jueves, 4 de abril de 2013

Escurriéndose entre senderos





Caer… o no caer, piensa mientras se encamina al sendero que tan amablemente se forma delante de su puerta. Y el sol que amenaza, a veces con salir, otras tantas con volverse a meter, le da la bienvenida. Como quien espera a un viejo amigo, la saluda. Y las ramas de los árboles, unas sin vida, otras con apenas unas cuantas hojas, hacen un intento por rozar su piel… antes vieja conocida. Cada paso es un torbellino de recuerdos que se enfilan para hacerla regresar a ese olvidado lugar. Entre una mezcla de rayos de sol, aire fresco y el crujido de las ramas, vuelve a sentirse en Hogar.
Algo al inicio del camino la jala de regreso y sin poder evitarlo, su cuello fuerza a su cabeza a voltear. El campo donde se encuentra su casa esta bañado en un dorado casi como oro, pero el viento impregnado en humedad la invita a continuar. No, no es un lugar desconocido. Ya ha andado por esos senderos. Antes, cuando ya no era nube, pero cuando tampoco era sol. Y la sombra que pensó conocer hasta lo más profundo comienza a trepar por sus pies, empezando en la punta de sus dedos, más arriba cada vez, hasta forrar sus pulmones y hacerlos espirar casi todo el aire… no todo. No todo porque aún lo necesita para continuar. Y la vegetación se vuelve más densa y las ramas cafés ahora son más negras y se cierran sobre su cabeza, cada vez dejando a menos rayos tocar el blanco de su piel.
La sombra no se detiene en sus pulmones. Encuentra su camino entre todos sus tejidos, venas, arterias, risas y sueños, hasta que llega a su garganta y ahí, como esperando, se enrosca.  Un veneno del que pensó haberse librado empieza a envenenar sus pensamientos y siente que muere por librarse de ellos, pero arde en deseos por dejarlos crecer, por ver  hasta que rincón pueden llegar a escapar. Poco a poco la consumen, de esa manera en la que te consume el amor malogrado y los sueños que arden como carbón que no prende, pero que no deja de intentar. Y sabe que lamentará no regresar a aquel campo bañado en oro, sin misterios, sin secretos que descifrar, sin sueños imposibles por los cuales morir al tratar, pero no puede parar.
Ya le arden los ojos que se secan con el aire frío que viene de algún lugar más allá de donde se ha atrevido a llegar. Y quiere estirarse para ver si sus dedos aún alcanzan los últimos rayos de la tarde, pero sabe que no dejará de imaginar que será aquello de lo que hablan los poetas y locos. Esa oscuridad sin luna ni estrellas, que algo calma sólo para volver a revolver.
Poco a poco, un paso, ahora otro. Y la sonrisa que antes era una mueca de incertidumbre comienza a aparecer en la comisura de sus labios. Y eso desconocido comienza a bailar en el negro de sus pupilas, materializando ese quien sabe qué, que tanto ha extrañado. Puede sentirlo, está cerca, cada vez más cerca…casi la está tocando.


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