La noche llena de estrellas me recuerda a sus besos y al
sabor dulce de su boca. A mi carita redonda con esa sonrisa imborrable y llena
de ilusión pensando que si de verdad me quedaba muy quietecita y con los ojos
abiertos, quizás, sólo quizás, podría atrapar una de esas bolas de fuego que
aún no caían. El frío me hizo pensar en noches corriendo muy despacito a abrir
la puerta para que no fuera a rechinar. Para poder salir por un beso, para
poder salir y escuchar mi canción. Me recordó a mis manitas frías entre sus
manos apenas por poquito más grandes, a esa cartita y a las mil y un veces que
debí leerla. Y entonces sonó el teléfono y por poco me tropiezo pensando que yo
tenía quince y él dieciséis y que justo ahora llamaba para ver si estaba bien,
si nuestro pleito no había sido el fin de nuestra pequeña historia, de nuestra
pequeña, gran historia. Y yo me quedaba muy calladita escuchando todo lo que
tenía que decir y su voz más ronca y al mismo tiempo más suave de lo normal
sólo para al final decir “te quiero” y escuchar un suspiro que venía del otro
lado del teléfono. El teléfono no era para mí, supe cuando mi hermana se
adelantó, pero en mi cabeza la historia ya estaba rodando y me acordé de cuando
me dijo lo bonita que me veía y de lo roja que me puse. Y cómo luego me confesó
que soñó conmigo y que no me podía contar y de la pena y emoción que sentí
conforme se me calentaba algún lugar en mi pecho. Debí estar a punto de decirle
que no me contara, porque no hizo más que mirarme y reír y más roja me puse. Y
me acuerdo de la primera vez que tomó mi mano y cómo sentí escalofríos recorrer
todo mi cuerpo y de las noches en las que yo esperaba hasta las once porque
sabía que antes de dormir lo último que hacía era recostarse y mandarme
mensajes para, como él decía, dormirse pensando en mí y así asegurarse que a mí
no se me olvidara pensar en él. Todavía
me acuerdo de la primera vez que se enojó y se enojó feo, porque yo me iba y no
lo llevaba conmigo, porque no me escapaba esa misma noche con él. Supongo que
ahí fue dónde debí verlo venir. Ay y cómo olvidar las rosas los domingos y sus
manitas traviesas que no dejaban de intentar llegar a dónde no debían llegar. Todavía
me acuerdo de cuando me dijo que quería jugar a tener hijos y de cómo esa noche
me quitó el sueño diciéndome esas dos palabras que no debes decir nada más así.
Si hubieras visto como me miraba y no puedo imaginar haberlo visto de una
manera distinta porque nunca me había sentido así y de pronto mi pueblito era
mi pequeño paraíso dónde lo único que necesitaba para sonreír era su pesado
brazo sobre mis hombros…ah y un helado, un helado de café. Tendrías que haber visto
como lloré el día que lo golpearon para saber lo mucho que lo quería. De pronto
la chiquita miedosa se moría de ganas por ir a buscar a esos que le habían
echado montón y no habían esperado a que llegaran sus amigos. Yo estaba muy
orgullosa, muy orgullosa de que hubiera defendido a ese hombre enfermo como lo
hizo. Por eso lo quería, porque era muy valiente y bueno y no dejaba que nadie
tratara mal a nadie enfrente de él. Porque me hacía sentir segura y por la
manera en que hacía que me pusiera roja. Nadie ha logrado que me ponga roja
desde ese entonces. Él me presentó a insomnio y no se me olvida como, durante
todo ese tiempo, padecí insomnio crónico. Sentía una felicidad como de loca y
traía una sonrisa que no se borraba ni dormida. Hasta las dos o tres cerraba
los ojos y yo creo que era por agotamiento de tanta felicidad. Yo no sabía que
podías sentir tanta emoción en un solo día y las canciones, las canciones que
me tocaba las repetía una y otra vez en mi mente tratando de disecar cada
palabra y de ver que era lo que trataba de decir. Todavía me acuerdo de su
carita cuando le dije esas dos palabras que no debes decir así porque sí, porque
yo se las quería decir, pero aprendí que son palabras que debes cuidar cuando
las vas a decir. Y la manera en la que me ponía el apodo, que no voy a
mencionar, sólo para tener un nombre secreto que no supiera nadie más que él y
yo. Ahora las estrellas salen y me vuelvo a acordar de él y veo a mi cajón,
recordando que ahí dentro, en algún lugar todavía está la pulsera que me dio antes
de irme, antes de irse. Yo aquí y él allá, en algún lugar en altamar, quien
sabe, a lo mejor a veces también se acuerda de mí. Ahora tengo veintiuno y no
es fácil ponerme roja. Sin previo aviso, el teléfono suena y me emociono cuando
mi hermana entra a mi cuarto y con media sonrisa dice, es para ti. Tomo el
teléfono y cierro la puerta y por un instante antes de contestar, pienso “es
mentira, no tengo veintiuno, todavía soy esa chiquilla de quince que sueña con
bolas de fuego”. Y con esa sonrisa de tonta me tiro en la cama para hablar
horas y horas de quien sabe que cosas.
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