sábado, 18 de octubre de 2014

Un cuello


Conozco esa sensación. Conozco esas ganas imperdibles que tienes y a las que aún no acabas de definir. Las he sentido en las horas de desamparo y cuando la vida se cierne sobre mi cabeza... Cuando amenaza con extinguir el ardor que me hace no hacer lo que tantas veces ha paseado por mi mente. Ya. No me lo tienes que contar. Suficiente es vivirlo como para además tener que esmerarte por hacerlo más consciente... obligarlo a tomar forma de palabras y todo mientras aprietas fuerte la uña de tu pulgar contra la piel de tu índice e, inevitablemente, te lo reconoces. No es necesario que obligues a la curvatura de tus labios, que quiere permanecer recta o desfigurarse en maneras todo menos favorecedoras, a parecerse a la sonrisa que piensas puede complacer... Como si esa mueca fugaz fuera a ordenar el caos que te atraganta... Como si tú y yo pudiéramos complacernos con hipocresías y caricias no genuinas que tratan de acomodar lo inacomodable. "Hipocresías" ... Qué palabra tan fuerte. Tanto que hasta creo que de leerla vas a querer encerrarte y no hablarme... no dejarme mirar a tus ojos que son los únicos que pueden contarme tu verdad. Ya sé que no debería hablarte así, pero es que quiero sacudirte, quiero romper el ritmo y que mis palabras sean más que un eco. ¿Entiendes? 
No sé cuanto tiempo habrá pasado desde la última vez, porque ni recuerdo lo que pasó, ni a las palabras, ni a las personas, pero sí recuerdo. Recuerdo esa sensación y sólo se me ocurre describirla como querer esconderme en un cuello. Exactamente de esa manera. Me quería esconder en un cuello. No sé si para recuperarme o para poder abandonarme sin tanto miedo y sintiendo que estaba en un lugar donde la tormenta no iba a pegar tan fuerte. Quería sentir el calor y tener algo tangible que me rodeara que hubiera escogido yo y que no hubiera llegado sin yo esperarlo. Necesitaba con urgencia un cuello que pudiera acogerme como yo había dejado de hacerlo. Pero no podía ser cualquier cuello, necesitaba de un cuello que pudiera hablar pero que escogiera no hacerlo y no porque no quisiera, sino porque no lo necesitara... Porque así, con asomarse en aquella cara de sonrisa absurda, supiera que era un cuello lo único que iba a hacer que pudiera perderme o encontrarme. No sonrisas, no palabras intentando darle sentido a algo sin pies y sin cabeza, sólo un cuello que tomara el ángulo justo en el momento indicado, que supiera que era lo que necesitaba cuando ni siquiera yo lo sabía. 
Y así, la sensación no se va, pero a veces cede un poco con un cuello, su cuello. 




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