miércoles, 26 de septiembre de 2012

Incesante

La función ha terminado antes de lo esperado y en la calle, iluminada por faros, se alinean uno a uno los autos que van a recoger a aquellos que decidieron ir a verte. Observas las pláticas animadas, la manera en la que se ríen, como se mueven sus bocas, la manera sutil en la que ella susurra algo a su oído, cómo ellos prenden sus cigarros, el gesto sutil y no tan sutil de cubrir unos hombros desnudos con un saco demasiado grande para ellos, la atención de unas cuantas cautivada por la conversación de uno y al final, todos ellos, esperando… Observas desde la puerta del callejón por la cual, normalmente escaparía la luz, pero esta vez tú la has apagado. La gente comienza a dispersarse, pero ellos no, ellos permanecen. La luz de los focos de la función iluminan sus estilizadas figuras entaconadas y cubiertas por vestidos rojos, blancos y una falda negra y a aquellas que se paran a sus lados, fuertes, seguros, gentiles o no tan gentiles. Uno de ellos saca su mano del bolsillo de su saco y acerca su muñeca para ver la hora. Enseguida voltea a la entrada del teatro buscando a alguien. Te busca a ti. Una de ellas lo nota y voltea su mirada al mismo sitio. También ella te busca. Te buscan y te esperan, pero no siempre a ti. Ansían la presencia de miradas coquetas y gestos agraciados, la risa despreocupada y los comentarios atinados. Esperan ocurrencias e historias que al final sólo son eso, historias. Buscan a labios rojos y ojos casi negros, cigarro en mano y perfume Chanel, pero no te esperan a ti. Mientras observas el silencio que te rodea, te acaricia y ahora hace más que convencerte. Toma tu mano y te encamina. La asfixia y el llanto se quedan suspendidos afuera, aferrados a la puerta, tus labios rojos y ojos negros colgados frente al espejo y las rosas que llevabas en la mano dejan un sendero de pétalos a tu paso, desde los escalones hasta el final del callejón, donde cae el ramo… o lo que queda de él. Caminas entre los autos y eres vagamente consciente del claxon de un carro y del chirrido de sus llantas. Eres consciente de unas luces que iluminan tu cara y te ciegan, de unas voces que te gritan ¿qué gritan? Sigues, no te detienes, tus pies duelen, te agachas y arrancas los zapatos dorados que ahora te han sacado llagas. A lo lejos escuchas el estruendo de un relámpago que resuena en las caras de aquellos que te pasan en la calle. Una a una las gotas comienzan a caer y deshacen tu maquillaje, ríos negros corren por tus mejillas. Adentro de ti comienza a desenroscarse una especie de animal que hibernaba y que no sabías existía. Puedes sentir su hambre y su desesperación, sus ganas de saciarse y Silencio se aparta para mejor caminar dos pasos detrás de ti. Poco a poco da paso a Sed. El agua se precipita incesante y el huracán se desata. A tu lado el sombrero de una mujer se vuela mientras a toda carrera toma la mano de su niña y atraviesa la calle. Una pareja se esfuerza por permanecer unida debajo de un paraguas, pero por más que intentan, la lluvia es mucha y muy fuerte y el paraguas no puede evitar que ambos permanezcan secos, uno de los dos va a mojarse. Los estruendos siguen y con cada paso que das se vuelven más insistentes. No quieres pararlos, no intentas detener la manera en que se arremolinan alrededor de ti, adentro de ti… Y ahí permaneces, a media calle, empapada y escurriendo, esperando, no que todo se detenga, pero que sea lo que sea te envuelva, que te haga parte del estruendo y de ese caos que te arranca todo y te deja lo único que verdaderamente importa y que ninguno de los que buscaban y esperaban pudo encontrar. Sin una gota de maquillaje, sin las luces del reflector, sin los aplausos canturreantes o las sonrisas fingidas, te deja a ti, verdaderamente a ti. 


Si vas a escucharlo, escucha la música.


domingo, 23 de septiembre de 2012

23 de septiembre de 2012




He pasado la tarde en mi cuarto, escuchando música, prometiendo que en cuanto termine la siguiente canción voy a bajar a comer…aún no he bajado. La casa está sola, pero aunque hubiera alguien en casa no creo que habría alguna diferencia. Creo que me gusta que esté así. No escuchar las voces me deja pensar y me obliga a estar conmigo, que tanta falta me hace estos días. Finalmente decidí meterme a bañar, puse el agua muy caliente para ver si así se evaporaban mis dudas, mis miedos o por lo menos los nudos en mis pensamientos por un rato. Salí y empecé todo mi ritual, secar mi cabello, crema sobre mi cuerpo, perfume, loción para la cara, música para pensar… o no pensar. Envuelta en mi bata de baño puse rímel sobre mis pestañas y labial en mis labios. Un poco de rubor sobre mis mejillas para darme vida. Lo hice lentamente esperando no tener que terminar. Mi cuarto era un desastre, así que poco a poco lo arreglé, no todo, sólo un poco. Ahora debo bajar a comer, pero no consigo arrancarme de este cuarto. En algún lugar debo saber que tengo hambre, pero todavía no la siento. No serviría de nada tratar de complicarme y decir que no sé por qué me pasa esto, porque si sé. Ya hice de todo y nada funciona, nada borra esta sensación con la que me voy a la cama y despierto. Enamorarte debería venir con alguna especie de advertencia. A lo mejor deberíamos tener instintivamente, por evolución, algún mecanismo que nos indicara que es hora de correr cuando empezamos a sentir ese calor en el pecho y esa sonrisa que nada ni nadie puede borrar. Debería ser así, pero al parecer, este mecanismo de sobrevivencia jamás terminó de desarrollarse. Imagino que dado este error en la evolución, la naturaleza quiso compensarlo dotándonos de una gran capacidad de resiliencia, o al menos así debería ser. Yo creo que en mí, el mecanismo encargado de eso, llegó averiado, no funciona. 
Alguien debería advertirte del dolor que sentirías al tenerlo tan lejos de ti. De la impotencia que llegaría por la noche, que pronto se convertiría en millones de ideas y que luego   terminaría siendo de nuevo impotencia y quizás una que otra lágrima. Nadie me dijo que desearía alejarme de las fiestas y del relajo de mis amigas, del alboroto de cada día. No tenía idea de que estar conmigo podría ser tan insoportable y de que todos los recuerdos pasarían de ser una especie de alimento para cada día, a pequeñas flechas que me atravesarían poco a poco. A los artistas, alguien debería recomendarles enamorarse, para que encontraran inspiración. Enamorarte duele de una manera u otra. No estoy recomendando que no lo hagan, pero por lo menos deberían tener una idea clara de lo hay del otro lado.  Los bastidores se volvieron la mejor compañía y los libros en buenos amigos para dejar de pensar. Las tazas de café lograban calentar mis manos cuando hacía frío, aunque su contenido hace tiempo hubiera perdido el sabor. El tequila un viejo amigo amenazando con llamar a la puerta y todas las clases y argumentos que pudiera escuchar en la universidad, en una clase de ensoñación, como estupor, de la cual nunca estoy del todo segura. Por alguna razón me volví fan de las rosas, me gustaba ver cuando las rosas comenzaban a secarse y hasta que no quedaba una gota de agua en ellas. Quizás porque soy masoquista y verlas me hace recordar lo bellas que fueron cuando estaban vivas y ahora que han muertas, lo bellas que siguen siendo y lo mucho que me siguen gustando, lo mucho que extraño su aroma, lo mucho que extraño verlas vivas. No consigo tirar mis rosas y aquellas que he tirado aún extraño. Alguien debería decirte que no importa la cantidad de personas que beses o que veas, la cantidad de kilómetros que te separen de esa persona o lo que pueda haber hecho, nada funciona. El sentimiento permanece ahí, quizás un poco revolcado por las circunstancias, como el agua de un riachuelo por el que acaban de pasar corriendo, enturbiada, pero con el tiempo vuelve a ser cristalina, cristalina y hermosa sin importar que tanto haya podido enturbiarse. Deberían decirte que nadie eventualmente borra a alguien más cuando es real. Que es una pérdida de tiempo tratar y que lo único que queda por hacer es esperar. Alejarte de los malos hábitos o sucumbir, nada va a cambiar, el sentimiento de vacío y las ansias por las noches, son parte del trato. Alguien debería contarte de qué se trata todo. Así por lo menos podrías decidir no perderte, porque así llegues a lo más profundo o al otro lado del mundo, nada va a hacer que deje de doler.   

-Aniluap

miércoles, 29 de agosto de 2012

Le tengo miedo a la noche


Últimamente le tengo miedo a la noche, tanto que apenas veo se empieza a meter el sol, jalo el listón que rodea a mis cortinas y deshago los moños para que cubran las ventanas. Inmediatamente voy hacia mi puerta y presiono el apagador para encender las luces. También enciendo la lámpara de mi escritorio en un intento por iluminar mi cuarto. ¿Te sorprenderías si te dijera que a pesar de eso a veces también prendo velas?
El sol comienza a descender y con él sus tonos dorados comienzan a desaparecer para dar lugar a una amplia gama de grises. El gris es como una enfermedad contagiosa. Poco a poco, va colándose por los poros en mi piel, primero en la superficie y poco a poco recorre cada recoveco hasta llegar al interior. Empiezo a sentir que me falta el aire y mi cabeza empieza a girar. Si pudieras verme, verías el movimiento rápido de mi pecho y como una ligera capa de sudor empieza a cubrir la superficie de mi piel. De todas las esquinas oscuras comienzan a salir fantasmas y monstruos de esos de los que temía cuando niña, pero que en realidad nunca llegué a ver…hasta ahora. Las ganas de correr se apoderan de mí. Al principio salía del cuarto, para huir. Después de las primeras veces me di cuenta de que salir no llevaba a nada. Aquellas figuras encapuchadas que hacían enchinar mi piel y a mi mente sucumbir, se habían colado en mí. Por las noches estoy como poseída. No importa a dónde corra, cuando llega la noche, encuentran la manera de colarse. No pasan rápidamente, en lugar pasean por mi interior conociendo cada parte y explorando cada fibra, cada nervio, se toman su tiempo para sentirse en casa y finalmente, cuando encuentran el lugar dónde pueden tomar una forma más real y comenzar a existir, se instalan. Se recuestan y comienzan a platicar. Tapo mis oídos y no puedo hacerlos callar. Susurran y ríen bajito.  A mí no me da risa, me da miedo. ¿Has escuchado el sonido del miedo? Es un sonido hueco. Después del miedo a veces llega coraje, otras llanto incontrolable, llega y no se va hasta tarde en la madrugada, cuando parece que los demonios se cansan, pero no me sueltan, me dejan paralizada y ya no siento nada. Ya nada provoca la sensación de asfixia, pero tampoco la quita.  Aveces quiero tanto que llegue ese momento de la noche porque es un alivio no sentir nada, aveces lo aborrezco por desearlo tanto. En algún momento y sin darme cuenta, caigo rendida y me sumo en una especie de estupor que juega conmigo, de una u otra manera me atormenta. Trae o se lleva a los monstruos, de igual manera, al despertar, no olvido lo que fue un sueño y que sólo es cuestión de horas hasta verlos regresar. Comienza a salir el sol y mi respiración se vuelve ligera, la inminencia de la noche se aleja y casi dejo que los rayos del sol se filtren por mi piel. La tarde pasa, la vida de nuevo empieza y justo cuando estoy por olvidarlo, la noche regresa.

domingo, 19 de agosto de 2012

Bajo la luna


La luna resbala por mi espalda desnuda mientras el agua comienza a meterse en mi ombligo. Mis manos tocan la superficie del agua y las puntas de mi cabello, ya mojadas contra mi piel, hacen que se enchine y que la sensación llegue hasta mis pezones. Volteo hacia la orilla consciente de que me observas. Tengo cuidado de no voltear por completo. En la orilla y con los pies en el agua, me ves. Tu piel se ve plateada a la luz de la luna. Creo ver tus labios en una línea rígida y el conflicto que se pinta en tu cara. Entre mis cabellos dejo que se asome una sonrisa traviesa. No, aún no se acaba. Me alejo unos pasos más de la orilla y puedo escuchar que das unos pasos apresurados detrás de mí. No me lo dices, de hecho no dices nada, pero sé que estás pensando en aquella tarde cuando te dije que no sabía nadar. El agua ahora llega a mis costillas. Me agacho y dejo caer la cabeza hacia atrás para que mi cabello se moje. Permaneces inmóvil, observando. Volteo a verte. Ahora el agua cubre mis pechos. Tu mandíbula está rígida, al igual que los músculos de tu cuello y de tus brazos. Busco tu mirada y dejo que se clave en la mía. En un instante siento como me atraviesa y llega tan profundo, que a pesar de que el agua no es fría, la siento casi helada. Me dan ganas de esconderme y me agacho hasta que sólo se ve el blanco de mis ojos contra mi piel morena. Pienso en llegar hasta el fondo del mar. Tú lo notas y corres hasta que el agua llega a tus muslos. Puedo ver por tus puños cerrados que sigues luchando, pero de tu cara se ha desvanecido el coraje y sólo queda tu ceño fruncido con angustia y dolor. No, no voy a llegar hasta el fondo. Suspiro de alivio. Sé que vas a llegar antes de que toque el fondo. Entonces, sin despegar mi mirada de la tuya, avanzo hacia atrás muy lentamente, un paso, luego otro. Mi pie resbala y ya no hay dónde apoyarme, intento patalear, pero sólo me hundo más. Entonces dejo de tratar. El agua empieza a entrar por mis pulmones, pero no me altero. Sé que en cualquier momento llegarás.   



domingo, 12 de agosto de 2012

Nuestra mañana


Se nos hace tarde. Corro al baño por mi labial y casi automáticamente me pinto los labios, juntándolos luego para que se vea bien. Por el espejo empañado del baño veo que te abotonas tu camisa blanca. Tu cabello desordenado por poco logra dibujar la sombra de una sonrisa que se desvanece antes de empezar cuando sales de la habitación. En la habitación tomo mis zapatos y sentada sobre la cama los abrocho. Desde la sala y con una tasa de café en la mano, me ves. Sorbes y por un momento te detienes a ver como mis manos luchan con el pasador de los tacones. Una leve sonrisa se dibuja en tus labios, tu celular suena y te alejas a la ventana a contestarlo sin dejarme ver la sonrisa que no tocó tus ojos. Mis tacones resuenan por el piso de madera mientras voy de un lugar a otro en la cocina. Me ves y me saludas con un gesto como disculpándote. Te regreso un reflejo de tu saludo. Preparo un lunch para ambos mientras tú continuas tu llamada. De vez en cuando volteo a verte desde detrás de la barra, estás muy concentrado. Llevas puesto el suéter que te regalé la Navidad pasada. Sin darme cuenta llevo mi mano a mi cuello al dije que cuelga de él. Cuelgas el teléfono y tomas tu maletín. ¿Lista? Preguntas y yo asiento, como hace tiempo hago. Cierras la puerta detrás de mí y al final del corredor, esperamos el elevador en silencio. Hemos llegado al carro. Estoy a punto de abrir mi puerta cuando te interpones en mi camino. Niegas con la cabeza mientras sonríes y entonces abres mi puerta. Entro al coche. Dentro pones nuestro “Álbum de Carretera”, aquel del viaje que no planeamos. Intercambiamos miradas como sabiendo y después las alejamos como sin saber. El camino al trabajo es en su mayoría Damien Rice, Bobby Flynn, Kings of Convenience y otra canción que ya no recuerdo, seguida de silencios. Me preguntas si terminé el reporte y te pregunto por tu siguiente guardia, inmediatamente deseando no haberlo hecho, por saber que esta noche no dormirás en casa. Te detienes frente a las puertas giratorias. Nos damos un beso rápido, casi furtivo. Esta vez es el valet quien abre la puerta y salgo del carro. Volteo y nos vemos una vez más. La luz cambia, aceleras. Yo me fundo con la multitud que se amontona por las puertas giratorias. 

sábado, 28 de julio de 2012

El Cielo en el Infierno...o el Infierno en el Cielo?


Era la primera vez que volvía a aquel lugar desde que pasó el accidente. Juró que nunca volvería a pisar esas tierras, esa plaza. No pudo evitarlo. La nostalgia lo carcomía desde hacía cinco meses que recibió la noticia. ¿Qué sería de aquel pueblo ahora? ¿Habría cambiado mucho? ¿Aún reconocería a la gente?…o acaso sería un extraño más, un turista más. Por la ventanilla del camión desfilaban, debajo de nubes amenazando con llover, árboles cada vez más verdes, señal de que se iba acercando. Dejo a su mirada vagar por los cables de luz que recorrían la carretera. No recordaba estas casas. El camión pasó a las orillas de un pueblo. Ahí unos niños en calzoncillos se mojaban en el riachuelo. Una niña de trenza negro azabache estaba por tirarse de la cuerda que colgaba del árbol. Las comisuras de sus labios levemente se curvaron, una risa inesperada salió de aquellos labios. Recuerdos… pensó en los días en que soñó con pasar su vida ahí. Los días en los que aquel camino de terracería era una promesa más, en lugar de una ruta de salida, una ruta de emergencia. Se perdió en sus ensoñaciones, viendo las casas y sus fachadas, viendo como aquellas casitas con la mitad pintada de un color daban paso a casas más elegantes, con herrería fina, sin duda remodeladas en un intento de modernización. El camión se sacudió intempestivamente anunciando la llegada a su destino final. Diez años. Se levanto de su asiento y retiró la mochila del compartimiento de arriba donde había metido las pocas pertenencias que llevaba consigo. Bajó del camión susurrando un “gracias” que no alcanzó los oídos del chofer. Detrás y delante de él, gente adormilada bajaba, nadie miraba la plaza, seguramente acostumbrados a aquella vista. El permaneció de pie, observado. Se llevó una mano a la cabeza y soltó un suspiro. Tangancícuaro era el único lugar dónde el Cielo y el Infierno habían logrado converger en su corta, pero experimentada vida y finalmente, había regresado.

Continuará...

sábado, 14 de julio de 2012

Lo que ella piensa


¡Te dije que no le dijeras! ¡Gracias por arruinarme mis vacaciones! ¿Porqué carajos tenías que hacer de las tuyas otra vez? Habló tu papá para decirme que no irás a ningún lado, para que empieces a buscar trabajo. ¡Tenías que abrir el hocico! Llevas años complicando todo. (¡Desearía que fueras normal, ya estoy harta de ti!) – La puerta se azota y del otro lado se escucha- ¿Otra vez nos la armó a todos verdad ma? Yo le advertí que no abriera la boca, le dije que no tenía oportunidad, que jamás lo iba a lograr. – Está pendeja tu hermana, es una inmadura.- Escucha decir a la misma voz del principio, mientras sentada sobre su cama, lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas.