos de ti y hacia ti, pero aún imagino cómo será sentarnos frente a frente a tomar un café. Reniego, pero ahora menos y a veces hasta creo que reniego sólo por costumbre y que en secreto me ha empezado a gustar todo aquello de lo que tanto reniego. Extraño, a mis amigos, a los que aún lo son, pero que están lejos de mí y a los que, aunque juegan a serlo, ya no lo son. Me extraño. Extraño ese impulso inevitable que no hacía más que meterme en problemas y causar un caos aún mayor dónde ya existía uno. No me malinterpretes, también me gusta el mar en calma, a veces lo necesito y es bueno para suspirar lento, pero en secreto aún ansío la tormenta. A veces, momentos antes de que todo vuelva a estallar, justo cuando siento que mi tórax está por reventar de tanto aire que me oxigena y me sofoca, mientras siento esta ansiedad de que todo de nuevo se agita y estoy por perder toda esta calma, detrás del agua que amenaza con acumularse en mis ojos, se asoma una sonrisa porque sé lo que está por venir. Porque extraño el caos, porque bajo las aguas tranquilas casi siempre hay una corriente arisca. Porque sé que yo soy era corriente y que cuando más en control estoy es en situaciones dónde no hay control. Me gusta el caos, porque yo soy caos y soy buena con él. ¿Sería locura decir que me gusta la sensación de estar a punto de estallar y estar a punto de perder la calma? Saber que yo soy dueña de mis impulsos y no mis impulsos de mí. No siempre lo logro. Me gusta estar en el límite y me gusta ser esa persona que no crees que yo soy. Me gusta ser calma porque a veces calma es lo que necesito ser para poder eventualmente ser tormenta. Y mentiría si dijera que soy muy fuerte porque antes era una chiquilla chillona que escribía acerca de eso que nunca dijimos o eso con lo que secretamente soñaba. A veces siento una alegría que podría ser casi euforia ante la idea de todo lo que no sé y que va a pasar y me siento un poco como loca, como si fuera bipolar y estuviera cursando alguna fase maniaca. ¿O de que otra manera podría explicarse esta felicidad incontrolable que no viene de ti ni de nada que sepa está por venir? A veces prefiero creer que no es eso y que en verdad es la emoción de todo eso que va a ocurrir y que va a ser tan grande, así como un terremoto, que quizá va a destruir, pero que eventualmente creará y algo nuevo, algo que desconozco, surgirá. Antes solía sentirme sola. Todo el tiempo, día y noche, pasó por un tiempo y de nuevo volvió, esta vez aún peor y nada ni nadie supo como curarlo. Antes, no quería volver a saber de nadie, mis sueños pesaban como aquella mochila sobre mi espalda. Haciéndome ir cada vez más lento y cansándome, sólo ahí para recordarme lo lejos que estaban y lo grandes que eran, pero lo insoportable que era haberlos soñado en primer lugar. Cada noche moría en mi imaginación con la esperanza de por la mañana siguiente nacer sin sueños y feliz, feliz con todo lo que tenía y todo aquello que no tenía. ¿Te cuento algo? Creo que la otra noche morí. Morí y de alguna manera cuando desperté, no había muerto del todo. O al menos no mis sueños. Morí y como por milagro volví a abrir mis ojos al día siguiente y cuando me miré en mi espejo roto, mi cuerpo tenía mil pequeñas cortaditas que ardían, pero de manera soportable y cuando me estiré, en mi espejo roto aparecieron dos hermosas y grandes alas de un blanco grisáceo, como aperlado, que salían de algún lugar detrás de mis brazos. Y me di cuenta que esas alas eran mis sueños que había dejado de ser esa mochila que cargué durante tantos meses (¿o habrán sido días?). He practicado volar un poco, pero con cuidado de no hacerlo demasiado alto o me pueden ver y puedo asustar a alguien y hay algunas personas a las que no puedo asustar. A las que no quiero asustar. ¿Sería raro si te dijera que ya no añoro? Recuerdo, pero por raro que parezca no hay nada en este mundo, en este instante, que yo añore. ¿Tienes idea de lo bien que eso se siente?  Y como si fuera magia, todo comienza a tener sentido y de pronto me doy cuenta de que no es mentira de que puedo hacer lo que yo quiera, que la mentira es que sería fácil, pero que no es cierto que es imposible. ¿Qué más puedo decirte que leyéndome no sepas ya? Ya lloré mucho, ya reí también mucho y me enamoré como chiquilla loca y soñé con castillos que se derrumbaron y que volví a construir, de nuevo construí sobre nubes que se sacudieron y por poco los tiraron. Ya sabes que fui nube, también que volví a ser humana y que hace no mucho me convertí en sombra, y ahora, ahora no sé lo que soy. Pero sé que cualquiera de estos días me daré cuenta. Y quizás te da miedo volver a conocerme, quizás te aburres de pensar que paseando a mi lado, yo jamás te daré paz, o que será como una ruleta rusa, ganar mucho o perder todo y quizás piensas que necesitas conocer a árboles, con hojas cambiantes y que sean muy altos, tan altos que alcancen sus sueños, pero firmes hasta lo más profundo, o a personas que no sean humanos, sino mariposas y que vuelen alto dando gráciles piruetas en el aire y que embellezcan el día. Yo no soy nada de eso. Tengo alas, alas un poco rotas, pero aún vuelan y lo hacen más alto que aquellas de las mariposas. Pero con todo eso, sigo sin saber quién o qué soy. Y me da risa porque en este preciso momento ya no quiero escribir y me canso de tratar de darle forma a mis ideas y de poner en palabras ese torbellino que no sé qué es, pero que me mueve. Sea lo que sea, y pienses lo que pienses, yo tengo alas… Eso es, en realidad, lo único que yo puedo hacer por ti. 

Puedo enseñarte a usar tus alas.