-Evidentemente no tenían idea de lo que acababa de suceder.- pensó mientras encendía otro cigarrillo. A su lado, el teléfono no paraba de sonar. Sobre la mesa que estaba frente al sofá descansaban un vaso con whisky y un cenicero a punto de sobrepasar su capacidad. Descolgó el teléfono sólo para recargarlo sobre la mesa. Del otro lado del teléfono, una voz – ¿Bueno? ¿Estás ahí?- Fijó su mirada en él mientras exhalaba una bocanada de humo. Esperaba que en algún momento se cansaran de llamar ¿O quizás no? La imagen del hospital flotaba en el aire, amenazando con abrir una puerta de la que acababa de salir. Recargó los codos sobre sus rodillas y dejó caer la cabeza entre las piernas. Pasó su mano sobre su apenas creciente pelo. Un suspiró con una nota de exasperación escapó de su boca. En algún momento todo empezaría a girar y no sabría cómo proseguir. ¿Qué debía decir? ¿Qué hacer? A su lado derecho, el corredor terminaba en una puerta entreabierta que dejaba ver una maraña de cobijas sobre la cama, en el suelo… Intentó no voltear. Los fragmentos del espejo parecían aún mecerse sobre la madera. Una imagen de su sonrisa le asaltó de golpe y le hizo enderezarse. Estaba sentado en el sofá de la sala, el día era nublado, alrededor de las seis y media de la tarde, estaba por oscurecer. Otra imagen en su mente cobró color, el sol entraba por la ventana y leía recargado sobre el sofá. Unos brazos rodearon su cuello por detrás, sintió sus tersos labios sobre su mejilla. Dejó el libro, se volteó y la jaló por encima del respaldo del sofá. Ella reía y gritaba que la soltara. Recordó haber pensado que jamás había visto una sonrisa tan linda o escuchado una risa tan dulce. No dejó de hacerle cosquillas. El sonido de las persianas movidas por el viento lo regresaron a las seis y media de aquella tarde. No quería que oscureciera, mientras hubiera luz podría fingir que se había retrasado en el trabajo y que llegaría pronto para salir a cenar. No quería ir a la cama sin ella, no quería no ir a cenar. El viento trajo de la habitación el olor del perfume desparramado sobre el suelo…su perfume. No pudo reprimir el llanto ahogado que venía del fondo de su pecho. Abrazó su cabeza con ambas manos, de haber tenido pelo casi se lo habría arrancado. ¿Cuándo empezó a perder el control? ¿Cuándo olvidó lo delicada que ella era? Era difícil recordar como solía ser antes, cuando acababan de mudarse juntos, cuando ella no gritaba y él no la odiaba. Siempre habían tenido una forma diferente de hacer las cosas, eran intensos, hirientes y después, en algún momento entre unas cuantas palabras y amenazas de ella de marcharse y no volver jamás, terminaban en el pasillo, sobre el sofá o sobre la mesa de la cocina haciendo el amor. La odiaba y la amaba, era difícil decir cual más. Ahora la extrañaba. Ya nadie le diría que hacer, nadie lo pondría en su lugar o le quitaría importancia a sus palabras, nadie lo celaría, nadie le haría espectáculos frente a sus amigos. La odio por ser tan frágil, por perder la consciencia antes de llegar al hospital, por no aguantar unos minutos más. Se puso de pie al tiempo que lanzaba la mesa con ambas manos. Tomó el jarrón de las flores que descansaba sobre la mesa de al lado y lo lanzó contra la ventana, se hicieron añicos. No pudo parar el llanto que vino después. Desesperación lo invadió, no debió tocarla jamás, no debió dejar que la pasión llegara a tanto. Caminó de prisa por el corredor y tomó un marco que colgaba en el justo antes de entrar a la habitación. Pasó los dedos por el contorno de su cara. Era de su quinta cita, en la foto él la rodeaba con sus brazos desde atrás y ella sostenía un gran oso entre sus manos. El oso lo había ganado para ella jugando tiro al blanco, ella insistía en que era malo y que jamás tendría su oso. Estaba equivocada, muy equivocada. De pronto recordó la pistola que guardaba en un baúl viejo que solía pertenecer a su padre. Cosas viejas que jamás había podido tirar. Alivio atravesó su rostro. Ahora sabía, cuánta razón había sido el no tirarlas.
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