Numb. I can’t feel a thing… I couldn’t feel a
thing. Lights or shadows had the same damn meaning. Not that it really
mattered, but I was broken inside and barely stitched. I got myself locked
behind my ribcage. I don’t really know how it happened. It just did. What are
you saying? Yes, I am ok. Of course I am. Stop asking questions! Can’t you see
I’m smiling? Exactly the way you want me to do so. Will you stop driving me
insane already? Please? My life was passing me by so fast, and I was scared I
would never catch it, so I wrapped it inside a green colored bottle and threw
it into the sea. Would it be any good to deny it? I started taunting life and
playing with death. I’m sorry, I was just trying to have fun… God, what are you
saying? I was just walking on the ledge! Because, I wanted to know how it felt
like…
Something changed. I don’t have a fucking idea
of how it happened. It just did. Oh! So now you want to know? I’ll tell you
what happened: I saw him.
Strong green eyes, broken deep inside. The kind
of eyes that make you want to stay and at the same time, run away. Now we’re
trapped in the 14th floor. I can’t reach out to him, and I know he
won’t reach out to me. That’s what’s happening. We won’t reach out even if we’re
trapped in the same fucking floor. We just won’t.
Soy insoportable. ¿Qué no sabes
que soy insoportable? Por las noches me reúso a dormir. Me empeño en permanecer
despierta y con la ventana abierta, por si en una de esas a quien espero se le
ocurre regresar y cuando me meto a la cama lo hago con pies fríos, esperando
que los quieras calentar. Sin razón despierto de madrugada y con ansías locas
de besarte, pidiéndote, casi suplicándote, que me hagas el amor. Otras veces
despierto en franco llanto, sin saber porqué, sin poder hablar, sin querer que
me tomes en tus brazos y deseando que no tuvieras que verme así, pero lo haces
y te das cuenta que sí, en efecto, soy insoportable. Por la mañana el olor a pintura te despierta
y no entiendes cómo no entiendo que estés enfadado. Si lo único que he hecho es
pintar en la pared aquella frase que desde hace un par de noches me da vueltas
en la cabeza. Lo hice mientras dormías, para sorprenderte, para que por la
mañana lo pienses y tú que lo único que quieres es sacarte ese olor de la
nariz. Mi inocencia se convierte en frialdad, cuando, tras vestirte, me
encuentras en la sala, frente a la ventana que da a la ciudad con un café.
Escribo, te despides y me reúso a mirarte. Hoy no tengo ganas de abrazarte.
Enseguida sabes que será uno de esos días, un mal día. Y te preguntas si al
regresar a la casa aún estaré ahí. Por tu mente pasa llevarte las maletas por
si se me ocurre empacar, como aquella vez, que me encontraste sentada en la
banqueta esperando a mi taxi que en cualquier momento iba a llegar. Te enojas y
decides mandarme a la chingada. Si me quiero ir… ¡que me vaya! Cuando llegas te
he preparado la comida y como chiquilla de quince años, te doy un beso en los
labios cuando entras por la puerta y juego a que acabo de conocerte, a que
estás en mi café y yo te atiendo… a que me invitas al cine. Tengo bastantes
ganas de ir al cine. Día siguiente decido iniciar un nuevo proyecto y el que
había empezado se queda embarcado a la mitad y aquel contacto que me
conseguiste, ya no quiero, porque no lo siento, porque ese proyecto ya no me
habla. Y me visto como hace mucho no hago, con tacones y blusas elegantes que
hace meses permanecen dobladas en el ropero. Te beso adiós y me ves salir por
la puerta. Por días me voy temprano y llego tarde y comienzas a sentir mi
ausencia y a desear que ese proyecto mío no me alejara de ti. Me ves feliz y
sabes que si sonrío, esta vez no es por ti. Hablo de lo bien que me siento, de
mis sueños y de lo bien que me está yendo. Quieres sonreír y decirme que te
alegra verme así, pero celas a mi proyecto, que se roba toda mi energía y por
las noches me deja sólo con ganas de ir temprano a dormir. Pasan un par de
semanas y te sorprende que al despertar yo no me haya marchado. Duermo sin
dormir, o bueno, cierro los ojos y finjo que duermo para que no me hables.
Alrato me encuentras en la tina, pensativa, te metes conmigo y sin sacarme
palabra alguna me haces tuya. Ahora me tienes entre burbujas y te sorprendo
cuando finalmente hablo. Mi voz es firme y seria. Oyes resolución. Quiero
viajar. Necesito viajar. Es más una necesidad que otro de mis berrinches. Sabes
que con o sin ti voy a hacerlo, así que decides planear para poder ir conmigo.
¿Qué tal que mi viaje se prolonga y no encuentro mi camino de regreso? ¿Qué tal
que me pierdo? Te digo que ahora eres diferente y que no sé si quiero llevarte
conmigo. Te enojas y me regañas. Lloro. Lloro y te abrazo. Te pido perdón. Ya
no sabes que hacer conmigo. Te desesperas y mientras yo duermo colgada a tu
cuello, piensas en mil y un maneras de dejarme, de huir lejos de mí y no
volverme a ver, de no pensar en mí, de olvidarme… cuando sin que lo imagines,
entre sueños, susurro esas palabras que hace meses esperas oír de mi boca. Lo
digo dormida y sin darme cuenta. Y si me preguntas al día siguiente, voy a
fingir no escuchar y si insistes lo voy a negar, pero si tratas de marcharte,
voy a llorar hasta que decidas regresar. Hoy fue tu cumpleaños y no quieres
hablarme. No sabes qué hacer conmigo. Te pinté un cuadro, te pinté un cuadro
sobre mi cuerpo. Esperaba que entendieras que te estaba regalando mi arte y a
mí. Toda yo. Eso que tengo hasta adentro que nadie ve, sólo para ti. Quería que
todos supieran que era sólo tu regalo. Yo no entiendo porqué estás tan enojado,
pero tú no entiendes porqué tuve que darte tu regalo a la mitad de la reunión
con tus amigos. Tus amigos y amigas se quedaron con la boca abierta. Yo pienso
que les gustó mi regalo. En cambio, tú corriste por el mantel y me envolviste
en él. Creo que es porque no te gustó. A lo mejor la pintura no era exactamente
la que esperabas. Ese par de cisnes… sabía que parecían enojados. Ahora no me
hablas y yo lloro. No sabes que mi regalo era mi manera de decirte esas
palabras que quieres oír de mi boca y que por quien sabe qué cosas no puedo pronunciar.
Ahora tú dices que soy imposible. Que no sabes que pensar, que lo hago para
molestarte, para hacerte la vida imposible. Yo sé que lo que quieres decir es
que soy insoportable. Te escuché decirle a tu amigo el otro día por teléfono.
Creías que me bañaba, pero lo que hacía era escribir. Prendí la regadera para
sentir que estaba en las cataratas. Lo sé, escuché todo. Ya no sabes que hacer
conmigo y a veces hasta tienes ganas de dejarme. Escribía de aquel viaje, ese
que prometimos hacer el verano pasado y no hicimos. Lo imaginaba, lo vivía en
mi mente. Ahora no estás en casa porque me alteré y empecé a romper cosas.
Dijiste que estaba loca y que irías a tomar con tus amigos, haber si tomado era
más fácil lidiarme. Son las dos de la mañana y aún no regresas. Y mi maleta me
pide a gritos que la saque y llene de cosas, de esas que necesito para correr
lo más lejos que pueda, pero la cama vacía me pide que me quede y te espere.
Dan las cinco y yo te espero en la sala, café en mano y pluma, por si se me
ocurre algo. Parece que usé la pluma para pintar sobre mi cara, pero no fue
así. Es mi delineador que se ha corrido y ahora forma una especie de riachuelo.
De pronto la puerta se abre y en ella se para tu silueta. La puerta permanece
abierta y esa silueta que se parece a ti, pero que no estoy del todo segura que
seas tú, permanece debajo del marco de la puerta. No necesitas decirlo.
Insoportable. No es la primera vez que me lo dicen. Suspiras. Yo estoy en el
sofá con mis rodillas abrazadas a mi pecho. Y así, una vez más, como por
inercia, queriendo irte y muriendo por quedarte, caminas para sentarte junto a
mí.
Caer… o no caer, piensa mientras se encamina al sendero que
tan amablemente se forma delante de su puerta. Y el sol que amenaza, a veces
con salir, otras tantas con volverse a meter, le da la bienvenida. Como quien
espera a un viejo amigo, la saluda. Y las ramas de los árboles, unas sin vida,
otras con apenas unas cuantas hojas, hacen un intento por rozar su piel… antes
vieja conocida. Cada paso es un torbellino de recuerdos que se enfilan para
hacerla regresar a ese olvidado lugar. Entre una mezcla de rayos de sol, aire
fresco y el crujido de las ramas, vuelve a sentirse en Hogar.
Algo al inicio del camino la jala de regreso y sin poder evitarlo,
su cuello fuerza a su cabeza a voltear. El campo donde se encuentra su casa esta
bañado en un dorado casi como oro, pero el viento impregnado en humedad la
invita a continuar. No, no es un lugar desconocido. Ya ha andado por esos
senderos. Antes, cuando ya no era nube, pero cuando tampoco era sol. Y la
sombra que pensó conocer hasta lo más profundo comienza a trepar por sus pies,
empezando en la punta de sus dedos, más arriba cada vez, hasta forrar sus
pulmones y hacerlos espirar casi todo el aire… no todo. No todo porque aún lo
necesita para continuar. Y la vegetación se vuelve más densa y las ramas cafés
ahora son más negras y se cierran sobre su cabeza, cada vez dejando a menos
rayos tocar el blanco de su piel.
La sombra no se detiene en sus pulmones. Encuentra su camino
entre todos sus tejidos, venas, arterias, risas y sueños, hasta que llega a su
garganta y ahí, como esperando, se enrosca. Un veneno del que pensó haberse librado
empieza a envenenar sus pensamientos y siente que muere por librarse de ellos,
pero arde en deseos por dejarlos crecer, por ver hasta que rincón pueden llegar a escapar.
Poco a poco la consumen, de esa manera en la que te consume el amor malogrado y
los sueños que arden como carbón que no prende, pero que no deja de intentar. Y
sabe que lamentará no regresar a aquel campo bañado en oro, sin misterios, sin
secretos que descifrar, sin sueños imposibles por los cuales morir al tratar,
pero no puede parar.
Ya le arden los ojos que se secan con el aire frío que viene
de algún lugar más allá de donde se ha atrevido a llegar. Y quiere estirarse
para ver si sus dedos aún alcanzan los últimos rayos de la tarde, pero sabe que
no dejará de imaginar que será aquello de lo que hablan los poetas y locos. Esa
oscuridad sin luna ni estrellas, que algo calma sólo para volver a revolver.
Poco a poco, un paso, ahora otro. Y la sonrisa que antes era
una mueca de incertidumbre comienza a aparecer en la comisura de sus labios. Y
eso desconocido comienza a bailar en el negro de sus pupilas, materializando
ese quien sabe qué, que tanto ha extrañado. Puede sentirlo, está cerca, cada
vez más cerca…casi la está tocando.
Luz mía ¿dónde te has metido? Dónde… que no veo esos hoyitos
en tu carita cuando ríes, o las miraditas que sacan el rojo de mi piel. Sol
mío, no te me vayas que me quedo a oscuras y ciega a medias. A medias porque ya
no te veo y sin embargo, sin ti veo la realidad completa. Ciega a medias estoy,
sin ser capaz de ver del todo, sin ser capaz de no ver, sin ser capaz de soñar,
así como viejo que muere antes de morir, si te vas estoy. Como río de verano
llegas y te llevas todo aquello que no fue bueno. Te llevas todo lo malo, lo
seco y lo áspero. Así, como a rayos, traes suspiros que florecen en las cuencas
de mi vida. Quédate un poco más y toma mi mano; desliza tus dedos entre mi mano
delgadita y un poco huidiza. Vamos a
pasear a aquellos escondites de los que sólo sabemos nosotros dos. Espera a que
a no te vea y despeina mi cabello eternamente despeinado. ¡Ay cómo me siento débil
y como niña chiquita! Mi Luz eterna, no te vayas a otros campos que todavía no
es hora, todavía no llega la brisa de la noche que ya me cala sin conocerla.
Mejor ven y sácame otra sonrisa, ríete conmigo un rato y hazme entender como le
haces tú para que te quiera sin razón y sin prisa, perdiéndome a ratos. Y si
aceptas quizás te proponga un trato, así mientras me acomodo en tus brazos, en
una de esas, sin que sepas ni como, ni cuando, te regreso esos colores que no
sabes que me has mostrado.
Dedicado a mi primer amor, tan puro e inocente y a mi último
amor, que será el que me recuerde cómo se siente.
Mis ojos… los abro. Un poco
entrecerrándolos, un poco queriendo volver a soñar. Pero me obligo y dejo
entrar al sol mortecino entre mis pestañas. El frío cala mi piel y recuerdo que
he olvidado traer un abrigo. Nunca previniendo, nunca pensando que al despertar
haría frío y que mi piel se enchinaría a mi pesar. Mis manos ciegas me obligan a
levantarme y ese dorado helado que veo distante por las persianas me invita a
seguirlo. Salgo a la calle. Salgo con el cabello sin peinar y mi cuerpo sin
lavar, pero es la urgencia de ir y buscar. Necesito encontrar. Camino sabiendo
que necesito avanzar y sin la menor idea de dónde iré a parar. Pasan a un lado
y otro, mujeres sumidas en abrigos que tapan hasta sus talones con niños que
jalan con prisa y detrás. Y hombres, hombres viejos que han perdido la luz en
sus ojos y sólo piensan en el trabajo que pierden y quieren conservar. Pasan,
unos volteando, otro queriendo mirar, pero sin detenerse a observar. Yo sólo
puedo pensar en avanzar y me abro camino, no pensando en el frío que vendrá o
en el cuarto de paredes blancas y estantes vacíos que estoy dejando detrás. El
chico de los periódicos y la bicicleta pasa y por poco me arrolla. Estoy a punto
de caer pero no lo hago. Unas manos pálidas y arrugadas me detienen. Volteo
sólo para ver al viejo de la boina
alejarse murmurando y sobre mis labios bailan las letras del “gracias” que no
va a escuchar. Tengo ganas de regresar al calor de las sábanas que acarician mi
piel y me piden no volverme a marchar. Una puerta delante de mí se abre dejando
escapar el calor de hogar que pensé estar buscando o quizás dejando sin pensar
y lo acompañan olor a canela y café…mocka o negro. Sea el que sea me quiero
quedar. Manos sobre el vidrio, mezcla de inocencia y ganas de escapar, mis ojos
se detienen a mirar. El extraño de ojos chocolate y libro en mano me hace señas
para que me vaya a sentar. Y su boca
dice palabras que por más que intento no logro escuchar y que quien sabe como
calman parte de esa desconocida ansiedad. Y me veo sentada con una tasa entre
mis manos y su abrigo sobre mis hombros, riendo de quien sabe que cosas de las
que habla sin parar. Pone su mano sobre mi rodilla desnuda y veo el centelleo
en su mirar que intenta desesperadamente sostenerme y no dejarme marchar. Mis
manos caen a mis lados dejando a su paso su marca sobre el vidrio y el ensueño que
inició queda colgando de los ojos de aquél extraño mientras me alejo y lo dejo,
de nuevo, solo y con las letras que no le darán un beso antes de irse a
acostar. No me puedo quedar. Delante de esas
pieles y ceños fruncidos hay algo más y busco como perro olfateando ese quien
sabe qué que se a ratos se asoma de las manos del que me pide unas monedas y de
la señora de las flores que suspira mientras las arregla sin saber si sus
flores algo, algún día, irán a cambiar. Más allá del gris de esta ciudad, de
sus prisas y las miradas de los que te ven sin idea de si te vieron o te
imaginaron pasar, demasiado ocupados para pensar, demasiado entretenidos en los
días que no volverán, el sol mortecino me invita a continuar, a no detenerme
aunque tenga frío, aunque mis pies duelan y este cansada de no encontrar. Así,
incitada por el sol frío que encandila mi mirar, le busco sin parar.
Por un instante llevo mis manos a mi cabeza y aprieto los ojos fuerte. ¿Qué hago? ¡Dios mío! ¿Qué hago? Siento como mis piernas, a pesar de mi impulso de correr, me fallan y por un segundo juro que van a tocar el suelo. Casi siento el golpe seco y frío, hiriente de mi peso aplastando la piel que cubre mis rodillas, espero, pero no pasa. No sé como no pasa. Las respiraciones entrecortadas hacen que mi pecho se mueva violentamente hacia arriba y hacia abajo y casi no deja que de mi boca salga ningún ruido. Siento que estoy por volverme loca y quisiera hacer que esto se detuviera. Trato, trato con todo lo que tengo dentro, pero lo que tengo dentro me está quemando y me está deshaciendo. ¡Porfavor! ¡Haz que se detenga!¡Haz que pare! El eco de la casa entra por mis oídos como queriendo reventar mis tímpanos y de no ser por ese sonido sordo que me envuelve y me acaricia, juraría que me he quedado sorda. La fiesta terminó y no sé a qué hora terminó. No puedo entrar a mi cuarto porque alguien lo ha cerrado y de él salen voces que al final no son voces, sino suspiros y gemidos de las dos o tres personas que se adueñaron de él. El Black Label roto se mete debajo de mis pies y me hace tropezar. Ahora mi mano arde, arde y un líquido caliente escurre por mi brazo hasta alcanzar mi codo. Busco el teléfono. ¿Dónde está el teléfono? Un cuarto, el cuarto, no quiero regresar al cuarto. Y pensar en las sábanas sucias y deshechas, empapadas de mi miedo y de mi debilidad para luchar, me hace querer vomitar. Dejo caer mi espalda contra la pared y siento como caigo en un río de imágenes más borrosas cada vez. Con la boca abierta lloro porque ya no puedo respirar. Ya no reconozco las caras. Mi cabello sucio se pega a mis sucios labios haciéndome recordar sus sucios besos. Y me muerden hasta calarme los huesos. Y siento miedo, mucho miedo, volteo como presintiendo que viene, porque siempre viene, eventualmente viene. Y sin saber como pegándome a la pared, bajo las escaleras dejando una línea roja sobre la pared que me sostiene. ¡Ay cómo duele! A mi derecha ellas dos ríen, mitad esperando que me derrumbe, mitad que vaya y me les una. Como puedo abro la puerta y salgo al frío que me pega en la cara y me recuerda que sigo viva, que todavía respiro, que no he muerto, que apenas empiezo a morir.