Despierto con la sensación de haber pasado cien noches en vela, sin cerrar los ojos ni un instante y habiendo, finalmente, dormido una noche completa. Mis pies ya no duelen y mis piernas han recuperado su contorno habitual. Debajo de mis ojos ya no se dibujan las medias lunas moradas azuladas que daban la sensación de que hacía tiempo que la vida que me quedaba se había ido para sustituirse por el mero ir y venir de un cuerpo que ya no sabía si vivía o que pasaba mientras hacía eso.
Las ganas de asomarme por la ventana para ver la primera nevada se vieron envueltas en una sensación mezcla de llanto y felicidad con fuertes tintes de añoranza cuando descubrí pequeños copos de nieve, cayendo muy delicadamente, para formar la escena más bella que había visto en el último mes.
Tejado a tejado, todos se encontraban cubiertos por una gruesa capa de nieve que se me antojaba suave y comible. Los árboles, ya sin hojas, eran mezcla de café y blanco con delicados témpanos de hielo estirándose desde algunas de sus ramas. La luz, que se reflejaba en ellos haciéndolos brillar, comenzó a tibiar algo en mi interior y de pronto lo sentí.
Sentía todo a lo que ya me creía inmune y la sensación era una de asfixia, pero simultáneamente me parecía que entraba más del aire que mis pulmones podían soportar y yo creo que si la escena no hubiera sido tan bella y entrañado tanta tranquilidad, en ese preciso momento me vuelvo loca y acabo recluida en algún psiquiátrico del otro lado del mar. Pero no pasó. Mis ojos parecían no alcanzarme para verlo todo al mismo tiempo ... El humo saliendo de la chimenea algunas casas más adelante, la niña en los columpios a la que mecía su papá, los pájaros sobre los cables de la luz y el cielo blanco espeso como queriendo iluminarse y sin poder hacerlo del todo...
La urgencia es insoportable. Necesito llegar al otro lado del mar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario