sábado, 19 de noviembre de 2011

Destellos...



Casi había olvidado el sentimiento, como si de alguna manera fuese posible… los campos que discurrían a mi derecha e izquierda me recordaron al verano de hace cuatro años, ahora empezaban a secarse, pero era cuestión de estaciones, en unos meses recobrarían su verdor y sería como si por ahí no hubiera pasado el tiempo, el lugar sería el mismo, los árboles también, lo diferente seríamos nosotros, las historias, el final de todo, nosotros viviríamos y dejaríamos de existir y ese lugar que juramos se había grabado nuestros nombres, como si de alguna manera dependiera de ellos, seguiría ahí, esta vez sin nosotros. Aire olor a pasto despeinó mi cabello corto, una vez largo. Sentí que hacía años que no veía esas montañas, ahora me saludaban familiares, no me habían olvidado, ni yo a ellas. Imaginé como habría sido si se hubieran extendido interminables alrededor y me hubieran atrapado, si jamás me hubieran dejado marcharme, no intenté sacudir la idea de mi mente, parecía algo seguro imaginar, aunque no estaba segura de que tan bueno podría ser recordar. Deje a mi mente vagar y me llevó a lugares hace tiempo olvidados. El aire cada vez se volvía más cálido y con él los recuerdos cobraban vida, color, eran más que fotos desfilando frente a mí. La imagen de nosotros me hizo acordarme de mí, de cómo solía ser. Tu corriendo por el pasto, casi como si fuera en cámara lenta y yo de pie, observando, riendo… ¡qué locos estábamos! aún puedo sentir las cosquillas que se extendían desde mi estómago hasta la punta de mis dedos, los nervios detrás de mi pecho… y si cierro los ojos puedo escuchar las risas que eran mejor que el chocolate cuando estaba triste. Una camioneta pasó a mi lado, una pareja de señores grandes iba dentro… ahora eras tú quien iba en ella, ¿quién era aquella chica que manejaba a tu lado? Podría haber jurado que su cara era familiar, había algo en ella que me recordaba a mí, a mí llena de sonrisas y de vida, a mi llena de sueños, a mí sin saber manejar y creyendo que el mundo era todo mío, sólo tenía que abrir mis manos y ahí iba a estar. El mundo era nuestro para conquistar, una aventura cada día, el límite era…para que tratar de definirlo, no había límite. Nos habíamos robado un pedazo del mundo sólo para nosotros y la realidad simplemente tenía que esperar, no había espacio para ella, no había opción. Éramos los dueños del tiempo y si queríamos podíamos hacer que el día no tuviera fin y que un atardecer durara por siempre. Las estrellas suspiraban tu nombre y me contaban tus secretos, la noche era la tortura más dulce, no verte, no tocarte, sólo pensarte, esperarte, imaginarte…¿qué estarías haciendo?¿estarías dormido?...o pensando en mí como yo en ti. Eras el ladrón de mi sueño y sí, la causa de mis eternas noches y desvelos. No me di cuenta de a qué hora el sol convirtió el camino y todo lo que se extendía delante de mí en una película de oro líquido, los rayos me encandilaban y tuve que entrecerrar los ojos. Detuve el coche y me bajé. Me recargué sobre la puerta.  Estaba atrapada en una postal sepia matizada por tonos dorados. El sonido del viento me invitaba a quedarme en ese lugar por siempre. Quise detener ahí el tiempo, volver atrás unos cuantos años y verme como solía hacerlo, quise volver a ser niña. No pude. Mi cuerpo se sentía diferente y la sensación tan familiar comenzaba a marcharse al ritmo que lo hacía el sol. Conforme los tonos dorados iban dando paso a sombras me sorprendí de ver que las sombras me cautivaban de una manera distinta, era otra clase de misterio. Entonces lo vi, el día daba paso a la noche, como naturalmente debía ser, pero yo aún extrañaba el día, por muy hermosa que la noche pudiera ser… en algún momento debimos haber olvidado parar el reloj. Volví a entrar al coche y eché a andar el motor. Un suspiro escapó de mis labios como deseando hacer cesar la película. El camino se extendía frente a mí y aún faltaba un largo tramo por recorrer. No llevaba prisa, la noche era bonita y también me gustaba.      

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