sábado, 18 de octubre de 2014

Ladrona de momentos


Siempre tuve dudas acerca de lo que quería de la vida. Constantemente, todo era un remolino que se calmaba en los ratos menos esperados, sólo para volver con más fuerza y trayendo consigo las dudas de siempre pero más revolcadas con cada regreso. 
Yo era un lío, pero un lío que podía respirar porque finalmente tenía claro algo de lo que era y un par de cosas que no era. No era olor a Chanel, no era un saco de mangas hasta medio brazo, tampoco era libros de medicina, ni despertadores a las seis de la mañana y de nuevo a las seis con veinte. No era amaneceres ni un calendario repleto de eventos a los que tratar de ir. No era abrazos fáciles, ni palabras tranquilas. No era varias cosas que creí que era y que hasta ahora me cuesta aceptar que no soy. Era todo lo que sobraba entre eso que no era, y de eso, vaya que sabía poco. 
Y así transcurrían mis días entre un estupor que se parecía a sueños, con la misma pesadez colgando de mis párpados y un despertar que se asemejaba más al éxtasis sin razón que, dicen, producen ciertas sustancias en el cuerpo...en esas tribulaciones andaba, cuando sucedió. 
Era uno de esos días donde en medio de la prisa necesitas aire para hacer que la vida no vaya tan deprisa, donde a pesar de los quehaceres, tienes que parar y des acelerar, incluso si lo que pretendes es cumplir con el trabajo que te solicita el día a día. Necesitaba un freno para poder encargarme de lo que vendría en los siguientes días y para mí eso significaba una escapada a aquel café en compañía de mis papeles y alguna otra cosa para leer que no tuviera que ver con hoy, pero sí todo con mañana. Me empeñaba en creer que estar ahí me volvía más productiva y menos dispersa de lo que solía ser, y sin embargo, desde el principio supe que era una excusa más para postergar lo impostergable, porque era justo en aquel lugar donde el estupor me abandonaba un poco y donde mi mente comenzaba a hilar las ideas más inverosímiles y a encontrar vertientes un tanto escondidas a los pensamientos de siempre. Me gustaba divagar y lo hacía a diario, pero había algo distinto en aquel lugar. Ahí las divagaciones pasaban de ser lo que eran a ser algo tangible y con sentido. Cobraban dirección y dirección era lo que a mi, más que nada, me faltaba.
Llevaba poco más de una hora y un café y medio después, ya había terminado de leer unas cuantas hojas. El sueño me estaba ganando y en más de una ocasión dejé que mis ojos se cerraran. Casi caigo víctima a la tentación de rendirme en la calidez de aquel lugar y del sillón que ya empezaba a llamarse mío, cuando él entró. No era la clase de persona que hubiera llamado mi atención inmediatamente o que me hubiera hecho voltear por instinto. Por la esquina de mis ojos, vi la silueta de su figura acercarse al mostrador. No escuché lo que dijo, pero sus murmullos se siguieron de una risa que fue poco menos que carcajada y que inmediatamente alteró el ambiente del lugar. No sólo lo digo por lo que sentí... Pero por la rubia despampanante sentada frente a mi, que volteó y le dirigió una de sus mejores sonrisas. 
El hombre debió pasar frente a mi, pero yo estaba de nuevo sumergida en mis papeles, sin verlos y tratando de identificar las letras de la canción que salía de las bocinas en aquel momento. Cuando finalmente lo logré y terminé de anotar en una esquina del papel las palabras que había identificado, voltee al frente. Más allá de la puerta de cristal, estaba el hombre del mostrador. Se había sentado con una mujer de cabello largo, cuya cara nunca vi y ahora platicaban. Dejé a mis papeles descansar sobre mis piernas y lo miré. 
Debía estar entrado en los cuarenta años. Tenía cabello oscuro y a los lados comenzaban a dejarse ver unos cuantos cabellos grises. Las entradas, aunque no grandes, más pronunciadas de lo normal. No era atractivo. Tenía una nariz un poco aguileña y sus ojos eran pequeños. Creo que incluso podría decir que era algo feo y sin embargo había algo acerca de él que encantaba. Por un momento volteó y me apresuré a tomar mi café, tratando lo mejor que pude de disimular y en mis intentos casi lo derramo sobre la mesa.
Después de unos minutos y como tratando de no ver, volví a voltear. 
Me sentía como una espía y de nuevo me invadió esa sensación familiar de hacer algo que no debía, algo emocionante... Me robaba un momento que no era mío. "Ladrona de momentos" pensé. Y sentí un calor reconocible recorrerme e incendiar mis mejillas. Era una niña otra vez y los papeles sobre mis piernas pesaban como piedras que ya no quería cargar. El hombre de ojos pequeños encendió un puro y sus manos se movieron de la manera más grácil posible, mientras relajadamente se recargó sobre su silla e inspiro lentamente. Era como si con esos gestos cobrara completo control sobre la situación y al mismo tiempo, misteriosamente, se entregara a lo que fuera que venía. El momento era suyo y él era del momento y todo sucedía tan sutilmente... Nada de esfuerzo, no había batalla que librar. La guerra había pasado y él había salido de ella. No ileso... Porque había algo en su mirada, como una melancolía feliz, pero había sabido sobrellevar los resultados y había conseguido dominar y dejarse dominar y aquello sin perderse del todo, porque tiempo atrás ya se había perdido. Y ahí estaba yo, como embobada. Hipnotizada por las líneas de expresión de su boca que se hacían más profundas al sonreír después de escuchar las palabras de la mujer. Otra bocanada de humo. Su ceño alegre y despreocupado cobró un aire pensativo y por un momento se vio más viejo cuando frunció el ceño. Cruzó el tobillo sobre su rodilla y fijó la mirada en algo que ninguno de los que estábamos ahí podíamos ver. Yo me moría por saber que sería eso que veía y creo que si hubiera volteado en mi dirección habría descubierto mi papel de espía encubierta. 
Mientras guardaba silencio traté de asomarme a sus ojos y no supe que encontré. Era como si fuera un libro en blanco y sin embargo un libro que cuenta mil historias. Traté de imaginar cómo sería su vida. Empecé imaginando como habría sido su día antes de llegar a ese café... pero todo era borroso. Traté de imaginar en qué trabajaría y como no resultó, mejor empecé a imaginar todos los trabajos que ya había tenido. Quise imaginar a su familia, pero sólo no había familia que imaginar. Entonces pensé en quien sería si decidiera adoptarlo como parte de la mía. Mi papá vino en primer lugar, pero aún era joven para ser mi papá y no había manera de que ese hombre intentara contarme cuentos antes de dormir. Entonces imaginé que fuera mi tío. Sí, podía ser mi tío, el más joven de todos. Ése que a pesar de sí era parte de la familia y que guiñaba su ojo a mi cada que yo hacía algo malo y él tenía que regañarme. Me hubiera encantado que guiñara su ojo, pero no lo hizo. Entonces dejó de ser mi tío. Traté de imaginar sus romances y la serie de amantes que habría tenido hasta que llegó la mujer que no era la que estaba sentada frente a él, pero que era ésa a la que en secreto extrañaba y con la que no estaba ni iba a estar. Sentí ganas de conocerla... Seguí en mis intentos infructuosos de atribuirle una vida, pero nada era suficiente y nada parecía resonar del todo con quien era y con sus ademanes y sonrisa fácil, pero dolorida.
Decidí que como niño sería más sencillo verlo y sí, en efecto, lo vi. Lo vi de espaldas jugando sólo con un tren en el patio de su escuela. Vi su cabello despeinado y escuché los sonidos que salían de su boca imitando a una locomotora. Entonces me sentí satisfecha, porque aunque nunca vi su cara, sabía que ése sí era él. Ésa era la única imagen real de ese hombre que podía ser dueño de cualquier vida y que al mismo tiempo pertenecía a ninguna. 
La gente empezaba a voltear y decidí que debía irme ya. Había descifrado lo que quería de la vida y lo que quería lo había encontrado él. No debía arriesgarme a escucharlo hablar, ni a que por mi curiosidad intentara hablarme. Lo había visto y eso era suficiente. 
Guardé mis cosas y salí a la carrera de aquel lugar. Casi corriendo y sin voltear atrás. Debí pasar horas pensando en él después de aquel día, hasta que lo decidí. Durante meses regresé a la mismo hora por mi café. Veía por encima de mis papeles a la mesa más allá de la puerta de cristal, deseando verlo ahí sentado, pero secretamente, deseando con más ahínco que ese día en particular no se apareciera. Llegaba la hora a la que cerraban el café y yo salía con una sonrisa de melancolía feliz. 
El hombre nunca regresó. Yo dejé de ir al café. 
Y sin embargo, todavía hoy lo recuerdo y cada que algo importante pasa o tengo que decidir algo grande, pienso en él, en sus ojos pequeños y en lo que él haría si fuera dueño de todo y al mismo tiempo, de nada. 




Un cuello


Conozco esa sensación. Conozco esas ganas imperdibles que tienes y a las que aún no acabas de definir. Las he sentido en las horas de desamparo y cuando la vida se cierne sobre mi cabeza... Cuando amenaza con extinguir el ardor que me hace no hacer lo que tantas veces ha paseado por mi mente. Ya. No me lo tienes que contar. Suficiente es vivirlo como para además tener que esmerarte por hacerlo más consciente... obligarlo a tomar forma de palabras y todo mientras aprietas fuerte la uña de tu pulgar contra la piel de tu índice e, inevitablemente, te lo reconoces. No es necesario que obligues a la curvatura de tus labios, que quiere permanecer recta o desfigurarse en maneras todo menos favorecedoras, a parecerse a la sonrisa que piensas puede complacer... Como si esa mueca fugaz fuera a ordenar el caos que te atraganta... Como si tú y yo pudiéramos complacernos con hipocresías y caricias no genuinas que tratan de acomodar lo inacomodable. "Hipocresías" ... Qué palabra tan fuerte. Tanto que hasta creo que de leerla vas a querer encerrarte y no hablarme... no dejarme mirar a tus ojos que son los únicos que pueden contarme tu verdad. Ya sé que no debería hablarte así, pero es que quiero sacudirte, quiero romper el ritmo y que mis palabras sean más que un eco. ¿Entiendes? 
No sé cuanto tiempo habrá pasado desde la última vez, porque ni recuerdo lo que pasó, ni a las palabras, ni a las personas, pero sí recuerdo. Recuerdo esa sensación y sólo se me ocurre describirla como querer esconderme en un cuello. Exactamente de esa manera. Me quería esconder en un cuello. No sé si para recuperarme o para poder abandonarme sin tanto miedo y sintiendo que estaba en un lugar donde la tormenta no iba a pegar tan fuerte. Quería sentir el calor y tener algo tangible que me rodeara que hubiera escogido yo y que no hubiera llegado sin yo esperarlo. Necesitaba con urgencia un cuello que pudiera acogerme como yo había dejado de hacerlo. Pero no podía ser cualquier cuello, necesitaba de un cuello que pudiera hablar pero que escogiera no hacerlo y no porque no quisiera, sino porque no lo necesitara... Porque así, con asomarse en aquella cara de sonrisa absurda, supiera que era un cuello lo único que iba a hacer que pudiera perderme o encontrarme. No sonrisas, no palabras intentando darle sentido a algo sin pies y sin cabeza, sólo un cuello que tomara el ángulo justo en el momento indicado, que supiera que era lo que necesitaba cuando ni siquiera yo lo sabía. 
Y así, la sensación no se va, pero a veces cede un poco con un cuello, su cuello. 




domingo, 7 de septiembre de 2014

De raciocinios (parte 1)


Te amé de la manera más inverosímil en que puede amarse; con sus picos y sus zanjas, con el frío que viene de aguantar la noche esperando por las estrellas bajo una llovizna inminente, sin tregua, sin atisbo de luz de luna y con el firme propósito de no dejar que mis ojos se cerraran hasta asegurarme de que mi calor ya era tuyo y de que la noche no te comería... Porque yo velaba por ti, no a pesar de tus palabras, sino con todo y tus palabras.      Así te amaba, de madrugada a madrugada, porque frente a mi ventana no pasaba el día y yo ni lo extrañaba.
        Me aseguraba de salir de noche y sólo cuando todos ya dormían para que nada ni nadie pudiera distraerme de la tarea tan infame de robar aquellos destellos que salían de las ventanas, pintados de cosas que otros soñaban... Todo para regalártelo cuando menos lo esperaras y cuando en más necesidad estuvieras. Escribía como poseída. Sin descanso, con los ojos secos de no parpadear, temiendo que, si me detenía, las ideas que hacías brotar a raudales de algún lugar situado entre mi pecho y mi mente se fueran a perder, dejándome sin ti y sin la revelación que era haber descubierto todo eso entre tantas divagaciones que probablemente eran o que podían ser. 
         Viví quien sabe cuantos segundos o meses sumergida en un estupor que no acabo de decidir si era infierno o mi propio cielo, porque no consigo recordar más miseria que la de tales horas perdida frente al fuego de la vela, ni más dicha que la de exprimir de mi mano todas sus fuerzas con cada letra, con el fin de escuchar el sonido de mi mano rozando, frenética, el papel. 
          Y en el estupor te perdí y te tuve miles de veces, suficientes para arrancarme de mí y pegarme como mejor me recordaba, pero sin lograr del todo ser yo... Hasta que llegó hoy. Día en que no recuerdo si te amo o porqué te amo, si te extraño, si es que te sueño... Lo que sé es que te pienso. Y no sé bien porqué, o siquiera si eres tú el que viene a mi mente, pero todavía bailas en el fuego que sale de la vela y el humo que emana de mi cigarro cobra la figura de tus ojos... y yo no entiendo si me reclamas por librarme de ti o si, sin darme cuenta, me he consumido y estoy perdida en un lugar que ya no es mío, ni tuyo, ni de nadie.


*



domingo, 24 de agosto de 2014

Debajo de sus ojos

Fue el espejo el que me alertó de la tragedia. Nada hubiera podido advertirlo mejor que el reflejo de mi cuerpo sin mi y acompañado de ella. Con sus labios pintados de carmín y un par de círculos oscuros, muy pronunciados, por debajo de sus ojos. El trato estaba sellado y nada que yo hiciera iba a poder alterar el curso de los hechos que se fueron a desarrollar en los siguientes meses, casi hasta alcanzar el año y hasta el día en el que el espejo dejó de existir como tal y tuve que romperlo. Bueno, yo no, ella. No era como que yo supiera que no había solución o que lo que fue a acontecer tenía que pasar tal cual como sucedió, pero incluso en caso de haberlo sabido, nada iba a detenerme de tratar. 
Cabe aclarar que yo en verdad no tenía la menor idea de lo que sucedía una vez que recostaba mi cabeza sobre la almohada y cerraba los ojos. En ese instante, como por un hechizo, dejaba de pertenecerme para dar paso a lo que ella quisiera y tuviera planeado para mi. Más tarde me enteraría que lo que planeaba era para las dos. Verás, ella sí sabía de mi existencia. No me preguntes como, que hasta la fecha no lo sé. Lo que sí tengo por seguro, es que sabía. 
Recuerdo la primera mañana en que sospeché que algo raro estaba pasando. No era una sospecha como tal. Era más bien un miedo y una paranoia impresionantes al darme cuenta de que alguien había dejado una carta sobre la mesa del estudio con mi nombre en el sobre. Yo sabía que esa carta no estaba ahí antes, porque esa noche me había puesto a cumplir con mi ritual, ése al que por nada del mundo le fallaba los sábados: una botella del vino tinto más dulce que encontrara y media cajetilla de cigarros... Hasta acabarme la botella o hasta que las ideas se me agotaran y la cabeza, necia como siempre, me empezara a dar vueltas, mareándome con las mismas ideas que ya me sabía de memoria, pero que nunca me aceptaba antes de las tres copas. La carta no estaba ahí antes. Punto. Revisé las ventanas y las puertas. Inútilmente, porque sabía de antemano que antes de dormir las revisaba tres veces cada una. Tuve una media hora de imaginar los peores escenarios y no dejaba de imaginar a aquel extraño de pie en una esquina de mi cuarto, observándome y memorizando cada una de mis manías al dormir, mientras se imaginaba el momento en que descubriera la carta y con horror comprobara que, en efecto, alguien había estado en mi casa... Que él había estado en mi casa. Durante esa media hora revisé la casa de arriba a abajo. El teléfono, los mensajes grabados, las llaves de repuesto que guardaba debajo de la vela del comedor, la ventana y las escaleras de emergencia, oxidadas como de costumbre. Revisé todo y no se me ocurrió una manera en la que pudo haber entrado, así que después de hiperventilar y casi caer al suelo, me convencí de que debí haberla escrito yo en tremendo estado. Se me olvidó mencionar que venía de una cita todo menos prometedora y se me ocurrió aliviar la tensión de la manera que mejor sabía... Nada que un par de copas no pudieran arreglar. 
En fin. La carta decidí que no la iba a abrir. En una de esas salían mis demonios disparados y quien sabe cuanto tiempo me tomara atraparlos y regresarlos al sobre. Dejé la carta entre tantas más del banco y de mis padres que hacía meses no dejaban de escribir y traté de olvidarme del asunto. 
No recuerdo cuanto tiempo pasó después de eso hasta que la noche me cayó encima y me hizo la segunda de sus jugarretas. Pudieron haber sido tres semanas o mes y medio. La verdad no me acuerdo.



Y de repente


Abro los ojos mientras sigo abrazada a la almohada y a través de mis pestañas te veo sonriendo para mí... A mí. Y juro que escucho tu risa, pero no eres tú; es el sol que con sus rayos me despierta y llega hasta mis ojos como anunciando que viene lo mejor. Tu risa no es risa, sino pájaros que cantan fuera de mi ventana, como siempre, como ayer, pero que yo escucho por primera vez.
             No estás a la vista, pero te siento respirar cerca de mí y de pronto me doy cuenta de que eres real, de que vives en mi lado del mundo y de que cuando despierte bien no te vas a desvanecer... Que tocar tu piel y rozar tus labios no tiene por que ser sólo una fantasía. 
          Entonces en mi mente se forman torbellinos de cosas que siento que ya viví, pero que es imposible ya hayan pasado.
          Veo trenes con amaneceres y noches iluminadas por las luces de mi ciudad... Quizás, algún día, nuestra ciudad. Y me pierdo escuchando aquellas canciones mientras con una mano manejas y con la otra rodeas mis hombros, alejándome del viento que eriza mi piel y despeina nuestros cabellos. Te veo en el balcón de quien sabe que lugar, pensativo y acabándote un cigarro, y me veo saliendo a abrazarte y a pedirte que regreses a la cama. Nos envolvemos en las cobijas, mientras ríes y amenazas con morder mi hombro y de repente, pasa.
           Me vuelvo consciente de que no perderme en el café de tus ojos ya dejó de ser una opción y mi instinto inicial de correr lejos de ti se sustituye por unas ganas locas de quedarme y de que, sin que yo tenga que pedírtelo, tú también mueras por quedarte. 
           Poco a poco dejo que mis ensoñaciones den paso a la realidad mientras me estiro y quito la sábana. Ya me levanté y ahora bajo las escaleras. Olor a café inunda el departamento y yo sonrío al ver que en la cocina, de espaldas y con el cabello despeinado, estás tú. 





.





viernes, 8 de agosto de 2014

Ingenuidad enmascarada

Llega la realidad, disfrazada, como casi siempre, de mentira. Llega disfrazada porque mi mente no hace más que crear versiones en las que nada de lo que creo que es, en realidad es y se inventa un sin fin de justificaciones para todo eso que veo que pasa o más bien, para todo eso que ya no pasa. 
Se me viene encima con todos esos reproches dirigidos a una ingenuidad que hace tiempo sospechaba no era en realidad sincera, sino convenenciera y hasta cierto punto, manipuladora. Así le caen encima todas las imágenes, una a una, a una ingenuidad tonta por querer ser y por querer creer que verdaderamente era. 
           Los retoques en colores calidos y a veces fríos que rellenaban todo lo que veía, se vuelven amarillentos y ocres, como viejos. Las imágenes son las mismas y me pregunto si es posible que sea yo que por primera vez me visto de realidad para entender los recuerdos y las palabras dichas a veces completas y otras cuantas veces, a medias. 
          Ahora me siento del otro lado de la mesa y te miro. Lo hago preguntándome copia de cuantas situaciones similares serás y exhalo desesperada, harta, cansada y con tedio. Y entonces me enojo queriendo que seas tú quien al final del día se quede a escuchar todo eso que me molesta, que no soporto y que hace tiempo quiero decirte y no me atrevo en la esparanza de estar equivocada contigo y con todas tus copias. Mi ingenuidad no quiero marcharse, así que le ordeno que se vaya mientras la abrazo y lloro. 
          Y así pasa el día, conmigo leyendo tus gestos y descubriendo las mentiras que yo misma me contaba. Ya no sonriendo, ya no fingiendo. 
          Te vas, mientras me quedo con tu espalda pintada de un amarillo viejo y lo único que se me antoja hacer con esa foto es rasgarla y tirarla. Entonces lo hago: Rasgo la foto que ahora se pinta de sepia con nostalgia y tiro los trozos sabiendo que a esos, también, se los llevará el viento. 




lunes, 21 de julio de 2014

Divagaciones

Pienso en ti... Inevitablemente y sin ningún remedio. Pienso en ti con ternura y pasión cuando el sol se empieza a meter y sé que revives y cuando estoy por acostarme imagino qué mundo te tocará construir esa noche entre tantas  ideas que rondan tu loca cabeza mientras yo sueño.
        Sueño con lo que dices y con develar los misterios que de a poco se asoman de tus ojos cafés... Otras veces me quedo dormida mientras trato de resolver el acertijo que es tu ceño fruncido y mirada distraída.
         A veces me pierdo mientras manejo al recordar tu sonrisa nerviosa y el ardor que siento en las mejillas cuando tus labios  se vuelven insistentes sobre los míos. Entonces me doy cuenta de que esto no tiene remedio... Me siento como una niña otra vez.
          Y me sorprendo y me asusto de mis ganas de verte, de mis ganas de tocarte y de que me toques... de lo extraño que se vuelve tratarte como si sólo fueras mi amigo cuando los demás miran y fingen indiferencia.
           Qué raro es no tener ganas de hacer otra cosa que pensarte...


.



martes, 29 de abril de 2014

A la orilla del río, día tras día.


No era de noche cuando desperté. Una corriente de aire pasó junto a mi cara y desordenó mi cabello haciéndolo caer sobre mis ojos y nariz. Desperté sin saber dónde estaba o como había llegado ahí. Quise recordar mi rostro, pero no pude. Me levanté sacudiendo la tierra húmeda que se pegaba a la piel de mis brazos desnudos y con la mano sacudí mi cabello para quitar las ramas que se habían enredado en él.
No hacía frío, pero la bruma hacía que así pareciera. Quise buscar un camino pero sólo vi árboles más altos que los que ya conocía. ¿Era medio día? ¿O ya era tarde? Por entre las ramas atravesaban tenues rayos de luz y de vez en cuando el aleteo de algún pájaro interrumpía el sonido de las hojas crujiendo bajo mis pies. Empezaron a cantar y junto con el sonido de las gotas, que aún pendían de las ramas, al caer y aquel del viento escurriéndose entre los árboles, comenzaron a susurrar algo parecido a una canción.
Los sonidos que empezaron como un susurro formaban una melodía que no reconocía, pero que estaba segura de haber escuchado antes y  me contaba  una historia con imágenes perdidas que no sabía que aún existían y con cada paso que daba a quien sabe donde, sonaba más fuerte… cada vez más fuerte. Y las imágenes… las imágenes dejaron de estar en mi mente para correr entre las plantas y asomarse por entre arbustos y reían y se acercaban y justo cuando creía que iba a poder alcanzarlas y verlas un poco más cerca para acariciarlas, para preguntarles, se escapaban entre risas y palabras que no alcanzaba a entender.
No supe cuanto corrí. Me emocioné y me olvidé de que estaba sola en un lugar del que nada sabía y nada recordaba, donde jugaban conmigo fantasmas que ahí vivían o que nacían de mi mente. Daba igual. No recordaba donde había estado antes y era divertido jugar a las escondidas y buscar entre las flores y detrás de las piedras por eso que juraba había visto y que ahora desaparecía. Pasaba el tiempo, pero la noche no parecía ir a llegar nunca y yo me perdía entre recuerdos que me tentaban a recordarlos, pero que no me dejaban del todo ser parte de ellos y de personajes acerca de los cuales no sabía si había leído o si en si en algún momento conocí. Y la vi a ella y lo vi a él y en una de tantas de huir de mí, con la mano y un movimiento de cabeza, me invitaron a jugar junto al río, como finalmente queriendo convencerme de que me quedara.
Corrí tan rápido que mi vestido por poco se rasga al atorarse en una rama. Corrí tanto que casi me salen alas. Corrí riendo y extasiada. Y llegué al río donde debían estar y no estaban. Y me detuve a recuperar el aliento y a buscarlos porque yo los conocía y quería ir a jugar. Entonces vi mi vestido reflejado en el agua y luego mi mano, después mi cuello… ahora un mechón de cabello… y cuando estaba por ver mi cara, un silbido del otro lado del río me hizo voltear. Corrí sobre las piedras bañadas por el río, no importándome que doliera un poco, para alcanzarlos y que no me dejaran atrás. Y entonces, sin planearlo y sin sospechar que pasaría, se me olvidó recordar.




miércoles, 12 de marzo de 2014

(la) Realidad


Y pues eso pasó. Te conocí y se me vino el mundo encima. Me llegó fuerte y cómo no lo había conocido antes. Era como nadar desnuda por primera vez en agua no fría, pero definitivamente no caliente. No me encantaba este mundo. Yo no era como creía ser y eso me molestaba, porque antes solía agradarme… no siempre, pero sí más que ahora. Primero vinieron las preguntas de todos los días, no complicadas, no con mensajes ocultos de lo que significaban o no. De hecho eran preguntas bastante ordinarias. Hubiera sacado una respuesta de esas que tengo tan ensayadas, no por haberme puesto a repetirlas frente al espejo, pero por la inercia que viene con el contestar algo tantas veces… tantas que ya ni siquiera es necesario detenerte a pensar si lo que dices aún es verdad o si, con el tiempo, algo ha cambiado. Hubiera hecho eso, pero ya llevaba días y más días aburrida y yo creo que si no empiezas a preguntar, en ese mismo instante me paro y prendo fuego a la cafetería. Me interrumpiste. Dejé de pensar y por entretenerme en algo que no fueran mis divagaciones decidí pensar mis respuestas por primera vez en no sé cuánto tiempo.
Y así preguntaste y yo contesté y contesté con palabras diferentes a las de siempre y entonces quise que preguntaras más. Hablaba y la que hablaba no era yo. No la yo con la que creía que vivía. Era esa que, ya sospechaba yo, visitaba mi cuarto a veces, pero cuyas visitas todavía no lograba comprobar. Era la que se escapaba de noche entre mis labios para decir cosas que yo no podía recordar o tenía sueños, que debían ser mis sueños, pero que al final eran de ella. Era la que azotaba puertas y te abrazaba fuerte cuando normalmente yo hubiera sonreído y estrechado tu mano. ¿Si entiendes? … Pasaron los días y empezó a darme curiosidad que te diera curiosidad. Lo normal era extraño para ti y yo no entendía que era lo extraño. Otra vez yo y mi maldita curiosidad, así que pregunté, con cautela, casi segura de que no me ibas a decir y lista para fingir que de todas maneras no quería saber, porque muy en el fondo no quería saber  (¿o sí?) y si hubiera querido saber, de cualquier manera lo hubiera negado. Y entonces, quien sabe porqué, contestaste.
Los días empezaron a pasar rápido y lo tedioso no lo fue tanto y lo obvio ya no fue obvio, sino cuestionable y empezaron a chocarme cosas que no me chocaban y volví a preguntar cosas que ya ni siquiera me importaban. Qué curioso es esto de conocer a la que duerme bajo tu cama… Entonces, sin querer y en accidente, empecé a conocer tus tormentas y días soleados y un par de notas musicales entre todo eso.  Los días nublados lo seguían siendo, porque no desaparecían, pero de una manera diferente eran divertidos y me di permiso de no negarlos. Se me empezó a olvidar esa inercia de sonreír y sin necesidad de que siquiera sugirieras que ibas a atraparme si jugando en una de esas me resbalaba, empecé a jugar a ser real.
Siempre supe que no tenía por qué ser buena, pero quería serlo, quería hacer lo correcto, quería no equivocarme y no lastimar y atinarle a la primera (aún cuando decía que no me importaba equivocarme) porque tenía horror de hacerlo mal, de arruinar algo, de ser culpable (verdaderamente culpable), de echar a perder lo bueno y tener que aceptar que había sido todo por idiotez incontrolable. No quería ser idiota, ni maldita, ni la antagonista en ninguna historia. Tú que lees esto seguro piensas que no puede ser tan malo y tienes razón, no lo es si lo que quieres es ser funcional, pero yo que no tengo ni una pinche idea de lo que quiero, sentía que me estaba ahogando. Me ahogaba cada día  para despertar al día siguiente y darme cuenta de que por algún milagro el agua ya no estaba en mis pulmones y yo podía respirar, sólo para ahogarme otra vez en el transcurso de las primeras horas del día.
Pudimos haber fingido más tiempo e ignorado ese quien sabe qué que decías con tus ojos a veces fijos y otras veces errantes y que yo contestaba con miradas distraídas y sonrisas casuales. Pudimos haber amarrado al deseo y huido de nuestros pensamientos. Debimos habernos quedado en puntos opuestos y volteado a otro lado. Eso debimos haber hecho. Pero con los cables sueltos de tu cabeza y los míos haciendo corto circuito… pues ya ves donde acabamos.
Se me vino el mundo encima cuando me di cuenta de que yo no era todo lo que creía ser, ni todo lo que trataba de no ser. Era las dos que duermen en mi cama sin ser ninguna de ellas sola.  Y me gustó y respiré sin que el agua entrara en mis pulmones y sin tratar de ordenar el desastre que ya estaba creando… Se me vino la realidad y resulta que, quien sabe cómo, eres parte de ella.


-

lunes, 27 de enero de 2014

Lo hice de negro


Te pinté. Hoy saqué los pinceles y la caja de pinturas de debajo de la cama y te pinté del único color que me quedaba: negro. La luz a mis espaldas formaba siluetas que se escondían de mí, temiendo quedar mezcladas con la pintura debajo de mi pincel, pero ansiando ver eso que antes no existía sobre mi pared y que ahora ha de quedar grabado hasta que me canse de vivir.
Las ansiosas figuras se asoman por detrás de mis cortinas, delante de la guitarra y al lado del librero. Su miedo se disipa y se llena de curiosidad. Quieren ver a la brocha que ahora llevo en mi mano izquierda tatuar eso de lo que nadie jamás ha de hablar. Sí, en mi mano izquierda dije. Izquierda como todo lo que no es derecho, como lo chueco, como lo herido, como lo deforme. Así lo pinto y lo disfruto y saboreo todas las curvaturas que mi mano inconsciente traza por falta de práctica, por no saber que existía y que podía pintar todo lo que ya había pintado la derecha, si acaso con otros colores y en otros matices.
No hay más sonido que el de mi mano frenética y el de mi respiración acelerada.  Necesito pintar. Siluetas de todos los tamaños y formas se proyectan sobre mi cabeza y ya no huyen, tampoco se esconden. Se abalanzan y pelean por acercarse más y poder ver mejor esa plasta que ya no sé si se parece más a ti o a mí… Comienzan a producir un sonido mudo que me enchina la piel y ya no sé si pienso o trato de pensar que pienso para no dejar que entren en mi cabeza y se lleven lo poco que no eres tú y que aún soy yo. El negro de mi delineador, que ya se ha corrido, contrasta con el rojo, el naranja y el amarillo que aún baila en el fondo de mis pupilas y que se niega a desaparecer entre todo esto que hemos creado. Cierro los ojos. Los aprieto fuerte… ¡más fuerte!
Cuando los abro, las siluetas se han ido. Estoy sola y mi cuarto no es negro, sino amarillo por la luz que sale del foco. Vuelvo a pintar. Te pinto a ti. Te pinto de negro porque no se me ocurre de que otra manera hacerlo.

*


domingo, 26 de enero de 2014

Inside an empty head


It is not human to feel the way I do. It is not right to want what I want to do. Could I choose to be someone else in a different place and time and still be faithful to my true self? Why would this desire come striking me hard and keeping me awake if it wasn’t meant to be? Why am I still here if I’m supposed to be somewhere else?
I think I should disappear. I should tear my eyes out and forget to see what’s real so the only thing left to see were my dreams. I should forget to see you, and remember how it felt like to dream and never look back. No regrets, no doubts no misinterpretations of what words mean or do not mean. Oh, how I wish I could leave it all behind!
It is not fair to live holding back. It is not right to live as if we had many days ahead. I should take the high way and walk at the brink of disaster… just enough to make my heart beat fast, just enough to make sure it’s never slowing down.
As the day gives into night, I think about the excuses that keep me tied down to this room, to this place, to the morning I’ll wake up to tomorrow. All the dreams slipping away wave goodbye; tired of being kept in my head… tired of not been given life. They fade away under the darkening sky leaving me inside an empty head: a busy and hurried head with no time for closing my eyes.
Could it be this is all there is in store for me? Is this really what’s meant to be?
How I wish there was more than this…



domingo, 5 de enero de 2014

It is raining in New York




It is raining. The subway stops abruptly, and I say good-bye in a hurry, not sure they understand what I’m doing or where I’m going. This isn’t our stop. I think I catch a glimpse of them exchanging stares as they see me disappear amidst the crowd. I open my umbrella as I climb out of the subway and head into the rain that appears to be growing more as I come out. Now, where was it? I take out my phone to check the address of the knight in the middle of Central Park. No one is heading there with this weather.
People are fleeing in all directions. A couple runs into a coffee shop soaked and laughing, and I realize my lips are curving up a little. I sigh. A strange excitement runs though my body, not electrifying it… this is different. It is like warmth and chills at the same time. My heart is rushing out of expectation and the blood is flowing all the way to each tip of my fingers keeping the cold away even now that my feet are wet and my hair is sticking to my face. I take in the view of the red and blue neon signs over the restaurants, of the outside staircases, of the oaks and its wet leaves…I take in the smell, mixture of coffee and wet dirt, reaching my nostrils and the heat coming out of each open door I come across. If I could only take a picture of it all… of this moment with every single detail, of the people, rushing, of my shoes, splashing over the concrete trying to avoid the rain and yet enjoying getting soaked in it, of this happy anxiety of doing something silly and yet of something that feels completely right…
I reach the street next to Central Park. The light is red, and I wait impatiently for it to change. People are too busy looking for shelter to stop and look at where I’m heading. I laugh at myself. What am I doing? The light turns green. I rush between the trail of trees and walk following the signs that say “Turtle Pond.” Oh dear, I really hope I don’t get lost. As I’m thinking this, I climb across a small mount and there he is. With his back towards me, he waits. The knight in bronze armor… my knight. The rain isn’t as strong as it used to be, but I can feel the chills now. As I stare at him, I get the feeling I have stopped breathing. I’m not sure if I want to smile or cry, so I do a little of both. I’m not sad… I’m happy. I’m happy sad.
 One year, five months and some days ago, he was here. He stood where I’m standing, and took the picture I’m about to take. He saw exactly the same thing I’m seeing now: King Jagiello.  It was him who led me to this place. He wanted me to see what he saw and now I have. I feel him so close… The King isn’t a king anymore, but a knight. And somehow, even in the distance, he is my knight.
This rainy evening in Central Park is ours, and it will always be. This is the place where we met. This is the closest we have ever been. 



*