domingo, 6 de enero de 2013

Un pedazo de verdad (mi verdad)


Sé que vas a leer esto y no tengo ganas de jugar con mis palabras y con tus ideas de lo que significa o no significa lo que escribo. La imposibilidad de decir de frente lo que alguna vez dije en clave se me revela hoy como esta misma imposibilidad de no decir lo que pienso en clave, sino como lo siento, sin juegos, sin tapujos, sólo yo, completamente desnuda. Completamente yo.
Quiero, pero no de la manera en la que alguna vez quise. Aún puedo llorar, pero hace tiempo que no lo hago, no como solía hacerlo. Aún tengo locura en mí, pero no aquella inexplicable que no hacía más que ayudarme a huir. Corro, pero ya no de mí y tampoco de ti. Corro hacia sueños que antes no hacían más que emerger cuando me ahogaba, cuando todo era malo y ya no podía respirar. Me encamino con paso veloz, a veces volando, a veces caminando lento, pero firme, hacia ese lugar que, llueva o salga el sol, permanece fijo en mi imaginación. Ya no eres mi sueño, pero aún sueño contigo. Y pensar en ti no me hace querer correr lejos de ti y hacia ti, pero aún imagino cómo será sentarnos frente a frente a tomar un café. Reniego, pero ahora menos y a veces hasta creo que reniego sólo por costumbre y que en secreto me ha empezado a gustar todo aquello de lo que tanto reniego. Extraño, a mis amigos, a los que aún lo son, pero que están lejos de mí y a los que, aunque juegan a serlo, ya no lo son. Me extraño. Extraño ese impulso inevitable que no hacía más que meterme en problemas y causar un caos aún mayor dónde ya existía uno. No me malinterpretes, también me gusta el mar en calma, a veces lo necesito y es bueno para suspirar lento, pero en secreto aún ansío la tormenta. A veces, momentos antes de que todo vuelva a estallar, justo cuando siento que mi tórax está por reventar de tanto aire que me oxigena y me sofoca, mientras siento esta ansiedad de que todo de nuevo se agita y estoy por perder toda esta calma, detrás del agua que amenaza con acumularse en mis ojos, se asoma una sonrisa porque sé lo que está por venir. Porque extraño el caos, porque bajo las aguas tranquilas casi siempre hay una corriente arisca. Porque sé que yo soy era corriente y que cuando más en control estoy es en situaciones dónde no hay control. Me gusta el caos, porque yo soy caos y soy buena con él. ¿Sería locura decir que me gusta la sensación de estar a punto de estallar y estar a punto de perder la calma? Saber que yo soy dueña de mis impulsos y no mis impulsos de mí. No siempre lo logro. Me gusta estar en el límite y me gusta ser esa persona que no crees que yo soy. Me gusta ser calma porque a veces calma es lo que necesito ser para poder eventualmente ser tormenta. Y mentiría si dijera que soy muy fuerte porque antes era una chiquilla chillona que escribía acerca de eso que nunca dijimos o eso con lo que secretamente soñaba. A veces siento una alegría que podría ser casi euforia ante la idea de todo lo que no sé y que va a pasar y me siento un poco como loca, como si fuera bipolar y estuviera cursando alguna fase maniaca. ¿O de que otra manera podría explicarse esta felicidad incontrolable que no viene de ti ni de nada que sepa está por venir? A veces prefiero creer que no es eso y que en verdad es la emoción de todo eso que va a ocurrir y que va a ser tan grande, así como un terremoto, que quizá va a destruir, pero que eventualmente creará y algo nuevo, algo que desconozco, surgirá. Antes solía sentirme sola. Todo el tiempo, día y noche, pasó por un tiempo y de nuevo volvió, esta vez aún peor y nada ni nadie supo como curarlo. Antes, no quería volver a saber de nadie, mis sueños pesaban como aquella mochila sobre mi espalda. Haciéndome ir cada vez más lento y cansándome, sólo ahí para recordarme lo lejos que estaban y lo grandes que eran, pero lo insoportable que era haberlos soñado en primer lugar. Cada noche moría en mi imaginación con la esperanza de por la mañana siguiente nacer sin sueños y feliz, feliz con todo lo que tenía y todo aquello que no tenía. ¿Te cuento algo? Creo que la otra noche morí. Morí y de alguna manera cuando desperté, no había muerto del todo. O al menos no mis sueños. Morí y como por milagro volví a abrir mis ojos al día siguiente y cuando me miré en mi espejo roto, mi cuerpo tenía mil pequeñas cortaditas que ardían, pero de manera soportable y cuando me estiré, en mi espejo roto aparecieron dos hermosas y grandes alas de un blanco grisáceo, como aperlado, que salían de algún lugar detrás de mis brazos. Y me di cuenta que esas alas eran mis sueños que había dejado de ser esa mochila que cargué durante tantos meses (¿o habrán sido días?). He practicado volar un poco, pero con cuidado de no hacerlo demasiado alto o me pueden ver y puedo asustar a alguien y hay algunas personas a las que no puedo asustar. A las que no quiero asustar. ¿Sería raro si te dijera que ya no añoro? Recuerdo, pero por raro que parezca no hay nada en este mundo, en este instante, que yo añore. ¿Tienes idea de lo bien que eso se siente?  Y como si fuera magia, todo comienza a tener sentido y de pronto me doy cuenta de que no es mentira de que puedo hacer lo que yo quiera, que la mentira es que sería fácil, pero que no es cierto que es imposible. ¿Qué más puedo decirte que leyéndome no sepas ya? Ya lloré mucho, ya reí también mucho y me enamoré como chiquilla loca y soñé con castillos que se derrumbaron y que volví a construir, de nuevo construí sobre nubes que se sacudieron y por poco los tiraron. Ya sabes que fui nube, también que volví a ser humana y que hace no mucho me convertí en sombra, y ahora, ahora no sé lo que soy. Pero sé que cualquiera de estos días me daré cuenta. Y quizás te da miedo volver a conocerme, quizás te aburres de pensar que paseando a mi lado, yo jamás te daré paz, o que será como una ruleta rusa, ganar mucho o perder todo y quizás piensas que necesitas conocer a árboles, con hojas cambiantes y que sean muy altos, tan altos que alcancen sus sueños, pero firmes hasta lo más profundo, o a personas que no sean humanos, sino mariposas y que vuelen alto dando gráciles piruetas en el aire y que embellezcan el día. Yo no soy nada de eso. Tengo alas, alas un poco rotas, pero aún vuelan y lo hacen más alto que aquellas de las mariposas. Pero con todo eso, sigo sin saber quién o qué soy. Y me da risa porque en este preciso momento ya no quiero escribir y me canso de tratar de darle forma a mis ideas y de poner en palabras ese torbellino que no sé qué es, pero que me mueve. Sea lo que sea, y pienses lo que pienses, yo tengo alas… Eso es, en realidad, lo único que yo puedo hacer por ti. 

Puedo enseñarte a usar tus alas.


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