No le cuentes tus secretos. No le
cuentes de dónde vienes ni aquellas noches que sin que lo supieras grabaron en
y sobre ti letras con las que escribiste tu historia. Calla esas anécdotas que
mueres por contarle y mejor sonríe y asiente. Guarda en tu bolso los colores
que descubriste en tu camino ahí y la canción que te regaló el pájaro desde
fuera de tu ventana esta mañana mientras te arreglabas. Evita mencionar los
lugares en los que has estado y las personas que de tan extraña manera te han
fascinado. No le cuentes cómo las dibujas una y otra vez sobre cualquier
superficie que te lo permite. Si puedes, evita hablar de los baños de madrugada
y con las luces apagadas. Mantén tu boca cerrada y no menciones lo que
descubriste las pasadas noches que ha llovido afuera de tu ventana. No intentes
explicarle tu continuo pleito y reconciliación con la madrugada. Aléjate del
fuego, no importa si es literal o metafórico, sólo olvida el tema. Sonríe y
presta atención. Y a lo mejor sin que tú hables de ello, él te pregunta. Quizás
sin que trates de contarle el lo sospecha o muy en el fondo ya lo sepa. Pero
hazme caso, aunque sea hoy, no hables, no le cuentes lo que te digo.
Probablemente mañana, pero no hoy.
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