miércoles, 9 de enero de 2013

Cuando era chiquilla


La noche llena de estrellas me recuerda a sus besos y al sabor dulce de su boca. A mi carita redonda con esa sonrisa imborrable y llena de ilusión pensando que si de verdad me quedaba muy quietecita y con los ojos abiertos, quizás, sólo quizás, podría atrapar una de esas bolas de fuego que aún no caían. El frío me hizo pensar en noches corriendo muy despacito a abrir la puerta para que no fuera a rechinar. Para poder salir por un beso, para poder salir y escuchar mi canción. Me recordó a mis manitas frías entre sus manos apenas por poquito más grandes, a esa cartita y a las mil y un veces que debí leerla. Y entonces sonó el teléfono y por poco me tropiezo pensando que yo tenía quince y él dieciséis y que justo ahora llamaba para ver si estaba bien, si nuestro pleito no había sido el fin de nuestra pequeña historia, de nuestra pequeña, gran historia. Y yo me quedaba muy calladita escuchando todo lo que tenía que decir y su voz más ronca y al mismo tiempo más suave de lo normal sólo para al final decir “te quiero” y escuchar un suspiro que venía del otro lado del teléfono. El teléfono no era para mí, supe cuando mi hermana se adelantó, pero en mi cabeza la historia ya estaba rodando y me acordé de cuando me dijo lo bonita que me veía y de lo roja que me puse. Y cómo luego me confesó que soñó conmigo y que no me podía contar y de la pena y emoción que sentí conforme se me calentaba algún lugar en mi pecho. Debí estar a punto de decirle que no me contara, porque no hizo más que mirarme y reír y más roja me puse. Y me acuerdo de la primera vez que tomó mi mano y cómo sentí escalofríos recorrer todo mi cuerpo y de las noches en las que yo esperaba hasta las once porque sabía que antes de dormir lo último que hacía era recostarse y mandarme mensajes para, como él decía, dormirse pensando en mí y así asegurarse que a mí no se me olvidara pensar en él.  Todavía me acuerdo de la primera vez que se enojó y se enojó feo, porque yo me iba y no lo llevaba conmigo, porque no me escapaba esa misma noche con él. Supongo que ahí fue dónde debí verlo venir. Ay y cómo olvidar las rosas los domingos y sus manitas traviesas que no dejaban de intentar llegar a dónde no debían llegar. Todavía me acuerdo de cuando me dijo que quería jugar a tener hijos y de cómo esa noche me quitó el sueño diciéndome esas dos palabras que no debes decir nada más así. Si hubieras visto como me miraba y no puedo imaginar haberlo visto de una manera distinta porque nunca me había sentido así y de pronto mi pueblito era mi pequeño paraíso dónde lo único que necesitaba para sonreír era su pesado brazo sobre mis hombros…ah y un helado, un helado de café. Tendrías que haber visto como lloré el día que lo golpearon para saber lo mucho que lo quería. De pronto la chiquita miedosa se moría de ganas por ir a buscar a esos que le habían echado montón y no habían esperado a que llegaran sus amigos. Yo estaba muy orgullosa, muy orgullosa de que hubiera defendido a ese hombre enfermo como lo hizo. Por eso lo quería, porque era muy valiente y bueno y no dejaba que nadie tratara mal a nadie enfrente de él. Porque me hacía sentir segura y por la manera en que hacía que me pusiera roja. Nadie ha logrado que me ponga roja desde ese entonces. Él me presentó a insomnio y no se me olvida como, durante todo ese tiempo, padecí insomnio crónico. Sentía una felicidad como de loca y traía una sonrisa que no se borraba ni dormida. Hasta las dos o tres cerraba los ojos y yo creo que era por agotamiento de tanta felicidad. Yo no sabía que podías sentir tanta emoción en un solo día y las canciones, las canciones que me tocaba las repetía una y otra vez en mi mente tratando de disecar cada palabra y de ver que era lo que trataba de decir. Todavía me acuerdo de su carita cuando le dije esas dos palabras que no debes decir así porque sí, porque yo se las quería decir, pero aprendí que son palabras que debes cuidar cuando las vas a decir. Y la manera en la que me ponía el apodo, que no voy a mencionar, sólo para tener un nombre secreto que no supiera nadie más que él y yo. Ahora las estrellas salen y me vuelvo a acordar de él y veo a mi cajón, recordando que ahí dentro, en algún lugar todavía está la pulsera que me dio antes de irme, antes de irse. Yo aquí y él allá, en algún lugar en altamar, quien sabe, a lo mejor a veces también se acuerda de mí. Ahora tengo veintiuno y no es fácil ponerme roja. Sin previo aviso, el teléfono suena y me emociono cuando mi hermana entra a mi cuarto y con media sonrisa dice, es para ti. Tomo el teléfono y cierro la puerta y por un instante antes de contestar, pienso “es mentira, no tengo veintiuno, todavía soy esa chiquilla de quince que sueña con bolas de fuego”. Y con esa sonrisa de tonta me tiro en la cama para hablar horas y horas de quien sabe que cosas.

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