Mis ojos… los abro. Un poco
entrecerrándolos, un poco queriendo volver a soñar. Pero me obligo y dejo
entrar al sol mortecino entre mis pestañas. El frío cala mi piel y recuerdo que
he olvidado traer un abrigo. Nunca previniendo, nunca pensando que al despertar
haría frío y que mi piel se enchinaría a mi pesar. Mis manos ciegas me obligan a
levantarme y ese dorado helado que veo distante por las persianas me invita a
seguirlo. Salgo a la calle. Salgo con el cabello sin peinar y mi cuerpo sin
lavar, pero es la urgencia de ir y buscar. Necesito encontrar. Camino sabiendo
que necesito avanzar y sin la menor idea de dónde iré a parar. Pasan a un lado
y otro, mujeres sumidas en abrigos que tapan hasta sus talones con niños que
jalan con prisa y detrás. Y hombres, hombres viejos que han perdido la luz en
sus ojos y sólo piensan en el trabajo que pierden y quieren conservar. Pasan,
unos volteando, otro queriendo mirar, pero sin detenerse a observar. Yo sólo
puedo pensar en avanzar y me abro camino, no pensando en el frío que vendrá o
en el cuarto de paredes blancas y estantes vacíos que estoy dejando detrás. El
chico de los periódicos y la bicicleta pasa y por poco me arrolla. Estoy a punto
de caer pero no lo hago. Unas manos pálidas y arrugadas me detienen. Volteo
sólo para ver al viejo de la boina
alejarse murmurando y sobre mis labios bailan las letras del “gracias” que no
va a escuchar. Tengo ganas de regresar al calor de las sábanas que acarician mi
piel y me piden no volverme a marchar. Una puerta delante de mí se abre dejando
escapar el calor de hogar que pensé estar buscando o quizás dejando sin pensar
y lo acompañan olor a canela y café…mocka o negro. Sea el que sea me quiero
quedar. Manos sobre el vidrio, mezcla de inocencia y ganas de escapar, mis ojos
se detienen a mirar. El extraño de ojos chocolate y libro en mano me hace señas
para que me vaya a sentar. Y su boca
dice palabras que por más que intento no logro escuchar y que quien sabe como
calman parte de esa desconocida ansiedad. Y me veo sentada con una tasa entre
mis manos y su abrigo sobre mis hombros, riendo de quien sabe que cosas de las
que habla sin parar. Pone su mano sobre mi rodilla desnuda y veo el centelleo
en su mirar que intenta desesperadamente sostenerme y no dejarme marchar. Mis
manos caen a mis lados dejando a su paso su marca sobre el vidrio y el ensueño que
inició queda colgando de los ojos de aquél extraño mientras me alejo y lo dejo,
de nuevo, solo y con las letras que no le darán un beso antes de irse a
acostar. No me puedo quedar. Delante de esas
pieles y ceños fruncidos hay algo más y busco como perro olfateando ese quien
sabe qué que se a ratos se asoma de las manos del que me pide unas monedas y de
la señora de las flores que suspira mientras las arregla sin saber si sus
flores algo, algún día, irán a cambiar. Más allá del gris de esta ciudad, de
sus prisas y las miradas de los que te ven sin idea de si te vieron o te
imaginaron pasar, demasiado ocupados para pensar, demasiado entretenidos en los
días que no volverán, el sol mortecino me invita a continuar, a no detenerme
aunque tenga frío, aunque mis pies duelan y este cansada de no encontrar. Así,
incitada por el sol frío que encandila mi mirar, le busco sin parar.
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