Caer… o no caer, piensa mientras se encamina al sendero que
tan amablemente se forma delante de su puerta. Y el sol que amenaza, a veces
con salir, otras tantas con volverse a meter, le da la bienvenida. Como quien
espera a un viejo amigo, la saluda. Y las ramas de los árboles, unas sin vida,
otras con apenas unas cuantas hojas, hacen un intento por rozar su piel… antes
vieja conocida. Cada paso es un torbellino de recuerdos que se enfilan para
hacerla regresar a ese olvidado lugar. Entre una mezcla de rayos de sol, aire
fresco y el crujido de las ramas, vuelve a sentirse en Hogar.
Algo al inicio del camino la jala de regreso y sin poder evitarlo,
su cuello fuerza a su cabeza a voltear. El campo donde se encuentra su casa esta
bañado en un dorado casi como oro, pero el viento impregnado en humedad la
invita a continuar. No, no es un lugar desconocido. Ya ha andado por esos
senderos. Antes, cuando ya no era nube, pero cuando tampoco era sol. Y la
sombra que pensó conocer hasta lo más profundo comienza a trepar por sus pies,
empezando en la punta de sus dedos, más arriba cada vez, hasta forrar sus
pulmones y hacerlos espirar casi todo el aire… no todo. No todo porque aún lo
necesita para continuar. Y la vegetación se vuelve más densa y las ramas cafés
ahora son más negras y se cierran sobre su cabeza, cada vez dejando a menos
rayos tocar el blanco de su piel.
La sombra no se detiene en sus pulmones. Encuentra su camino
entre todos sus tejidos, venas, arterias, risas y sueños, hasta que llega a su
garganta y ahí, como esperando, se enrosca. Un veneno del que pensó haberse librado
empieza a envenenar sus pensamientos y siente que muere por librarse de ellos,
pero arde en deseos por dejarlos crecer, por ver hasta que rincón pueden llegar a escapar.
Poco a poco la consumen, de esa manera en la que te consume el amor malogrado y
los sueños que arden como carbón que no prende, pero que no deja de intentar. Y
sabe que lamentará no regresar a aquel campo bañado en oro, sin misterios, sin
secretos que descifrar, sin sueños imposibles por los cuales morir al tratar,
pero no puede parar.
Ya le arden los ojos que se secan con el aire frío que viene
de algún lugar más allá de donde se ha atrevido a llegar. Y quiere estirarse
para ver si sus dedos aún alcanzan los últimos rayos de la tarde, pero sabe que
no dejará de imaginar que será aquello de lo que hablan los poetas y locos. Esa
oscuridad sin luna ni estrellas, que algo calma sólo para volver a revolver.
Poco a poco, un paso, ahora otro. Y la sonrisa que antes era
una mueca de incertidumbre comienza a aparecer en la comisura de sus labios. Y
eso desconocido comienza a bailar en el negro de sus pupilas, materializando
ese quien sabe qué, que tanto ha extrañado. Puede sentirlo, está cerca, cada
vez más cerca…casi la está tocando.
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