jueves, 24 de enero de 2013

"Driftwood"


Nunca más. Fueron las palabras que susurró al espejo empañado mientras se secaba la cara, mezcla de agua dulce y salada. Su mejilla, aún ligeramente rosada, ardía con cada pasada de la toalla. El vapor del baño se colgaba de su cabello y lo torcía. Lo torcía de la misma manera en la que lo había hecho aquella noche llena de lluvia y falta de luna. Las ventanas del carro estaban empañadas y a su izquierda y derecha se alzaba un remolino de agua. No había estrellas, tampoco había luna. El motor del carro no prendía y empezaba a darle miedo. No el miedo que te da cuando te quedas sola en casa con las luces apagadas, no, un miedo de verdad. Ese que se te sube a la garganta y te aprieta el pecho. De ese que sabes que apenas comience no habrá manera de detener. Intentó una vez más, pero el carro no arrancaba y se imagino como estaría sumergida en un charco mezcla de agua y lodo. Sin señal, sin nadie a quién llamar, sin un mapa que le dijera a dónde ir o a quién acudir. Nada. Imaginó que debió poner más atención a las tardes en el taller, a las clases de geografía, a los viajes de verano o su amiga que tanto había insistido en hablar. El agua caía ahora más fuerte y no parecía tener intención de parar. Su estómago comenzó a hacer ruidos, como queriendo conversar, pero no tenía de que conversar. No quería recordar todas esas veces que debió llamar y decidió que sería mejor hacerlo luego o las veces que pudo arrepentirse y correr en la dirección equivocada para equivocarse más, para no tomarse tan enserio, para ahora saber qué hacer y no ser un pedazo de madera a la deriva. “Driftwood” eso era. Pensó en casa y el fuego que seguramente ahorita estaría ardiendo, en las personas que perdidas lo estarían viendo. Intentó recordar “hogar” y no pudo hacer más que voltear al asiento del copiloto, vacío, y al asiento trasero lleno de cosas viejas y cajas repletas. Ése era “hogar” pero no se sentía como tal. ¿De verdad sería ése hogar? ¿Y si no le gustaba? ¿Y si le daba miedo y ganas de abrir la puerta y correr? ¿Pero correr a dónde? Más allá del agua y la oscuridad había árboles, de esos con los que antes fantaseaba poder escalar. ¿Y qué si se caía? De la mochila saco un paquete de galletas. Comió una, luego otra y antes de seguir decidió guardarlas, por si mañana tardaba en llegar, por lo que mañana pudiera aguardar. Cerró los ojos y calló en una especie de estupor. Con imágenes de aves y caras familiares que bailaban bajo la lluvia y frente al fuego. Desfile de animales que brincaban encima del parabrisas y a los lados. De osos que intentaban abrir la puerta y ojos brillantes que desde la orilla de la oscuridad no dejaban de observar. Soñó con amaneceres sin agua y en tonos rosados y con otros llenos de neblina y cuando de verdad quiso despertar, no sabía cómo hacer para detener el desfile o remolino de imágenes que se amontonaban frente a sus ojos o en el fondo de su imaginación. A ratos casi sonreía y otras veces, su boca se curvaba hacia abajo y cual niña pequeña hacía pucheros amenazando con soltarse a llorar. No supe cuanto duró su delirio. No creo que nadie lo haya sabido. Del fondo de dónde sea que haya estado, regresó cuando la luz iluminó el tablero de su carro. Dos luces la cegaban y hacían que entrecerrara los ojos. Su cabello estaba torcido y sabía que debería tener miedo. Sabía que tenía que correr porque a esa hora y entre esos sueños, no podía ser ayuda la que venía. Trató de urgirles a sus piernas que se movieran y a su brazo que se estirara para abrir la puerta, para que se abalanzaran a la oscuridad de entre los árboles pero en lugar de eso, lo que hizo fue bajar el vidrio y sabiendo que debía tener miedo a la sombra que frente a ella se alzaba, cerca, cada vez más cerca, sintió alivio. Ahora estaba rodeada de vapor y su cabello también estaba torcido. Ahora imágenes desfilaban frente a ella, una a una, no en estupor, sino como un sueño, como un mal sueño que debió prever. La manija de la puerta giró y llegó a un alto. Ella envuelta en la toalla ni siquiera miró. Tomó la crema de noche, la abrió y con su dedo anular tomó un poco. Del otro lado una voz serena pidió que abriera la puerta. Se llevó su dedo a la cara, ahí donde ardía. Sus labios no se movieron. La manija volvió a girar, esta vez más fuerte. Se sacudió. Del otro lado de la puerta, una profunda exhalación. Tomó más crema y la puso sobre su otra mejilla. La imagen en el espejo se difuminó un poco. A su espalda algo golpeó la madera de la puerta y mientras trataba de no llorar, pensó “Hogar”. La puerta se sacudía y la manija amenazaba con dejarse abrir en cualquier momento. Sus manos temblaban, pero ya casi terminaba con la crema, sólo un poco más. Del otro lado de la puerta algo se rompió y ella, aún envuelta en la toalla, llena de miedo, empezaba a llorar. No de ese miedo que sientes cuando te quedas sola en casa por las noches con la luz apagada, no, de ese miedo que te sube por la garganta y te apachurra el pecho, de ese que sabes que una vez empiece, hagas lo que hagas, no vas a poder parar.


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