Siempre tuve dudas acerca de lo que quería de la vida. Constantemente, todo era un remolino que se calmaba en los ratos menos esperados, sólo para volver con más fuerza y trayendo consigo las dudas de siempre pero más revolcadas con cada regreso.
Yo era un lío, pero un lío que podía respirar porque finalmente tenía claro algo de lo que era y un par de cosas que no era. No era olor a Chanel, no era un saco de mangas hasta medio brazo, tampoco era libros de medicina, ni despertadores a las seis de la mañana y de nuevo a las seis con veinte. No era amaneceres ni un calendario repleto de eventos a los que tratar de ir. No era abrazos fáciles, ni palabras tranquilas. No era varias cosas que creí que era y que hasta ahora me cuesta aceptar que no soy. Era todo lo que sobraba entre eso que no era, y de eso, vaya que sabía poco.
Y así transcurrían mis días entre un estupor que se parecía a sueños, con la misma pesadez colgando de mis párpados y un despertar que se asemejaba más al éxtasis sin razón que, dicen, producen ciertas sustancias en el cuerpo...en esas tribulaciones andaba, cuando sucedió.
Era uno de esos días donde en medio de la prisa necesitas aire para hacer que la vida no vaya tan deprisa, donde a pesar de los quehaceres, tienes que parar y des acelerar, incluso si lo que pretendes es cumplir con el trabajo que te solicita el día a día. Necesitaba un freno para poder encargarme de lo que vendría en los siguientes días y para mí eso significaba una escapada a aquel café en compañía de mis papeles y alguna otra cosa para leer que no tuviera que ver con hoy, pero sí todo con mañana. Me empeñaba en creer que estar ahí me volvía más productiva y menos dispersa de lo que solía ser, y sin embargo, desde el principio supe que era una excusa más para postergar lo impostergable, porque era justo en aquel lugar donde el estupor me abandonaba un poco y donde mi mente comenzaba a hilar las ideas más inverosímiles y a encontrar vertientes un tanto escondidas a los pensamientos de siempre. Me gustaba divagar y lo hacía a diario, pero había algo distinto en aquel lugar. Ahí las divagaciones pasaban de ser lo que eran a ser algo tangible y con sentido. Cobraban dirección y dirección era lo que a mi, más que nada, me faltaba.
Llevaba poco más de una hora y un café y medio después, ya había terminado de leer unas cuantas hojas. El sueño me estaba ganando y en más de una ocasión dejé que mis ojos se cerraran. Casi caigo víctima a la tentación de rendirme en la calidez de aquel lugar y del sillón que ya empezaba a llamarse mío, cuando él entró. No era la clase de persona que hubiera llamado mi atención inmediatamente o que me hubiera hecho voltear por instinto. Por la esquina de mis ojos, vi la silueta de su figura acercarse al mostrador. No escuché lo que dijo, pero sus murmullos se siguieron de una risa que fue poco menos que carcajada y que inmediatamente alteró el ambiente del lugar. No sólo lo digo por lo que sentí... Pero por la rubia despampanante sentada frente a mi, que volteó y le dirigió una de sus mejores sonrisas.
El hombre debió pasar frente a mi, pero yo estaba de nuevo sumergida en mis papeles, sin verlos y tratando de identificar las letras de la canción que salía de las bocinas en aquel momento. Cuando finalmente lo logré y terminé de anotar en una esquina del papel las palabras que había identificado, voltee al frente. Más allá de la puerta de cristal, estaba el hombre del mostrador. Se había sentado con una mujer de cabello largo, cuya cara nunca vi y ahora platicaban. Dejé a mis papeles descansar sobre mis piernas y lo miré.
Debía estar entrado en los cuarenta años. Tenía cabello oscuro y a los lados comenzaban a dejarse ver unos cuantos cabellos grises. Las entradas, aunque no grandes, más pronunciadas de lo normal. No era atractivo. Tenía una nariz un poco aguileña y sus ojos eran pequeños. Creo que incluso podría decir que era algo feo y sin embargo había algo acerca de él que encantaba. Por un momento volteó y me apresuré a tomar mi café, tratando lo mejor que pude de disimular y en mis intentos casi lo derramo sobre la mesa.
Después de unos minutos y como tratando de no ver, volví a voltear.
Me sentía como una espía y de nuevo me invadió esa sensación familiar de hacer algo que no debía, algo emocionante... Me robaba un momento que no era mío. "Ladrona de momentos" pensé. Y sentí un calor reconocible recorrerme e incendiar mis mejillas. Era una niña otra vez y los papeles sobre mis piernas pesaban como piedras que ya no quería cargar. El hombre de ojos pequeños encendió un puro y sus manos se movieron de la manera más grácil posible, mientras relajadamente se recargó sobre su silla e inspiro lentamente. Era como si con esos gestos cobrara completo control sobre la situación y al mismo tiempo, misteriosamente, se entregara a lo que fuera que venía. El momento era suyo y él era del momento y todo sucedía tan sutilmente... Nada de esfuerzo, no había batalla que librar. La guerra había pasado y él había salido de ella. No ileso... Porque había algo en su mirada, como una melancolía feliz, pero había sabido sobrellevar los resultados y había conseguido dominar y dejarse dominar y aquello sin perderse del todo, porque tiempo atrás ya se había perdido. Y ahí estaba yo, como embobada. Hipnotizada por las líneas de expresión de su boca que se hacían más profundas al sonreír después de escuchar las palabras de la mujer. Otra bocanada de humo. Su ceño alegre y despreocupado cobró un aire pensativo y por un momento se vio más viejo cuando frunció el ceño. Cruzó el tobillo sobre su rodilla y fijó la mirada en algo que ninguno de los que estábamos ahí podíamos ver. Yo me moría por saber que sería eso que veía y creo que si hubiera volteado en mi dirección habría descubierto mi papel de espía encubierta.
Mientras guardaba silencio traté de asomarme a sus ojos y no supe que encontré. Era como si fuera un libro en blanco y sin embargo un libro que cuenta mil historias. Traté de imaginar cómo sería su vida. Empecé imaginando como habría sido su día antes de llegar a ese café... pero todo era borroso. Traté de imaginar en qué trabajaría y como no resultó, mejor empecé a imaginar todos los trabajos que ya había tenido. Quise imaginar a su familia, pero sólo no había familia que imaginar. Entonces pensé en quien sería si decidiera adoptarlo como parte de la mía. Mi papá vino en primer lugar, pero aún era joven para ser mi papá y no había manera de que ese hombre intentara contarme cuentos antes de dormir. Entonces imaginé que fuera mi tío. Sí, podía ser mi tío, el más joven de todos. Ése que a pesar de sí era parte de la familia y que guiñaba su ojo a mi cada que yo hacía algo malo y él tenía que regañarme. Me hubiera encantado que guiñara su ojo, pero no lo hizo. Entonces dejó de ser mi tío. Traté de imaginar sus romances y la serie de amantes que habría tenido hasta que llegó la mujer que no era la que estaba sentada frente a él, pero que era ésa a la que en secreto extrañaba y con la que no estaba ni iba a estar. Sentí ganas de conocerla... Seguí en mis intentos infructuosos de atribuirle una vida, pero nada era suficiente y nada parecía resonar del todo con quien era y con sus ademanes y sonrisa fácil, pero dolorida.
Decidí que como niño sería más sencillo verlo y sí, en efecto, lo vi. Lo vi de espaldas jugando sólo con un tren en el patio de su escuela. Vi su cabello despeinado y escuché los sonidos que salían de su boca imitando a una locomotora. Entonces me sentí satisfecha, porque aunque nunca vi su cara, sabía que ése sí era él. Ésa era la única imagen real de ese hombre que podía ser dueño de cualquier vida y que al mismo tiempo pertenecía a ninguna.
La gente empezaba a voltear y decidí que debía irme ya. Había descifrado lo que quería de la vida y lo que quería lo había encontrado él. No debía arriesgarme a escucharlo hablar, ni a que por mi curiosidad intentara hablarme. Lo había visto y eso era suficiente.
Guardé mis cosas y salí a la carrera de aquel lugar. Casi corriendo y sin voltear atrás. Debí pasar horas pensando en él después de aquel día, hasta que lo decidí. Durante meses regresé a la mismo hora por mi café. Veía por encima de mis papeles a la mesa más allá de la puerta de cristal, deseando verlo ahí sentado, pero secretamente, deseando con más ahínco que ese día en particular no se apareciera. Llegaba la hora a la que cerraban el café y yo salía con una sonrisa de melancolía feliz.
El hombre nunca regresó. Yo dejé de ir al café.
Y sin embargo, todavía hoy lo recuerdo y cada que algo importante pasa o tengo que decidir algo grande, pienso en él, en sus ojos pequeños y en lo que él haría si fuera dueño de todo y al mismo tiempo, de nada.