sábado, 26 de noviembre de 2011

Lo que acababa de suceder

-Evidentemente no tenían idea de lo que acababa de suceder.- pensó mientras encendía otro cigarrillo. A su lado, el teléfono no paraba de sonar. Sobre la mesa que estaba frente al sofá descansaban un vaso con whisky y un cenicero a punto de sobrepasar su capacidad. Descolgó el teléfono sólo para recargarlo sobre la mesa. Del otro lado del teléfono, una voz – ¿Bueno? ¿Estás ahí?- Fijó su mirada en él mientras exhalaba una bocanada de humo. Esperaba que en algún momento se cansaran de llamar ¿O quizás no? La imagen del hospital flotaba en el aire, amenazando con abrir una puerta de la que acababa de salir. Recargó los codos sobre sus rodillas y dejó caer la cabeza entre las piernas. Pasó su mano sobre su apenas creciente pelo. Un suspiró con una nota de exasperación escapó de su boca. En algún momento todo empezaría a girar y no sabría cómo proseguir. ¿Qué debía decir? ¿Qué hacer? A su lado derecho, el corredor terminaba en una puerta entreabierta que dejaba ver una maraña de cobijas sobre la cama, en el suelo… Intentó no voltear. Los fragmentos del espejo parecían aún mecerse sobre la madera. Una imagen de su sonrisa le asaltó de golpe y le hizo enderezarse. Estaba sentado en el sofá de la sala, el día era nublado, alrededor de las seis y media de la tarde, estaba por oscurecer. Otra imagen en su mente cobró color, el sol entraba por la ventana y leía recargado sobre el sofá. Unos brazos rodearon su cuello por detrás, sintió sus tersos labios sobre su mejilla. Dejó el libro, se volteó y la jaló por encima del respaldo del sofá. Ella reía y gritaba que la soltara. Recordó haber pensado que jamás había visto una sonrisa tan linda o escuchado una risa tan dulce. No dejó de hacerle cosquillas. El sonido de las persianas movidas por el viento lo regresaron a las seis y media de aquella tarde. No quería que oscureciera, mientras hubiera luz podría fingir que se había retrasado en el trabajo y que llegaría pronto para salir a cenar. No quería ir a la cama sin ella, no quería no ir a cenar. El viento trajo de la habitación el olor del perfume desparramado sobre el suelo…su perfume. No pudo reprimir el llanto ahogado que venía del fondo de su pecho. Abrazó su cabeza con ambas manos, de haber tenido pelo casi se lo habría arrancado. ¿Cuándo empezó a perder el control? ¿Cuándo olvidó lo delicada que ella era? Era difícil recordar como solía ser antes, cuando acababan de mudarse juntos, cuando ella no gritaba y él no la odiaba. Siempre habían tenido una forma diferente de hacer las cosas, eran intensos, hirientes y después, en algún momento entre unas cuantas palabras y amenazas de ella de marcharse y no volver jamás, terminaban en el pasillo, sobre el sofá o  sobre la mesa de la cocina haciendo el amor. La odiaba y la amaba, era difícil decir cual más. Ahora la extrañaba. Ya nadie le diría que hacer, nadie lo pondría en su lugar o le quitaría importancia a sus palabras, nadie lo celaría, nadie le haría espectáculos frente a sus amigos. La odio por ser tan frágil, por perder la consciencia antes de llegar al hospital, por no aguantar unos minutos más. Se puso de pie al tiempo que lanzaba la mesa con ambas manos. Tomó el jarrón de las flores que descansaba sobre la mesa de al lado y lo lanzó contra la ventana, se hicieron añicos. No pudo parar el llanto que vino después. Desesperación lo invadió, no debió tocarla jamás, no debió dejar que la pasión llegara a tanto. Caminó de prisa por el corredor y tomó un marco que colgaba en el justo antes de entrar a la habitación. Pasó los dedos por el contorno de su cara. Era de su quinta cita, en la foto él la rodeaba con sus brazos desde atrás y ella sostenía un gran oso entre sus manos. El oso lo había ganado para ella jugando tiro al blanco, ella insistía en que era malo y que jamás tendría su oso. Estaba equivocada, muy equivocada. De pronto recordó la pistola que guardaba en un baúl viejo que solía pertenecer a su padre. Cosas viejas que jamás había podido tirar. Alivio atravesó su rostro. Ahora sabía, cuánta razón había sido el no tirarlas.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Espejo roto


El espejo roto se recarga sobre la pared y  por milésima vez en la semana levantas la mirada para verlo. Desearías no sentirte así, desearías poder levantarte y mirarte en él, así, roto, en pedazos, quieres verte, pero algo que aún no puedes definir te jala a la cama y hace que las sábanas se prendan de tu piel. Es casi como si la cama y tú hubieran sido cosidos juntos. Te revuelves en la cama, pero moverte no se siente seguro, un movimiento en falso y habrás caído. Cierras los ojos fuertemente y te haces pequeña, acercas las rodillas y tus brazos a tu pecho, quieres que el frío se vaya para que puedas correr las cortinas de tus ojos, pero tienes miedo de que si lo haces, fuera aún sea de noche. Escuchas la lluvia ¿o la imaginas? El día es nublado. O al menos eso crees. Haces un esfuerzo consciente por enderezarte, quizás si tan sólo salieras de la cama... Con pesadez apoyas un brazo, luego el otro…espalda en la cabecera. El espejo sigue ahí. Quieres verlo, realmente quieres, pero tienes miedo. Estar así se siente raro, te sientes desprotegida, así que abrazas tus rodillas con fuerza y hundes tu cabeza en el hueco que tus brazos forman con ellas. Una lágrima cae de la punta de tu nariz. Con la manga de tu pijama la limpias. Levantas tímidamente la mirada. Sabes que jamás debiste dejar de mirar el espejo. Hace años que lo rompiste y no quisiste repararlo...hasta ahora, la verdad es que te gustaba así, con todas esas partes que le faltaban, con las figuras tan extrañas que forman los cristales rotos. Solía gustarte la forma en la que te reflejaba, como te regresaba una imagen fragmentada, una armonía que no conocías estaba escrita en aquel espejo, desde el día que se rompió y te negaste a volver a pegar los pedazos. Extrañas ver tu espejo, extrañas el espacio que le faltaba y pensar en todo lo que ahí podía ir. Ahora no sabes en qué momento decidiste escuchar a Mamá y Papá y volver a pegar todas sus partes. ¿Es que roto no se veía bien? Aún podías verte, aún servía para regresarte una imagen que te gustaba. ¿En qué momento olvidaste que roto estaba bien? Enjugas el agua que se acumula en las esquinas de tus ojos, tus pestañas están mojadas, y te paras. Das un paso y te detienes, aún hay algo que te llama a la cama, pero el espejo con todas sus partes sigue ahí, recargado en la pared y no puedes evitar pensar que se siente igual que tú, es casi como si no fuera un objeto inanimado y de inmediato le das identidad, ha dejado de ser sólo un objeto de vanidad, es algo más, y cómo a ti, tampoco le gusta lo que le has hecho. Das un par de pasos más y finalmente te detienes frente a él. Con cautela miras al frente. Una niña en pijama y con el cabello resbalando por sus hombros está de pie en el centro de la habitación. Hay algo en ella que te hace querer correr a abrazarla y sientes pena. Sientes miedo, su miedo, la observas con cuidado, puedes decir que no siempre fue así, su cara te parece familiar, cómo si la conocieras de hace tiempo, en otro lugar, bajo otras circunstancias. A través del espejo se ven los bordes donde se han pegado los pedazos faltantes. Por alguna razón que aún no alcanzas a comprender roto no era bello y bello es lo que necesitabas, o al menos eso es lo que te hicieron creer. Roto no funcionaba para ellos, los dejaste hacerlo… roto sólo funcionaba para ti. Te acercas a él y tomas el marco con ambas manos, das un paso para atrás al tiempo que lo separas de la pared. En un segundo que parece una eternidad tus dedos se abren y ves como el espejo azota contra el piso rompiéndose en mil pedazos. Algo adentro de ti se rompe. Todo a tu alrededor vuelan cristales. Levantas el espejo y una astilla se clava a tu talón haciéndolo sangrar un poco, no le prestas atención. Recargas de nuevo el espejo sobre la pared y cuando te alejas para verlo bien, ahí está, todo lo que habías estado necesitando, la imagen de la niña, la imagen incompleta y rota, rota y perfecta, justo como solía gustarte. Nada ha cambiado, la imagen en partes que te regresa te llena de una alegría vieja conocida, la comisura de tus labios empieza a curvarse hacia arriba. Alguien entra por la puerta del cuarto, es tu madre que al escuchar el sonido del espejo estrellándose contra el piso ha subido corriendo, grita al ver los cristales y las pequeñas gotitas de sangre que tu pie ha dejado sobre la madera. Tu padre entra de golpe al cuarto al escuchar el grito de tu madre, tú permaneces inmóvil observando el espejo roto. Roto funciona bien, roto es lo que quieres, roto lo que necesitas.  

sábado, 19 de noviembre de 2011

Destellos...



Casi había olvidado el sentimiento, como si de alguna manera fuese posible… los campos que discurrían a mi derecha e izquierda me recordaron al verano de hace cuatro años, ahora empezaban a secarse, pero era cuestión de estaciones, en unos meses recobrarían su verdor y sería como si por ahí no hubiera pasado el tiempo, el lugar sería el mismo, los árboles también, lo diferente seríamos nosotros, las historias, el final de todo, nosotros viviríamos y dejaríamos de existir y ese lugar que juramos se había grabado nuestros nombres, como si de alguna manera dependiera de ellos, seguiría ahí, esta vez sin nosotros. Aire olor a pasto despeinó mi cabello corto, una vez largo. Sentí que hacía años que no veía esas montañas, ahora me saludaban familiares, no me habían olvidado, ni yo a ellas. Imaginé como habría sido si se hubieran extendido interminables alrededor y me hubieran atrapado, si jamás me hubieran dejado marcharme, no intenté sacudir la idea de mi mente, parecía algo seguro imaginar, aunque no estaba segura de que tan bueno podría ser recordar. Deje a mi mente vagar y me llevó a lugares hace tiempo olvidados. El aire cada vez se volvía más cálido y con él los recuerdos cobraban vida, color, eran más que fotos desfilando frente a mí. La imagen de nosotros me hizo acordarme de mí, de cómo solía ser. Tu corriendo por el pasto, casi como si fuera en cámara lenta y yo de pie, observando, riendo… ¡qué locos estábamos! aún puedo sentir las cosquillas que se extendían desde mi estómago hasta la punta de mis dedos, los nervios detrás de mi pecho… y si cierro los ojos puedo escuchar las risas que eran mejor que el chocolate cuando estaba triste. Una camioneta pasó a mi lado, una pareja de señores grandes iba dentro… ahora eras tú quien iba en ella, ¿quién era aquella chica que manejaba a tu lado? Podría haber jurado que su cara era familiar, había algo en ella que me recordaba a mí, a mí llena de sonrisas y de vida, a mi llena de sueños, a mí sin saber manejar y creyendo que el mundo era todo mío, sólo tenía que abrir mis manos y ahí iba a estar. El mundo era nuestro para conquistar, una aventura cada día, el límite era…para que tratar de definirlo, no había límite. Nos habíamos robado un pedazo del mundo sólo para nosotros y la realidad simplemente tenía que esperar, no había espacio para ella, no había opción. Éramos los dueños del tiempo y si queríamos podíamos hacer que el día no tuviera fin y que un atardecer durara por siempre. Las estrellas suspiraban tu nombre y me contaban tus secretos, la noche era la tortura más dulce, no verte, no tocarte, sólo pensarte, esperarte, imaginarte…¿qué estarías haciendo?¿estarías dormido?...o pensando en mí como yo en ti. Eras el ladrón de mi sueño y sí, la causa de mis eternas noches y desvelos. No me di cuenta de a qué hora el sol convirtió el camino y todo lo que se extendía delante de mí en una película de oro líquido, los rayos me encandilaban y tuve que entrecerrar los ojos. Detuve el coche y me bajé. Me recargué sobre la puerta.  Estaba atrapada en una postal sepia matizada por tonos dorados. El sonido del viento me invitaba a quedarme en ese lugar por siempre. Quise detener ahí el tiempo, volver atrás unos cuantos años y verme como solía hacerlo, quise volver a ser niña. No pude. Mi cuerpo se sentía diferente y la sensación tan familiar comenzaba a marcharse al ritmo que lo hacía el sol. Conforme los tonos dorados iban dando paso a sombras me sorprendí de ver que las sombras me cautivaban de una manera distinta, era otra clase de misterio. Entonces lo vi, el día daba paso a la noche, como naturalmente debía ser, pero yo aún extrañaba el día, por muy hermosa que la noche pudiera ser… en algún momento debimos haber olvidado parar el reloj. Volví a entrar al coche y eché a andar el motor. Un suspiro escapó de mis labios como deseando hacer cesar la película. El camino se extendía frente a mí y aún faltaba un largo tramo por recorrer. No llevaba prisa, la noche era bonita y también me gustaba.      

sábado, 12 de noviembre de 2011

Arlington Street

It was as if day had suddenly been taken by night. Abduction was the only word she could think about. Where had the sun gone? 11 o ‘clock. Street lights illuminated the aged buildings around her at intervals.  The air became more and more sharp as the lapse from the moment she had left the cab to the moment in which she stood increased. She drove her coat closer to her neck as she tried to avoid a gush of wind. If it had not been for her leaving her suitcase on the floor and having a spare hand, her  beret would’ve flied directly into the black Austin Healey’s windshield.  The classic flew right next to her just before making a chirp while turning right. For a second she thought that the automobile would stop at the corner and open the passenger’s door for her to pick up her suitcase, make a race in that direction and step right in. It didn’t happen.  Instead she heard the fainting sound of the motor.  Through her face crossed a mixture of anguish and disappointment, then, nothing. Expressionless she lifted the only thing she had travelled with and resumed her walk down Arlington Street. According to the map, this was it. She was meant to board the cab, arrive to that place, and walk down that street. And yet, she did not know what she was to find or what should she do next. Ahead of her awaited a blank paper page, a book not yet written. As she walked to the sound of her own footsteps, a familiar noise kicked in… from the end of the street came the roaring of a motor followed by a pair of lights. Her fist tightened firmly as a mixture of black and light came slowly to a halt.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Recuerdo

Es casi de noche y huele a una mezcla de tierra con plantas, aire de campo se dispersa en mis pulmones, el aire no es frío ni caliente, es justo como debería ser. Aún no hay completa oscuridad, a lo lejos pueden verse nubes casi negras, un poco azules, tapando un cielo que hace unos momentos fue naranja intenso y rosa, por unos cuantos huecos aún pueden verse esos tonos y la simple vista de ello invoca una especie de melancolía, de esa que trae algo de sonrisas, algo esperado y al mismo tiempo una espina que llama al llanto, como anticipando algo que vendrá, algo que desconoces y tienes miedo de conocer...la despedida de aquel sol es una mezcla de sentimientos aún no dotados de nombre. Mis pies rozan el zacate, a partes aún verde, a partes seco, tengo que tener cuidado para que las piedras no se metan en mis guaraches. Los restos del casco de hacienda estan frente a mi, camino siguiendo el muro, esperando pronto encontrar una entrada. Cuando llego es de noche, la única luz proviene de las antorchas dispuestas en diferentes partes. La ex-hacienda se siente como hogar. A mi izquierda unas cuantas paredes están parcialmente derrumbadas, la pintura que se ha caido deja entrever el adobe. El suelo esta a partes empedrado y entre las piedras brota zacate verde. Hay más gente pero no puedo decir quienes son, pasan a intervalos a mi lado, no son muchos. Creo que una reunión está por comenzar, parezco saber de qué se trata. Enfrente de los muros derrumbados hay unos escalones y luego una muy pequeña explanada. Subo a ella y justo conforme voy a sentarme ahí, un hombre joven se acerca. El cabello me estorba, así que con mi mano lo quito de mi cara. Mi cabello, que llega justo a la altura de mis pechos, es quebrado y de un negro intenso que hace juego con mis ojos, no es exactamente suave. Me enderezo para escuchar lo que el hombre me va a decir, pongo mis manos en mis caderas, estoy usando un vestido rojo, la tela es suave, el vestido es como de manta, no es nuevo. Empiezo a escuchar su voz y estoy hablando con él. Nos conocemos. El tiene la piel morena, pero menos que la mía, su cabello alborotado hace juego con su barba y bigote desaliñados, su camisa blanca de manta deja gran parte de su pecho descubierto. Me sonrie conforme dice algo, pero estoy acostumbrada a que lo haga, así que la platica continua sin novedad. Detrás de mí hay una pared azul. Esta pared parece más nueva que las otras delante de nosotros. En la ex- hacienda no hay techo, podemos ver el cielo, pero en el cielo esta noche no hay estrellas, sólo nubes que las tapan. Nosotros estamos esperando, creo que esperamos que la reunión comience o a que nos manden a hablar, no es estoy segura. Unas par de mujeres se asoman por la entrada, las animo para que pasen, ellas también me conocen. Se acercan y comenzamos a platicar, lo que estamos por hacer es importante y puedo sentir la emoción crecer. Ya hemos estado en ese lugar antes, pero ahora es distinto, algo en el aire que se respira esta noche ha cambiado y nosotros estamos esperando, si cierro los ojos puede sentirlo, creo que aún sigo ahí esperando...

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Por el puente, una de estas noches

Tomas el último camión que sale de la central, sabes que tardarás al menos hora y media en llegar a ese punto, pero no tienes prisa, ya decidiste que es ahí a donde quieres llegar. El motor del camión se enciende y sientes el jaloneo, es un camión muy viejo. Antes de que el chofer arranque, una persona más le hace la parada…es un señor ya viejo, su pantalón de mezquilla tiene marcas de tierra, las manchas de su chamarra hacen juego con las de su pantalón. En la mano lleva una caja de fresas atada con un lazo, no ves su cara porque un sombrero de ala ancha la cubre. Los otros dos pasajeros del camión son una mujer de unos diecinueve años con una niña en brazos y un hombre joven con una cachucha y una sudadera demasiado grande para su tamaño. Ninguno ha volteado cuando te has subido. Conforme el camión avanza, eres consciente de cómo te alejas de la plaza, de sus tenues luces y del ruido que hace una bola de chiquillos parados en una de sus esquinas. Suspiras cuando doblan la esquina. Ya no tendrás que volver a ver aquella plaza, hace tiempo lugar tan ansiado, ahora otro lugar sombrío. Pasas por la esquina de tu casa, las luces de la sala aún están prendidas, te imaginas a todos sentados en la sala, la plática es amena, unos platican, otros ríen, aún no son las diez, así que la cena está por servirse. Pasan otra calle, el camino se te figura eterno, de pronto no lo notas y ahora estas entrando a la carretera, te das cuenta por las estrellas, ahora brillan más que antes… Tratas de contarlas pero son demasiadas, si tan sólo hubieras alcanzado a verlas desde otro lugar, en otro tiempo quizás, pero ya es tarde, ya no hay tiempo, el tiempo se te va. Las luces se han desvanecido y su lugar lo ha tomado la oscuridad, a ratos se vuelve más densa conforme los árboles crecen a los lados…el camión para y la mujer con la niña en brazos baja. Conforme bajan la niña despierta y de entre la cobija y el hombro de su mamá alcanzas a ver sus ojitos dormilones, con su manita te dice adiós, no te da tiempo de contestar, el camión reanuda su marcha. El aire revuelve tu cabello y sientes el fresco sobre tu  cara, has olvidado traer chamarra. Delante de ti puedes ver un puente, te levantas e indicas que bajas. Das las gracias al chofer, pero ha tenido un mal día y de mal humor murmura algo ininteligible. Te bajas. El camión arranca y te quedas parado en el camino hasta que las luces desaparecen. Una punzada de emoción alcanza tu pecho y te extrañas…a esta hora pareciese que regresaste treinta años en el tiempo. El aire es menos frío de lo que esperaste y entra filosamente en tus pulmones. Te paras en la orilla del puente, si te fijas bien en el rio, alcanzas a dilucidar una figura distorsionada, eres tú, o al menos lo que queda de ti. Las estrellas se reflejan en el agua y de pronto no son estrellas, son ojos y todos te miran a ti, esperan que des el paso, pero quieres pensar, pensar un poquito en todo, en el principio, en el final, en todo aquello que hiciste y en aquello que dejaste de hacer, en lo que no pudiste, en lo que intentaste, en lo que intentaste y fracasaste, en lo poco que lograste, en los sueños que olvidaste, en los sueños que recordaste y no lograste, en lo que quisiste, en lo que te dio miedo, en lo que no te dio miedo y arruinaste, en los que quisiste, en los que no te quisieron, en los que te quisieron y no quisiste, en las sonrisas que diste, en las que robaste, en un abrazo de papá y mamá, en un abrazo fuerte y eterno, en un beso, en una risa, en una mirada más intensa que un beso, en el tiempo suspendido, en algún lugar perdido, en una esperanza, en una desilusión, en aquellos que lastimaste, en los que ayudaste, en lo que dijiste, en lo que callaste, en los años, en decisiones, en un amigo, quizás dos, en tres momentos de esos que sólo no te dejan decir adiós, en canciones, en lugares, algunos que conociste y otros que soñaste conocer, en caras, tristes, contentas, algunas sinceras, otras intentando serlo…y de pronto ves todo, no por partes, todo y al mismo tiempo nada, sólo las estrellas que te hablan desde el fondo del río, invitándote a ser una de ellas. Estas colgado de la orilla del puente, y cada vez tus brazos se separan más de él…está haciendo frío y ya no pasan camiones, cuanta curiosidad por alcanzar una de esas estrellas…si tan sólo alguien robara tu atención por un instante, pero el camino está sólo y la noche aún es larga y tú, tú estás a nada de alcanzarlas…