lunes, 16 de marzo de 2015

Tu reflejo


Sentada en la cama miro hacia el baño y me quedo prendida de tu reflejo en el espejo. Eres cuidadoso, aún en la prisa eres cuidadoso. Untas tus mejillas de crema, la misma con la que de pequeña me gustaba jugar. Entonces comienzas a pasar la navaja con mucha habilidad formando figuras que delinean tu mandíbula y demás. Finjo que leo, pero ni yo sé qué leo. 
Te veo disimuladamente, tu cabello despeinado y esa mirada de concentración y sólo puedo pensar que te quiero, que sólo te quiero a ti y me lleno de miedo. Tengo miedo, la clase de miedo que no puedes describir... sólo sentir. 
            Quiero las horas esperando en la sala, ansiosa, al sonido de tus llaves abriendo la puerta y a que entres sacudiéndote la lluvia que tuviste que soportar para llegar aquí. Quiero tus pasos sigilosos por las noches cuando intento dormir y tu apenas comienzas a revivir. Quiero saberte sentado en el cuarto de al lado, leyendo sin descanso o escribiendo eso que quizás vas a mostrarme al rato o que quizás no, mientras yo me revuelvo en la cama cada vez más intranquila, extrañándote... Preguntándome a dónde será que tu mente ha salido a pasear esta noche. Quiero la extrañeza de despertar al olor a café y al sonido de tu voz susurrando en mi oído "despierta" seguido de mi nombre, mientras trato de arrancarme del sueño de la noche anterior, ése donde ya no eras mío, sino de ella. Deseo la incredulidad de escuchar tus carcajadas y ver que corres las cortinas y abres las ventanas de par en par para que entre el sol y el olor a primavera. Quiero sentir como fijas tu mirada y como poco a poco y sin tocarme me despojas de mi bata, de mi piel, del remolino que son mis cabellos y de las     ojeras, restos de la noche anterior. 
               Enjuagas tu cara y desapareces del espejo cuando te das la vuelta para buscar tu loción, o tu playera, o qué se yo. Mientras tanto, yo te quiero. Y paseas por el cuarto y te topas con mi mirada y sonríes a medias, sonríes sin darte cuenta...Y yo no consigo detener el hilo de mis pensamientos. Quiero las tardes de humo tirados sobre la cama, cuando trazabas círculos sobre mi ombligo y te perdías en las formas que salían de tu boca y yo en las figuras que encontraba en tu techo. Quiero la curiosidad que bailaba en tus ojos cuando yo era cocaína o heroína o alguna otra droga que se te ocurriera que querías probar. Quiero la urgencia que nos mantenía prisioneros de tu cama, de tu sofá y de tu azotea. 
        Entonces me acuerdo de las tardes encontrando imágenes en las nubes y de mi risa incontrolable, de cómo te rehusabas a soltarme y de las ganas de que mordieras mis labios. Y repentinamente quiero con ansias que me desdibujes con tus caricias y que con miradas inventemos historias felices o tristes, cualquiera de esas que por miedo no nos hemos atrevido a contar. Pero tú caminas con prisa por la habitación y en cualquier momento vas a abrir la puerta para marcharte y yo sólo consigo pensar que te quiero. 
             
                Te quiero.





domingo, 25 de enero de 2015

Regresar

Me cansé de buscarte por las calles y de mis sueños de libertad. Me cansé de paisajes desconocidos y de descifrar lenguas extrañas. Me cansé de las muecas familiares en rostros desconocidos... De la vida vertiginosa y al límite siempre y todos los días. Me cansé de correr del momento en el que vivía para llegar al siguiente en el que debía estar. De mi independencia fingida y de sus ansias por dejar de ser. Y yo no sé cómo pasó, pero de pronto tuve suficiente de hojas naranjas y cafés cayendo de las ramas de árboles secos, de trenes rápidos, de las luces que todo cubrían y volvían bello. De pensarlo cuando lo que debía hacer era guardarlo para luego... De la añoranza no tan secreta cuando finalmente había logrado alejarme... Y extrañé la melancolía que pasaba frente a mi ventana todos los días a las seis, el sabor de su café y las voces viejas conocidas que antes no podía soportar. Y así se me ocurrió que quizás no era necesario cruzar el mar, que quizás bastaban un café y un libro en algún café perdido en la ciudad ... Quizás una caminata por el lago cuando ya cae la tarde o una copa de vino en la azotea. Y ni siquiera tuve que pensarlo... Moría por regresar.



Aquí

Es el silencio el que aveces no me deja estar. Mi cabeza empieza a dar vueltas y sin que lo sospeche, de pronto empiezo a hiperventilar. Las imágenes comienzan a amontonarse, una a una, contándome una historia que se desvanece antes de empezar. Y entonces lo siento. Es un domingo por la tarde y el teléfono no suena como solía hacerlo y esa conocida ansiedad que ya había despedido, comienza a reptar por debajo de la puerta obligándome a  brincar a la cama en la esperanza de que sólo esté de paso y de que si no pienso en ella lo suficiente, se irá... Pero no pasa. 
El blanco de las paredes comienza a oscurecerse y pienso que debo estar loca, porque afuera aún es de día. Siento como mis manos quieren empezar a temblar. Abro otra caja y tomo el marco que está cubierto en periódico. Lo desenvuelvo intentando no prestar atención a la foto que hay en él, porque tengo miedo de verlo y de que si lo hago, aquel momento quede como un recuerdo de algo que solía ser y que ya no volverá. Respiro profundo. 
Entonces trato de concentrarme en la música y en las cajas que se amontonan en mi alrededor, pero no puedo. No puedo sacarme de la cabeza las palabras que flotaban en el aire cuando debía decir algo y no lo hizo, y me angustio y me da miedo y quiero salir de la casa y encontrarme con el sol y con otro día que no es hoy en un lugar que no es aquí. No pasa. 
... Sigo aquí. No puedo irme de aquí. 


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viernes, 23 de enero de 2015

El cuarto

Y sólo así, pasó. Me quedé sin alas en el momento menos indicado y cuando más las necesitaba. Diría que fue un proceso rápido y tan rápido que ni lo sentí... Pero estaría mintiendo. El tirón final fue abrupto, pero había comenzado hace tiempo. No pude hacer otra cosa más que sentarme sobre mis rodillas, mientras veía como se cernían los barrotes fríos y delgados sobre mi, hasta no dejar espacio alguno por el que yo pudiera pasar. Se escucharon los pasos de la figura que giró la manija hasta hacerla sonar y asegurarse así de que la puerta estaba bien atorada, y luego, el golpe de otra puerta. Consigo se llevó los últimos rayos de luz que se colaban por la entrada del gran cuarto, dejando tras de sí sólo una penumbra densa y muy espesa a través de la cual me costaba moverme e incluso respirar. 
           Poco a poco los sonidos del exterior fueron desapareciendo para dar lugar a un silencio casi absoluto, apenas interrumpido por mi respiración. Me acerqué a la puerta y vi que si la sacudía con bastante fuerza, seguro haría que el cerrojo se venciera y que la puerta se abriera, emitiendo un rechinado que avisaba que de nuevo, era libre... ¿Pero para qué? ¿Qué iba a hacer yo allá afuera sabiendo que en algún lugar de aquel edificio medio derrumbado estaba todo lo que me importaba, un poco irrescatable y oxidado, pero al fin y al cabo, ahí estaba. ¿Cómo alejarme sabiendo todo lo que no podría llevarme conmigo y a lo que tendría que renunciar? No sólo dejaba a las sombras de lo que una vez fue, sino que con ellas se quedaba la clave de como armar mis alas, si es que algún día las lograba recuperar. ¿Para que salir? Me costaba saber a dónde volar y sentía que, si trataba, mis alas iban a temblarme y fallarían, dejándome varada en el suelo, otra vez. Y entonces recordé que me habían quitado mis alas y que si me quedaba iba a ser para aprender a caminar sobre dos pies y dos piernas articuladas a mi cadera, así como hacen todos. Así como yo debí aprender a hacer cuando era niña.
             El aire se volvió agrio y del otro lado de la puerta juré que escuché un sollozo y que vi a una sombra curvarse en algo que debió ser dolor o desesperación y no sé porque, pero me dieron unas ganas incontenibles de ir a abrazarla y reconfortarla, pero estaba del otro lado de la puerta y no podía. Hablábamos distintos idiomas y un abrazo mío se vería como una jugarreta más, un intento de escapar. 
           ¿Qué no pueden ver? Ya no quiero escapar. Quiero ese edificio viejo y derrumbado con sus cosas oxidadas y con las sombras que en él habitan. No quiero perderme y nunca regresar. Sólo quiero de vuelta mis alas y que sin que yo tenga que pedirlo, abran esta ridícula puerta que me rehuso a romper y que me dejen salir de aquí. Quiero aprender el idioma de esas sombras y que ellas aprendan el mío y con suerte, en una de esas, crear un idioma completamente distinto que tanto ellas como yo, hablemos. 
           Me está dando sueño y el frío que mi piel sentía se cubre de un entumecimiento viejo conocido. Lentamente mis ojos se cierran y en la lejanía creo escuchar de nuevo el cerrojo, pero no me emociono. Uno a uno mis dedos se entumen y así, sin más, mi respiración se vuelve acompasada, como si la angustia nunca hubiera existido, como si jamás hubiera habido opción. 




jueves, 1 de enero de 2015

Una especie de revelación

Despierto con la sensación de haber pasado cien noches en vela, sin cerrar los ojos ni un instante y habiendo, finalmente, dormido una noche completa. Mis pies ya no duelen y mis piernas han recuperado su contorno habitual. Debajo de mis ojos ya no se dibujan las medias lunas moradas azuladas que daban la sensación de que hacía tiempo que la vida que me quedaba se había ido para sustituirse por el mero ir y venir de un cuerpo que ya no sabía si vivía o que pasaba mientras hacía eso. 
      Las ganas de asomarme por la ventana para ver la primera nevada se vieron envueltas en una sensación mezcla de llanto y felicidad con fuertes tintes de añoranza cuando descubrí pequeños copos de nieve, cayendo muy delicadamente, para formar la escena más bella que había visto en el último mes.
        Tejado a tejado, todos se encontraban cubiertos por una gruesa capa de nieve que se me antojaba suave y comible. Los árboles, ya sin hojas, eran mezcla de café y blanco con delicados témpanos de hielo estirándose desde algunas de sus ramas. La luz, que se reflejaba en ellos haciéndolos brillar, comenzó a tibiar algo en mi interior y de pronto lo sentí. 
         Sentía todo a lo que ya me creía inmune y la sensación era una de asfixia, pero simultáneamente me parecía que entraba más del aire que mis pulmones podían soportar y yo creo que si la escena no hubiera sido tan bella y entrañado tanta tranquilidad, en ese preciso momento me vuelvo loca y acabo recluida en algún psiquiátrico del otro lado del mar. Pero no pasó. Mis ojos parecían no alcanzarme para verlo todo al mismo tiempo ... El humo saliendo de la chimenea algunas casas más adelante, la niña en los columpios a la que mecía su papá, los pájaros sobre los cables de la luz y el cielo blanco espeso como queriendo iluminarse y sin poder hacerlo del todo...
          La urgencia es insoportable. Necesito llegar al otro lado del mar.

sábado, 18 de octubre de 2014

Ladrona de momentos


Siempre tuve dudas acerca de lo que quería de la vida. Constantemente, todo era un remolino que se calmaba en los ratos menos esperados, sólo para volver con más fuerza y trayendo consigo las dudas de siempre pero más revolcadas con cada regreso. 
Yo era un lío, pero un lío que podía respirar porque finalmente tenía claro algo de lo que era y un par de cosas que no era. No era olor a Chanel, no era un saco de mangas hasta medio brazo, tampoco era libros de medicina, ni despertadores a las seis de la mañana y de nuevo a las seis con veinte. No era amaneceres ni un calendario repleto de eventos a los que tratar de ir. No era abrazos fáciles, ni palabras tranquilas. No era varias cosas que creí que era y que hasta ahora me cuesta aceptar que no soy. Era todo lo que sobraba entre eso que no era, y de eso, vaya que sabía poco. 
Y así transcurrían mis días entre un estupor que se parecía a sueños, con la misma pesadez colgando de mis párpados y un despertar que se asemejaba más al éxtasis sin razón que, dicen, producen ciertas sustancias en el cuerpo...en esas tribulaciones andaba, cuando sucedió. 
Era uno de esos días donde en medio de la prisa necesitas aire para hacer que la vida no vaya tan deprisa, donde a pesar de los quehaceres, tienes que parar y des acelerar, incluso si lo que pretendes es cumplir con el trabajo que te solicita el día a día. Necesitaba un freno para poder encargarme de lo que vendría en los siguientes días y para mí eso significaba una escapada a aquel café en compañía de mis papeles y alguna otra cosa para leer que no tuviera que ver con hoy, pero sí todo con mañana. Me empeñaba en creer que estar ahí me volvía más productiva y menos dispersa de lo que solía ser, y sin embargo, desde el principio supe que era una excusa más para postergar lo impostergable, porque era justo en aquel lugar donde el estupor me abandonaba un poco y donde mi mente comenzaba a hilar las ideas más inverosímiles y a encontrar vertientes un tanto escondidas a los pensamientos de siempre. Me gustaba divagar y lo hacía a diario, pero había algo distinto en aquel lugar. Ahí las divagaciones pasaban de ser lo que eran a ser algo tangible y con sentido. Cobraban dirección y dirección era lo que a mi, más que nada, me faltaba.
Llevaba poco más de una hora y un café y medio después, ya había terminado de leer unas cuantas hojas. El sueño me estaba ganando y en más de una ocasión dejé que mis ojos se cerraran. Casi caigo víctima a la tentación de rendirme en la calidez de aquel lugar y del sillón que ya empezaba a llamarse mío, cuando él entró. No era la clase de persona que hubiera llamado mi atención inmediatamente o que me hubiera hecho voltear por instinto. Por la esquina de mis ojos, vi la silueta de su figura acercarse al mostrador. No escuché lo que dijo, pero sus murmullos se siguieron de una risa que fue poco menos que carcajada y que inmediatamente alteró el ambiente del lugar. No sólo lo digo por lo que sentí... Pero por la rubia despampanante sentada frente a mi, que volteó y le dirigió una de sus mejores sonrisas. 
El hombre debió pasar frente a mi, pero yo estaba de nuevo sumergida en mis papeles, sin verlos y tratando de identificar las letras de la canción que salía de las bocinas en aquel momento. Cuando finalmente lo logré y terminé de anotar en una esquina del papel las palabras que había identificado, voltee al frente. Más allá de la puerta de cristal, estaba el hombre del mostrador. Se había sentado con una mujer de cabello largo, cuya cara nunca vi y ahora platicaban. Dejé a mis papeles descansar sobre mis piernas y lo miré. 
Debía estar entrado en los cuarenta años. Tenía cabello oscuro y a los lados comenzaban a dejarse ver unos cuantos cabellos grises. Las entradas, aunque no grandes, más pronunciadas de lo normal. No era atractivo. Tenía una nariz un poco aguileña y sus ojos eran pequeños. Creo que incluso podría decir que era algo feo y sin embargo había algo acerca de él que encantaba. Por un momento volteó y me apresuré a tomar mi café, tratando lo mejor que pude de disimular y en mis intentos casi lo derramo sobre la mesa.
Después de unos minutos y como tratando de no ver, volví a voltear. 
Me sentía como una espía y de nuevo me invadió esa sensación familiar de hacer algo que no debía, algo emocionante... Me robaba un momento que no era mío. "Ladrona de momentos" pensé. Y sentí un calor reconocible recorrerme e incendiar mis mejillas. Era una niña otra vez y los papeles sobre mis piernas pesaban como piedras que ya no quería cargar. El hombre de ojos pequeños encendió un puro y sus manos se movieron de la manera más grácil posible, mientras relajadamente se recargó sobre su silla e inspiro lentamente. Era como si con esos gestos cobrara completo control sobre la situación y al mismo tiempo, misteriosamente, se entregara a lo que fuera que venía. El momento era suyo y él era del momento y todo sucedía tan sutilmente... Nada de esfuerzo, no había batalla que librar. La guerra había pasado y él había salido de ella. No ileso... Porque había algo en su mirada, como una melancolía feliz, pero había sabido sobrellevar los resultados y había conseguido dominar y dejarse dominar y aquello sin perderse del todo, porque tiempo atrás ya se había perdido. Y ahí estaba yo, como embobada. Hipnotizada por las líneas de expresión de su boca que se hacían más profundas al sonreír después de escuchar las palabras de la mujer. Otra bocanada de humo. Su ceño alegre y despreocupado cobró un aire pensativo y por un momento se vio más viejo cuando frunció el ceño. Cruzó el tobillo sobre su rodilla y fijó la mirada en algo que ninguno de los que estábamos ahí podíamos ver. Yo me moría por saber que sería eso que veía y creo que si hubiera volteado en mi dirección habría descubierto mi papel de espía encubierta. 
Mientras guardaba silencio traté de asomarme a sus ojos y no supe que encontré. Era como si fuera un libro en blanco y sin embargo un libro que cuenta mil historias. Traté de imaginar cómo sería su vida. Empecé imaginando como habría sido su día antes de llegar a ese café... pero todo era borroso. Traté de imaginar en qué trabajaría y como no resultó, mejor empecé a imaginar todos los trabajos que ya había tenido. Quise imaginar a su familia, pero sólo no había familia que imaginar. Entonces pensé en quien sería si decidiera adoptarlo como parte de la mía. Mi papá vino en primer lugar, pero aún era joven para ser mi papá y no había manera de que ese hombre intentara contarme cuentos antes de dormir. Entonces imaginé que fuera mi tío. Sí, podía ser mi tío, el más joven de todos. Ése que a pesar de sí era parte de la familia y que guiñaba su ojo a mi cada que yo hacía algo malo y él tenía que regañarme. Me hubiera encantado que guiñara su ojo, pero no lo hizo. Entonces dejó de ser mi tío. Traté de imaginar sus romances y la serie de amantes que habría tenido hasta que llegó la mujer que no era la que estaba sentada frente a él, pero que era ésa a la que en secreto extrañaba y con la que no estaba ni iba a estar. Sentí ganas de conocerla... Seguí en mis intentos infructuosos de atribuirle una vida, pero nada era suficiente y nada parecía resonar del todo con quien era y con sus ademanes y sonrisa fácil, pero dolorida.
Decidí que como niño sería más sencillo verlo y sí, en efecto, lo vi. Lo vi de espaldas jugando sólo con un tren en el patio de su escuela. Vi su cabello despeinado y escuché los sonidos que salían de su boca imitando a una locomotora. Entonces me sentí satisfecha, porque aunque nunca vi su cara, sabía que ése sí era él. Ésa era la única imagen real de ese hombre que podía ser dueño de cualquier vida y que al mismo tiempo pertenecía a ninguna. 
La gente empezaba a voltear y decidí que debía irme ya. Había descifrado lo que quería de la vida y lo que quería lo había encontrado él. No debía arriesgarme a escucharlo hablar, ni a que por mi curiosidad intentara hablarme. Lo había visto y eso era suficiente. 
Guardé mis cosas y salí a la carrera de aquel lugar. Casi corriendo y sin voltear atrás. Debí pasar horas pensando en él después de aquel día, hasta que lo decidí. Durante meses regresé a la mismo hora por mi café. Veía por encima de mis papeles a la mesa más allá de la puerta de cristal, deseando verlo ahí sentado, pero secretamente, deseando con más ahínco que ese día en particular no se apareciera. Llegaba la hora a la que cerraban el café y yo salía con una sonrisa de melancolía feliz. 
El hombre nunca regresó. Yo dejé de ir al café. 
Y sin embargo, todavía hoy lo recuerdo y cada que algo importante pasa o tengo que decidir algo grande, pienso en él, en sus ojos pequeños y en lo que él haría si fuera dueño de todo y al mismo tiempo, de nada. 




Un cuello


Conozco esa sensación. Conozco esas ganas imperdibles que tienes y a las que aún no acabas de definir. Las he sentido en las horas de desamparo y cuando la vida se cierne sobre mi cabeza... Cuando amenaza con extinguir el ardor que me hace no hacer lo que tantas veces ha paseado por mi mente. Ya. No me lo tienes que contar. Suficiente es vivirlo como para además tener que esmerarte por hacerlo más consciente... obligarlo a tomar forma de palabras y todo mientras aprietas fuerte la uña de tu pulgar contra la piel de tu índice e, inevitablemente, te lo reconoces. No es necesario que obligues a la curvatura de tus labios, que quiere permanecer recta o desfigurarse en maneras todo menos favorecedoras, a parecerse a la sonrisa que piensas puede complacer... Como si esa mueca fugaz fuera a ordenar el caos que te atraganta... Como si tú y yo pudiéramos complacernos con hipocresías y caricias no genuinas que tratan de acomodar lo inacomodable. "Hipocresías" ... Qué palabra tan fuerte. Tanto que hasta creo que de leerla vas a querer encerrarte y no hablarme... no dejarme mirar a tus ojos que son los únicos que pueden contarme tu verdad. Ya sé que no debería hablarte así, pero es que quiero sacudirte, quiero romper el ritmo y que mis palabras sean más que un eco. ¿Entiendes? 
No sé cuanto tiempo habrá pasado desde la última vez, porque ni recuerdo lo que pasó, ni a las palabras, ni a las personas, pero sí recuerdo. Recuerdo esa sensación y sólo se me ocurre describirla como querer esconderme en un cuello. Exactamente de esa manera. Me quería esconder en un cuello. No sé si para recuperarme o para poder abandonarme sin tanto miedo y sintiendo que estaba en un lugar donde la tormenta no iba a pegar tan fuerte. Quería sentir el calor y tener algo tangible que me rodeara que hubiera escogido yo y que no hubiera llegado sin yo esperarlo. Necesitaba con urgencia un cuello que pudiera acogerme como yo había dejado de hacerlo. Pero no podía ser cualquier cuello, necesitaba de un cuello que pudiera hablar pero que escogiera no hacerlo y no porque no quisiera, sino porque no lo necesitara... Porque así, con asomarse en aquella cara de sonrisa absurda, supiera que era un cuello lo único que iba a hacer que pudiera perderme o encontrarme. No sonrisas, no palabras intentando darle sentido a algo sin pies y sin cabeza, sólo un cuello que tomara el ángulo justo en el momento indicado, que supiera que era lo que necesitaba cuando ni siquiera yo lo sabía. 
Y así, la sensación no se va, pero a veces cede un poco con un cuello, su cuello.