Nunca más. Fueron las palabras
que susurró al espejo empañado mientras se secaba la cara, mezcla de agua dulce
y salada. Su mejilla, aún ligeramente rosada, ardía con cada pasada de la
toalla. El vapor del baño se colgaba de su cabello y lo torcía. Lo torcía de la
misma manera en la que lo había hecho aquella noche llena de lluvia y falta de
luna. Las ventanas del carro estaban empañadas y a su izquierda y derecha se
alzaba un remolino de agua. No había estrellas, tampoco había luna. El motor
del carro no prendía y empezaba a darle miedo. No el miedo que te da cuando te
quedas sola en casa con las luces apagadas, no, un miedo de verdad. Ese que se
te sube a la garganta y te aprieta el pecho. De ese que sabes que apenas
comience no habrá manera de detener. Intentó una vez más, pero el carro no
arrancaba y se imagino como estaría sumergida en un charco mezcla de agua y
lodo. Sin señal, sin nadie a quién llamar, sin un mapa que le dijera a dónde ir
o a quién acudir. Nada. Imaginó que debió poner más atención a las tardes en el
taller, a las clases de geografía, a los viajes de verano o su amiga que tanto
había insistido en hablar. El agua caía ahora más fuerte y no parecía tener
intención de parar. Su estómago comenzó a hacer ruidos, como queriendo
conversar, pero no tenía de que conversar. No quería recordar todas esas veces
que debió llamar y decidió que sería mejor hacerlo luego o las veces que pudo
arrepentirse y correr en la dirección equivocada para equivocarse más, para no
tomarse tan enserio, para ahora saber qué hacer y no ser un pedazo de madera a
la deriva. “Driftwood” eso era. Pensó en casa y el fuego que seguramente
ahorita estaría ardiendo, en las personas que perdidas lo estarían viendo.
Intentó recordar “hogar” y no pudo hacer más que voltear al asiento del
copiloto, vacío, y al asiento trasero lleno de cosas viejas y cajas repletas. Ése
era “hogar” pero no se sentía como tal. ¿De verdad sería ése hogar? ¿Y si no le
gustaba? ¿Y si le daba miedo y ganas de abrir la puerta y correr? ¿Pero correr
a dónde? Más allá del agua y la oscuridad había árboles, de esos con los que
antes fantaseaba poder escalar. ¿Y qué si se caía? De la mochila saco un
paquete de galletas. Comió una, luego otra y antes de seguir decidió
guardarlas, por si mañana tardaba en llegar, por lo que mañana pudiera
aguardar. Cerró los ojos y calló en una especie de estupor. Con imágenes de
aves y caras familiares que bailaban bajo la lluvia y frente al fuego. Desfile
de animales que brincaban encima del parabrisas y a los lados. De osos que
intentaban abrir la puerta y ojos brillantes que desde la orilla de la
oscuridad no dejaban de observar. Soñó con amaneceres sin agua y en tonos
rosados y con otros llenos de neblina y cuando de verdad quiso despertar, no
sabía cómo hacer para detener el desfile o remolino de imágenes que se
amontonaban frente a sus ojos o en el fondo de su imaginación. A ratos casi
sonreía y otras veces, su boca se curvaba hacia abajo y cual niña pequeña hacía
pucheros amenazando con soltarse a llorar. No supe cuanto duró su delirio. No
creo que nadie lo haya sabido. Del fondo de dónde sea que haya estado, regresó
cuando la luz iluminó el tablero de su carro. Dos luces la cegaban y hacían que
entrecerrara los ojos. Su cabello estaba torcido y sabía que debería tener
miedo. Sabía que tenía que correr porque a esa hora y entre esos sueños, no podía
ser ayuda la que venía. Trató de urgirles a sus piernas que se movieran y a su
brazo que se estirara para abrir la puerta, para que se abalanzaran a la
oscuridad de entre los árboles pero en lugar de eso, lo que hizo fue bajar el
vidrio y sabiendo que debía tener miedo a la sombra que frente a ella se alzaba,
cerca, cada vez más cerca, sintió alivio. Ahora estaba rodeada de vapor y su
cabello también estaba torcido. Ahora imágenes desfilaban frente a ella, una a
una, no en estupor, sino como un sueño, como un mal sueño que debió prever. La
manija de la puerta giró y llegó a un alto. Ella envuelta en la toalla ni
siquiera miró. Tomó la crema de noche, la abrió y con su dedo anular tomó un
poco. Del otro lado una voz serena pidió que abriera la puerta. Se llevó su dedo
a la cara, ahí donde ardía. Sus labios no se movieron. La manija volvió a
girar, esta vez más fuerte. Se sacudió. Del otro lado de la puerta, una
profunda exhalación. Tomó más crema y la puso sobre su otra mejilla. La imagen en
el espejo se difuminó un poco. A su espalda algo golpeó la madera de la puerta
y mientras trataba de no llorar, pensó “Hogar”. La puerta se sacudía y la
manija amenazaba con dejarse abrir en cualquier momento. Sus manos temblaban,
pero ya casi terminaba con la crema, sólo un poco más. Del otro lado de la
puerta algo se rompió y ella, aún envuelta en la toalla, llena de miedo,
empezaba a llorar. No de ese miedo que sientes cuando te quedas sola en casa por
las noches con la luz apagada, no, de ese miedo que te sube por la garganta y
te apachurra el pecho, de ese que sabes que una vez empiece, hagas lo que
hagas, no vas a poder parar.
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