domingo, 7 de septiembre de 2014

De raciocinios (parte 1)


Te amé de la manera más inverosímil en que puede amarse; con sus picos y sus zanjas, con el frío que viene de aguantar la noche esperando por las estrellas bajo una llovizna inminente, sin tregua, sin atisbo de luz de luna y con el firme propósito de no dejar que mis ojos se cerraran hasta asegurarme de que mi calor ya era tuyo y de que la noche no te comería... Porque yo velaba por ti, no a pesar de tus palabras, sino con todo y tus palabras.      Así te amaba, de madrugada a madrugada, porque frente a mi ventana no pasaba el día y yo ni lo extrañaba.
        Me aseguraba de salir de noche y sólo cuando todos ya dormían para que nada ni nadie pudiera distraerme de la tarea tan infame de robar aquellos destellos que salían de las ventanas, pintados de cosas que otros soñaban... Todo para regalártelo cuando menos lo esperaras y cuando en más necesidad estuvieras. Escribía como poseída. Sin descanso, con los ojos secos de no parpadear, temiendo que, si me detenía, las ideas que hacías brotar a raudales de algún lugar situado entre mi pecho y mi mente se fueran a perder, dejándome sin ti y sin la revelación que era haber descubierto todo eso entre tantas divagaciones que probablemente eran o que podían ser. 
         Viví quien sabe cuantos segundos o meses sumergida en un estupor que no acabo de decidir si era infierno o mi propio cielo, porque no consigo recordar más miseria que la de tales horas perdida frente al fuego de la vela, ni más dicha que la de exprimir de mi mano todas sus fuerzas con cada letra, con el fin de escuchar el sonido de mi mano rozando, frenética, el papel. 
          Y en el estupor te perdí y te tuve miles de veces, suficientes para arrancarme de mí y pegarme como mejor me recordaba, pero sin lograr del todo ser yo... Hasta que llegó hoy. Día en que no recuerdo si te amo o porqué te amo, si te extraño, si es que te sueño... Lo que sé es que te pienso. Y no sé bien porqué, o siquiera si eres tú el que viene a mi mente, pero todavía bailas en el fuego que sale de la vela y el humo que emana de mi cigarro cobra la figura de tus ojos... y yo no entiendo si me reclamas por librarme de ti o si, sin darme cuenta, me he consumido y estoy perdida en un lugar que ya no es mío, ni tuyo, ni de nadie.


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domingo, 24 de agosto de 2014

Debajo de sus ojos

Fue el espejo el que me alertó de la tragedia. Nada hubiera podido advertirlo mejor que el reflejo de mi cuerpo sin mi y acompañado de ella. Con sus labios pintados de carmín y un par de círculos oscuros, muy pronunciados, por debajo de sus ojos. El trato estaba sellado y nada que yo hiciera iba a poder alterar el curso de los hechos que se fueron a desarrollar en los siguientes meses, casi hasta alcanzar el año y hasta el día en el que el espejo dejó de existir como tal y tuve que romperlo. Bueno, yo no, ella. No era como que yo supiera que no había solución o que lo que fue a acontecer tenía que pasar tal cual como sucedió, pero incluso en caso de haberlo sabido, nada iba a detenerme de tratar. 
Cabe aclarar que yo en verdad no tenía la menor idea de lo que sucedía una vez que recostaba mi cabeza sobre la almohada y cerraba los ojos. En ese instante, como por un hechizo, dejaba de pertenecerme para dar paso a lo que ella quisiera y tuviera planeado para mi. Más tarde me enteraría que lo que planeaba era para las dos. Verás, ella sí sabía de mi existencia. No me preguntes como, que hasta la fecha no lo sé. Lo que sí tengo por seguro, es que sabía. 
Recuerdo la primera mañana en que sospeché que algo raro estaba pasando. No era una sospecha como tal. Era más bien un miedo y una paranoia impresionantes al darme cuenta de que alguien había dejado una carta sobre la mesa del estudio con mi nombre en el sobre. Yo sabía que esa carta no estaba ahí antes, porque esa noche me había puesto a cumplir con mi ritual, ése al que por nada del mundo le fallaba los sábados: una botella del vino tinto más dulce que encontrara y media cajetilla de cigarros... Hasta acabarme la botella o hasta que las ideas se me agotaran y la cabeza, necia como siempre, me empezara a dar vueltas, mareándome con las mismas ideas que ya me sabía de memoria, pero que nunca me aceptaba antes de las tres copas. La carta no estaba ahí antes. Punto. Revisé las ventanas y las puertas. Inútilmente, porque sabía de antemano que antes de dormir las revisaba tres veces cada una. Tuve una media hora de imaginar los peores escenarios y no dejaba de imaginar a aquel extraño de pie en una esquina de mi cuarto, observándome y memorizando cada una de mis manías al dormir, mientras se imaginaba el momento en que descubriera la carta y con horror comprobara que, en efecto, alguien había estado en mi casa... Que él había estado en mi casa. Durante esa media hora revisé la casa de arriba a abajo. El teléfono, los mensajes grabados, las llaves de repuesto que guardaba debajo de la vela del comedor, la ventana y las escaleras de emergencia, oxidadas como de costumbre. Revisé todo y no se me ocurrió una manera en la que pudo haber entrado, así que después de hiperventilar y casi caer al suelo, me convencí de que debí haberla escrito yo en tremendo estado. Se me olvidó mencionar que venía de una cita todo menos prometedora y se me ocurrió aliviar la tensión de la manera que mejor sabía... Nada que un par de copas no pudieran arreglar. 
En fin. La carta decidí que no la iba a abrir. En una de esas salían mis demonios disparados y quien sabe cuanto tiempo me tomara atraparlos y regresarlos al sobre. Dejé la carta entre tantas más del banco y de mis padres que hacía meses no dejaban de escribir y traté de olvidarme del asunto. 
No recuerdo cuanto tiempo pasó después de eso hasta que la noche me cayó encima y me hizo la segunda de sus jugarretas. Pudieron haber sido tres semanas o mes y medio. La verdad no me acuerdo.



Y de repente


Abro los ojos mientras sigo abrazada a la almohada y a través de mis pestañas te veo sonriendo para mí... A mí. Y juro que escucho tu risa, pero no eres tú; es el sol que con sus rayos me despierta y llega hasta mis ojos como anunciando que viene lo mejor. Tu risa no es risa, sino pájaros que cantan fuera de mi ventana, como siempre, como ayer, pero que yo escucho por primera vez.
             No estás a la vista, pero te siento respirar cerca de mí y de pronto me doy cuenta de que eres real, de que vives en mi lado del mundo y de que cuando despierte bien no te vas a desvanecer... Que tocar tu piel y rozar tus labios no tiene por que ser sólo una fantasía. 
          Entonces en mi mente se forman torbellinos de cosas que siento que ya viví, pero que es imposible ya hayan pasado.
          Veo trenes con amaneceres y noches iluminadas por las luces de mi ciudad... Quizás, algún día, nuestra ciudad. Y me pierdo escuchando aquellas canciones mientras con una mano manejas y con la otra rodeas mis hombros, alejándome del viento que eriza mi piel y despeina nuestros cabellos. Te veo en el balcón de quien sabe que lugar, pensativo y acabándote un cigarro, y me veo saliendo a abrazarte y a pedirte que regreses a la cama. Nos envolvemos en las cobijas, mientras ríes y amenazas con morder mi hombro y de repente, pasa.
           Me vuelvo consciente de que no perderme en el café de tus ojos ya dejó de ser una opción y mi instinto inicial de correr lejos de ti se sustituye por unas ganas locas de quedarme y de que, sin que yo tenga que pedírtelo, tú también mueras por quedarte. 
           Poco a poco dejo que mis ensoñaciones den paso a la realidad mientras me estiro y quito la sábana. Ya me levanté y ahora bajo las escaleras. Olor a café inunda el departamento y yo sonrío al ver que en la cocina, de espaldas y con el cabello despeinado, estás tú. 





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viernes, 8 de agosto de 2014

Ingenuidad enmascarada

Llega la realidad, disfrazada, como casi siempre, de mentira. Llega disfrazada porque mi mente no hace más que crear versiones en las que nada de lo que creo que es, en realidad es y se inventa un sin fin de justificaciones para todo eso que veo que pasa o más bien, para todo eso que ya no pasa. 
Se me viene encima con todos esos reproches dirigidos a una ingenuidad que hace tiempo sospechaba no era en realidad sincera, sino convenenciera y hasta cierto punto, manipuladora. Así le caen encima todas las imágenes, una a una, a una ingenuidad tonta por querer ser y por querer creer que verdaderamente era. 
           Los retoques en colores calidos y a veces fríos que rellenaban todo lo que veía, se vuelven amarillentos y ocres, como viejos. Las imágenes son las mismas y me pregunto si es posible que sea yo que por primera vez me visto de realidad para entender los recuerdos y las palabras dichas a veces completas y otras cuantas veces, a medias. 
          Ahora me siento del otro lado de la mesa y te miro. Lo hago preguntándome copia de cuantas situaciones similares serás y exhalo desesperada, harta, cansada y con tedio. Y entonces me enojo queriendo que seas tú quien al final del día se quede a escuchar todo eso que me molesta, que no soporto y que hace tiempo quiero decirte y no me atrevo en la esparanza de estar equivocada contigo y con todas tus copias. Mi ingenuidad no quiero marcharse, así que le ordeno que se vaya mientras la abrazo y lloro. 
          Y así pasa el día, conmigo leyendo tus gestos y descubriendo las mentiras que yo misma me contaba. Ya no sonriendo, ya no fingiendo. 
          Te vas, mientras me quedo con tu espalda pintada de un amarillo viejo y lo único que se me antoja hacer con esa foto es rasgarla y tirarla. Entonces lo hago: Rasgo la foto que ahora se pinta de sepia con nostalgia y tiro los trozos sabiendo que a esos, también, se los llevará el viento. 




lunes, 21 de julio de 2014

Divagaciones

Pienso en ti... Inevitablemente y sin ningún remedio. Pienso en ti con ternura y pasión cuando el sol se empieza a meter y sé que revives y cuando estoy por acostarme imagino qué mundo te tocará construir esa noche entre tantas  ideas que rondan tu loca cabeza mientras yo sueño.
        Sueño con lo que dices y con develar los misterios que de a poco se asoman de tus ojos cafés... Otras veces me quedo dormida mientras trato de resolver el acertijo que es tu ceño fruncido y mirada distraída.
         A veces me pierdo mientras manejo al recordar tu sonrisa nerviosa y el ardor que siento en las mejillas cuando tus labios  se vuelven insistentes sobre los míos. Entonces me doy cuenta de que esto no tiene remedio... Me siento como una niña otra vez.
          Y me sorprendo y me asusto de mis ganas de verte, de mis ganas de tocarte y de que me toques... de lo extraño que se vuelve tratarte como si sólo fueras mi amigo cuando los demás miran y fingen indiferencia.
           Qué raro es no tener ganas de hacer otra cosa que pensarte...


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martes, 29 de abril de 2014

A la orilla del río, día tras día.


No era de noche cuando desperté. Una corriente de aire pasó junto a mi cara y desordenó mi cabello haciéndolo caer sobre mis ojos y nariz. Desperté sin saber dónde estaba o como había llegado ahí. Quise recordar mi rostro, pero no pude. Me levanté sacudiendo la tierra húmeda que se pegaba a la piel de mis brazos desnudos y con la mano sacudí mi cabello para quitar las ramas que se habían enredado en él.
No hacía frío, pero la bruma hacía que así pareciera. Quise buscar un camino pero sólo vi árboles más altos que los que ya conocía. ¿Era medio día? ¿O ya era tarde? Por entre las ramas atravesaban tenues rayos de luz y de vez en cuando el aleteo de algún pájaro interrumpía el sonido de las hojas crujiendo bajo mis pies. Empezaron a cantar y junto con el sonido de las gotas, que aún pendían de las ramas, al caer y aquel del viento escurriéndose entre los árboles, comenzaron a susurrar algo parecido a una canción.
Los sonidos que empezaron como un susurro formaban una melodía que no reconocía, pero que estaba segura de haber escuchado antes y  me contaba  una historia con imágenes perdidas que no sabía que aún existían y con cada paso que daba a quien sabe donde, sonaba más fuerte… cada vez más fuerte. Y las imágenes… las imágenes dejaron de estar en mi mente para correr entre las plantas y asomarse por entre arbustos y reían y se acercaban y justo cuando creía que iba a poder alcanzarlas y verlas un poco más cerca para acariciarlas, para preguntarles, se escapaban entre risas y palabras que no alcanzaba a entender.
No supe cuanto corrí. Me emocioné y me olvidé de que estaba sola en un lugar del que nada sabía y nada recordaba, donde jugaban conmigo fantasmas que ahí vivían o que nacían de mi mente. Daba igual. No recordaba donde había estado antes y era divertido jugar a las escondidas y buscar entre las flores y detrás de las piedras por eso que juraba había visto y que ahora desaparecía. Pasaba el tiempo, pero la noche no parecía ir a llegar nunca y yo me perdía entre recuerdos que me tentaban a recordarlos, pero que no me dejaban del todo ser parte de ellos y de personajes acerca de los cuales no sabía si había leído o si en si en algún momento conocí. Y la vi a ella y lo vi a él y en una de tantas de huir de mí, con la mano y un movimiento de cabeza, me invitaron a jugar junto al río, como finalmente queriendo convencerme de que me quedara.
Corrí tan rápido que mi vestido por poco se rasga al atorarse en una rama. Corrí tanto que casi me salen alas. Corrí riendo y extasiada. Y llegué al río donde debían estar y no estaban. Y me detuve a recuperar el aliento y a buscarlos porque yo los conocía y quería ir a jugar. Entonces vi mi vestido reflejado en el agua y luego mi mano, después mi cuello… ahora un mechón de cabello… y cuando estaba por ver mi cara, un silbido del otro lado del río me hizo voltear. Corrí sobre las piedras bañadas por el río, no importándome que doliera un poco, para alcanzarlos y que no me dejaran atrás. Y entonces, sin planearlo y sin sospechar que pasaría, se me olvidó recordar.




miércoles, 12 de marzo de 2014

(la) Realidad


Y pues eso pasó. Te conocí y se me vino el mundo encima. Me llegó fuerte y cómo no lo había conocido antes. Era como nadar desnuda por primera vez en agua no fría, pero definitivamente no caliente. No me encantaba este mundo. Yo no era como creía ser y eso me molestaba, porque antes solía agradarme… no siempre, pero sí más que ahora. Primero vinieron las preguntas de todos los días, no complicadas, no con mensajes ocultos de lo que significaban o no. De hecho eran preguntas bastante ordinarias. Hubiera sacado una respuesta de esas que tengo tan ensayadas, no por haberme puesto a repetirlas frente al espejo, pero por la inercia que viene con el contestar algo tantas veces… tantas que ya ni siquiera es necesario detenerte a pensar si lo que dices aún es verdad o si, con el tiempo, algo ha cambiado. Hubiera hecho eso, pero ya llevaba días y más días aburrida y yo creo que si no empiezas a preguntar, en ese mismo instante me paro y prendo fuego a la cafetería. Me interrumpiste. Dejé de pensar y por entretenerme en algo que no fueran mis divagaciones decidí pensar mis respuestas por primera vez en no sé cuánto tiempo.
Y así preguntaste y yo contesté y contesté con palabras diferentes a las de siempre y entonces quise que preguntaras más. Hablaba y la que hablaba no era yo. No la yo con la que creía que vivía. Era esa que, ya sospechaba yo, visitaba mi cuarto a veces, pero cuyas visitas todavía no lograba comprobar. Era la que se escapaba de noche entre mis labios para decir cosas que yo no podía recordar o tenía sueños, que debían ser mis sueños, pero que al final eran de ella. Era la que azotaba puertas y te abrazaba fuerte cuando normalmente yo hubiera sonreído y estrechado tu mano. ¿Si entiendes? … Pasaron los días y empezó a darme curiosidad que te diera curiosidad. Lo normal era extraño para ti y yo no entendía que era lo extraño. Otra vez yo y mi maldita curiosidad, así que pregunté, con cautela, casi segura de que no me ibas a decir y lista para fingir que de todas maneras no quería saber, porque muy en el fondo no quería saber  (¿o sí?) y si hubiera querido saber, de cualquier manera lo hubiera negado. Y entonces, quien sabe porqué, contestaste.
Los días empezaron a pasar rápido y lo tedioso no lo fue tanto y lo obvio ya no fue obvio, sino cuestionable y empezaron a chocarme cosas que no me chocaban y volví a preguntar cosas que ya ni siquiera me importaban. Qué curioso es esto de conocer a la que duerme bajo tu cama… Entonces, sin querer y en accidente, empecé a conocer tus tormentas y días soleados y un par de notas musicales entre todo eso.  Los días nublados lo seguían siendo, porque no desaparecían, pero de una manera diferente eran divertidos y me di permiso de no negarlos. Se me empezó a olvidar esa inercia de sonreír y sin necesidad de que siquiera sugirieras que ibas a atraparme si jugando en una de esas me resbalaba, empecé a jugar a ser real.
Siempre supe que no tenía por qué ser buena, pero quería serlo, quería hacer lo correcto, quería no equivocarme y no lastimar y atinarle a la primera (aún cuando decía que no me importaba equivocarme) porque tenía horror de hacerlo mal, de arruinar algo, de ser culpable (verdaderamente culpable), de echar a perder lo bueno y tener que aceptar que había sido todo por idiotez incontrolable. No quería ser idiota, ni maldita, ni la antagonista en ninguna historia. Tú que lees esto seguro piensas que no puede ser tan malo y tienes razón, no lo es si lo que quieres es ser funcional, pero yo que no tengo ni una pinche idea de lo que quiero, sentía que me estaba ahogando. Me ahogaba cada día  para despertar al día siguiente y darme cuenta de que por algún milagro el agua ya no estaba en mis pulmones y yo podía respirar, sólo para ahogarme otra vez en el transcurso de las primeras horas del día.
Pudimos haber fingido más tiempo e ignorado ese quien sabe qué que decías con tus ojos a veces fijos y otras veces errantes y que yo contestaba con miradas distraídas y sonrisas casuales. Pudimos haber amarrado al deseo y huido de nuestros pensamientos. Debimos habernos quedado en puntos opuestos y volteado a otro lado. Eso debimos haber hecho. Pero con los cables sueltos de tu cabeza y los míos haciendo corto circuito… pues ya ves donde acabamos.
Se me vino el mundo encima cuando me di cuenta de que yo no era todo lo que creía ser, ni todo lo que trataba de no ser. Era las dos que duermen en mi cama sin ser ninguna de ellas sola.  Y me gustó y respiré sin que el agua entrara en mis pulmones y sin tratar de ordenar el desastre que ya estaba creando… Se me vino la realidad y resulta que, quien sabe cómo, eres parte de ella.


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