lunes, 6 de junio de 2016

Calamidad



Me desespero de ser la que soy y de tener esta vida que tengo. Frente al espejo acaricio mi imagen sin ser ésa exactamente, mientras soy aquella que se esconde detrás del cristal, en silencio y viendo la vida pasar día a día... La crema, cepillar el cabello, ahora el labial... No olvidar los ojos, eso día tras día y sólo observo lo que la que tiene mi cuerpo hace,  mientras yo aquí del otro lado del espejo me revuelvo en mi lugar ante la creciente incomodidad de todo lo que ya no es y lo que ha acabado por ser.
¿Será que esto es todo lo que queda y todo lo que nos espera? De mis entrañas salen las voces que nunca olvidé y que extrañaba escuchar, suplicando que las escuche y que no las envuelva en papel burbuja hasta hacerlas callar. En el fondo de sus ojos puedo ver todo lo que nunca ha dicho y que siempre ha pensado, de sus labios puedo escuchar las palabras que dice casi como suspiros anhelando que cualquiera de estos días, cobren la fuerza suficiente para proyectarse al resto de su cuerpo, de sus ademanes y de cada figura que ha de decidir tomar... Pero el tiempo se acaba...
El tiempo es poco y la prisa es mucha y la agonía de estar en este lugar, en un cuarto de cuatro paredes que lo es todo sin en verdad ser nada, me llena de angustia y de una premura que no había probado desde los veintiuno... ¿A dónde correr? ¿A quién gritar? Y es que del fondo de mi pecho salen los gritos que nadie escucha y las palabra tanto tiempo apagadas.
Entonces de entre mis costillas me asomo pidiendo aire, suplicando que me dejen respirar, que alguien llegue y rompa mis costillas, cárcel mía tan antigua como mi memoria. Y la vida se deshace sin que nada en realidad pase y yo me ahogo y me pierdo entre un sin fin de pensamientos desordenados y caóticos, sin pies ni cabeza, sin cuerpo... Sin forma... Porque nada en realidad tiene otro sentido además de la desesperación que en días como hoy me paraliza y me arrebata de la vida que tengo para recordarme que no es en realidad la mía, que se la he robado a alguien más y que alguien que se hace llamar yo, usurpa mi lugar, tan convincentemente bien que casi me hace creer que en realidad soy yo... Excepto en días como hoy, cuando no me reconozco frente al espejo y me agito queriendo arrancarme del fondo de ese pecho que no es mi pecho y de esos labios que no son mis labios. Ahí es cuando por instantes me acerco peligrosamente a ser yo... Yo en fragmentos que están milimétricamente cerca de encontrarse, de tocarse... De volverse eso que desde el principio debieron ser sin jamás haber tenido la fuerza suficiente para lograr la cohesión de todas sus partes.
Y así, en días como hoy, soy una inútil, en agonía y de una extraña manera, casi feliz de sentir que rozo cada uno de los fragmentos que nos miran día a día desde el fondo de aquel espejo... Nuestro espejo.



domingo, 5 de junio de 2016

Recortes (en ningún orden en particular)

 Soy y siempre seré la chica que se volvió loca.
                 Así como existe la mujer que se escapó, ésa que era la indicada, así estaré yo... Clavada en la pared de tus recuerdos... Colgando entre la foto de la que casi te vuelve loco y el marco de la que es tanto que serías el que un día fuiste conmigo y mil cosas más si lograras descifrar cómo atraparla. Estaré como un apartado de las mil y un maneras de cómo hacer las cosas al revés y de el sin número de cosas que se pueden inventar para perder la cabeza un poco cada día.
                Recuerdo cuando choqué aquel coche y morí de vergüenza ante la sola idea de que pensaras que no sabía manejar o peor, que sabía manejar y que lo hacía terriblemente mal. Mis ánimos se nublaron ante la posibilidad que el accidente de esa tarde pudieras extrapolarlo al resto de las cosas que yo hacía y que así como ese día, te dieras cuenta de que para mí era lo más natural chocar incluso cuando la carretera era una recta. Pero me sorprendiste y dijiste -ya pasó lo peor ¿qué más podría salir mal? - y nunca te dije, pero ese día te quise como no había querido a nadie y salimos a la azotea de tu casa e hicimos el amor por primera vez mientras de frente y con mis piernas aferradas a tus caderas me embestías y por detrás el granizo golpeaba mi espalda, creando el contraste perfecto del frío de allá afuera y el calor que emanaban nuestros cuerpos. Recuerdo que pensé que lo que hacíamos era poesía y supe entonces que ése sería mi poema favorito. Sigue siendo de mis poemas favoritos...
                Poco sabías de todo lo que podía salir mal en ese entonces y de todo lo que iba a salir mal, de cada una de las maneras en que iba a enredarnos y que ni tú ni yo íbamos a tener la menor idea de cómo soltarnos. 
              Comenzó cuando empecé a confiarte mis secretos, esos que tenía metidos debajo de la cama, los que hacían que el rímel se me corriera por las mejillas y por los que me obligaba a poner una sonrisa al día siguiente y por el teléfono, todo con tal de que no te dieras cuenta y de que nadie adivinara qué era lo que la chica de los grandes ojos cafés y labios rojos que siempre sonreían, ocultaba. 
             Como cuándo aquella vez preguntaste si estaba bien y se me ocurrió contestarte la verdad sólo para que llamaras luego y yo con la voz entrecortada te platicara el pleito con mi papá y de cómo me había dado su pistola, cartucho cortado y todo, mientras entre gritos, me animaba a dispararle. Lo que nunca te conté es de cómo mientras me gritaba, por mi mente pasaba la imagen de yo cogiendo la pistola deprisa y en un segundo acabando con todo con un disparo sobre mi cien. O como aquel día en el que te platiqué que me enojé tanto con mi hermana que la mordí y recuerdo la vergüenza de contarte lo salvaje que había podido ser y de cómo me odiaba por eso sólo para que tú me calmaras diciendo que no era una mala persona y que era chistoso, y lo dijiste de tal manera que entre el llanto comencé a reír. 
                Pero nada de eso era gracioso ni resultaba ser una broma. Eso que yo te contaba era mi día a día y debiste imaginar que exageraba cuando la primera vez que traté de cortarte te advertí que era por tu bien, que sentía esa oscuridad de mi interior  rondando cada vez más cerca de la superficie y que no conocías mi lado terrible, pero insististe en quedarte y ahora pienso que quizás decirte eso fue lo peor que pude hacer porque a lo mejor te dio curiosidad y la intriga hizo que lo nuestro se viera más increíble de lo que en verdad podía ser, porque ¿quién apenas conociéndote te daría cita en otra ciudad de la que ni tú ni yo sabíamos nada? Y entonces te quedaste y te conté de las cortadas que en mi afán de borrar viejas heridas, de llamarme liberal y de acortar la distancia que me hacía sentir como una isla, me había hecho y de lo mucho que aún ardían. Nada te conté del miedo de que tú le sumaras cortadas a esa lista por que eras tú y ¿qué sentido podía tener martirizarte con miedos irracionales? Resultó que al final no lo eran tanto...
          Poco creíste que de ser yo quien era pudiera volverme la que soy con mis manías e inseguridades que me hacen despertar llorando a media noche o pidiéndote media hora después de habernos besado y de haber reído como histéricos que cojas tus cosas y te marches...
Pero es que no todo era malo y estoy segura de que cuando veas mi foto colgada de esa pared alguna vez tendrás que recordar nuestro afán por construir una casa de árbol, alejada de todo y de todos dónde estuviéramos rodeados de libros y música y durmiéramos de día sólo para vivir de noche... O las tardes debatiendo de ideas que ni tú ni yo comprendíamos muy bien pero que estábamos dispuestos a disecar bebiendo café y sumergidos en canciones de Oasis y Pink Floyd mientras el humo de lo que habíamos estado cocinando comenzaba a salir de la cocina. Y a lo mejor en una de esas te acuerdas de cuándo me fui a Europa y juraste que si yo no regresaba eras capaz de dejar todo y alcanzarme en dónde estuviera sin importar los líos en los que estuviera metida y recuerdo lo tierno que pensé que eras y cómo a tu manera seguías siendo un niño que ninguna idea tenía de cómo funcionaba el mundo. 
               Ahora me arrepiento de haber pensado eso porque a lo mejor fui yo la que te contagió de aquel incipiente realismo para luego quedarme con tu parte de ingenuidad y soñando con amaneceres en lugares desconocidos siendo todo menos lo que estábamos intentando ser...
            Entonces vienen de golpe los recuerdos de cómo fui perdiendo la cabeza, de cómo sin pensarlo y sin detenerme te rompí y de cómo vivir conmigo se volvió agridulce, yendo de extremo a extremo sin previo aviso. Y es que estoy casi segura de que no fue todo mi culpa porque algo adentro de mí me decía que el que yo acabara por ser tan normal y funcionara tan bien dentro de esa nada entrañable sociedad, te consternaba, sólo para luego desilusionarte y acabar por aburrirte. Y así te enfadaste de pasar tardes y noches conmigo, de las anécdotas de mis pleitos diarios, de mis ocurrencias que ya no representaban nada nuevo y entonces aquello que yo podía contarte comenzó a ser menos entretenido que eso que te contaban tus amigos. 
             Así fue cómo acabé tomando antidepresivos y amenazando con quitarme toda la ropa si regresábamos a esa horrible fiesta a la que yo no quería ir o tomándome botella y media de vino tinto y estando tan lastimada que te juré que ahora iba a ser puta y puta profesional y que si querías volver a estar conmigo o siquiera platicar, ibas a tener que pagar. 
              Y como eso infinidad de cosas más en las que entre cartas, sábanas, gritos, gritos sábanas, cartas, silencio, silencio sábanas, silencio gritos, cartas, llanto y risas, en ningún orden en particular, acabamos por volvernos dos extraños que solían conocerse bien y que ahora apenas intercambiaban palabras... mucho menos se tocaban.
               Entonces me convertí en la niña - mujer que llenaba tu vida de incoherencias de las,que nada entendías y que te pesaba siquiera tratar de entender y cansado de todo decidiste colgar mi foto enmarcada en un cuadro bellísimo en esa, tu pared, sin darte cuenta de que me estabas condenando a ser por siempre esa chica: la chica que se volvió loca.

sábado, 16 de abril de 2016

Regresar (segunda parte)


Lloré hasta quedarme dormida. No porque así lo quisiera , ni porque lo extrañara, pero porque no había otra cosa que hacer ni manera de evitarlo. Lloré como solía hacerlo cuando era niña y mi papá se enojaba, gritaba y amenazaba con pegarme. No era miedo lo que sentía, era la tristeza incontenible de saber que mi lugar seguro no lo era después de todo y que el mundo de colores en el que me había empeñado en creer existía con una gama de colores oscuros que parecían más que ensombrecidos, enlodados.
               La sensación vieja conocida se apoderó de mi y con su llegada trajo recuerdos de los mejores días ya desvanecidos y lo vi tan claro como quien observa su obra de arte favorita, con detenimiento, sin prisa y encontrando nuevos detalles cada vez, pero en esta ocasión se añadió un dolor fantasma que casi dejaba de serlo para volverse palpable debajo de mis dedos... De pronto entre la sucesión de momentos congelados como fotografías comenzaron a aparecer nuevas imágenes y vi como todo se desvanecía de la misma manera en que sucede con una acuarela sobre la cuál se ha derramado agua. ¿Qué podía hacer sino llorar?
              Los minutos del reloj avanzaban dando paso a la madrugada y con ella sabía que vendría la luz del sol, la cual por primera vez en mucho tiempo quería que se retrasara... Quise empujar la mañana, extender las horas, esas en las cuales la oscuridad lo cubría todo y me abrigaba de todos y de mí, para poder derramarme hasta vaciarme y tomar la forma de aquello en lo que iba a convertirme, fuera lo que fuera.
              El reloj no paraba y tampoco la sensación que me embargaba. Y de mis labios no salía más que silencio, mientras que de mis ojos se fugaban los colores con los que pinté su nombre, de mis oídos las canciones que sólo yo conocía, acompañadas del sonido de su risa y por mi nariz salió aquel olor a granizo y lluvia de la primera vez junto con el olor de su cuello, ése mi olor favorito. Y ahí permanecí, albergando la esperanza de que las horas se frenaran y de caer en un sueño tan profundo del cual fuera imposible despertar...
              Lloré hasta que mis ojos se volvieron pequeños y me costó respirar. Lloré hasta que mi cuerpo no pudo más. Así me quedé hasta que no supe de mí y las horas de la noche dieron paso a horas inundadas de luz que tocaban todo, todo menos a mí.





miércoles, 16 de diciembre de 2015

De especulaciones y un desnudo.


Ahí estaba yo, desnuda, con tantas cosas por decir y sin que ninguna palabra pudiera salir de mi boca. Vi como me veías. Debiste imaginar que no notaría aquella mirada que cruzó tu cara por un breve momento, ése que duró lo que debieron ser un sin fin de segundos.
Me viste a mí, sin mis labios carmín, con mis ojos medio tristones, viste las ojeras crónicas no tanto por falta de sueño como por la angustia de sueños fugados y otros tantos medio bosquejados, medio borrados. Viste el surco incipiente en mi entrecejo, ése que se hace más aparente después de que he llorado o cuando me has hecho sentir el cielo. Viste mi cabello, alborotado, como siempre. Viste mi cuerpo... Mis pechos pequeños y mi cintura un poco más amplia de lo que es armónico. Y de pronto se asomó mi melancolía, una cara seria, una risa complaciente. Del hueco entre mis muslos salieron mis celos irracionales y los no tan irracionales. De mis ojos salieron mis quejas y de entre mis labios, los reclamos que tan frecuentemente han aquejado tus noches. De mis oídos salió mi terquedad y de mi nariz se escaparon mis miedos, esos que me han hecho levantarme a media noche y que tantas veces has tenido que escuchar. De entre mis dedos salió mi indecisión. De mis pechos, las caras de mi pasado, de mi cabeza salieron volando todas las mujeres que fui, pero que a lo mejor ya no soy y entonces me di cuenta de que viste lo que antes era invisible a tus ojos y desconocido a tu entendimiento.
               De pronto mis latidos se volvieron pesados y tuve que hacer un esfuerzo por respirar lo más normal posible metiendo la mayor cantidad de aire que eso me permitiera.

               Quería decir tanto y dije nada...

               Te vi y vi como tu cara se compuso en una sonrisa, esa que ya tienes memorizada y que en nada se parece a mi sonrisa favorita. Seguimos platicando de no me acuerdo que trivialidad mientras recogía del suelo la ropa que un rato antes me había quitado. Con cada prenda que volvía a su sitió, me componía un poco hasta armarme como la mejor versión de la que fui capaz.
Y entonces sonreí, me recosté frente a ti y tomé tu mano. Esperando que todo aquello fueran especulaciones de mi imaginación y que se desvanecieran... hasta la próxima ocasión.



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lunes, 16 de marzo de 2015

Tu reflejo


Sentada en la cama miro hacia el baño y me quedo prendida de tu reflejo en el espejo. Eres cuidadoso, aún en la prisa eres cuidadoso. Untas tus mejillas de crema, la misma con la que de pequeña me gustaba jugar. Entonces comienzas a pasar la navaja con mucha habilidad formando figuras que delinean tu mandíbula y demás. Finjo que leo, pero ni yo sé qué leo. 
Te veo disimuladamente, tu cabello despeinado y esa mirada de concentración y sólo puedo pensar que te quiero, que sólo te quiero a ti y me lleno de miedo. Tengo miedo, la clase de miedo que no puedes describir... sólo sentir. 
            Quiero las horas esperando en la sala, ansiosa, al sonido de tus llaves abriendo la puerta y a que entres sacudiéndote la lluvia que tuviste que soportar para llegar aquí. Quiero tus pasos sigilosos por las noches cuando intento dormir y tu apenas comienzas a revivir. Quiero saberte sentado en el cuarto de al lado, leyendo sin descanso o escribiendo eso que quizás vas a mostrarme al rato o que quizás no, mientras yo me revuelvo en la cama cada vez más intranquila, extrañándote... Preguntándome a dónde será que tu mente ha salido a pasear esta noche. Quiero la extrañeza de despertar al olor a café y al sonido de tu voz susurrando en mi oído "despierta" seguido de mi nombre, mientras trato de arrancarme del sueño de la noche anterior, ése donde ya no eras mío, sino de ella. Deseo la incredulidad de escuchar tus carcajadas y ver que corres las cortinas y abres las ventanas de par en par para que entre el sol y el olor a primavera. Quiero sentir como fijas tu mirada y como poco a poco y sin tocarme me despojas de mi bata, de mi piel, del remolino que son mis cabellos y de las     ojeras, restos de la noche anterior. 
               Enjuagas tu cara y desapareces del espejo cuando te das la vuelta para buscar tu loción, o tu playera, o qué se yo. Mientras tanto, yo te quiero. Y paseas por el cuarto y te topas con mi mirada y sonríes a medias, sonríes sin darte cuenta...Y yo no consigo detener el hilo de mis pensamientos. Quiero las tardes de humo tirados sobre la cama, cuando trazabas círculos sobre mi ombligo y te perdías en las formas que salían de tu boca y yo en las figuras que encontraba en tu techo. Quiero la curiosidad que bailaba en tus ojos cuando yo era cocaína o heroína o alguna otra droga que se te ocurriera que querías probar. Quiero la urgencia que nos mantenía prisioneros de tu cama, de tu sofá y de tu azotea. 
        Entonces me acuerdo de las tardes encontrando imágenes en las nubes y de mi risa incontrolable, de cómo te rehusabas a soltarme y de las ganas de que mordieras mis labios. Y repentinamente quiero con ansias que me desdibujes con tus caricias y que con miradas inventemos historias felices o tristes, cualquiera de esas que por miedo no nos hemos atrevido a contar. Pero tú caminas con prisa por la habitación y en cualquier momento vas a abrir la puerta para marcharte y yo sólo consigo pensar que te quiero. 
             
                Te quiero.





domingo, 25 de enero de 2015

Regresar

Me cansé de buscarte por las calles y de mis sueños de libertad. Me cansé de paisajes desconocidos y de descifrar lenguas extrañas. Me cansé de las muecas familiares en rostros desconocidos... De la vida vertiginosa y al límite siempre y todos los días. Me cansé de correr del momento en el que vivía para llegar al siguiente en el que debía estar. De mi independencia fingida y de sus ansias por dejar de ser. Y yo no sé cómo pasó, pero de pronto tuve suficiente de hojas naranjas y cafés cayendo de las ramas de árboles secos, de trenes rápidos, de las luces que todo cubrían y volvían bello. De pensarlo cuando lo que debía hacer era guardarlo para luego... De la añoranza no tan secreta cuando finalmente había logrado alejarme... Y extrañé la melancolía que pasaba frente a mi ventana todos los días a las seis, el sabor de su café y las voces viejas conocidas que antes no podía soportar. Y así se me ocurrió que quizás no era necesario cruzar el mar, que quizás bastaban un café y un libro en algún café perdido en la ciudad ... Quizás una caminata por el lago cuando ya cae la tarde o una copa de vino en la azotea. Y ni siquiera tuve que pensarlo... Moría por regresar.



Aquí

Es el silencio el que aveces no me deja estar. Mi cabeza empieza a dar vueltas y sin que lo sospeche, de pronto empiezo a hiperventilar. Las imágenes comienzan a amontonarse, una a una, contándome una historia que se desvanece antes de empezar. Y entonces lo siento. Es un domingo por la tarde y el teléfono no suena como solía hacerlo y esa conocida ansiedad que ya había despedido, comienza a reptar por debajo de la puerta obligándome a  brincar a la cama en la esperanza de que sólo esté de paso y de que si no pienso en ella lo suficiente, se irá... Pero no pasa. 
El blanco de las paredes comienza a oscurecerse y pienso que debo estar loca, porque afuera aún es de día. Siento como mis manos quieren empezar a temblar. Abro otra caja y tomo el marco que está cubierto en periódico. Lo desenvuelvo intentando no prestar atención a la foto que hay en él, porque tengo miedo de verlo y de que si lo hago, aquel momento quede como un recuerdo de algo que solía ser y que ya no volverá. Respiro profundo. 
Entonces trato de concentrarme en la música y en las cajas que se amontonan en mi alrededor, pero no puedo. No puedo sacarme de la cabeza las palabras que flotaban en el aire cuando debía decir algo y no lo hizo, y me angustio y me da miedo y quiero salir de la casa y encontrarme con el sol y con otro día que no es hoy en un lugar que no es aquí. No pasa. 
... Sigo aquí. No puedo irme de aquí. 


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viernes, 23 de enero de 2015

El cuarto

Y sólo así, pasó. Me quedé sin alas en el momento menos indicado y cuando más las necesitaba. Diría que fue un proceso rápido y tan rápido que ni lo sentí... Pero estaría mintiendo. El tirón final fue abrupto, pero había comenzado hace tiempo. No pude hacer otra cosa más que sentarme sobre mis rodillas, mientras veía como se cernían los barrotes fríos y delgados sobre mi, hasta no dejar espacio alguno por el que yo pudiera pasar. Se escucharon los pasos de la figura que giró la manija hasta hacerla sonar y asegurarse así de que la puerta estaba bien atorada, y luego, el golpe de otra puerta. Consigo se llevó los últimos rayos de luz que se colaban por la entrada del gran cuarto, dejando tras de sí sólo una penumbra densa y muy espesa a través de la cual me costaba moverme e incluso respirar. 
           Poco a poco los sonidos del exterior fueron desapareciendo para dar lugar a un silencio casi absoluto, apenas interrumpido por mi respiración. Me acerqué a la puerta y vi que si la sacudía con bastante fuerza, seguro haría que el cerrojo se venciera y que la puerta se abriera, emitiendo un rechinado que avisaba que de nuevo, era libre... ¿Pero para qué? ¿Qué iba a hacer yo allá afuera sabiendo que en algún lugar de aquel edificio medio derrumbado estaba todo lo que me importaba, un poco irrescatable y oxidado, pero al fin y al cabo, ahí estaba. ¿Cómo alejarme sabiendo todo lo que no podría llevarme conmigo y a lo que tendría que renunciar? No sólo dejaba a las sombras de lo que una vez fue, sino que con ellas se quedaba la clave de como armar mis alas, si es que algún día las lograba recuperar. ¿Para que salir? Me costaba saber a dónde volar y sentía que, si trataba, mis alas iban a temblarme y fallarían, dejándome varada en el suelo, otra vez. Y entonces recordé que me habían quitado mis alas y que si me quedaba iba a ser para aprender a caminar sobre dos pies y dos piernas articuladas a mi cadera, así como hacen todos. Así como yo debí aprender a hacer cuando era niña.
             El aire se volvió agrio y del otro lado de la puerta juré que escuché un sollozo y que vi a una sombra curvarse en algo que debió ser dolor o desesperación y no sé porque, pero me dieron unas ganas incontenibles de ir a abrazarla y reconfortarla, pero estaba del otro lado de la puerta y no podía. Hablábamos distintos idiomas y un abrazo mío se vería como una jugarreta más, un intento de escapar. 
           ¿Qué no pueden ver? Ya no quiero escapar. Quiero ese edificio viejo y derrumbado con sus cosas oxidadas y con las sombras que en él habitan. No quiero perderme y nunca regresar. Sólo quiero de vuelta mis alas y que sin que yo tenga que pedirlo, abran esta ridícula puerta que me rehuso a romper y que me dejen salir de aquí. Quiero aprender el idioma de esas sombras y que ellas aprendan el mío y con suerte, en una de esas, crear un idioma completamente distinto que tanto ellas como yo, hablemos. 
           Me está dando sueño y el frío que mi piel sentía se cubre de un entumecimiento viejo conocido. Lentamente mis ojos se cierran y en la lejanía creo escuchar de nuevo el cerrojo, pero no me emociono. Uno a uno mis dedos se entumen y así, sin más, mi respiración se vuelve acompasada, como si la angustia nunca hubiera existido, como si jamás hubiera habido opción. 




jueves, 1 de enero de 2015

Una especie de revelación

Despierto con la sensación de haber pasado cien noches en vela, sin cerrar los ojos ni un instante y habiendo, finalmente, dormido una noche completa. Mis pies ya no duelen y mis piernas han recuperado su contorno habitual. Debajo de mis ojos ya no se dibujan las medias lunas moradas azuladas que daban la sensación de que hacía tiempo que la vida que me quedaba se había ido para sustituirse por el mero ir y venir de un cuerpo que ya no sabía si vivía o que pasaba mientras hacía eso. 
      Las ganas de asomarme por la ventana para ver la primera nevada se vieron envueltas en una sensación mezcla de llanto y felicidad con fuertes tintes de añoranza cuando descubrí pequeños copos de nieve, cayendo muy delicadamente, para formar la escena más bella que había visto en el último mes.
        Tejado a tejado, todos se encontraban cubiertos por una gruesa capa de nieve que se me antojaba suave y comible. Los árboles, ya sin hojas, eran mezcla de café y blanco con delicados témpanos de hielo estirándose desde algunas de sus ramas. La luz, que se reflejaba en ellos haciéndolos brillar, comenzó a tibiar algo en mi interior y de pronto lo sentí. 
         Sentía todo a lo que ya me creía inmune y la sensación era una de asfixia, pero simultáneamente me parecía que entraba más del aire que mis pulmones podían soportar y yo creo que si la escena no hubiera sido tan bella y entrañado tanta tranquilidad, en ese preciso momento me vuelvo loca y acabo recluida en algún psiquiátrico del otro lado del mar. Pero no pasó. Mis ojos parecían no alcanzarme para verlo todo al mismo tiempo ... El humo saliendo de la chimenea algunas casas más adelante, la niña en los columpios a la que mecía su papá, los pájaros sobre los cables de la luz y el cielo blanco espeso como queriendo iluminarse y sin poder hacerlo del todo...
          La urgencia es insoportable. Necesito llegar al otro lado del mar.

sábado, 18 de octubre de 2014

Ladrona de momentos


Siempre tuve dudas acerca de lo que quería de la vida. Constantemente, todo era un remolino que se calmaba en los ratos menos esperados, sólo para volver con más fuerza y trayendo consigo las dudas de siempre pero más revolcadas con cada regreso. 
Yo era un lío, pero un lío que podía respirar porque finalmente tenía claro algo de lo que era y un par de cosas que no era. No era olor a Chanel, no era un saco de mangas hasta medio brazo, tampoco era libros de medicina, ni despertadores a las seis de la mañana y de nuevo a las seis con veinte. No era amaneceres ni un calendario repleto de eventos a los que tratar de ir. No era abrazos fáciles, ni palabras tranquilas. No era varias cosas que creí que era y que hasta ahora me cuesta aceptar que no soy. Era todo lo que sobraba entre eso que no era, y de eso, vaya que sabía poco. 
Y así transcurrían mis días entre un estupor que se parecía a sueños, con la misma pesadez colgando de mis párpados y un despertar que se asemejaba más al éxtasis sin razón que, dicen, producen ciertas sustancias en el cuerpo...en esas tribulaciones andaba, cuando sucedió. 
Era uno de esos días donde en medio de la prisa necesitas aire para hacer que la vida no vaya tan deprisa, donde a pesar de los quehaceres, tienes que parar y des acelerar, incluso si lo que pretendes es cumplir con el trabajo que te solicita el día a día. Necesitaba un freno para poder encargarme de lo que vendría en los siguientes días y para mí eso significaba una escapada a aquel café en compañía de mis papeles y alguna otra cosa para leer que no tuviera que ver con hoy, pero sí todo con mañana. Me empeñaba en creer que estar ahí me volvía más productiva y menos dispersa de lo que solía ser, y sin embargo, desde el principio supe que era una excusa más para postergar lo impostergable, porque era justo en aquel lugar donde el estupor me abandonaba un poco y donde mi mente comenzaba a hilar las ideas más inverosímiles y a encontrar vertientes un tanto escondidas a los pensamientos de siempre. Me gustaba divagar y lo hacía a diario, pero había algo distinto en aquel lugar. Ahí las divagaciones pasaban de ser lo que eran a ser algo tangible y con sentido. Cobraban dirección y dirección era lo que a mi, más que nada, me faltaba.
Llevaba poco más de una hora y un café y medio después, ya había terminado de leer unas cuantas hojas. El sueño me estaba ganando y en más de una ocasión dejé que mis ojos se cerraran. Casi caigo víctima a la tentación de rendirme en la calidez de aquel lugar y del sillón que ya empezaba a llamarse mío, cuando él entró. No era la clase de persona que hubiera llamado mi atención inmediatamente o que me hubiera hecho voltear por instinto. Por la esquina de mis ojos, vi la silueta de su figura acercarse al mostrador. No escuché lo que dijo, pero sus murmullos se siguieron de una risa que fue poco menos que carcajada y que inmediatamente alteró el ambiente del lugar. No sólo lo digo por lo que sentí... Pero por la rubia despampanante sentada frente a mi, que volteó y le dirigió una de sus mejores sonrisas. 
El hombre debió pasar frente a mi, pero yo estaba de nuevo sumergida en mis papeles, sin verlos y tratando de identificar las letras de la canción que salía de las bocinas en aquel momento. Cuando finalmente lo logré y terminé de anotar en una esquina del papel las palabras que había identificado, voltee al frente. Más allá de la puerta de cristal, estaba el hombre del mostrador. Se había sentado con una mujer de cabello largo, cuya cara nunca vi y ahora platicaban. Dejé a mis papeles descansar sobre mis piernas y lo miré. 
Debía estar entrado en los cuarenta años. Tenía cabello oscuro y a los lados comenzaban a dejarse ver unos cuantos cabellos grises. Las entradas, aunque no grandes, más pronunciadas de lo normal. No era atractivo. Tenía una nariz un poco aguileña y sus ojos eran pequeños. Creo que incluso podría decir que era algo feo y sin embargo había algo acerca de él que encantaba. Por un momento volteó y me apresuré a tomar mi café, tratando lo mejor que pude de disimular y en mis intentos casi lo derramo sobre la mesa.
Después de unos minutos y como tratando de no ver, volví a voltear. 
Me sentía como una espía y de nuevo me invadió esa sensación familiar de hacer algo que no debía, algo emocionante... Me robaba un momento que no era mío. "Ladrona de momentos" pensé. Y sentí un calor reconocible recorrerme e incendiar mis mejillas. Era una niña otra vez y los papeles sobre mis piernas pesaban como piedras que ya no quería cargar. El hombre de ojos pequeños encendió un puro y sus manos se movieron de la manera más grácil posible, mientras relajadamente se recargó sobre su silla e inspiro lentamente. Era como si con esos gestos cobrara completo control sobre la situación y al mismo tiempo, misteriosamente, se entregara a lo que fuera que venía. El momento era suyo y él era del momento y todo sucedía tan sutilmente... Nada de esfuerzo, no había batalla que librar. La guerra había pasado y él había salido de ella. No ileso... Porque había algo en su mirada, como una melancolía feliz, pero había sabido sobrellevar los resultados y había conseguido dominar y dejarse dominar y aquello sin perderse del todo, porque tiempo atrás ya se había perdido. Y ahí estaba yo, como embobada. Hipnotizada por las líneas de expresión de su boca que se hacían más profundas al sonreír después de escuchar las palabras de la mujer. Otra bocanada de humo. Su ceño alegre y despreocupado cobró un aire pensativo y por un momento se vio más viejo cuando frunció el ceño. Cruzó el tobillo sobre su rodilla y fijó la mirada en algo que ninguno de los que estábamos ahí podíamos ver. Yo me moría por saber que sería eso que veía y creo que si hubiera volteado en mi dirección habría descubierto mi papel de espía encubierta. 
Mientras guardaba silencio traté de asomarme a sus ojos y no supe que encontré. Era como si fuera un libro en blanco y sin embargo un libro que cuenta mil historias. Traté de imaginar cómo sería su vida. Empecé imaginando como habría sido su día antes de llegar a ese café... pero todo era borroso. Traté de imaginar en qué trabajaría y como no resultó, mejor empecé a imaginar todos los trabajos que ya había tenido. Quise imaginar a su familia, pero sólo no había familia que imaginar. Entonces pensé en quien sería si decidiera adoptarlo como parte de la mía. Mi papá vino en primer lugar, pero aún era joven para ser mi papá y no había manera de que ese hombre intentara contarme cuentos antes de dormir. Entonces imaginé que fuera mi tío. Sí, podía ser mi tío, el más joven de todos. Ése que a pesar de sí era parte de la familia y que guiñaba su ojo a mi cada que yo hacía algo malo y él tenía que regañarme. Me hubiera encantado que guiñara su ojo, pero no lo hizo. Entonces dejó de ser mi tío. Traté de imaginar sus romances y la serie de amantes que habría tenido hasta que llegó la mujer que no era la que estaba sentada frente a él, pero que era ésa a la que en secreto extrañaba y con la que no estaba ni iba a estar. Sentí ganas de conocerla... Seguí en mis intentos infructuosos de atribuirle una vida, pero nada era suficiente y nada parecía resonar del todo con quien era y con sus ademanes y sonrisa fácil, pero dolorida.
Decidí que como niño sería más sencillo verlo y sí, en efecto, lo vi. Lo vi de espaldas jugando sólo con un tren en el patio de su escuela. Vi su cabello despeinado y escuché los sonidos que salían de su boca imitando a una locomotora. Entonces me sentí satisfecha, porque aunque nunca vi su cara, sabía que ése sí era él. Ésa era la única imagen real de ese hombre que podía ser dueño de cualquier vida y que al mismo tiempo pertenecía a ninguna. 
La gente empezaba a voltear y decidí que debía irme ya. Había descifrado lo que quería de la vida y lo que quería lo había encontrado él. No debía arriesgarme a escucharlo hablar, ni a que por mi curiosidad intentara hablarme. Lo había visto y eso era suficiente. 
Guardé mis cosas y salí a la carrera de aquel lugar. Casi corriendo y sin voltear atrás. Debí pasar horas pensando en él después de aquel día, hasta que lo decidí. Durante meses regresé a la mismo hora por mi café. Veía por encima de mis papeles a la mesa más allá de la puerta de cristal, deseando verlo ahí sentado, pero secretamente, deseando con más ahínco que ese día en particular no se apareciera. Llegaba la hora a la que cerraban el café y yo salía con una sonrisa de melancolía feliz. 
El hombre nunca regresó. Yo dejé de ir al café. 
Y sin embargo, todavía hoy lo recuerdo y cada que algo importante pasa o tengo que decidir algo grande, pienso en él, en sus ojos pequeños y en lo que él haría si fuera dueño de todo y al mismo tiempo, de nada. 




Un cuello


Conozco esa sensación. Conozco esas ganas imperdibles que tienes y a las que aún no acabas de definir. Las he sentido en las horas de desamparo y cuando la vida se cierne sobre mi cabeza... Cuando amenaza con extinguir el ardor que me hace no hacer lo que tantas veces ha paseado por mi mente. Ya. No me lo tienes que contar. Suficiente es vivirlo como para además tener que esmerarte por hacerlo más consciente... obligarlo a tomar forma de palabras y todo mientras aprietas fuerte la uña de tu pulgar contra la piel de tu índice e, inevitablemente, te lo reconoces. No es necesario que obligues a la curvatura de tus labios, que quiere permanecer recta o desfigurarse en maneras todo menos favorecedoras, a parecerse a la sonrisa que piensas puede complacer... Como si esa mueca fugaz fuera a ordenar el caos que te atraganta... Como si tú y yo pudiéramos complacernos con hipocresías y caricias no genuinas que tratan de acomodar lo inacomodable. "Hipocresías" ... Qué palabra tan fuerte. Tanto que hasta creo que de leerla vas a querer encerrarte y no hablarme... no dejarme mirar a tus ojos que son los únicos que pueden contarme tu verdad. Ya sé que no debería hablarte así, pero es que quiero sacudirte, quiero romper el ritmo y que mis palabras sean más que un eco. ¿Entiendes? 
No sé cuanto tiempo habrá pasado desde la última vez, porque ni recuerdo lo que pasó, ni a las palabras, ni a las personas, pero sí recuerdo. Recuerdo esa sensación y sólo se me ocurre describirla como querer esconderme en un cuello. Exactamente de esa manera. Me quería esconder en un cuello. No sé si para recuperarme o para poder abandonarme sin tanto miedo y sintiendo que estaba en un lugar donde la tormenta no iba a pegar tan fuerte. Quería sentir el calor y tener algo tangible que me rodeara que hubiera escogido yo y que no hubiera llegado sin yo esperarlo. Necesitaba con urgencia un cuello que pudiera acogerme como yo había dejado de hacerlo. Pero no podía ser cualquier cuello, necesitaba de un cuello que pudiera hablar pero que escogiera no hacerlo y no porque no quisiera, sino porque no lo necesitara... Porque así, con asomarse en aquella cara de sonrisa absurda, supiera que era un cuello lo único que iba a hacer que pudiera perderme o encontrarme. No sonrisas, no palabras intentando darle sentido a algo sin pies y sin cabeza, sólo un cuello que tomara el ángulo justo en el momento indicado, que supiera que era lo que necesitaba cuando ni siquiera yo lo sabía. 
Y así, la sensación no se va, pero a veces cede un poco con un cuello, su cuello. 




domingo, 7 de septiembre de 2014

De raciocinios (parte 1)


Te amé de la manera más inverosímil en que puede amarse; con sus picos y sus zanjas, con el frío que viene de aguantar la noche esperando por las estrellas bajo una llovizna inminente, sin tregua, sin atisbo de luz de luna y con el firme propósito de no dejar que mis ojos se cerraran hasta asegurarme de que mi calor ya era tuyo y de que la noche no te comería... Porque yo velaba por ti, no a pesar de tus palabras, sino con todo y tus palabras.      Así te amaba, de madrugada a madrugada, porque frente a mi ventana no pasaba el día y yo ni lo extrañaba.
        Me aseguraba de salir de noche y sólo cuando todos ya dormían para que nada ni nadie pudiera distraerme de la tarea tan infame de robar aquellos destellos que salían de las ventanas, pintados de cosas que otros soñaban... Todo para regalártelo cuando menos lo esperaras y cuando en más necesidad estuvieras. Escribía como poseída. Sin descanso, con los ojos secos de no parpadear, temiendo que, si me detenía, las ideas que hacías brotar a raudales de algún lugar situado entre mi pecho y mi mente se fueran a perder, dejándome sin ti y sin la revelación que era haber descubierto todo eso entre tantas divagaciones que probablemente eran o que podían ser. 
         Viví quien sabe cuantos segundos o meses sumergida en un estupor que no acabo de decidir si era infierno o mi propio cielo, porque no consigo recordar más miseria que la de tales horas perdida frente al fuego de la vela, ni más dicha que la de exprimir de mi mano todas sus fuerzas con cada letra, con el fin de escuchar el sonido de mi mano rozando, frenética, el papel. 
          Y en el estupor te perdí y te tuve miles de veces, suficientes para arrancarme de mí y pegarme como mejor me recordaba, pero sin lograr del todo ser yo... Hasta que llegó hoy. Día en que no recuerdo si te amo o porqué te amo, si te extraño, si es que te sueño... Lo que sé es que te pienso. Y no sé bien porqué, o siquiera si eres tú el que viene a mi mente, pero todavía bailas en el fuego que sale de la vela y el humo que emana de mi cigarro cobra la figura de tus ojos... y yo no entiendo si me reclamas por librarme de ti o si, sin darme cuenta, me he consumido y estoy perdida en un lugar que ya no es mío, ni tuyo, ni de nadie.


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domingo, 24 de agosto de 2014

Debajo de sus ojos

Fue el espejo el que me alertó de la tragedia. Nada hubiera podido advertirlo mejor que el reflejo de mi cuerpo sin mi y acompañado de ella. Con sus labios pintados de carmín y un par de círculos oscuros, muy pronunciados, por debajo de sus ojos. El trato estaba sellado y nada que yo hiciera iba a poder alterar el curso de los hechos que se fueron a desarrollar en los siguientes meses, casi hasta alcanzar el año y hasta el día en el que el espejo dejó de existir como tal y tuve que romperlo. Bueno, yo no, ella. No era como que yo supiera que no había solución o que lo que fue a acontecer tenía que pasar tal cual como sucedió, pero incluso en caso de haberlo sabido, nada iba a detenerme de tratar. 
Cabe aclarar que yo en verdad no tenía la menor idea de lo que sucedía una vez que recostaba mi cabeza sobre la almohada y cerraba los ojos. En ese instante, como por un hechizo, dejaba de pertenecerme para dar paso a lo que ella quisiera y tuviera planeado para mi. Más tarde me enteraría que lo que planeaba era para las dos. Verás, ella sí sabía de mi existencia. No me preguntes como, que hasta la fecha no lo sé. Lo que sí tengo por seguro, es que sabía. 
Recuerdo la primera mañana en que sospeché que algo raro estaba pasando. No era una sospecha como tal. Era más bien un miedo y una paranoia impresionantes al darme cuenta de que alguien había dejado una carta sobre la mesa del estudio con mi nombre en el sobre. Yo sabía que esa carta no estaba ahí antes, porque esa noche me había puesto a cumplir con mi ritual, ése al que por nada del mundo le fallaba los sábados: una botella del vino tinto más dulce que encontrara y media cajetilla de cigarros... Hasta acabarme la botella o hasta que las ideas se me agotaran y la cabeza, necia como siempre, me empezara a dar vueltas, mareándome con las mismas ideas que ya me sabía de memoria, pero que nunca me aceptaba antes de las tres copas. La carta no estaba ahí antes. Punto. Revisé las ventanas y las puertas. Inútilmente, porque sabía de antemano que antes de dormir las revisaba tres veces cada una. Tuve una media hora de imaginar los peores escenarios y no dejaba de imaginar a aquel extraño de pie en una esquina de mi cuarto, observándome y memorizando cada una de mis manías al dormir, mientras se imaginaba el momento en que descubriera la carta y con horror comprobara que, en efecto, alguien había estado en mi casa... Que él había estado en mi casa. Durante esa media hora revisé la casa de arriba a abajo. El teléfono, los mensajes grabados, las llaves de repuesto que guardaba debajo de la vela del comedor, la ventana y las escaleras de emergencia, oxidadas como de costumbre. Revisé todo y no se me ocurrió una manera en la que pudo haber entrado, así que después de hiperventilar y casi caer al suelo, me convencí de que debí haberla escrito yo en tremendo estado. Se me olvidó mencionar que venía de una cita todo menos prometedora y se me ocurrió aliviar la tensión de la manera que mejor sabía... Nada que un par de copas no pudieran arreglar. 
En fin. La carta decidí que no la iba a abrir. En una de esas salían mis demonios disparados y quien sabe cuanto tiempo me tomara atraparlos y regresarlos al sobre. Dejé la carta entre tantas más del banco y de mis padres que hacía meses no dejaban de escribir y traté de olvidarme del asunto. 
No recuerdo cuanto tiempo pasó después de eso hasta que la noche me cayó encima y me hizo la segunda de sus jugarretas. Pudieron haber sido tres semanas o mes y medio. La verdad no me acuerdo.



Y de repente


Abro los ojos mientras sigo abrazada a la almohada y a través de mis pestañas te veo sonriendo para mí... A mí. Y juro que escucho tu risa, pero no eres tú; es el sol que con sus rayos me despierta y llega hasta mis ojos como anunciando que viene lo mejor. Tu risa no es risa, sino pájaros que cantan fuera de mi ventana, como siempre, como ayer, pero que yo escucho por primera vez.
             No estás a la vista, pero te siento respirar cerca de mí y de pronto me doy cuenta de que eres real, de que vives en mi lado del mundo y de que cuando despierte bien no te vas a desvanecer... Que tocar tu piel y rozar tus labios no tiene por que ser sólo una fantasía. 
          Entonces en mi mente se forman torbellinos de cosas que siento que ya viví, pero que es imposible ya hayan pasado.
          Veo trenes con amaneceres y noches iluminadas por las luces de mi ciudad... Quizás, algún día, nuestra ciudad. Y me pierdo escuchando aquellas canciones mientras con una mano manejas y con la otra rodeas mis hombros, alejándome del viento que eriza mi piel y despeina nuestros cabellos. Te veo en el balcón de quien sabe que lugar, pensativo y acabándote un cigarro, y me veo saliendo a abrazarte y a pedirte que regreses a la cama. Nos envolvemos en las cobijas, mientras ríes y amenazas con morder mi hombro y de repente, pasa.
           Me vuelvo consciente de que no perderme en el café de tus ojos ya dejó de ser una opción y mi instinto inicial de correr lejos de ti se sustituye por unas ganas locas de quedarme y de que, sin que yo tenga que pedírtelo, tú también mueras por quedarte. 
           Poco a poco dejo que mis ensoñaciones den paso a la realidad mientras me estiro y quito la sábana. Ya me levanté y ahora bajo las escaleras. Olor a café inunda el departamento y yo sonrío al ver que en la cocina, de espaldas y con el cabello despeinado, estás tú. 





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viernes, 8 de agosto de 2014

Ingenuidad enmascarada

Llega la realidad, disfrazada, como casi siempre, de mentira. Llega disfrazada porque mi mente no hace más que crear versiones en las que nada de lo que creo que es, en realidad es y se inventa un sin fin de justificaciones para todo eso que veo que pasa o más bien, para todo eso que ya no pasa. 
Se me viene encima con todos esos reproches dirigidos a una ingenuidad que hace tiempo sospechaba no era en realidad sincera, sino convenenciera y hasta cierto punto, manipuladora. Así le caen encima todas las imágenes, una a una, a una ingenuidad tonta por querer ser y por querer creer que verdaderamente era. 
           Los retoques en colores calidos y a veces fríos que rellenaban todo lo que veía, se vuelven amarillentos y ocres, como viejos. Las imágenes son las mismas y me pregunto si es posible que sea yo que por primera vez me visto de realidad para entender los recuerdos y las palabras dichas a veces completas y otras cuantas veces, a medias. 
          Ahora me siento del otro lado de la mesa y te miro. Lo hago preguntándome copia de cuantas situaciones similares serás y exhalo desesperada, harta, cansada y con tedio. Y entonces me enojo queriendo que seas tú quien al final del día se quede a escuchar todo eso que me molesta, que no soporto y que hace tiempo quiero decirte y no me atrevo en la esparanza de estar equivocada contigo y con todas tus copias. Mi ingenuidad no quiero marcharse, así que le ordeno que se vaya mientras la abrazo y lloro. 
          Y así pasa el día, conmigo leyendo tus gestos y descubriendo las mentiras que yo misma me contaba. Ya no sonriendo, ya no fingiendo. 
          Te vas, mientras me quedo con tu espalda pintada de un amarillo viejo y lo único que se me antoja hacer con esa foto es rasgarla y tirarla. Entonces lo hago: Rasgo la foto que ahora se pinta de sepia con nostalgia y tiro los trozos sabiendo que a esos, también, se los llevará el viento. 




lunes, 21 de julio de 2014

Divagaciones

Pienso en ti... Inevitablemente y sin ningún remedio. Pienso en ti con ternura y pasión cuando el sol se empieza a meter y sé que revives y cuando estoy por acostarme imagino qué mundo te tocará construir esa noche entre tantas  ideas que rondan tu loca cabeza mientras yo sueño.
        Sueño con lo que dices y con develar los misterios que de a poco se asoman de tus ojos cafés... Otras veces me quedo dormida mientras trato de resolver el acertijo que es tu ceño fruncido y mirada distraída.
         A veces me pierdo mientras manejo al recordar tu sonrisa nerviosa y el ardor que siento en las mejillas cuando tus labios  se vuelven insistentes sobre los míos. Entonces me doy cuenta de que esto no tiene remedio... Me siento como una niña otra vez.
          Y me sorprendo y me asusto de mis ganas de verte, de mis ganas de tocarte y de que me toques... de lo extraño que se vuelve tratarte como si sólo fueras mi amigo cuando los demás miran y fingen indiferencia.
           Qué raro es no tener ganas de hacer otra cosa que pensarte...


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martes, 29 de abril de 2014

A la orilla del río, día tras día.


No era de noche cuando desperté. Una corriente de aire pasó junto a mi cara y desordenó mi cabello haciéndolo caer sobre mis ojos y nariz. Desperté sin saber dónde estaba o como había llegado ahí. Quise recordar mi rostro, pero no pude. Me levanté sacudiendo la tierra húmeda que se pegaba a la piel de mis brazos desnudos y con la mano sacudí mi cabello para quitar las ramas que se habían enredado en él.
No hacía frío, pero la bruma hacía que así pareciera. Quise buscar un camino pero sólo vi árboles más altos que los que ya conocía. ¿Era medio día? ¿O ya era tarde? Por entre las ramas atravesaban tenues rayos de luz y de vez en cuando el aleteo de algún pájaro interrumpía el sonido de las hojas crujiendo bajo mis pies. Empezaron a cantar y junto con el sonido de las gotas, que aún pendían de las ramas, al caer y aquel del viento escurriéndose entre los árboles, comenzaron a susurrar algo parecido a una canción.
Los sonidos que empezaron como un susurro formaban una melodía que no reconocía, pero que estaba segura de haber escuchado antes y  me contaba  una historia con imágenes perdidas que no sabía que aún existían y con cada paso que daba a quien sabe donde, sonaba más fuerte… cada vez más fuerte. Y las imágenes… las imágenes dejaron de estar en mi mente para correr entre las plantas y asomarse por entre arbustos y reían y se acercaban y justo cuando creía que iba a poder alcanzarlas y verlas un poco más cerca para acariciarlas, para preguntarles, se escapaban entre risas y palabras que no alcanzaba a entender.
No supe cuanto corrí. Me emocioné y me olvidé de que estaba sola en un lugar del que nada sabía y nada recordaba, donde jugaban conmigo fantasmas que ahí vivían o que nacían de mi mente. Daba igual. No recordaba donde había estado antes y era divertido jugar a las escondidas y buscar entre las flores y detrás de las piedras por eso que juraba había visto y que ahora desaparecía. Pasaba el tiempo, pero la noche no parecía ir a llegar nunca y yo me perdía entre recuerdos que me tentaban a recordarlos, pero que no me dejaban del todo ser parte de ellos y de personajes acerca de los cuales no sabía si había leído o si en si en algún momento conocí. Y la vi a ella y lo vi a él y en una de tantas de huir de mí, con la mano y un movimiento de cabeza, me invitaron a jugar junto al río, como finalmente queriendo convencerme de que me quedara.
Corrí tan rápido que mi vestido por poco se rasga al atorarse en una rama. Corrí tanto que casi me salen alas. Corrí riendo y extasiada. Y llegué al río donde debían estar y no estaban. Y me detuve a recuperar el aliento y a buscarlos porque yo los conocía y quería ir a jugar. Entonces vi mi vestido reflejado en el agua y luego mi mano, después mi cuello… ahora un mechón de cabello… y cuando estaba por ver mi cara, un silbido del otro lado del río me hizo voltear. Corrí sobre las piedras bañadas por el río, no importándome que doliera un poco, para alcanzarlos y que no me dejaran atrás. Y entonces, sin planearlo y sin sospechar que pasaría, se me olvidó recordar.




miércoles, 12 de marzo de 2014

(la) Realidad


Y pues eso pasó. Te conocí y se me vino el mundo encima. Me llegó fuerte y cómo no lo había conocido antes. Era como nadar desnuda por primera vez en agua no fría, pero definitivamente no caliente. No me encantaba este mundo. Yo no era como creía ser y eso me molestaba, porque antes solía agradarme… no siempre, pero sí más que ahora. Primero vinieron las preguntas de todos los días, no complicadas, no con mensajes ocultos de lo que significaban o no. De hecho eran preguntas bastante ordinarias. Hubiera sacado una respuesta de esas que tengo tan ensayadas, no por haberme puesto a repetirlas frente al espejo, pero por la inercia que viene con el contestar algo tantas veces… tantas que ya ni siquiera es necesario detenerte a pensar si lo que dices aún es verdad o si, con el tiempo, algo ha cambiado. Hubiera hecho eso, pero ya llevaba días y más días aburrida y yo creo que si no empiezas a preguntar, en ese mismo instante me paro y prendo fuego a la cafetería. Me interrumpiste. Dejé de pensar y por entretenerme en algo que no fueran mis divagaciones decidí pensar mis respuestas por primera vez en no sé cuánto tiempo.
Y así preguntaste y yo contesté y contesté con palabras diferentes a las de siempre y entonces quise que preguntaras más. Hablaba y la que hablaba no era yo. No la yo con la que creía que vivía. Era esa que, ya sospechaba yo, visitaba mi cuarto a veces, pero cuyas visitas todavía no lograba comprobar. Era la que se escapaba de noche entre mis labios para decir cosas que yo no podía recordar o tenía sueños, que debían ser mis sueños, pero que al final eran de ella. Era la que azotaba puertas y te abrazaba fuerte cuando normalmente yo hubiera sonreído y estrechado tu mano. ¿Si entiendes? … Pasaron los días y empezó a darme curiosidad que te diera curiosidad. Lo normal era extraño para ti y yo no entendía que era lo extraño. Otra vez yo y mi maldita curiosidad, así que pregunté, con cautela, casi segura de que no me ibas a decir y lista para fingir que de todas maneras no quería saber, porque muy en el fondo no quería saber  (¿o sí?) y si hubiera querido saber, de cualquier manera lo hubiera negado. Y entonces, quien sabe porqué, contestaste.
Los días empezaron a pasar rápido y lo tedioso no lo fue tanto y lo obvio ya no fue obvio, sino cuestionable y empezaron a chocarme cosas que no me chocaban y volví a preguntar cosas que ya ni siquiera me importaban. Qué curioso es esto de conocer a la que duerme bajo tu cama… Entonces, sin querer y en accidente, empecé a conocer tus tormentas y días soleados y un par de notas musicales entre todo eso.  Los días nublados lo seguían siendo, porque no desaparecían, pero de una manera diferente eran divertidos y me di permiso de no negarlos. Se me empezó a olvidar esa inercia de sonreír y sin necesidad de que siquiera sugirieras que ibas a atraparme si jugando en una de esas me resbalaba, empecé a jugar a ser real.
Siempre supe que no tenía por qué ser buena, pero quería serlo, quería hacer lo correcto, quería no equivocarme y no lastimar y atinarle a la primera (aún cuando decía que no me importaba equivocarme) porque tenía horror de hacerlo mal, de arruinar algo, de ser culpable (verdaderamente culpable), de echar a perder lo bueno y tener que aceptar que había sido todo por idiotez incontrolable. No quería ser idiota, ni maldita, ni la antagonista en ninguna historia. Tú que lees esto seguro piensas que no puede ser tan malo y tienes razón, no lo es si lo que quieres es ser funcional, pero yo que no tengo ni una pinche idea de lo que quiero, sentía que me estaba ahogando. Me ahogaba cada día  para despertar al día siguiente y darme cuenta de que por algún milagro el agua ya no estaba en mis pulmones y yo podía respirar, sólo para ahogarme otra vez en el transcurso de las primeras horas del día.
Pudimos haber fingido más tiempo e ignorado ese quien sabe qué que decías con tus ojos a veces fijos y otras veces errantes y que yo contestaba con miradas distraídas y sonrisas casuales. Pudimos haber amarrado al deseo y huido de nuestros pensamientos. Debimos habernos quedado en puntos opuestos y volteado a otro lado. Eso debimos haber hecho. Pero con los cables sueltos de tu cabeza y los míos haciendo corto circuito… pues ya ves donde acabamos.
Se me vino el mundo encima cuando me di cuenta de que yo no era todo lo que creía ser, ni todo lo que trataba de no ser. Era las dos que duermen en mi cama sin ser ninguna de ellas sola.  Y me gustó y respiré sin que el agua entrara en mis pulmones y sin tratar de ordenar el desastre que ya estaba creando… Se me vino la realidad y resulta que, quien sabe cómo, eres parte de ella.


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lunes, 27 de enero de 2014

Lo hice de negro


Te pinté. Hoy saqué los pinceles y la caja de pinturas de debajo de la cama y te pinté del único color que me quedaba: negro. La luz a mis espaldas formaba siluetas que se escondían de mí, temiendo quedar mezcladas con la pintura debajo de mi pincel, pero ansiando ver eso que antes no existía sobre mi pared y que ahora ha de quedar grabado hasta que me canse de vivir.
Las ansiosas figuras se asoman por detrás de mis cortinas, delante de la guitarra y al lado del librero. Su miedo se disipa y se llena de curiosidad. Quieren ver a la brocha que ahora llevo en mi mano izquierda tatuar eso de lo que nadie jamás ha de hablar. Sí, en mi mano izquierda dije. Izquierda como todo lo que no es derecho, como lo chueco, como lo herido, como lo deforme. Así lo pinto y lo disfruto y saboreo todas las curvaturas que mi mano inconsciente traza por falta de práctica, por no saber que existía y que podía pintar todo lo que ya había pintado la derecha, si acaso con otros colores y en otros matices.
No hay más sonido que el de mi mano frenética y el de mi respiración acelerada.  Necesito pintar. Siluetas de todos los tamaños y formas se proyectan sobre mi cabeza y ya no huyen, tampoco se esconden. Se abalanzan y pelean por acercarse más y poder ver mejor esa plasta que ya no sé si se parece más a ti o a mí… Comienzan a producir un sonido mudo que me enchina la piel y ya no sé si pienso o trato de pensar que pienso para no dejar que entren en mi cabeza y se lleven lo poco que no eres tú y que aún soy yo. El negro de mi delineador, que ya se ha corrido, contrasta con el rojo, el naranja y el amarillo que aún baila en el fondo de mis pupilas y que se niega a desaparecer entre todo esto que hemos creado. Cierro los ojos. Los aprieto fuerte… ¡más fuerte!
Cuando los abro, las siluetas se han ido. Estoy sola y mi cuarto no es negro, sino amarillo por la luz que sale del foco. Vuelvo a pintar. Te pinto a ti. Te pinto de negro porque no se me ocurre de que otra manera hacerlo.

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domingo, 26 de enero de 2014

Inside an empty head


It is not human to feel the way I do. It is not right to want what I want to do. Could I choose to be someone else in a different place and time and still be faithful to my true self? Why would this desire come striking me hard and keeping me awake if it wasn’t meant to be? Why am I still here if I’m supposed to be somewhere else?
I think I should disappear. I should tear my eyes out and forget to see what’s real so the only thing left to see were my dreams. I should forget to see you, and remember how it felt like to dream and never look back. No regrets, no doubts no misinterpretations of what words mean or do not mean. Oh, how I wish I could leave it all behind!
It is not fair to live holding back. It is not right to live as if we had many days ahead. I should take the high way and walk at the brink of disaster… just enough to make my heart beat fast, just enough to make sure it’s never slowing down.
As the day gives into night, I think about the excuses that keep me tied down to this room, to this place, to the morning I’ll wake up to tomorrow. All the dreams slipping away wave goodbye; tired of being kept in my head… tired of not been given life. They fade away under the darkening sky leaving me inside an empty head: a busy and hurried head with no time for closing my eyes.
Could it be this is all there is in store for me? Is this really what’s meant to be?
How I wish there was more than this…