Recuerdo un cuarto algo alargado
que esta junto a las escaleras. Estoy en el cuarto y acabamos de comer. El olor
a jengibre y cordero aún permanecen en el aire. Por algún motivo me he adelantado
y permanezco a medio cuarto… sola. Las paredes son altas y blancas y el suelo
está revestido de una alfombra gris. Toda la estancia es un juego de
tonalidades grises, negras y blancas. A mi espalda hay una pared que no es
pared, sino cristal y pegado a él hay un sofá. El sofá se me antoja para
estirarme después de haber comido aquella comida tan rara y tan deliciosa… si
tan sólo pudiera recargar mi cabeza en esos cojines ajedrezados sería… en
frente del sofá hay una pantalla. Una pantalla plana enorme. No sé que tiene
este cuarto que a pesar de su falta de viveza se me antoja. Es como si nadie
hubiera estado aquí en mucho tiempo o como las salas que ponen en las tiendas
departamentales, perfectas y sin rastro alguno de personas. No hay pantuflas, no
hay un vaso de agua a la mitad, no hay algunas notas sobre la mesa o un libro a
medio leer descansando al lado de la
lámpara. Hace frío y busco una cobija, pero no hay cobijas. A un lado del
televisor hay una serie de películas acomodadas alfabéticamente y por género.
Me pregunto si alguien las habrá visto recientemente. Sea como sea, no
reconozco ninguno de los nombres y me aburro pronto. Más allá de esta
habitación hay otra y la puerta se encuentra entre abierta, veo cruzar a una
mujer que usa una bata de seda negra abierta por el frente. Su cabello rubio no
me deja ver su cara. Puedo escuchar entre murmullos que habla con un hombre, el
parece molesto. Pongo atención para ver si entiendo lo que están hablando…un
ruido interrumpe mi concentración, es una risa. Más allá de la habitación
blanca y negra, junto a las escaleras, hay una puerta café. La abro con cuidado
y veo a la mujer de extravagante cabello rubio de pie junto a una de tres cunas.
Aunque me da la espalda, desde donde estoy puedo ver que en sus brazos arrulla
a un bebé…su bebé. En las otras dos cunas dos bebés más hacen ruidos extraños,
que parecen mezcla de risas y balbuceos, intentando llamar su atención. La ropa
elegante, pantalón negro, blusa blanca y negra y tacones negros, desentonan con
el beige de la alfombra y el café madera de las cunas. Los dos niños y la niña visten
con los mismos tonos blancos y amarillos y cada uno de ellos tiene un oso de
peluche igual al del otro. El cuarto huele a talco y a leche y sigo intentando
descifrar porque la imagen de la mujer con el niño entre los brazos pareciera
no pertenecer a aquí. Los brazos torpes de aquella mujer siguen arrullando al
primero de los tres niños y de entre su voz melodiosa que murmura alguna
canción de cuna que yo no conozco, se escucha el sonido de cristal
estrellándose sobre el piso. Hay un golpe de algo que no sé que es, pero que se
que es grande y la mamá sigue cantando entre murmullos. Me asomo a la puerta y
no logro ver nada. Busco el origen del sonido y con cautela me acerco a las
escaleras. Más allá de las escaleras, en el primer piso, mezcla de voces altas
y risas continúan sin la más mínima alteración. Bajo uno a uno los escalones.
Sobre la mesa hay todo tipo de platillos, falafel, trozos ahumados de ternero,
tabule, otra carne que no sé que es, pero que se me antoja y más allá, en el
extremo cerca de la puerta giratoria, una charola de dulces de pasta de los
cuales sólo reconozco a los dedos de novia. Dos mujeres que visten con
uniformes arreglan la mesa. El olor que sale de la cocina hace que mis
intestinos se tuerzan. ¡Tengo tanta hambre! Por un instante pienso en correr
hacia la mesa y llenar mis manos de lo que sea que haya sobre los platos. Veo
sobre mi hombro y estoy a punto de iniciar la carrera, es ahora o nunca…
entonces un hombre con camisa blanca y pantalones grises entra a la casa. Lo
hace rápido y entra a lo que parece un baño. Es hasta ese entonces que me doy
cuenta de los otros tres hombres que se sientan en la mesa cerca del jardín.
Los tres fuman shisha y mientras me acerco puedo percibir un olor a naranja. Me
recuerdan a la oruga de Alicia en el País de las Maravillas, pero sin tantos
colores y con cejas que antes de tranquilizarme, me invitan a alejarme. Uno de
ellos debió verme venir porque inmediatamente hace una seña para que cierren la
puerta. Intento asomarme entre la rendija que forma la madera con el marco pero
no alcanzo a ver nada. Mis oídos tampoco escuchan lo que debieran. Mi estomago
se siente lleno y tengo en realidad mucho sueño. Las sillas alrededor de la
mesa están desordenadas y el sabor dulce de los dedos de novia aún permanece en
mi boca. Una mujer de cabello rubio y sonrisa amplia me invita a regresar uno
de estos días y muevo mi mano de un lado a otro en su dirección mientras estoy
por subirme al auto. La habitación de los niños tiene una luz tenue y un poco
amarilla y ahora no quiero alejarme de ella porque la mujer se ha ido y dos de
los tres bebés hacen ruidos que no entiendo. Entre mis brazos acuno a uno de
ellos, el primero. El sonido de cristal estrellándose contra el suelo hace que
el bebé salte en mis brazos pero no dejo de cantar. Después un golpe. No sé que
causa el golpe. De pronto escucho a los hombres decir algo en un idioma que no
conozco y por la rendija por la que me asomo puedo ver una sombra corpulenta
acercándose a la puerta. Corro a esconderme debajo de las escaleras justo
cuando el hombre sale acompañado del de barba cerrada y de olor a naranja. En
la oscuridad de debajo de la escalera, recuerdo la sonrisa amplia de la mujer
de tacones negros. Sobre mi oigo unos pasos y aunque sé que debería hacerme
chiquita, no lo hago y teniendo cuidado asomo la cabeza. La puerta de la
entrada se abre y de las escaleras bajan los que salieron oliendo a naranja
cargando una sábana blanca que parece muy pesada. La casa de tonos negros,
cafés y verdes de pronto se anima con aquella mancha roja y justo antes de que
cierren la puerta, de entre el blanco de la sábana veo aquellos cabellos rubios
que tengo memorizados. La casa huele a una mezcla de naranja y cordero y de
quien sabe que tantas cosas raras que aún se me antojan. Trato de abrir la
puerta, pero a mi derecha hay una mesa llena de comida que no conozco pero que
huele bien y ¡tengo tanta hambre! Me encamino hacia la mesa y al pasar por las
escaleras escucho, no bien, apenas como un murmullo, una canción de cuna y uno
que otro balbuceo, o risa, o llanto.
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