Abro los ojos mientras sigo abrazada a la almohada y a través de mis pestañas te veo sonriendo para mí... A mí. Y juro que escucho tu risa, pero no eres tú; es el sol que con sus rayos me despierta y llega hasta mis ojos como anunciando que viene lo mejor. Tu risa no es risa, sino pájaros que cantan fuera de mi ventana, como siempre, como ayer, pero que yo escucho por primera vez.
No estás a la vista, pero te siento respirar cerca de mí y de pronto me doy cuenta de que eres real, de que vives en mi lado del mundo y de que cuando despierte bien no te vas a desvanecer... Que tocar tu piel y rozar tus labios no tiene por que ser sólo una fantasía.
Entonces en mi mente se forman torbellinos de cosas que siento que ya viví, pero que es imposible ya hayan pasado.
Veo trenes con amaneceres y noches iluminadas por las luces de mi ciudad... Quizás, algún día, nuestra ciudad. Y me pierdo escuchando aquellas canciones mientras con una mano manejas y con la otra rodeas mis hombros, alejándome del viento que eriza mi piel y despeina nuestros cabellos. Te veo en el balcón de quien sabe que lugar, pensativo y acabándote un cigarro, y me veo saliendo a abrazarte y a pedirte que regreses a la cama. Nos envolvemos en las cobijas, mientras ríes y amenazas con morder mi hombro y de repente, pasa.
Me vuelvo consciente de que no perderme en el café de tus ojos ya dejó de ser una opción y mi instinto inicial de correr lejos de ti se sustituye por unas ganas locas de quedarme y de que, sin que yo tenga que pedírtelo, tú también mueras por quedarte.
Poco a poco dejo que mis ensoñaciones den paso a la realidad mientras me estiro y quito la sábana. Ya me levanté y ahora bajo las escaleras. Olor a café inunda el departamento y yo sonrío al ver que en la cocina, de espaldas y con el cabello despeinado, estás tú.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario