La función ha terminado antes de
lo esperado y en la calle, iluminada por faros, se alinean uno a uno los autos
que van a recoger a aquellos que decidieron ir a verte. Observas las pláticas
animadas, la manera en la que se ríen, como se mueven sus bocas, la manera
sutil en la que ella susurra algo a su oído, cómo ellos prenden sus cigarros,
el gesto sutil y no tan sutil de cubrir unos hombros desnudos con un saco
demasiado grande para ellos, la atención de unas cuantas cautivada por la
conversación de uno y al final, todos ellos, esperando… Observas desde la
puerta del callejón por la cual, normalmente escaparía la luz, pero esta vez tú
la has apagado. La gente comienza a dispersarse, pero ellos no, ellos
permanecen. La luz de los focos de la función iluminan sus estilizadas figuras
entaconadas y cubiertas por vestidos rojos, blancos y una falda negra y a
aquellas que se paran a sus lados, fuertes, seguros, gentiles o no tan
gentiles. Uno de ellos saca su mano del bolsillo de su saco y acerca su muñeca
para ver la hora. Enseguida voltea a la entrada del teatro buscando a alguien.
Te busca a ti. Una de ellas lo nota y voltea su mirada al mismo sitio. También
ella te busca. Te buscan y te esperan, pero no siempre a ti. Ansían la
presencia de miradas coquetas y gestos agraciados, la risa despreocupada y los
comentarios atinados. Esperan ocurrencias e historias que al final sólo son
eso, historias. Buscan a labios rojos y ojos casi negros, cigarro en mano y
perfume Chanel, pero no te esperan a ti. Mientras observas el silencio que te
rodea, te acaricia y ahora hace más que convencerte. Toma tu mano y te
encamina. La asfixia y el llanto se quedan suspendidos afuera, aferrados a la
puerta, tus labios rojos y ojos negros colgados frente al espejo y las rosas
que llevabas en la mano dejan un sendero de pétalos a tu paso, desde los
escalones hasta el final del callejón, donde cae el ramo… o lo que queda de él.
Caminas entre los autos y eres vagamente consciente del claxon de un carro y
del chirrido de sus llantas. Eres consciente de unas luces que iluminan tu cara
y te ciegan, de unas voces que te gritan ¿qué gritan? Sigues, no te detienes,
tus pies duelen, te agachas y arrancas los zapatos dorados que ahora te han
sacado llagas. A lo lejos escuchas el estruendo de un relámpago que resuena en
las caras de aquellos que te pasan en la calle. Una a una las gotas comienzan a
caer y deshacen tu maquillaje, ríos negros corren por tus mejillas. Adentro de
ti comienza a desenroscarse una especie de animal que hibernaba y que no sabías
existía. Puedes sentir su hambre y su desesperación, sus ganas de saciarse y
Silencio se aparta para mejor caminar dos pasos detrás de ti. Poco a poco da
paso a Sed. El agua se precipita incesante y el huracán se desata. A tu lado el
sombrero de una mujer se vuela mientras a toda carrera toma la mano de su niña
y atraviesa la calle. Una pareja se esfuerza por permanecer unida debajo de un
paraguas, pero por más que intentan, la lluvia es mucha y muy fuerte y el
paraguas no puede evitar que ambos permanezcan secos, uno de los dos va a
mojarse. Los estruendos siguen y con cada paso que das se vuelven más
insistentes. No quieres pararlos, no intentas detener la manera en que se
arremolinan alrededor de ti, adentro de ti… Y ahí permaneces, a media calle,
empapada y escurriendo, esperando, no que todo se detenga, pero que sea lo que
sea te envuelva, que te haga parte del estruendo y de ese caos que te arranca
todo y te deja lo único que verdaderamente importa y que ninguno de los que
buscaban y esperaban pudo encontrar. Sin una gota de maquillaje, sin las luces
del reflector, sin los aplausos canturreantes o las sonrisas fingidas, te deja
a ti, verdaderamente a ti.
Si vas a escucharlo, escucha la música.
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