Te pinté. Hoy saqué los pinceles
y la caja de pinturas de debajo de la cama y te pinté del único color que me
quedaba: negro. La luz a mis espaldas formaba siluetas que se escondían de mí,
temiendo quedar mezcladas con la pintura debajo de mi pincel, pero ansiando ver
eso que antes no existía sobre mi pared y que ahora ha de quedar grabado hasta
que me canse de vivir.
Las ansiosas
figuras se asoman por detrás de mis cortinas, delante de la guitarra y al lado
del librero. Su miedo se disipa y se llena de curiosidad. Quieren ver a la
brocha que ahora llevo en mi mano izquierda tatuar eso de lo que nadie jamás ha
de hablar. Sí, en mi mano izquierda dije. Izquierda como todo lo que no es
derecho, como lo chueco, como lo herido, como lo deforme. Así lo pinto y lo
disfruto y saboreo todas las curvaturas que mi mano inconsciente traza por
falta de práctica, por no saber que existía y que podía pintar todo lo que ya
había pintado la derecha, si acaso con otros colores y en otros matices.
No hay más
sonido que el de mi mano frenética y el de mi respiración acelerada. Necesito pintar. Siluetas de todos los tamaños
y formas se proyectan sobre mi cabeza y ya no huyen, tampoco se esconden. Se
abalanzan y pelean por acercarse más y poder ver mejor esa plasta que ya no sé
si se parece más a ti o a mí… Comienzan a producir un sonido mudo que me
enchina la piel y ya no sé si pienso o trato de pensar que pienso para no dejar
que entren en mi cabeza y se lleven lo poco que no eres tú y que aún soy yo. El
negro de mi delineador, que ya se ha corrido, contrasta con el rojo, el naranja y
el amarillo que aún baila en el fondo de mis pupilas y que se niega a
desaparecer entre todo esto que hemos creado. Cierro los ojos. Los aprieto
fuerte… ¡más fuerte!
Cuando los
abro, las siluetas se han ido. Estoy sola y mi cuarto no es negro, sino amarillo
por la luz que sale del foco. Vuelvo a pintar. Te pinto a ti. Te pinto de negro
porque no se me ocurre de que otra manera hacerlo.
*
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