Recuerdo un cuarto algo alargado
que esta junto a las escaleras. Estoy en el cuarto y acabamos de comer. El olor
a jengibre y cordero aún permanecen en el aire. Por algún motivo me he adelantado
y permanezco a medio cuarto… sola. Las paredes son altas y blancas y el suelo
está revestido de una alfombra gris. Toda la estancia es un juego de
tonalidades grises, negras y blancas. A mi espalda hay una pared que no es
pared, sino cristal y pegado a él hay un sofá. El sofá se me antoja para
estirarme después de haber comido aquella comida tan rara y tan deliciosa… si
tan sólo pudiera recargar mi cabeza en esos cojines ajedrezados sería… en
frente del sofá hay una pantalla. Una pantalla plana enorme. No sé que tiene
este cuarto que a pesar de su falta de viveza se me antoja. Es como si nadie
hubiera estado aquí en mucho tiempo o como las salas que ponen en las tiendas
departamentales, perfectas y sin rastro alguno de personas. No hay pantuflas, no
hay un vaso de agua a la mitad, no hay algunas notas sobre la mesa o un libro a
medio leer descansando al lado de la
lámpara. Hace frío y busco una cobija, pero no hay cobijas. A un lado del
televisor hay una serie de películas acomodadas alfabéticamente y por género.
Me pregunto si alguien las habrá visto recientemente. Sea como sea, no
reconozco ninguno de los nombres y me aburro pronto. Más allá de esta
habitación hay otra y la puerta se encuentra entre abierta, veo cruzar a una
mujer que usa una bata de seda negra abierta por el frente. Su cabello rubio no
me deja ver su cara. Puedo escuchar entre murmullos que habla con un hombre, el
parece molesto. Pongo atención para ver si entiendo lo que están hablando…un
ruido interrumpe mi concentración, es una risa. Más allá de la habitación
blanca y negra, junto a las escaleras, hay una puerta café. La abro con cuidado
y veo a la mujer de extravagante cabello rubio de pie junto a una de tres cunas.
Aunque me da la espalda, desde donde estoy puedo ver que en sus brazos arrulla
a un bebé…su bebé. En las otras dos cunas dos bebés más hacen ruidos extraños,
que parecen mezcla de risas y balbuceos, intentando llamar su atención. La ropa
elegante, pantalón negro, blusa blanca y negra y tacones negros, desentonan con
el beige de la alfombra y el café madera de las cunas. Los dos niños y la niña visten
con los mismos tonos blancos y amarillos y cada uno de ellos tiene un oso de
peluche igual al del otro. El cuarto huele a talco y a leche y sigo intentando
descifrar porque la imagen de la mujer con el niño entre los brazos pareciera
no pertenecer a aquí. Los brazos torpes de aquella mujer siguen arrullando al
primero de los tres niños y de entre su voz melodiosa que murmura alguna
canción de cuna que yo no conozco, se escucha el sonido de cristal
estrellándose sobre el piso. Hay un golpe de algo que no sé que es, pero que se
que es grande y la mamá sigue cantando entre murmullos. Me asomo a la puerta y
no logro ver nada. Busco el origen del sonido y con cautela me acerco a las
escaleras. Más allá de las escaleras, en el primer piso, mezcla de voces altas
y risas continúan sin la más mínima alteración. Bajo uno a uno los escalones.
Sobre la mesa hay todo tipo de platillos, falafel, trozos ahumados de ternero,
tabule, otra carne que no sé que es, pero que se me antoja y más allá, en el
extremo cerca de la puerta giratoria, una charola de dulces de pasta de los
cuales sólo reconozco a los dedos de novia. Dos mujeres que visten con
uniformes arreglan la mesa. El olor que sale de la cocina hace que mis
intestinos se tuerzan. ¡Tengo tanta hambre! Por un instante pienso en correr
hacia la mesa y llenar mis manos de lo que sea que haya sobre los platos. Veo
sobre mi hombro y estoy a punto de iniciar la carrera, es ahora o nunca…
entonces un hombre con camisa blanca y pantalones grises entra a la casa. Lo
hace rápido y entra a lo que parece un baño. Es hasta ese entonces que me doy
cuenta de los otros tres hombres que se sientan en la mesa cerca del jardín.
Los tres fuman shisha y mientras me acerco puedo percibir un olor a naranja. Me
recuerdan a la oruga de Alicia en el País de las Maravillas, pero sin tantos
colores y con cejas que antes de tranquilizarme, me invitan a alejarme. Uno de
ellos debió verme venir porque inmediatamente hace una seña para que cierren la
puerta. Intento asomarme entre la rendija que forma la madera con el marco pero
no alcanzo a ver nada. Mis oídos tampoco escuchan lo que debieran. Mi estomago
se siente lleno y tengo en realidad mucho sueño. Las sillas alrededor de la
mesa están desordenadas y el sabor dulce de los dedos de novia aún permanece en
mi boca. Una mujer de cabello rubio y sonrisa amplia me invita a regresar uno
de estos días y muevo mi mano de un lado a otro en su dirección mientras estoy
por subirme al auto. La habitación de los niños tiene una luz tenue y un poco
amarilla y ahora no quiero alejarme de ella porque la mujer se ha ido y dos de
los tres bebés hacen ruidos que no entiendo. Entre mis brazos acuno a uno de
ellos, el primero. El sonido de cristal estrellándose contra el suelo hace que
el bebé salte en mis brazos pero no dejo de cantar. Después un golpe. No sé que
causa el golpe. De pronto escucho a los hombres decir algo en un idioma que no
conozco y por la rendija por la que me asomo puedo ver una sombra corpulenta
acercándose a la puerta. Corro a esconderme debajo de las escaleras justo
cuando el hombre sale acompañado del de barba cerrada y de olor a naranja. En
la oscuridad de debajo de la escalera, recuerdo la sonrisa amplia de la mujer
de tacones negros. Sobre mi oigo unos pasos y aunque sé que debería hacerme
chiquita, no lo hago y teniendo cuidado asomo la cabeza. La puerta de la
entrada se abre y de las escaleras bajan los que salieron oliendo a naranja
cargando una sábana blanca que parece muy pesada. La casa de tonos negros,
cafés y verdes de pronto se anima con aquella mancha roja y justo antes de que
cierren la puerta, de entre el blanco de la sábana veo aquellos cabellos rubios
que tengo memorizados. La casa huele a una mezcla de naranja y cordero y de
quien sabe que tantas cosas raras que aún se me antojan. Trato de abrir la
puerta, pero a mi derecha hay una mesa llena de comida que no conozco pero que
huele bien y ¡tengo tanta hambre! Me encamino hacia la mesa y al pasar por las
escaleras escucho, no bien, apenas como un murmullo, una canción de cuna y uno
que otro balbuceo, o risa, o llanto.
"Do not go where the path may lead, go instead where there is no path and leave a trail." Ralph Waldo Emerson
jueves, 31 de enero de 2013
lunes, 28 de enero de 2013
Mi muñeca de porcelana
Y la rompí en cachitos, de esos tan pequeños que imaginas
nunca vas a poder pegar. ¡Cuánto dolió romperla en tantos pedacitos! Ahora que
la veo ahí, sobre la repisa, en fragmentos, rota y aún hermosa, pienso que
quizás hubiera sido mejor dejarla como estaba, dejarla ser parte de ese mundo
irreal. Respiro profundo antes de soltarme a llorar. Quisiera poder pegarla,
quisiera que esas cortadas, que yo no infligí pero que hice se notaran, no
existieran. Quisiera volver a verla sonriente y entera sobre la repisa viéndome
con esos ojotes cafés de cristal que dicen tantas cosas sin en realidad decir
nada. ¡Mi muñeca de porcelana tiene el cabello más hermoso! Jamás sabrás todos
los secretos que guarda mientras sonríe, porque su sonrisa hace parecer simple
arena a las perlas más hermosas del mar. Y cuando ríe, porque a veces si lo
hace… o lo hacía, el sonido de su risa recuerda a un día de verano, cuando
acaba de terminar la escuela y las tardes se extienden interminables como un sueño.
¡Qué cosa tan más linda es mi pequeña muñeca de porcelana! Tiene las manos más
delicadas y con ellas da caricias que sanan las heridas más profundas o hace
callar a las palabras más hirientes. Sus manitas son blancas y pequeñas y son
el principio de un par de brazos delgados y bien formados. Sus brazos son engañosos porque, a pesar de lo
que aparentan, dan los abrazos más fuertes que he probado. Tanto que a veces
parecería que podrían sostenerte por siempre. Mi muñeca de porcelana tiene las
facciones más finas y cuando se necesita, mantiene una compostura que yo no
podría conseguir ni siquiera si quisiera. A veces juraría que no es de este
mundo porque tiene un corazón que late a un ritmo que aún desconozco, más
acelerado que cualquier otro y más firme que la más firme de las montañas. Es
como un caballo desbocado. Tiene esa belleza simple y sin esfuerzo que enamora
y una complejidad que nadie que no haya sido caballo lograría entender. Si mi
muñeca de porcelana fuera caballo, habría sido la única yegua blanca y si
hubiera corrido, hubieras jurado que volaba. No es de este mundo, te digo. Es
la más frágil que haya sostenido y la más fuerte, pero hoy, por mi culpa, está
rota. La línea de sus labios permanece recta y aunque yo quisiera sacarle
alguna mueca, no lograría nada porque no soy como ella. A veces pienso que mi
muñeca de porcelana vive en una casa de espejos. Quise enseñarle mi mundo, no
sabiendo que mi mundo le haría daño. Ahora la veo con ojos más vidriosos de lo
normal, sus mejillas permanecen rosadas y a través de sus delicados párpados
aún puedo ver una que otra pequeña vena morada, pero sus labios, sus labios ya
no me dicen que habrá un mañana y eso, eso es lo que más extraño de mi hermosa
muñeca de porcelana.
domingo, 27 de enero de 2013
Yesterday
Yesterday
belonged to you. Today, I would say -No.- Beneath the bridge and across the
trees, lies the place I used to call home. I was so scared to dare to leave! Had
I known the world outside, across the trees and over the bridge, I would’ve never
stayed under those dirty sheets. This is the place I used to know, this is the
place I used to run to in search of hope. Now, standing over these old rocks,
shelter of storm and loss, I can feel the cold chilling breeze against my
chicken skin. I can feel the freezing air and the warmth of the rising sun. And
the longer I look, the further I can see. There’s always been so much of the
world I would miss! Well, not today, not while there’s so much waiting for
these curious eyes to meet.
jueves, 24 de enero de 2013
"Driftwood"
Nunca más. Fueron las palabras
que susurró al espejo empañado mientras se secaba la cara, mezcla de agua dulce
y salada. Su mejilla, aún ligeramente rosada, ardía con cada pasada de la
toalla. El vapor del baño se colgaba de su cabello y lo torcía. Lo torcía de la
misma manera en la que lo había hecho aquella noche llena de lluvia y falta de
luna. Las ventanas del carro estaban empañadas y a su izquierda y derecha se
alzaba un remolino de agua. No había estrellas, tampoco había luna. El motor
del carro no prendía y empezaba a darle miedo. No el miedo que te da cuando te
quedas sola en casa con las luces apagadas, no, un miedo de verdad. Ese que se
te sube a la garganta y te aprieta el pecho. De ese que sabes que apenas
comience no habrá manera de detener. Intentó una vez más, pero el carro no
arrancaba y se imagino como estaría sumergida en un charco mezcla de agua y
lodo. Sin señal, sin nadie a quién llamar, sin un mapa que le dijera a dónde ir
o a quién acudir. Nada. Imaginó que debió poner más atención a las tardes en el
taller, a las clases de geografía, a los viajes de verano o su amiga que tanto
había insistido en hablar. El agua caía ahora más fuerte y no parecía tener
intención de parar. Su estómago comenzó a hacer ruidos, como queriendo
conversar, pero no tenía de que conversar. No quería recordar todas esas veces
que debió llamar y decidió que sería mejor hacerlo luego o las veces que pudo
arrepentirse y correr en la dirección equivocada para equivocarse más, para no
tomarse tan enserio, para ahora saber qué hacer y no ser un pedazo de madera a
la deriva. “Driftwood” eso era. Pensó en casa y el fuego que seguramente
ahorita estaría ardiendo, en las personas que perdidas lo estarían viendo.
Intentó recordar “hogar” y no pudo hacer más que voltear al asiento del
copiloto, vacío, y al asiento trasero lleno de cosas viejas y cajas repletas. Ése
era “hogar” pero no se sentía como tal. ¿De verdad sería ése hogar? ¿Y si no le
gustaba? ¿Y si le daba miedo y ganas de abrir la puerta y correr? ¿Pero correr
a dónde? Más allá del agua y la oscuridad había árboles, de esos con los que
antes fantaseaba poder escalar. ¿Y qué si se caía? De la mochila saco un
paquete de galletas. Comió una, luego otra y antes de seguir decidió
guardarlas, por si mañana tardaba en llegar, por lo que mañana pudiera
aguardar. Cerró los ojos y calló en una especie de estupor. Con imágenes de
aves y caras familiares que bailaban bajo la lluvia y frente al fuego. Desfile
de animales que brincaban encima del parabrisas y a los lados. De osos que
intentaban abrir la puerta y ojos brillantes que desde la orilla de la
oscuridad no dejaban de observar. Soñó con amaneceres sin agua y en tonos
rosados y con otros llenos de neblina y cuando de verdad quiso despertar, no
sabía cómo hacer para detener el desfile o remolino de imágenes que se
amontonaban frente a sus ojos o en el fondo de su imaginación. A ratos casi
sonreía y otras veces, su boca se curvaba hacia abajo y cual niña pequeña hacía
pucheros amenazando con soltarse a llorar. No supe cuanto duró su delirio. No
creo que nadie lo haya sabido. Del fondo de dónde sea que haya estado, regresó
cuando la luz iluminó el tablero de su carro. Dos luces la cegaban y hacían que
entrecerrara los ojos. Su cabello estaba torcido y sabía que debería tener
miedo. Sabía que tenía que correr porque a esa hora y entre esos sueños, no podía
ser ayuda la que venía. Trató de urgirles a sus piernas que se movieran y a su
brazo que se estirara para abrir la puerta, para que se abalanzaran a la
oscuridad de entre los árboles pero en lugar de eso, lo que hizo fue bajar el
vidrio y sabiendo que debía tener miedo a la sombra que frente a ella se alzaba,
cerca, cada vez más cerca, sintió alivio. Ahora estaba rodeada de vapor y su
cabello también estaba torcido. Ahora imágenes desfilaban frente a ella, una a
una, no en estupor, sino como un sueño, como un mal sueño que debió prever. La
manija de la puerta giró y llegó a un alto. Ella envuelta en la toalla ni
siquiera miró. Tomó la crema de noche, la abrió y con su dedo anular tomó un
poco. Del otro lado una voz serena pidió que abriera la puerta. Se llevó su dedo
a la cara, ahí donde ardía. Sus labios no se movieron. La manija volvió a
girar, esta vez más fuerte. Se sacudió. Del otro lado de la puerta, una
profunda exhalación. Tomó más crema y la puso sobre su otra mejilla. La imagen en
el espejo se difuminó un poco. A su espalda algo golpeó la madera de la puerta
y mientras trataba de no llorar, pensó “Hogar”. La puerta se sacudía y la
manija amenazaba con dejarse abrir en cualquier momento. Sus manos temblaban,
pero ya casi terminaba con la crema, sólo un poco más. Del otro lado de la
puerta algo se rompió y ella, aún envuelta en la toalla, llena de miedo,
empezaba a llorar. No de ese miedo que sientes cuando te quedas sola en casa por
las noches con la luz apagada, no, de ese miedo que te sube por la garganta y
te apachurra el pecho, de ese que sabes que una vez empiece, hagas lo que
hagas, no vas a poder parar.
miércoles, 9 de enero de 2013
Cuando era chiquilla
La noche llena de estrellas me recuerda a sus besos y al
sabor dulce de su boca. A mi carita redonda con esa sonrisa imborrable y llena
de ilusión pensando que si de verdad me quedaba muy quietecita y con los ojos
abiertos, quizás, sólo quizás, podría atrapar una de esas bolas de fuego que
aún no caían. El frío me hizo pensar en noches corriendo muy despacito a abrir
la puerta para que no fuera a rechinar. Para poder salir por un beso, para
poder salir y escuchar mi canción. Me recordó a mis manitas frías entre sus
manos apenas por poquito más grandes, a esa cartita y a las mil y un veces que
debí leerla. Y entonces sonó el teléfono y por poco me tropiezo pensando que yo
tenía quince y él dieciséis y que justo ahora llamaba para ver si estaba bien,
si nuestro pleito no había sido el fin de nuestra pequeña historia, de nuestra
pequeña, gran historia. Y yo me quedaba muy calladita escuchando todo lo que
tenía que decir y su voz más ronca y al mismo tiempo más suave de lo normal
sólo para al final decir “te quiero” y escuchar un suspiro que venía del otro
lado del teléfono. El teléfono no era para mí, supe cuando mi hermana se
adelantó, pero en mi cabeza la historia ya estaba rodando y me acordé de cuando
me dijo lo bonita que me veía y de lo roja que me puse. Y cómo luego me confesó
que soñó conmigo y que no me podía contar y de la pena y emoción que sentí
conforme se me calentaba algún lugar en mi pecho. Debí estar a punto de decirle
que no me contara, porque no hizo más que mirarme y reír y más roja me puse. Y
me acuerdo de la primera vez que tomó mi mano y cómo sentí escalofríos recorrer
todo mi cuerpo y de las noches en las que yo esperaba hasta las once porque
sabía que antes de dormir lo último que hacía era recostarse y mandarme
mensajes para, como él decía, dormirse pensando en mí y así asegurarse que a mí
no se me olvidara pensar en él. Todavía
me acuerdo de la primera vez que se enojó y se enojó feo, porque yo me iba y no
lo llevaba conmigo, porque no me escapaba esa misma noche con él. Supongo que
ahí fue dónde debí verlo venir. Ay y cómo olvidar las rosas los domingos y sus
manitas traviesas que no dejaban de intentar llegar a dónde no debían llegar. Todavía
me acuerdo de cuando me dijo que quería jugar a tener hijos y de cómo esa noche
me quitó el sueño diciéndome esas dos palabras que no debes decir nada más así.
Si hubieras visto como me miraba y no puedo imaginar haberlo visto de una
manera distinta porque nunca me había sentido así y de pronto mi pueblito era
mi pequeño paraíso dónde lo único que necesitaba para sonreír era su pesado
brazo sobre mis hombros…ah y un helado, un helado de café. Tendrías que haber visto
como lloré el día que lo golpearon para saber lo mucho que lo quería. De pronto
la chiquita miedosa se moría de ganas por ir a buscar a esos que le habían
echado montón y no habían esperado a que llegaran sus amigos. Yo estaba muy
orgullosa, muy orgullosa de que hubiera defendido a ese hombre enfermo como lo
hizo. Por eso lo quería, porque era muy valiente y bueno y no dejaba que nadie
tratara mal a nadie enfrente de él. Porque me hacía sentir segura y por la
manera en que hacía que me pusiera roja. Nadie ha logrado que me ponga roja
desde ese entonces. Él me presentó a insomnio y no se me olvida como, durante
todo ese tiempo, padecí insomnio crónico. Sentía una felicidad como de loca y
traía una sonrisa que no se borraba ni dormida. Hasta las dos o tres cerraba
los ojos y yo creo que era por agotamiento de tanta felicidad. Yo no sabía que
podías sentir tanta emoción en un solo día y las canciones, las canciones que
me tocaba las repetía una y otra vez en mi mente tratando de disecar cada
palabra y de ver que era lo que trataba de decir. Todavía me acuerdo de su
carita cuando le dije esas dos palabras que no debes decir así porque sí, porque
yo se las quería decir, pero aprendí que son palabras que debes cuidar cuando
las vas a decir. Y la manera en la que me ponía el apodo, que no voy a
mencionar, sólo para tener un nombre secreto que no supiera nadie más que él y
yo. Ahora las estrellas salen y me vuelvo a acordar de él y veo a mi cajón,
recordando que ahí dentro, en algún lugar todavía está la pulsera que me dio antes
de irme, antes de irse. Yo aquí y él allá, en algún lugar en altamar, quien
sabe, a lo mejor a veces también se acuerda de mí. Ahora tengo veintiuno y no
es fácil ponerme roja. Sin previo aviso, el teléfono suena y me emociono cuando
mi hermana entra a mi cuarto y con media sonrisa dice, es para ti. Tomo el
teléfono y cierro la puerta y por un instante antes de contestar, pienso “es
mentira, no tengo veintiuno, todavía soy esa chiquilla de quince que sueña con
bolas de fuego”. Y con esa sonrisa de tonta me tiro en la cama para hablar
horas y horas de quien sabe que cosas.
domingo, 6 de enero de 2013
Un pedazo de verdad (mi verdad)
Sé que vas a leer esto y no tengo ganas de jugar con mis
palabras y con tus ideas de lo que significa o no significa lo que escribo. La
imposibilidad de decir de frente lo que alguna vez dije en clave se me revela
hoy como esta misma imposibilidad de no decir lo que pienso en clave, sino como
lo siento, sin juegos, sin tapujos, sólo yo, completamente desnuda.
Completamente yo.
Quiero, pero no de la manera en la que alguna vez quise. Aún
puedo llorar, pero hace tiempo que no lo hago, no como solía hacerlo. Aún tengo
locura en mí, pero no aquella inexplicable que no hacía más que ayudarme a
huir. Corro, pero ya no de mí y tampoco de ti. Corro hacia sueños que antes no
hacían más que emerger cuando me ahogaba, cuando todo era malo y ya no podía
respirar. Me encamino con paso veloz, a veces volando, a veces caminando lento,
pero firme, hacia ese lugar que, llueva o salga el sol, permanece fijo en mi
imaginación. Ya no eres mi sueño, pero aún sueño contigo. Y pensar en ti no me
hace querer correr lejos de ti y hacia ti, pero aún imagino cómo será sentarnos
frente a frente a tomar un café. Reniego, pero ahora menos y a veces hasta creo
que reniego sólo por costumbre y que en secreto me ha empezado a gustar todo
aquello de lo que tanto reniego. Extraño, a mis amigos, a los que aún lo son,
pero que están lejos de mí y a los que, aunque juegan a serlo, ya no lo son. Me
extraño. Extraño ese impulso inevitable que no hacía más que meterme en
problemas y causar un caos aún mayor dónde ya existía uno. No me
malinterpretes, también me gusta el mar en calma, a veces lo necesito y es
bueno para suspirar lento, pero en secreto aún ansío la tormenta. A veces,
momentos antes de que todo vuelva a estallar, justo cuando siento que mi tórax
está por reventar de tanto aire que me oxigena y me sofoca, mientras siento
esta ansiedad de que todo de nuevo se agita y estoy por perder toda esta calma,
detrás del agua que amenaza con acumularse en mis ojos, se asoma una sonrisa
porque sé lo que está por venir. Porque extraño el caos, porque bajo las aguas
tranquilas casi siempre hay una corriente arisca. Porque sé que yo soy era
corriente y que cuando más en control estoy es en situaciones dónde no hay
control. Me gusta el caos, porque yo soy caos y soy buena con él. ¿Sería locura
decir que me gusta la sensación de estar a punto de estallar y estar a punto de
perder la calma? Saber que yo soy dueña de mis impulsos y no mis impulsos de
mí. No siempre lo logro. Me gusta estar en el límite y me gusta ser esa persona
que no crees que yo soy. Me gusta ser calma porque a veces calma es lo que
necesito ser para poder eventualmente ser tormenta. Y mentiría si dijera que
soy muy fuerte porque antes era una chiquilla chillona que escribía acerca de
eso que nunca dijimos o eso con lo que secretamente soñaba. A veces siento una
alegría que podría ser casi euforia ante la idea de todo lo que no sé y que va
a pasar y me siento un poco como loca, como si fuera bipolar y estuviera
cursando alguna fase maniaca. ¿O de que otra manera podría explicarse esta
felicidad incontrolable que no viene de ti ni de nada que sepa está por venir?
A veces prefiero creer que no es eso y que en verdad es la emoción de todo eso
que va a ocurrir y que va a ser tan grande, así como un terremoto, que quizá va
a destruir, pero que eventualmente creará y algo nuevo, algo que desconozco,
surgirá. Antes solía sentirme sola. Todo el tiempo, día y noche, pasó por un
tiempo y de nuevo volvió, esta vez aún peor y nada ni nadie supo como curarlo.
Antes, no quería volver a saber de nadie, mis sueños pesaban como aquella
mochila sobre mi espalda. Haciéndome ir cada vez más lento y cansándome, sólo
ahí para recordarme lo lejos que estaban y lo grandes que eran, pero lo
insoportable que era haberlos soñado en primer lugar. Cada noche moría en mi
imaginación con la esperanza de por la mañana siguiente nacer sin sueños y
feliz, feliz con todo lo que tenía y todo aquello que no tenía. ¿Te cuento algo?
Creo que la otra noche morí. Morí y de alguna manera cuando desperté, no había
muerto del todo. O al menos no mis sueños. Morí y como por milagro volví a
abrir mis ojos al día siguiente y cuando me miré en mi espejo roto, mi cuerpo
tenía mil pequeñas cortaditas que ardían, pero de manera soportable y cuando me
estiré, en mi espejo roto aparecieron dos hermosas y grandes alas de un blanco
grisáceo, como aperlado, que salían de algún lugar detrás de mis brazos. Y me
di cuenta que esas alas eran mis sueños que había dejado de ser esa mochila que
cargué durante tantos meses (¿o habrán sido días?). He practicado volar un
poco, pero con cuidado de no hacerlo demasiado alto o me pueden ver y puedo
asustar a alguien y hay algunas personas a las que no puedo asustar. A las que
no quiero asustar. ¿Sería raro si te dijera que ya no añoro? Recuerdo, pero por
raro que parezca no hay nada en este mundo, en este instante, que yo añore.
¿Tienes idea de lo bien que eso se siente?
Y como si fuera magia, todo comienza a tener sentido y de pronto me doy
cuenta de que no es mentira de que puedo hacer lo que yo quiera, que la mentira
es que sería fácil, pero que no es cierto que es imposible. ¿Qué más puedo
decirte que leyéndome no sepas ya? Ya lloré mucho, ya reí también mucho y me
enamoré como chiquilla loca y soñé con castillos que se derrumbaron y que volví
a construir, de nuevo construí sobre nubes que se sacudieron y por poco los
tiraron. Ya sabes que fui nube, también que volví a ser humana y que hace no
mucho me convertí en sombra, y ahora, ahora no sé lo que soy. Pero sé que
cualquiera de estos días me daré cuenta. Y quizás te da miedo volver a
conocerme, quizás te aburres de pensar que paseando a mi lado, yo jamás te daré
paz, o que será como una ruleta rusa, ganar mucho o perder todo y quizás
piensas que necesitas conocer a árboles, con hojas cambiantes y que sean muy
altos, tan altos que alcancen sus sueños, pero firmes hasta lo más profundo, o
a personas que no sean humanos, sino mariposas y que vuelen alto dando gráciles
piruetas en el aire y que embellezcan el día. Yo no soy nada de eso. Tengo
alas, alas un poco rotas, pero aún vuelan y lo hacen más alto que aquellas de
las mariposas. Pero con todo eso, sigo sin saber quién o qué soy. Y me da risa
porque en este preciso momento ya no quiero escribir y me canso de tratar de
darle forma a mis ideas y de poner en palabras ese torbellino que no sé qué es,
pero que me mueve. Sea lo que sea, y pienses lo que pienses, yo tengo alas… Eso
es, en realidad, lo único que yo puedo hacer por ti.
Puedo enseñarte a usar tus
alas.
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