sábado, 2 de marzo de 2013

Sol frío




Mis ojos… los abro. Un poco entrecerrándolos, un poco queriendo volver a soñar. Pero me obligo y dejo entrar al sol mortecino entre mis pestañas. El frío cala mi piel y recuerdo que he olvidado traer un abrigo. Nunca previniendo, nunca pensando que al despertar haría frío y que mi piel se enchinaría a mi pesar. Mis manos ciegas me obligan a levantarme y ese dorado helado que veo distante por las persianas me invita a seguirlo. Salgo a la calle. Salgo con el cabello sin peinar y mi cuerpo sin lavar, pero es la urgencia de ir y buscar. Necesito encontrar. Camino sabiendo que necesito avanzar y sin la menor idea de dónde iré a parar. Pasan a un lado y otro, mujeres sumidas en abrigos que tapan hasta sus talones con niños que jalan con prisa y detrás. Y hombres, hombres viejos que han perdido la luz en sus ojos y sólo piensan en el trabajo que pierden y quieren conservar. Pasan, unos volteando, otro queriendo mirar, pero sin detenerse a observar. Yo sólo puedo pensar en avanzar y me abro camino, no pensando en el frío que vendrá o en el cuarto de paredes blancas y estantes vacíos que estoy dejando detrás. El chico de los periódicos y la bicicleta pasa y por poco me arrolla. Estoy a punto de caer pero no lo hago. Unas manos pálidas y arrugadas me detienen. Volteo sólo para  ver al viejo de la boina alejarse murmurando y sobre mis labios bailan las letras del “gracias” que no va a escuchar. Tengo ganas de regresar al calor de las sábanas que acarician mi piel y me piden no volverme a marchar. Una puerta delante de mí se abre dejando escapar el calor de hogar que pensé estar buscando o quizás dejando sin pensar y lo acompañan olor a canela y café…mocka o negro. Sea el que sea me quiero quedar. Manos sobre el vidrio, mezcla de inocencia y ganas de escapar, mis ojos se detienen a mirar. El extraño de ojos chocolate y libro en mano me hace señas para que me vaya a sentar.  Y su boca dice palabras que por más que intento no logro escuchar y que quien sabe como calman parte de esa desconocida ansiedad. Y me veo sentada con una tasa entre mis manos y su abrigo sobre mis hombros, riendo de quien sabe que cosas de las que habla sin parar. Pone su mano sobre mi rodilla desnuda y veo el centelleo en su mirar que intenta desesperadamente sostenerme y no dejarme marchar. Mis manos caen a mis lados dejando a su paso su marca sobre el vidrio y el ensueño que inició queda colgando de los ojos de aquél extraño mientras me alejo y lo dejo, de nuevo, solo y con las letras que no le darán un beso antes de irse a acostar.  No me puedo quedar. Delante de esas pieles y ceños fruncidos hay algo más y busco como perro olfateando ese quien sabe qué que se a ratos se asoma de las manos del que me pide unas monedas y de la señora de las flores que suspira mientras las arregla sin saber si sus flores algo, algún día, irán a cambiar. Más allá del gris de esta ciudad, de sus prisas y las miradas de los que te ven sin idea de si te vieron o te imaginaron pasar, demasiado ocupados para pensar, demasiado entretenidos en los días que no volverán, el sol mortecino me invita a continuar, a no detenerme aunque tenga frío, aunque mis pies duelan y este cansada de no encontrar. Así, incitada por el sol frío que encandila mi mirar, le busco sin parar.     

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