No sé qué decir, no sé qué hacer.
En esta inmensa ciudad, con sus luces y su tráfico, más allá de esos edificios
y detrás de algunas rejas, ahí, en el cuarto de la cortina amarilla, estoy yo.
Sentada sobre la cama intento asomarme a la
ventana. Llueve. Llueve sin cesar como yo en el fondo desearía poder hacerlo.
Pero no lo hago. Me siento y jalo mis rodillas hacia mi pecho mientras dejo que
la imagen de las gotas resbalando por mi ventana, de ellas cayendo y haciendo
círculos cada vez más grandes en los charcos, quede grabada en mi pupila. Y
entonces me acuerdo de ti.
Eres el de los ojos cafés miel,
el de los ojos verdes tornasoles, el de ojos oscuros. Ya no sé bien quién eres,
pero sé muy bien que me dueles y que me escondí de ti lo mejor que pude.
Entiende que no me quedaba a dónde ir.
Ahora por fin despierto, despierto a ti, el de
los ojos cafés oscuros y mirada retadora. Despierto y me da miedo abrir los
ojos porque me sacudes y me desesperas. Me haces sentir tonta y con ganas de
saber mucho del mundo, de ti, de tu mundo. Me asusta como mi mente me cuenta de
ti en el rojo de los semáforos y luego como se entusiasma con el verde del
mismo semáforo en el cual, de nuevo, te me apareces. Y entonces te pienso
cuando acelero y acelero más, cada vez más y otra vez me asustas porque no
quiero dejar de acelerar.
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