Parece que fue ayer cuando el
viento cantaba entre las hojas verdes de los árboles y la noche olía a una
mezcla de tierra y de rocío. Aún recuerdo sentir como el calor me besaba buenas
noches al aparecer la luna, pero no para siempre, sólo mientras duraba la
oscuridad, sólo por algunas horas. Ahora las hojas cafés y un poco rojas descansan
sobre la tierra ya seca y falta de flores. Puedes escucharlas murmurar
recuerdos de tardes de primavera con cada paso que das sobre ellas. A veces sus
voces suelen ser muy fuertes y mientras más corres, más imposible se vuelve
hacerlas callar. A veces quieres hacerlas callar, pero ¿qué sería de Otoño sin
los tonos dorados, cafés y a veces rojizos que tapizan los árboles anunciando
que muy pronto ha de terminar? Y el sentimiento que te invade es uno sin igual
con ganas inmensas de huir entre recuerdos o lejos de ellos. La primera hoja
comienza a caer. Poco a poco ondea por el viento esperando ser atrapada entre
las ramas que inevitablemente, también y a su momento, se desnudarán. Ninguna rama
escucha sus súplicas y entonces deja de intentar, lanzándose en una caída libre
en cámara lenta. Inevitable y hermosa. Las tardes se sacuden de sol y se cubren
de viento y cambias los paseos en bicicleta por caminatas por el parque
cubierta de sombrero y quizás abrigo. Y de repente, cuando menos te das cuenta,
las hojas caen a tu alrededor como una tormenta inminente e imparable y se
llevan todas las fotos que hasta entonces habías colgado de los árboles,
dejando sólo ramas secas que a veces hasta parecen muertas. Tardes y más noches
y ahora caminas por el parque de nuevo. A tu derecha e izquierda ves árboles
que parecen muertos a falta de verde, pero tú sabes que es sólo una fachada y
que uno de estos días, ella también ha de pasar. Y entonces la ves. Frente a ti
y a unos tres árboles de distancia, justo a la mitad, la última hoja del
parque. El viento te susurra en el oído y tus ojos se humedecen al mismo tiempo
que sientes como tu piel se enchina. Te envuelves aún más en tu abrigo, pero no
dejas de observar. Las voces del viento se vuelven más fuertes y, con pesar, ves
como su canción alcanza a esa última hoja sobre aquel, una vez hermoso, árbol. Y
entonces se desprende, esta vez sin ningún intento de parar y en segundos que
parecen una eternidad baila por el aire dando piruetas especialmente para que
tus ojos puedan ver. Y así, sin más, cuando más hermoso era su baile, toca el
suelo. Otoño ha terminado.
*
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