jueves, 31 de enero de 2013

Hambre


Recuerdo un cuarto algo alargado que esta junto a las escaleras. Estoy en el cuarto y acabamos de comer. El olor a jengibre y cordero aún permanecen en el aire. Por algún motivo me he adelantado y permanezco a medio cuarto… sola. Las paredes son altas y blancas y el suelo está revestido de una alfombra gris. Toda la estancia es un juego de tonalidades grises, negras y blancas. A mi espalda hay una pared que no es pared, sino cristal y pegado a él hay un sofá. El sofá se me antoja para estirarme después de haber comido aquella comida tan rara y tan deliciosa… si tan sólo pudiera recargar mi cabeza en esos cojines ajedrezados sería… en frente del sofá hay una pantalla. Una pantalla plana enorme. No sé que tiene este cuarto que a pesar de su falta de viveza se me antoja. Es como si nadie hubiera estado aquí en mucho tiempo o como las salas que ponen en las tiendas departamentales, perfectas y sin rastro alguno de personas. No hay pantuflas, no hay un vaso de agua a la mitad, no hay algunas notas sobre la mesa o un libro a medio leer descansando  al lado de la lámpara. Hace frío y busco una cobija, pero no hay cobijas. A un lado del televisor hay una serie de películas acomodadas alfabéticamente y por género. Me pregunto si alguien las habrá visto recientemente. Sea como sea, no reconozco ninguno de los nombres y me aburro pronto. Más allá de esta habitación hay otra y la puerta se encuentra entre abierta, veo cruzar a una mujer que usa una bata de seda negra abierta por el frente. Su cabello rubio no me deja ver su cara. Puedo escuchar entre murmullos que habla con un hombre, el parece molesto. Pongo atención para ver si entiendo lo que están hablando…un ruido interrumpe mi concentración, es una risa. Más allá de la habitación blanca y negra, junto a las escaleras, hay una puerta café. La abro con cuidado y veo a la mujer de extravagante cabello rubio de pie junto a una de tres cunas. Aunque me da la espalda, desde donde estoy puedo ver que en sus brazos arrulla a un bebé…su bebé. En las otras dos cunas dos bebés más hacen ruidos extraños, que parecen mezcla de risas y balbuceos, intentando llamar su atención. La ropa elegante, pantalón negro, blusa blanca y negra y tacones negros, desentonan con el beige de la alfombra y el café madera de las cunas. Los dos niños y la niña visten con los mismos tonos blancos y amarillos y cada uno de ellos tiene un oso de peluche igual al del otro. El cuarto huele a talco y a leche y sigo intentando descifrar porque la imagen de la mujer con el niño entre los brazos pareciera no pertenecer a aquí. Los brazos torpes de aquella mujer siguen arrullando al primero de los tres niños y de entre su voz melodiosa que murmura alguna canción de cuna que yo no conozco, se escucha el sonido de cristal estrellándose sobre el piso. Hay un golpe de algo que no sé que es, pero que se que es grande y la mamá sigue cantando entre murmullos. Me asomo a la puerta y no logro ver nada. Busco el origen del sonido y con cautela me acerco a las escaleras. Más allá de las escaleras, en el primer piso, mezcla de voces altas y risas continúan sin la más mínima alteración. Bajo uno a uno los escalones. Sobre la mesa hay todo tipo de platillos, falafel, trozos ahumados de ternero, tabule, otra carne que no sé que es, pero que se me antoja y más allá, en el extremo cerca de la puerta giratoria, una charola de dulces de pasta de los cuales sólo reconozco a los dedos de novia. Dos mujeres que visten con uniformes arreglan la mesa. El olor que sale de la cocina hace que mis intestinos se tuerzan. ¡Tengo tanta hambre! Por un instante pienso en correr hacia la mesa y llenar mis manos de lo que sea que haya sobre los platos. Veo sobre mi hombro y estoy a punto de iniciar la carrera, es ahora o nunca… entonces un hombre con camisa blanca y pantalones grises entra a la casa. Lo hace rápido y entra a lo que parece un baño. Es hasta ese entonces que me doy cuenta de los otros tres hombres que se sientan en la mesa cerca del jardín. Los tres fuman shisha y mientras me acerco puedo percibir un olor a naranja. Me recuerdan a la oruga de Alicia en el País de las Maravillas, pero sin tantos colores y con cejas que antes de tranquilizarme, me invitan a alejarme. Uno de ellos debió verme venir porque inmediatamente hace una seña para que cierren la puerta. Intento asomarme entre la rendija que forma la madera con el marco pero no alcanzo a ver nada. Mis oídos tampoco escuchan lo que debieran. Mi estomago se siente lleno y tengo en realidad mucho sueño. Las sillas alrededor de la mesa están desordenadas y el sabor dulce de los dedos de novia aún permanece en mi boca. Una mujer de cabello rubio y sonrisa amplia me invita a regresar uno de estos días y muevo mi mano de un lado a otro en su dirección mientras estoy por subirme al auto. La habitación de los niños tiene una luz tenue y un poco amarilla y ahora no quiero alejarme de ella porque la mujer se ha ido y dos de los tres bebés hacen ruidos que no entiendo. Entre mis brazos acuno a uno de ellos, el primero. El sonido de cristal estrellándose contra el suelo hace que el bebé salte en mis brazos pero no dejo de cantar. Después un golpe. No sé que causa el golpe. De pronto escucho a los hombres decir algo en un idioma que no conozco y por la rendija por la que me asomo puedo ver una sombra corpulenta acercándose a la puerta. Corro a esconderme debajo de las escaleras justo cuando el hombre sale acompañado del de barba cerrada y de olor a naranja. En la oscuridad de debajo de la escalera, recuerdo la sonrisa amplia de la mujer de tacones negros. Sobre mi oigo unos pasos y aunque sé que debería hacerme chiquita, no lo hago y teniendo cuidado asomo la cabeza. La puerta de la entrada se abre y de las escaleras bajan los que salieron oliendo a naranja cargando una sábana blanca que parece muy pesada. La casa de tonos negros, cafés y verdes de pronto se anima con aquella mancha roja y justo antes de que cierren la puerta, de entre el blanco de la sábana veo aquellos cabellos rubios que tengo memorizados. La casa huele a una mezcla de naranja y cordero y de quien sabe que tantas cosas raras que aún se me antojan. Trato de abrir la puerta, pero a mi derecha hay una mesa llena de comida que no conozco pero que huele bien y ¡tengo tanta hambre! Me encamino hacia la mesa y al pasar por las escaleras escucho, no bien, apenas como un murmullo, una canción de cuna y uno que otro balbuceo, o risa, o llanto. 

lunes, 28 de enero de 2013

Mi muñeca de porcelana



Y la rompí en cachitos, de esos tan pequeños que imaginas nunca vas a poder pegar. ¡Cuánto dolió romperla en tantos pedacitos! Ahora que la veo ahí, sobre la repisa, en fragmentos, rota y aún hermosa, pienso que quizás hubiera sido mejor dejarla como estaba, dejarla ser parte de ese mundo irreal. Respiro profundo antes de soltarme a llorar. Quisiera poder pegarla, quisiera que esas cortadas, que yo no infligí pero que hice se notaran, no existieran. Quisiera volver a verla sonriente y entera sobre la repisa viéndome con esos ojotes cafés de cristal que dicen tantas cosas sin en realidad decir nada. ¡Mi muñeca de porcelana tiene el cabello más hermoso! Jamás sabrás todos los secretos que guarda mientras sonríe, porque su sonrisa hace parecer simple arena a las perlas más hermosas del mar. Y cuando ríe, porque a veces si lo hace… o lo hacía, el sonido de su risa recuerda a un día de verano, cuando acaba de terminar la escuela y las tardes se extienden interminables como un sueño. ¡Qué cosa tan más linda es mi pequeña muñeca de porcelana! Tiene las manos más delicadas y con ellas da caricias que sanan las heridas más profundas o hace callar a las palabras más hirientes. Sus manitas son blancas y pequeñas y son el principio de un par de brazos delgados y bien formados. Sus  brazos son engañosos porque, a pesar de lo que aparentan, dan los abrazos más fuertes que he probado. Tanto que a veces parecería que podrían sostenerte por siempre. Mi muñeca de porcelana tiene las facciones más finas y cuando se necesita, mantiene una compostura que yo no podría conseguir ni siquiera si quisiera. A veces juraría que no es de este mundo porque tiene un corazón que late a un ritmo que aún desconozco, más acelerado que cualquier otro y más firme que la más firme de las montañas. Es como un caballo desbocado. Tiene esa belleza simple y sin esfuerzo que enamora y una complejidad que nadie que no haya sido caballo lograría entender. Si mi muñeca de porcelana fuera caballo, habría sido la única yegua blanca y si hubiera corrido, hubieras jurado que volaba. No es de este mundo, te digo. Es la más frágil que haya sostenido y la más fuerte, pero hoy, por mi culpa, está rota. La línea de sus labios permanece recta y aunque yo quisiera sacarle alguna mueca, no lograría nada porque no soy como ella. A veces pienso que mi muñeca de porcelana vive en una casa de espejos. Quise enseñarle mi mundo, no sabiendo que mi mundo le haría daño. Ahora la veo con ojos más vidriosos de lo normal, sus mejillas permanecen rosadas y a través de sus delicados párpados aún puedo ver una que otra pequeña vena morada, pero sus labios, sus labios ya no me dicen que habrá un mañana y eso, eso es lo que más extraño de mi hermosa muñeca de porcelana. 

domingo, 27 de enero de 2013

Yesterday


Yesterday belonged to you. Today, I would say -No.- Beneath the bridge and across the trees, lies the place I used to call home. I was so scared to dare to leave! Had I known the world outside, across the trees and over the bridge, I would’ve never stayed under those dirty sheets. This is the place I used to know, this is the place I used to run to in search of hope. Now, standing over these old rocks, shelter of storm and loss, I can feel the cold chilling breeze against my chicken skin. I can feel the freezing air and the warmth of the rising sun. And the longer I look, the further I can see. There’s always been so much of the world I would miss! Well, not today, not while there’s so much waiting for these curious eyes to meet.



jueves, 24 de enero de 2013

"Driftwood"


Nunca más. Fueron las palabras que susurró al espejo empañado mientras se secaba la cara, mezcla de agua dulce y salada. Su mejilla, aún ligeramente rosada, ardía con cada pasada de la toalla. El vapor del baño se colgaba de su cabello y lo torcía. Lo torcía de la misma manera en la que lo había hecho aquella noche llena de lluvia y falta de luna. Las ventanas del carro estaban empañadas y a su izquierda y derecha se alzaba un remolino de agua. No había estrellas, tampoco había luna. El motor del carro no prendía y empezaba a darle miedo. No el miedo que te da cuando te quedas sola en casa con las luces apagadas, no, un miedo de verdad. Ese que se te sube a la garganta y te aprieta el pecho. De ese que sabes que apenas comience no habrá manera de detener. Intentó una vez más, pero el carro no arrancaba y se imagino como estaría sumergida en un charco mezcla de agua y lodo. Sin señal, sin nadie a quién llamar, sin un mapa que le dijera a dónde ir o a quién acudir. Nada. Imaginó que debió poner más atención a las tardes en el taller, a las clases de geografía, a los viajes de verano o su amiga que tanto había insistido en hablar. El agua caía ahora más fuerte y no parecía tener intención de parar. Su estómago comenzó a hacer ruidos, como queriendo conversar, pero no tenía de que conversar. No quería recordar todas esas veces que debió llamar y decidió que sería mejor hacerlo luego o las veces que pudo arrepentirse y correr en la dirección equivocada para equivocarse más, para no tomarse tan enserio, para ahora saber qué hacer y no ser un pedazo de madera a la deriva. “Driftwood” eso era. Pensó en casa y el fuego que seguramente ahorita estaría ardiendo, en las personas que perdidas lo estarían viendo. Intentó recordar “hogar” y no pudo hacer más que voltear al asiento del copiloto, vacío, y al asiento trasero lleno de cosas viejas y cajas repletas. Ése era “hogar” pero no se sentía como tal. ¿De verdad sería ése hogar? ¿Y si no le gustaba? ¿Y si le daba miedo y ganas de abrir la puerta y correr? ¿Pero correr a dónde? Más allá del agua y la oscuridad había árboles, de esos con los que antes fantaseaba poder escalar. ¿Y qué si se caía? De la mochila saco un paquete de galletas. Comió una, luego otra y antes de seguir decidió guardarlas, por si mañana tardaba en llegar, por lo que mañana pudiera aguardar. Cerró los ojos y calló en una especie de estupor. Con imágenes de aves y caras familiares que bailaban bajo la lluvia y frente al fuego. Desfile de animales que brincaban encima del parabrisas y a los lados. De osos que intentaban abrir la puerta y ojos brillantes que desde la orilla de la oscuridad no dejaban de observar. Soñó con amaneceres sin agua y en tonos rosados y con otros llenos de neblina y cuando de verdad quiso despertar, no sabía cómo hacer para detener el desfile o remolino de imágenes que se amontonaban frente a sus ojos o en el fondo de su imaginación. A ratos casi sonreía y otras veces, su boca se curvaba hacia abajo y cual niña pequeña hacía pucheros amenazando con soltarse a llorar. No supe cuanto duró su delirio. No creo que nadie lo haya sabido. Del fondo de dónde sea que haya estado, regresó cuando la luz iluminó el tablero de su carro. Dos luces la cegaban y hacían que entrecerrara los ojos. Su cabello estaba torcido y sabía que debería tener miedo. Sabía que tenía que correr porque a esa hora y entre esos sueños, no podía ser ayuda la que venía. Trató de urgirles a sus piernas que se movieran y a su brazo que se estirara para abrir la puerta, para que se abalanzaran a la oscuridad de entre los árboles pero en lugar de eso, lo que hizo fue bajar el vidrio y sabiendo que debía tener miedo a la sombra que frente a ella se alzaba, cerca, cada vez más cerca, sintió alivio. Ahora estaba rodeada de vapor y su cabello también estaba torcido. Ahora imágenes desfilaban frente a ella, una a una, no en estupor, sino como un sueño, como un mal sueño que debió prever. La manija de la puerta giró y llegó a un alto. Ella envuelta en la toalla ni siquiera miró. Tomó la crema de noche, la abrió y con su dedo anular tomó un poco. Del otro lado una voz serena pidió que abriera la puerta. Se llevó su dedo a la cara, ahí donde ardía. Sus labios no se movieron. La manija volvió a girar, esta vez más fuerte. Se sacudió. Del otro lado de la puerta, una profunda exhalación. Tomó más crema y la puso sobre su otra mejilla. La imagen en el espejo se difuminó un poco. A su espalda algo golpeó la madera de la puerta y mientras trataba de no llorar, pensó “Hogar”. La puerta se sacudía y la manija amenazaba con dejarse abrir en cualquier momento. Sus manos temblaban, pero ya casi terminaba con la crema, sólo un poco más. Del otro lado de la puerta algo se rompió y ella, aún envuelta en la toalla, llena de miedo, empezaba a llorar. No de ese miedo que sientes cuando te quedas sola en casa por las noches con la luz apagada, no, de ese miedo que te sube por la garganta y te apachurra el pecho, de ese que sabes que una vez empiece, hagas lo que hagas, no vas a poder parar.


miércoles, 9 de enero de 2013

Cuando era chiquilla


La noche llena de estrellas me recuerda a sus besos y al sabor dulce de su boca. A mi carita redonda con esa sonrisa imborrable y llena de ilusión pensando que si de verdad me quedaba muy quietecita y con los ojos abiertos, quizás, sólo quizás, podría atrapar una de esas bolas de fuego que aún no caían. El frío me hizo pensar en noches corriendo muy despacito a abrir la puerta para que no fuera a rechinar. Para poder salir por un beso, para poder salir y escuchar mi canción. Me recordó a mis manitas frías entre sus manos apenas por poquito más grandes, a esa cartita y a las mil y un veces que debí leerla. Y entonces sonó el teléfono y por poco me tropiezo pensando que yo tenía quince y él dieciséis y que justo ahora llamaba para ver si estaba bien, si nuestro pleito no había sido el fin de nuestra pequeña historia, de nuestra pequeña, gran historia. Y yo me quedaba muy calladita escuchando todo lo que tenía que decir y su voz más ronca y al mismo tiempo más suave de lo normal sólo para al final decir “te quiero” y escuchar un suspiro que venía del otro lado del teléfono. El teléfono no era para mí, supe cuando mi hermana se adelantó, pero en mi cabeza la historia ya estaba rodando y me acordé de cuando me dijo lo bonita que me veía y de lo roja que me puse. Y cómo luego me confesó que soñó conmigo y que no me podía contar y de la pena y emoción que sentí conforme se me calentaba algún lugar en mi pecho. Debí estar a punto de decirle que no me contara, porque no hizo más que mirarme y reír y más roja me puse. Y me acuerdo de la primera vez que tomó mi mano y cómo sentí escalofríos recorrer todo mi cuerpo y de las noches en las que yo esperaba hasta las once porque sabía que antes de dormir lo último que hacía era recostarse y mandarme mensajes para, como él decía, dormirse pensando en mí y así asegurarse que a mí no se me olvidara pensar en él.  Todavía me acuerdo de la primera vez que se enojó y se enojó feo, porque yo me iba y no lo llevaba conmigo, porque no me escapaba esa misma noche con él. Supongo que ahí fue dónde debí verlo venir. Ay y cómo olvidar las rosas los domingos y sus manitas traviesas que no dejaban de intentar llegar a dónde no debían llegar. Todavía me acuerdo de cuando me dijo que quería jugar a tener hijos y de cómo esa noche me quitó el sueño diciéndome esas dos palabras que no debes decir nada más así. Si hubieras visto como me miraba y no puedo imaginar haberlo visto de una manera distinta porque nunca me había sentido así y de pronto mi pueblito era mi pequeño paraíso dónde lo único que necesitaba para sonreír era su pesado brazo sobre mis hombros…ah y un helado, un helado de café. Tendrías que haber visto como lloré el día que lo golpearon para saber lo mucho que lo quería. De pronto la chiquita miedosa se moría de ganas por ir a buscar a esos que le habían echado montón y no habían esperado a que llegaran sus amigos. Yo estaba muy orgullosa, muy orgullosa de que hubiera defendido a ese hombre enfermo como lo hizo. Por eso lo quería, porque era muy valiente y bueno y no dejaba que nadie tratara mal a nadie enfrente de él. Porque me hacía sentir segura y por la manera en que hacía que me pusiera roja. Nadie ha logrado que me ponga roja desde ese entonces. Él me presentó a insomnio y no se me olvida como, durante todo ese tiempo, padecí insomnio crónico. Sentía una felicidad como de loca y traía una sonrisa que no se borraba ni dormida. Hasta las dos o tres cerraba los ojos y yo creo que era por agotamiento de tanta felicidad. Yo no sabía que podías sentir tanta emoción en un solo día y las canciones, las canciones que me tocaba las repetía una y otra vez en mi mente tratando de disecar cada palabra y de ver que era lo que trataba de decir. Todavía me acuerdo de su carita cuando le dije esas dos palabras que no debes decir así porque sí, porque yo se las quería decir, pero aprendí que son palabras que debes cuidar cuando las vas a decir. Y la manera en la que me ponía el apodo, que no voy a mencionar, sólo para tener un nombre secreto que no supiera nadie más que él y yo. Ahora las estrellas salen y me vuelvo a acordar de él y veo a mi cajón, recordando que ahí dentro, en algún lugar todavía está la pulsera que me dio antes de irme, antes de irse. Yo aquí y él allá, en algún lugar en altamar, quien sabe, a lo mejor a veces también se acuerda de mí. Ahora tengo veintiuno y no es fácil ponerme roja. Sin previo aviso, el teléfono suena y me emociono cuando mi hermana entra a mi cuarto y con media sonrisa dice, es para ti. Tomo el teléfono y cierro la puerta y por un instante antes de contestar, pienso “es mentira, no tengo veintiuno, todavía soy esa chiquilla de quince que sueña con bolas de fuego”. Y con esa sonrisa de tonta me tiro en la cama para hablar horas y horas de quien sabe que cosas.

domingo, 6 de enero de 2013

Un pedazo de verdad (mi verdad)


Sé que vas a leer esto y no tengo ganas de jugar con mis palabras y con tus ideas de lo que significa o no significa lo que escribo. La imposibilidad de decir de frente lo que alguna vez dije en clave se me revela hoy como esta misma imposibilidad de no decir lo que pienso en clave, sino como lo siento, sin juegos, sin tapujos, sólo yo, completamente desnuda. Completamente yo.
Quiero, pero no de la manera en la que alguna vez quise. Aún puedo llorar, pero hace tiempo que no lo hago, no como solía hacerlo. Aún tengo locura en mí, pero no aquella inexplicable que no hacía más que ayudarme a huir. Corro, pero ya no de mí y tampoco de ti. Corro hacia sueños que antes no hacían más que emerger cuando me ahogaba, cuando todo era malo y ya no podía respirar. Me encamino con paso veloz, a veces volando, a veces caminando lento, pero firme, hacia ese lugar que, llueva o salga el sol, permanece fijo en mi imaginación. Ya no eres mi sueño, pero aún sueño contigo. Y pensar en ti no me hace querer correr lejos de ti y hacia ti, pero aún imagino cómo será sentarnos frente a frente a tomar un café. Reniego, pero ahora menos y a veces hasta creo que reniego sólo por costumbre y que en secreto me ha empezado a gustar todo aquello de lo que tanto reniego. Extraño, a mis amigos, a los que aún lo son, pero que están lejos de mí y a los que, aunque juegan a serlo, ya no lo son. Me extraño. Extraño ese impulso inevitable que no hacía más que meterme en problemas y causar un caos aún mayor dónde ya existía uno. No me malinterpretes, también me gusta el mar en calma, a veces lo necesito y es bueno para suspirar lento, pero en secreto aún ansío la tormenta. A veces, momentos antes de que todo vuelva a estallar, justo cuando siento que mi tórax está por reventar de tanto aire que me oxigena y me sofoca, mientras siento esta ansiedad de que todo de nuevo se agita y estoy por perder toda esta calma, detrás del agua que amenaza con acumularse en mis ojos, se asoma una sonrisa porque sé lo que está por venir. Porque extraño el caos, porque bajo las aguas tranquilas casi siempre hay una corriente arisca. Porque sé que yo soy era corriente y que cuando más en control estoy es en situaciones dónde no hay control. Me gusta el caos, porque yo soy caos y soy buena con él. ¿Sería locura decir que me gusta la sensación de estar a punto de estallar y estar a punto de perder la calma? Saber que yo soy dueña de mis impulsos y no mis impulsos de mí. No siempre lo logro. Me gusta estar en el límite y me gusta ser esa persona que no crees que yo soy. Me gusta ser calma porque a veces calma es lo que necesito ser para poder eventualmente ser tormenta. Y mentiría si dijera que soy muy fuerte porque antes era una chiquilla chillona que escribía acerca de eso que nunca dijimos o eso con lo que secretamente soñaba. A veces siento una alegría que podría ser casi euforia ante la idea de todo lo que no sé y que va a pasar y me siento un poco como loca, como si fuera bipolar y estuviera cursando alguna fase maniaca. ¿O de que otra manera podría explicarse esta felicidad incontrolable que no viene de ti ni de nada que sepa está por venir? A veces prefiero creer que no es eso y que en verdad es la emoción de todo eso que va a ocurrir y que va a ser tan grande, así como un terremoto, que quizá va a destruir, pero que eventualmente creará y algo nuevo, algo que desconozco, surgirá. Antes solía sentirme sola. Todo el tiempo, día y noche, pasó por un tiempo y de nuevo volvió, esta vez aún peor y nada ni nadie supo como curarlo. Antes, no quería volver a saber de nadie, mis sueños pesaban como aquella mochila sobre mi espalda. Haciéndome ir cada vez más lento y cansándome, sólo ahí para recordarme lo lejos que estaban y lo grandes que eran, pero lo insoportable que era haberlos soñado en primer lugar. Cada noche moría en mi imaginación con la esperanza de por la mañana siguiente nacer sin sueños y feliz, feliz con todo lo que tenía y todo aquello que no tenía. ¿Te cuento algo? Creo que la otra noche morí. Morí y de alguna manera cuando desperté, no había muerto del todo. O al menos no mis sueños. Morí y como por milagro volví a abrir mis ojos al día siguiente y cuando me miré en mi espejo roto, mi cuerpo tenía mil pequeñas cortaditas que ardían, pero de manera soportable y cuando me estiré, en mi espejo roto aparecieron dos hermosas y grandes alas de un blanco grisáceo, como aperlado, que salían de algún lugar detrás de mis brazos. Y me di cuenta que esas alas eran mis sueños que había dejado de ser esa mochila que cargué durante tantos meses (¿o habrán sido días?). He practicado volar un poco, pero con cuidado de no hacerlo demasiado alto o me pueden ver y puedo asustar a alguien y hay algunas personas a las que no puedo asustar. A las que no quiero asustar. ¿Sería raro si te dijera que ya no añoro? Recuerdo, pero por raro que parezca no hay nada en este mundo, en este instante, que yo añore. ¿Tienes idea de lo bien que eso se siente?  Y como si fuera magia, todo comienza a tener sentido y de pronto me doy cuenta de que no es mentira de que puedo hacer lo que yo quiera, que la mentira es que sería fácil, pero que no es cierto que es imposible. ¿Qué más puedo decirte que leyéndome no sepas ya? Ya lloré mucho, ya reí también mucho y me enamoré como chiquilla loca y soñé con castillos que se derrumbaron y que volví a construir, de nuevo construí sobre nubes que se sacudieron y por poco los tiraron. Ya sabes que fui nube, también que volví a ser humana y que hace no mucho me convertí en sombra, y ahora, ahora no sé lo que soy. Pero sé que cualquiera de estos días me daré cuenta. Y quizás te da miedo volver a conocerme, quizás te aburres de pensar que paseando a mi lado, yo jamás te daré paz, o que será como una ruleta rusa, ganar mucho o perder todo y quizás piensas que necesitas conocer a árboles, con hojas cambiantes y que sean muy altos, tan altos que alcancen sus sueños, pero firmes hasta lo más profundo, o a personas que no sean humanos, sino mariposas y que vuelen alto dando gráciles piruetas en el aire y que embellezcan el día. Yo no soy nada de eso. Tengo alas, alas un poco rotas, pero aún vuelan y lo hacen más alto que aquellas de las mariposas. Pero con todo eso, sigo sin saber quién o qué soy. Y me da risa porque en este preciso momento ya no quiero escribir y me canso de tratar de darle forma a mis ideas y de poner en palabras ese torbellino que no sé qué es, pero que me mueve. Sea lo que sea, y pienses lo que pienses, yo tengo alas… Eso es, en realidad, lo único que yo puedo hacer por ti. 

Puedo enseñarte a usar tus alas.