Llega la realidad, disfrazada, como casi siempre, de mentira. Llega disfrazada porque mi mente no hace más que crear versiones en las que nada de lo que creo que es, en realidad es y se inventa un sin fin de justificaciones para todo eso que veo que pasa o más bien, para todo eso que ya no pasa.
Se me viene encima con todos esos reproches dirigidos a una ingenuidad que hace tiempo sospechaba no era en realidad sincera, sino convenenciera y hasta cierto punto, manipuladora. Así le caen encima todas las imágenes, una a una, a una ingenuidad tonta por querer ser y por querer creer que verdaderamente era.
Los retoques en colores calidos y a veces fríos que rellenaban todo lo que veía, se vuelven amarillentos y ocres, como viejos. Las imágenes son las mismas y me pregunto si es posible que sea yo que por primera vez me visto de realidad para entender los recuerdos y las palabras dichas a veces completas y otras cuantas veces, a medias.
Ahora me siento del otro lado de la mesa y te miro. Lo hago preguntándome copia de cuantas situaciones similares serás y exhalo desesperada, harta, cansada y con tedio. Y entonces me enojo queriendo que seas tú quien al final del día se quede a escuchar todo eso que me molesta, que no soporto y que hace tiempo quiero decirte y no me atrevo en la esparanza de estar equivocada contigo y con todas tus copias. Mi ingenuidad no quiero marcharse, así que le ordeno que se vaya mientras la abrazo y lloro.
Y así pasa el día, conmigo leyendo tus gestos y descubriendo las mentiras que yo misma me contaba. Ya no sonriendo, ya no fingiendo.
Te vas, mientras me quedo con tu espalda pintada de un amarillo viejo y lo único que se me antoja hacer con esa foto es rasgarla y tirarla. Entonces lo hago: Rasgo la foto que ahora se pinta de sepia con nostalgia y tiro los trozos sabiendo que a esos, también, se los llevará el viento.
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