Y sólo así, pasó. Me quedé sin alas en el momento menos indicado y cuando más las necesitaba. Diría que fue un proceso rápido y tan rápido que ni lo sentí... Pero estaría mintiendo. El tirón final fue abrupto, pero había comenzado hace tiempo. No pude hacer otra cosa más que sentarme sobre mis rodillas, mientras veía como se cernían los barrotes fríos y delgados sobre mi, hasta no dejar espacio alguno por el que yo pudiera pasar. Se escucharon los pasos de la figura que giró la manija hasta hacerla sonar y asegurarse así de que la puerta estaba bien atorada, y luego, el golpe de otra puerta. Consigo se llevó los últimos rayos de luz que se colaban por la entrada del gran cuarto, dejando tras de sí sólo una penumbra densa y muy espesa a través de la cual me costaba moverme e incluso respirar.
Poco a poco los sonidos del exterior fueron desapareciendo para dar lugar a un silencio casi absoluto, apenas interrumpido por mi respiración. Me acerqué a la puerta y vi que si la sacudía con bastante fuerza, seguro haría que el cerrojo se venciera y que la puerta se abriera, emitiendo un rechinado que avisaba que de nuevo, era libre... ¿Pero para qué? ¿Qué iba a hacer yo allá afuera sabiendo que en algún lugar de aquel edificio medio derrumbado estaba todo lo que me importaba, un poco irrescatable y oxidado, pero al fin y al cabo, ahí estaba. ¿Cómo alejarme sabiendo todo lo que no podría llevarme conmigo y a lo que tendría que renunciar? No sólo dejaba a las sombras de lo que una vez fue, sino que con ellas se quedaba la clave de como armar mis alas, si es que algún día las lograba recuperar. ¿Para que salir? Me costaba saber a dónde volar y sentía que, si trataba, mis alas iban a temblarme y fallarían, dejándome varada en el suelo, otra vez. Y entonces recordé que me habían quitado mis alas y que si me quedaba iba a ser para aprender a caminar sobre dos pies y dos piernas articuladas a mi cadera, así como hacen todos. Así como yo debí aprender a hacer cuando era niña.
El aire se volvió agrio y del otro lado de la puerta juré que escuché un sollozo y que vi a una sombra curvarse en algo que debió ser dolor o desesperación y no sé porque, pero me dieron unas ganas incontenibles de ir a abrazarla y reconfortarla, pero estaba del otro lado de la puerta y no podía. Hablábamos distintos idiomas y un abrazo mío se vería como una jugarreta más, un intento de escapar.
¿Qué no pueden ver? Ya no quiero escapar. Quiero ese edificio viejo y derrumbado con sus cosas oxidadas y con las sombras que en él habitan. No quiero perderme y nunca regresar. Sólo quiero de vuelta mis alas y que sin que yo tenga que pedirlo, abran esta ridícula puerta que me rehuso a romper y que me dejen salir de aquí. Quiero aprender el idioma de esas sombras y que ellas aprendan el mío y con suerte, en una de esas, crear un idioma completamente distinto que tanto ellas como yo, hablemos.
Me está dando sueño y el frío que mi piel sentía se cubre de un entumecimiento viejo conocido. Lentamente mis ojos se cierran y en la lejanía creo escuchar de nuevo el cerrojo, pero no me emociono. Uno a uno mis dedos se entumen y así, sin más, mi respiración se vuelve acompasada, como si la angustia nunca hubiera existido, como si jamás hubiera habido opción.
La antítesis del penúltimo párrafo fue lo que más disfruté de esta entrada.
ResponderEliminarGracias.
ResponderEliminar