sábado, 16 de abril de 2016

Regresar (segunda parte)


Lloré hasta quedarme dormida. No porque así lo quisiera , ni porque lo extrañara, pero porque no había otra cosa que hacer ni manera de evitarlo. Lloré como solía hacerlo cuando era niña y mi papá se enojaba, gritaba y amenazaba con pegarme. No era miedo lo que sentía, era la tristeza incontenible de saber que mi lugar seguro no lo era después de todo y que el mundo de colores en el que me había empeñado en creer existía con una gama de colores oscuros que parecían más que ensombrecidos, enlodados.
               La sensación vieja conocida se apoderó de mi y con su llegada trajo recuerdos de los mejores días ya desvanecidos y lo vi tan claro como quien observa su obra de arte favorita, con detenimiento, sin prisa y encontrando nuevos detalles cada vez, pero en esta ocasión se añadió un dolor fantasma que casi dejaba de serlo para volverse palpable debajo de mis dedos... De pronto entre la sucesión de momentos congelados como fotografías comenzaron a aparecer nuevas imágenes y vi como todo se desvanecía de la misma manera en que sucede con una acuarela sobre la cuál se ha derramado agua. ¿Qué podía hacer sino llorar?
              Los minutos del reloj avanzaban dando paso a la madrugada y con ella sabía que vendría la luz del sol, la cual por primera vez en mucho tiempo quería que se retrasara... Quise empujar la mañana, extender las horas, esas en las cuales la oscuridad lo cubría todo y me abrigaba de todos y de mí, para poder derramarme hasta vaciarme y tomar la forma de aquello en lo que iba a convertirme, fuera lo que fuera.
              El reloj no paraba y tampoco la sensación que me embargaba. Y de mis labios no salía más que silencio, mientras que de mis ojos se fugaban los colores con los que pinté su nombre, de mis oídos las canciones que sólo yo conocía, acompañadas del sonido de su risa y por mi nariz salió aquel olor a granizo y lluvia de la primera vez junto con el olor de su cuello, ése mi olor favorito. Y ahí permanecí, albergando la esperanza de que las horas se frenaran y de caer en un sueño tan profundo del cual fuera imposible despertar...
              Lloré hasta que mis ojos se volvieron pequeños y me costó respirar. Lloré hasta que mi cuerpo no pudo más. Así me quedé hasta que no supe de mí y las horas de la noche dieron paso a horas inundadas de luz que tocaban todo, todo menos a mí.





1 comentario:

  1. Ayer fui al INNN una vez más, tenia mi última cita con la magnífica Dra. Sofía Cardenas,( de verdad me alegro que fuera ella y no otra médica la que me estuviera atendiendo) llegué como acostumbraba las últimas citas, es decir, sobria y puntual.

    En un continuo intercambio de palabras entre emisor y receptor las emociones no quedaron fuera y en el punto culminante vino la tisteza y su respectivo llanto.

    De algo me di cuenta, una vez más , estaba deshecha.

    Salí de su consultorio agradeciéndole entre lágrimas y miradas, cabizbaja estaba cuando me vió y pronunció -Cuídate Andrea.-
    ¿Realmente me veía tan mal?
    Sé lo que sentía pero no lo que expresaba mi rostro.

    Pregunté si cerraba la puerta y salí. Sin saber a dónde ir comencé a caminar hacia adelante. Todo mi cuerpo estaba temblando y engarrotado, era algo parecido a un robot en un día de asueto.

    Me dirigí hacia los sanitarios con la intención de encontrarme con mi soledad y poder desgarrarme las entrañas sin vergüenza. Me metí dentro de un cubículo seccionado con inodoro y papel incluido a realizar la segunda actividad que más popularidad tienen esos sitios. Una vez hecho , salí y me ví al espejo, me limpié las lágrimas que tanto me gusta sentir escurriendo sobre mi rostro y me decidí a olvidar todo.

    Muy del fondo un recuerdo se hizo en mi mente presente, aún naufragando entre algún valle de olvido pero con vida. Era tu rostro.

    Una vez afuera intenté buscarte o accidentalmente contigo encontrarme pero todo parecía resultar inútil, de pronto volteé y vi a una doctora con su bata, botas altas, tez blanca, cabello negro y lacio de espaldas, (podía jurar que era fuego y no sangre lo que corría por mis venas) me congelé y espere paciente a qué todo su cuerpo volteará para reconocer su rostro, girando lentamente estaba por encontrarse frente a mí cuando en ese mismo instante pude observar que no era ella, que no eras ella, sólo una falsa ilusión que mi mente macabramente maquiló.

    ¿Donde estabas si hace unos segundos toda tú te posaste frente a mí, si el invierno pasado habías sido la chispa que incendio todo un bosque?

    Decepcionada me quedé suspendida en medio de todo y de nada, cavilando entre fuego cruzado y bombas cayendo a los lados; cuando volví a mí, una señora me decía - ¡Permiso, estorba!- Parecía estresada y enojada, probablemente era una enfermera del Instituto en un día de lo más normal.

    Entonces un frío intenso se apoderó de mí y ante él comencé a sucumbir. Rápidamente y llena de desesperación caminé hacia algún y escasos en ese día, rayo de sol para contrarrestar el sufrimiento. A lo lejos vislumbre un círculo luminoso , corriendo me acerqué y me quedé sentada entre un remolino de mil ideas junto a mil emociones, todas ellas en un festín algarabioso dentro de mi cuerpo.

    Y recordé ese viejo juego, ese juego que se juega arrancando las hojas de una flor para saber si en realidad te quieren o no te quieren.

    Mire alrededor y no había ninguna flor por lo que decidí tomar una rama de una planta y cada nudo era un “sí o un no me quiere” y así seguí hasta el final de los nudos cuando ví a Don Boni venir.

    Se saludan de beso y abrazo.
    - Hola, Don Boni. ¡Qué gusto verlo! ¿ Cómo está?
    - Apurado, tengo que llevar estos papeles abajo, pero... ¡Mírame!. No has podido dejar ese vicio ¿verdad?.

    Una mirada severa y compasiva penetraba mi fortaleza por lo que a su pregunta preferí no contestar ni decir nada, sólo le miré fijamente hasta que mis ojos me delataron.

    - Eres más fuerte que ese vicio, tú puedes dejarlo, no dejes que te gane, no dejes que te gane.- repitió.












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