Soy insoportable. ¿Qué no sabes
que soy insoportable? Por las noches me reúso a dormir. Me empeño en permanecer
despierta y con la ventana abierta, por si en una de esas a quien espero se le
ocurre regresar y cuando me meto a la cama lo hago con pies fríos, esperando
que los quieras calentar. Sin razón despierto de madrugada y con ansías locas
de besarte, pidiéndote, casi suplicándote, que me hagas el amor. Otras veces
despierto en franco llanto, sin saber porqué, sin poder hablar, sin querer que
me tomes en tus brazos y deseando que no tuvieras que verme así, pero lo haces
y te das cuenta que sí, en efecto, soy insoportable. Por la mañana el olor a pintura te despierta
y no entiendes cómo no entiendo que estés enfadado. Si lo único que he hecho es
pintar en la pared aquella frase que desde hace un par de noches me da vueltas
en la cabeza. Lo hice mientras dormías, para sorprenderte, para que por la
mañana lo pienses y tú que lo único que quieres es sacarte ese olor de la
nariz. Mi inocencia se convierte en frialdad, cuando, tras vestirte, me
encuentras en la sala, frente a la ventana que da a la ciudad con un café.
Escribo, te despides y me reúso a mirarte. Hoy no tengo ganas de abrazarte.
Enseguida sabes que será uno de esos días, un mal día. Y te preguntas si al
regresar a la casa aún estaré ahí. Por tu mente pasa llevarte las maletas por
si se me ocurre empacar, como aquella vez, que me encontraste sentada en la
banqueta esperando a mi taxi que en cualquier momento iba a llegar. Te enojas y
decides mandarme a la chingada. Si me quiero ir… ¡que me vaya! Cuando llegas te
he preparado la comida y como chiquilla de quince años, te doy un beso en los
labios cuando entras por la puerta y juego a que acabo de conocerte, a que
estás en mi café y yo te atiendo… a que me invitas al cine. Tengo bastantes
ganas de ir al cine. Día siguiente decido iniciar un nuevo proyecto y el que
había empezado se queda embarcado a la mitad y aquel contacto que me
conseguiste, ya no quiero, porque no lo siento, porque ese proyecto ya no me
habla. Y me visto como hace mucho no hago, con tacones y blusas elegantes que
hace meses permanecen dobladas en el ropero. Te beso adiós y me ves salir por
la puerta. Por días me voy temprano y llego tarde y comienzas a sentir mi
ausencia y a desear que ese proyecto mío no me alejara de ti. Me ves feliz y
sabes que si sonrío, esta vez no es por ti. Hablo de lo bien que me siento, de
mis sueños y de lo bien que me está yendo. Quieres sonreír y decirme que te
alegra verme así, pero celas a mi proyecto, que se roba toda mi energía y por
las noches me deja sólo con ganas de ir temprano a dormir. Pasan un par de
semanas y te sorprende que al despertar yo no me haya marchado. Duermo sin
dormir, o bueno, cierro los ojos y finjo que duermo para que no me hables.
Alrato me encuentras en la tina, pensativa, te metes conmigo y sin sacarme
palabra alguna me haces tuya. Ahora me tienes entre burbujas y te sorprendo
cuando finalmente hablo. Mi voz es firme y seria. Oyes resolución. Quiero
viajar. Necesito viajar. Es más una necesidad que otro de mis berrinches. Sabes
que con o sin ti voy a hacerlo, así que decides planear para poder ir conmigo.
¿Qué tal que mi viaje se prolonga y no encuentro mi camino de regreso? ¿Qué tal
que me pierdo? Te digo que ahora eres diferente y que no sé si quiero llevarte
conmigo. Te enojas y me regañas. Lloro. Lloro y te abrazo. Te pido perdón. Ya
no sabes que hacer conmigo. Te desesperas y mientras yo duermo colgada a tu
cuello, piensas en mil y un maneras de dejarme, de huir lejos de mí y no
volverme a ver, de no pensar en mí, de olvidarme… cuando sin que lo imagines,
entre sueños, susurro esas palabras que hace meses esperas oír de mi boca. Lo
digo dormida y sin darme cuenta. Y si me preguntas al día siguiente, voy a
fingir no escuchar y si insistes lo voy a negar, pero si tratas de marcharte,
voy a llorar hasta que decidas regresar. Hoy fue tu cumpleaños y no quieres
hablarme. No sabes qué hacer conmigo. Te pinté un cuadro, te pinté un cuadro
sobre mi cuerpo. Esperaba que entendieras que te estaba regalando mi arte y a
mí. Toda yo. Eso que tengo hasta adentro que nadie ve, sólo para ti. Quería que
todos supieran que era sólo tu regalo. Yo no entiendo porqué estás tan enojado,
pero tú no entiendes porqué tuve que darte tu regalo a la mitad de la reunión
con tus amigos. Tus amigos y amigas se quedaron con la boca abierta. Yo pienso
que les gustó mi regalo. En cambio, tú corriste por el mantel y me envolviste
en él. Creo que es porque no te gustó. A lo mejor la pintura no era exactamente
la que esperabas. Ese par de cisnes… sabía que parecían enojados. Ahora no me
hablas y yo lloro. No sabes que mi regalo era mi manera de decirte esas
palabras que quieres oír de mi boca y que por quien sabe qué cosas no puedo pronunciar.
Ahora tú dices que soy imposible. Que no sabes que pensar, que lo hago para
molestarte, para hacerte la vida imposible. Yo sé que lo que quieres decir es
que soy insoportable. Te escuché decirle a tu amigo el otro día por teléfono.
Creías que me bañaba, pero lo que hacía era escribir. Prendí la regadera para
sentir que estaba en las cataratas. Lo sé, escuché todo. Ya no sabes que hacer
conmigo y a veces hasta tienes ganas de dejarme. Escribía de aquel viaje, ese
que prometimos hacer el verano pasado y no hicimos. Lo imaginaba, lo vivía en
mi mente. Ahora no estás en casa porque me alteré y empecé a romper cosas.
Dijiste que estaba loca y que irías a tomar con tus amigos, haber si tomado era
más fácil lidiarme. Son las dos de la mañana y aún no regresas. Y mi maleta me
pide a gritos que la saque y llene de cosas, de esas que necesito para correr
lo más lejos que pueda, pero la cama vacía me pide que me quede y te espere.
Dan las cinco y yo te espero en la sala, café en mano y pluma, por si se me
ocurre algo. Parece que usé la pluma para pintar sobre mi cara, pero no fue
así. Es mi delineador que se ha corrido y ahora forma una especie de riachuelo.
De pronto la puerta se abre y en ella se para tu silueta. La puerta permanece
abierta y esa silueta que se parece a ti, pero que no estoy del todo segura que
seas tú, permanece debajo del marco de la puerta. No necesitas decirlo.
Insoportable. No es la primera vez que me lo dicen. Suspiras. Yo estoy en el
sofá con mis rodillas abrazadas a mi pecho. Y así, una vez más, como por
inercia, queriendo irte y muriendo por quedarte, caminas para sentarte junto a
mí.
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