Secretos. Como los que cuentas a tu almohada antes de cerrar
los ojos…como los que piensas mientras caminas por la avenida de regreso a tu
casa, cansado, sudado y con hambre. Secretos como los que te cuentan los ojos
de aquella niña en la combi o la sonrisa del viejo que sonríe cuando parece que
no tiene nada por qué sonreír. Secretos de esos son los que yo guardo. Bajo las
luces del metro y asomándose por mis pupilas, tratan de escapar. Se escurren
por mis labios de noche e incendian mi cuarto, pintan sobre las paredes tonos
rojos y anaranjados que contrastan con lo negro del silencio. Uno a uno me envuelven desde mis uñas hasta cada uno de mis cabellos y me sonríen, mitad con
compasión, mitad con malicia. Y el fuego que arde a mí alrededor me quema y
calienta mi piel fría y entumida por el aire que se cuela por la ventana. Y sin
quererlo y queriendo, respiro cada palabra que nunca dije hasta que cada una de
ellas atraviesa mi tráquea y termina ardiendo en mis pulmones, casi tocando eso
que llaman corazón. Y lo tientan y lo incitan un poco con deseos de invadirlo,
otro tanto con miedo de despertarlo. Tomo los secretos que ahora bailan al son
de las llamas por todo mi iris en ambos ojos y los empujo hasta que llegan más allá
de los huesos de mis órbitas. Entonces aprieto fuerte mis ojos esperando que
amanezca para que no sean más que una sombra en lo negro de mi pupila. Secretos
como esos con los que sueñas, como aquellos que, aunque quieres, no vas a contarme.
De esos mismos secretos, muero.
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