Espero. Nada. Me sirven otra copa
de vino. No estoy segura de cual, ni siquiera sé si es bueno. No me importa
saber si es bueno. Doy otro trago. Nada…
Ahora el coche avanza y yo subo
el vidrio de la ventana del copiloto. La música suena fuerte, ahora más fuerte
y a mi lado una voz que canta, no es la mía, no hoy. Comienza la lluvia y mis
ojos se fijan en el parabrisas y en el ir y venir de las gotas. Juegan a
intentar llegar a mí. Busco esperando que sea a ellas a quien espero, pero no
son ellas y me desespero en mi asiento, ansiosa por llegar. ¿Por llegar a
dónde? Ya conozco ese camino, conozco esos árboles y esas casas y las curvas
que hay que hacer para llegar a dónde pretendemos llegar. Pero he estado ahí
antes y no sé si la idea de regresar me hace sentir en calma o tedio
insoportable de regresar a lo que conozco, a lo que me es familiar, a lo que me
da seguridad.
La seguridad se viste de calidez esperando que
quiera entrar y quedarme. Los recuerdos llegan de golpe, urgiéndome aceptar mi
realidad o suplicando que abra la ventana y brinque del coche antes de que sea
demasiado tarde. Mi cuerpo paralizado arde y duele, entumido no puede hacer nada, sólo espera. Algo me estira y recorre mis arterias y venas cada vez más rápido
y sospecho que si no actúo deprisa, pronto mi cuerpo inmóvil y aparentemente
relajado, va a estallar. El golpeteo del agua contra el parabrisas me pregunta
insistente la respuesta, pero no la encuentro. A mi lado desfilan imágenes
cuyos colores se disuelven intentando cobrar las formas de lo que espero, pero
mis ojos no ven más que un remolino. Un remolino cuyos colores no me alegran,
pero que sí consiguen darme nauseas. Quiero vomitar.
El carro se detiene. Casi llegamos. La puerta del carro se abre y sobre mi mano siento ese calor que me
recorre, una vez más. Sin que yo lo ordene, una de mis piernas se desliza
fuera, luego la otra y yo no sé si quiero reír o llorar.
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