sábado, 1 de diciembre de 2012

Otoño ha terminado


Parece que fue ayer cuando el viento cantaba entre las hojas verdes de los árboles y la noche olía a una mezcla de tierra y de rocío. Aún recuerdo sentir como el calor me besaba buenas noches al aparecer la luna, pero no para siempre, sólo mientras duraba la oscuridad, sólo por algunas horas. Ahora las hojas cafés y un poco rojas descansan sobre la tierra ya seca y falta de flores. Puedes escucharlas murmurar recuerdos de tardes de primavera con cada paso que das sobre ellas. A veces sus voces suelen ser muy fuertes y mientras más corres, más imposible se vuelve hacerlas callar. A veces quieres hacerlas callar, pero ¿qué sería de Otoño sin los tonos dorados, cafés y a veces rojizos que tapizan los árboles anunciando que muy pronto ha de terminar? Y el sentimiento que te invade es uno sin igual con ganas inmensas de huir entre recuerdos o lejos de ellos. La primera hoja comienza a caer. Poco a poco ondea por el viento esperando ser atrapada entre las ramas que inevitablemente, también y a su momento, se desnudarán. Ninguna rama escucha sus súplicas y entonces deja de intentar, lanzándose en una caída libre en cámara lenta. Inevitable y hermosa. Las tardes se sacuden de sol y se cubren de viento y cambias los paseos en bicicleta por caminatas por el parque cubierta de sombrero y quizás abrigo. Y de repente, cuando menos te das cuenta, las hojas caen a tu alrededor como una tormenta inminente e imparable y se llevan todas las fotos que hasta entonces habías colgado de los árboles, dejando sólo ramas secas que a veces hasta parecen muertas. Tardes y más noches y ahora caminas por el parque de nuevo. A tu derecha e izquierda ves árboles que parecen muertos a falta de verde, pero tú sabes que es sólo una fachada y que uno de estos días, ella también ha de pasar. Y entonces la ves. Frente a ti y a unos tres árboles de distancia, justo a la mitad, la última hoja del parque. El viento te susurra en el oído y tus ojos se humedecen al mismo tiempo que sientes como tu piel se enchina. Te envuelves aún más en tu abrigo, pero no dejas de observar. Las voces del viento se vuelven más fuertes y, con pesar, ves como su canción alcanza a esa última hoja sobre aquel, una vez hermoso, árbol. Y entonces se desprende, esta vez sin ningún intento de parar y en segundos que parecen una eternidad baila por el aire dando piruetas especialmente para que tus ojos puedan ver. Y así, sin más, cuando más hermoso era su baile, toca el suelo. Otoño ha terminado.  

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