Y la rompí en cachitos, de esos tan pequeños que imaginas
nunca vas a poder pegar. ¡Cuánto dolió romperla en tantos pedacitos! Ahora que
la veo ahí, sobre la repisa, en fragmentos, rota y aún hermosa, pienso que
quizás hubiera sido mejor dejarla como estaba, dejarla ser parte de ese mundo
irreal. Respiro profundo antes de soltarme a llorar. Quisiera poder pegarla,
quisiera que esas cortadas, que yo no infligí pero que hice se notaran, no
existieran. Quisiera volver a verla sonriente y entera sobre la repisa viéndome
con esos ojotes cafés de cristal que dicen tantas cosas sin en realidad decir
nada. ¡Mi muñeca de porcelana tiene el cabello más hermoso! Jamás sabrás todos
los secretos que guarda mientras sonríe, porque su sonrisa hace parecer simple
arena a las perlas más hermosas del mar. Y cuando ríe, porque a veces si lo
hace… o lo hacía, el sonido de su risa recuerda a un día de verano, cuando
acaba de terminar la escuela y las tardes se extienden interminables como un sueño.
¡Qué cosa tan más linda es mi pequeña muñeca de porcelana! Tiene las manos más
delicadas y con ellas da caricias que sanan las heridas más profundas o hace
callar a las palabras más hirientes. Sus manitas son blancas y pequeñas y son
el principio de un par de brazos delgados y bien formados. Sus brazos son engañosos porque, a pesar de lo
que aparentan, dan los abrazos más fuertes que he probado. Tanto que a veces
parecería que podrían sostenerte por siempre. Mi muñeca de porcelana tiene las
facciones más finas y cuando se necesita, mantiene una compostura que yo no
podría conseguir ni siquiera si quisiera. A veces juraría que no es de este
mundo porque tiene un corazón que late a un ritmo que aún desconozco, más
acelerado que cualquier otro y más firme que la más firme de las montañas. Es
como un caballo desbocado. Tiene esa belleza simple y sin esfuerzo que enamora
y una complejidad que nadie que no haya sido caballo lograría entender. Si mi
muñeca de porcelana fuera caballo, habría sido la única yegua blanca y si
hubiera corrido, hubieras jurado que volaba. No es de este mundo, te digo. Es
la más frágil que haya sostenido y la más fuerte, pero hoy, por mi culpa, está
rota. La línea de sus labios permanece recta y aunque yo quisiera sacarle
alguna mueca, no lograría nada porque no soy como ella. A veces pienso que mi
muñeca de porcelana vive en una casa de espejos. Quise enseñarle mi mundo, no
sabiendo que mi mundo le haría daño. Ahora la veo con ojos más vidriosos de lo
normal, sus mejillas permanecen rosadas y a través de sus delicados párpados
aún puedo ver una que otra pequeña vena morada, pero sus labios, sus labios ya
no me dicen que habrá un mañana y eso, eso es lo que más extraño de mi hermosa
muñeca de porcelana.
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