Era la primera vez que volvía a
aquel lugar desde que pasó el accidente. Juró que nunca volvería a pisar esas
tierras, esa plaza. No pudo evitarlo. La nostalgia lo carcomía desde hacía
cinco meses que recibió la noticia. ¿Qué sería de aquel pueblo ahora? ¿Habría
cambiado mucho? ¿Aún reconocería a la gente?…o acaso sería un extraño más, un
turista más. Por la ventanilla del camión desfilaban, debajo de nubes
amenazando con llover, árboles cada vez más verdes, señal de que se iba
acercando. Dejo a su mirada vagar por los cables de luz que recorrían la
carretera. No recordaba estas casas. El camión pasó a las orillas de un pueblo.
Ahí unos niños en calzoncillos se mojaban en el riachuelo. Una niña de trenza
negro azabache estaba por tirarse de la cuerda que colgaba del árbol. Las
comisuras de sus labios levemente se curvaron, una risa inesperada salió de
aquellos labios. Recuerdos… pensó en los días en que soñó con pasar su vida
ahí. Los días en los que aquel camino de terracería era una promesa más, en
lugar de una ruta de salida, una ruta de emergencia. Se perdió en sus
ensoñaciones, viendo las casas y sus fachadas, viendo como aquellas casitas con
la mitad pintada de un color daban paso a casas más elegantes, con herrería
fina, sin duda remodeladas en un intento de modernización. El camión se sacudió
intempestivamente anunciando la llegada a su destino final. Diez años. Se
levanto de su asiento y retiró la mochila del compartimiento de arriba donde
había metido las pocas pertenencias que llevaba consigo. Bajó del camión
susurrando un “gracias” que no alcanzó los oídos del chofer. Detrás y delante
de él, gente adormilada bajaba, nadie miraba la plaza, seguramente
acostumbrados a aquella vista. El permaneció de pie, observado. Se llevó una
mano a la cabeza y soltó un suspiro. Tangancícuaro era el único lugar dónde el
Cielo y el Infierno habían logrado converger en su corta, pero experimentada
vida y finalmente, había regresado.
Continuará...
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