Y es literal… y, sin embargo, no
lo es.
Cereal sobre la mesa, paseas, de
aquí para allá, café en la mano, no, ya no lo quieres en tu mano. Vacías la
taza sobre el fregador hasta que no queda ni una gota. Las puertas del balcón
permanecen cerradas y en tres ancadas gigantes estas frente a él y las abres de
par en par. El viento entra de golpe levantando un remolino de tela a tu
alrededor que parece más como ese par de alas que perdiste y que ahora
sospechas necesitas recuperar. Te permites estirar tus brazos a tus lados sin
permitirte pensar en la gente que debajo, en la calle, ha comenzado a mirar y
por tu cara aparece una sonrisa a la idea de poder volar. Das un paso hacia
adelante y el barandal te detiene al presionarse sobre los huesos de tu cadera. Echas la cabeza para atrás, tus alas de lienzo revolotean a tu alrededor.
Detrás de ti, escuchas el sonido desesperado de unas manos que frenéticas
golpean la puerta y por debajo de ti, el incesante tráfico parece haber dejado
de avanzar. La prisa misma parece suspendida para ti y para quien se quede a
observar. Detrás de ti escuchas unas llaves frenéticas contra la manija de la
puerta, y a ambos lados de tus oídos se extienden los sonidos de las bocinas de
choferes desesperados, demasiado ocupados para entender que en realidad no
importa llegar temprano, llegar tarde, da igual. Al barandal, subes el pie
izquierdo, luego el derecho y cierras los ojos. De detrás de ti, escuchas tu
nombre casi en un grito y sientes el retumbe de los pasos apresurados corriendo
hacia alguna desquiciada parada a la orilla del balcón, pero estás demasiado
cerca para que pueda importar, demasiado cerca para detenerte a observar. Dos manos apartan tus alas y en ese preciso
momento, tus pies abandonan la orilla del balcón. Debajo, la multitud se ahoga
mientras aguanta la respiración, alguien se queda colgado del balcón,
intentando alcanzarte, pero tú, tú estás demasiado lejos para que te puedan
frenar. Has comenzado a volar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario