viernes, 23 de marzo de 2012

Un sueño que no parecía sueño

Anoche tuve un sueño. No estoy segura de en donde empezó. Quizás en Guanajuato. Tengo el recuerdo de yo corriendo descalza y con mucha prisa para llegar a un lugar. Iba rumbo a la Alhóndiga, pero era otra Alhóndiga. Unos hombres empezaron a decirme cosas y los ignoré, pero colmaron mi paciencia y hablaban de cómo no los escuchaba y estaba sorda. Me cansé y entonces, a pesar de llevar mucha prisa, me detuve, di media vuelta y les dije que había escuchado todo lo que habían dicho, pero como me parecían personas poco interesantes había decidido ignorarlos. En mi sueño me sentí malvada, pero en una manera extraña, me gustó. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en una mansión en el borde de un acantilado, primero era el mar, luego ya no era el mar, sino un lago. Todos estaban mojados y no logro recordar porqué es que se habían caído. Recuerdo cuando un niño pequeño caía al agua, tendría unos diez años. Yo corría por las escaleras para ir a salvarlo. Era consciente de lo mucho que estaba tardando en bajar y que muy probablemente cuando bajara, el ya se habría ahogado o la caída, de unos cuarenta metros, lo habría matado. Antes de eso, cuando el lugar aún estaba sobre el acantilado y cerca del mar, las olas eran enormes y de pronto estábamos en una colina de arena, cuya base no se dilucidaba por encontrarse cubierta de agua salada. Yo estaba parada frente al cofre e intentando empujarlo cuesta arriba. Tengo el recuerdo de que dentro, se encontraba uno de mis amigos, no estoy segura de cual. Las olas llegaban y eran enormes, pero aún no me tocaban. Llegó el punto en el que por el peso de la camioneta, mis pies estaban en el agua. Las olas que entonces llegaron eran tan fuertes, que tuve que sujetarme del cofre de la camioneta para que no me llevara. Accidentalmente abrí el cofre, así que con cada ola, el cofre subía y bajaba y yo también lo hacía mientras permanecía agarrada a él. La manera angustiante en la que me llevaban las olas, no lo era tanto. La sensación que tenía era como si las olas fueran muy violentas, pero la imagen era de yo, flotando en el agua al vaivén del cofre, casi en cámara lenta, tan lento que podía ver mi pelo flotando a mí alrededor y a través del parabrisas, al hombre que se encontraba en el asiento del conductor. Cuando la marea bajaba, yo pedía ayuda para empujar la camioneta hacia arriba y así evitar que se fuera al fondo del mar. Entonces sucedió lo del niño que cayó al agua. No supe qué pasó con ese niño. Cuando llegué abajo, ya había olvidado por qué había bajado en primer lugar. Me guiaban a mi nuevo departamento, que estaba casi a nivel del mar. Era pequeño y poco iluminado, había humedad por todas partes y a pesar de ser tétrico, no se sentía así. En el departamento, casi en la entrada, había una tarja grande con una tarja un poco menor dentro. Era de mi mascota. Mi mascota era una especie que no he visto en ningún otro lugar. Era como un puerquito muy pequeño, como de veinte centímetros y con una piel como la de una foca. Era mucho más expresivo que cualquier otro animal que haya conocido. Sabía con certeza lo que sentía y lo que pensaba. Si me iba, cuando regresaba, no bastaba con tomarlo en mis brazos para que dejara de llorar. Tenía que cargarlo con mucho cariño, arrullarlo, dejar que se acurrucara y hablarle. Después de un rato sus lágrimas dejaban de fluir y se quedaba dormido. Recuerdo que le encantaba nadar, por eso, en la tarja más grande, había agua helada. Su casa era como una pequeña isla en medio del mar, que era la tarja grande y azul. Lo siguiente que recuerdo es estar en un departamento de dos pisos. Yo y mucha más gente, creo familia, estábamos en la sala. El cuarto que se encontraba justo subiendo las escaleras y frente a la sala, tenía una puerta hecha por una sábana cortada en numerosas tiritas. Cuando menos me di cuenta, María, mi hermanita pequeña, estaba entrando a él. Mi mamá me explicaba que ella no quería, pero que ahora no era dueña de sí misma y no le quedaba más que obedecer. Me asomaba al cuarto y había un hombre, un hombre o adolescente, un poco amorfo y al cual no pude calcularle la edad, no era particularmente feo y sin embargo era feo. El controlaba a mi hermanita. Ella pedía ayuda porqué ya estaba cansada de obedecer. Mis papás buscaban una solución, pero en el fondo estaban tranquilos. No había prisa en su actuar. María caminaba sobre una caminadora, cuya banda giraba más deprisa cada vez. Ella estaba exhausta, sus piernitas ya no querían responderle y le pedían que parara. El hombre, parado junto a ella reía y hacía que la banda fuera más deprisa cada vez. Pude ver cómo, en un punto, sus piernitas se vencieron y María salió disparada. Su vuelo fue interrumpido por la pared a su espalda. Cayó al suelo lastimada. Sentí mucho coraje de que él pudiera controlarla así, así que busqué en mi mente y decidí que teníamos que hacer dos ritos, uno usando crucifijos y lo que la Iglesia siempre hace en esos casos, otro usando mis piedras de energía, mis cuarzos. Yo ofrecía los que siempre cargo conmigo, segura de que tenían la energía suficiente para liberar a Marisa de esa energía, cualquiera que fuera. El plan estaba hecho, yo entraba a la habitación y atacaba al hombre - cosa que estaba levantando a María, pedía los crucifijos, pero en la sala, todos se habían entusiasmado con la conversación y nadie me los pasaba, gritaba, pero no escuchaban. Recuerdo el dolor en la garganta, como esos que daban cuando de pequeña gritas a media noche desde tu cama por tus papás y tus papás sólo no escuchan. Justo cuando sentía que todo estaba perdido, en la entrada apareció mi mamá con un crucifijo. Todo parecía estar yendo de maravilla, Marisa sería libre en cualquier momento. Mis papás la jalaban y ella sentía que su mente había sido liberada. Justo en ese momento, aparecían extraños. Personas que yo no conocía, pero que al parecer, conocían muy bien al hombre contra el cual yo peleaba. Estaban ofendidos y pedían que esto se arreglara como era debido. Yo les pedí que no se metieran, que era un asunto entre nosotros dos. Entonces ellos me recordaban que el asunto era entre él y mi hermana y yo me había metido, así que no me quedó más que aceptar. Eran un grupo de hombres y mujeres, que aunque parecían normales, yo sabía que no lo eran tanto y estaba segura de que tenían ventajas que yo desconocía. En el baño de mujeres, yo hablé con unas cinco de las chicas que formaban el grupo, insistieron en que eran más vulnerables en grupo, porque les costaba organizarse. Supe que era cierto. Entonces temí que estaría más preocupada por lo que pudiera pasarle a los demás que por lo que teníamos que hacer. Era una batalla a muerte. Ahora me dirigía a un estadio enorme de futbol. El campo tenía muchas colinas y estaba rodeado por multitud de personas que entusiastas gritaban. Recuerdo cómo había dos grupos de personas, mi gente aguardaba del lado izquierdo. Yo venía bajando por una de las colinas para dirigirme a ellos y junto a mi iba un hombre alto y de piel clara. En su mirada había algo de nervios, pero fortaleza, no era miedo. No me veía directamente, pero si hablaba conmigo. Sabía lo terrible que él pensaba que era todo esto y recuerdo que sentía pena por nosotros. Yo tenía miedo. Conforme bajábamos el tomaba mi mano y yo apretaba la suya. Pude sentir el sudor, creo que venía de los dos. Lo extraño es que él iba a pelear contra mí y yo debía hacerlo contra él. Casi conforme llegábamos, el me volteó a ver y dijo, como susurro “Todo va a estar bien”. ¿Cómo iba a estar bien si él y yo teníamos que despedazarnos el uno al otro? De pronto yo estaba reunida con mi gente y compartíamos trocitos de piña y cerezas en almíbar para obtener energía, algunos también pasaban almendras. Parecíamos jugadores de americano animándonos y preparándonos mentalmente para el juego. El que nos organizaba era Bruno, un amigo que juega americano. Estaba tan seguro de nuestra estrategia que contagiaba su emoción. A unos cuantos metros, nuestros contrincantes también se preparaban para el juego. Ellos no comían trocitos de piña en almíbar. En lugar, formaban un círculo donde cada uno extendía su brazo derecho mientras que con el izquierdo sostenían el brazo de la persona a su izquierda y lo mordían. Su energía venía de la sangre, pero no eran exactamente vampiros. La competencia estaba por empezar, la gente gritaba de emoción y del otro lado del campo, este extraño me observaba. Un extraño que me había tomado de la mano deseando protegerme y que ahora tendría que atacarme. ¡Cuánta confusión! A través de un micrófono, la voz de una mujer comenzó a hablar y parecía que se disponía a explicar el juego. Recordé que tenía muchas ganas de ir al baño y corrí antes de que empezara la competencia. Acababa de bajarme los pantalones cuando escuché el pitido de un silbato. ¡No era posible! ¿Cómo habían empezado sin mí? Imaginé las personas que ya habrían caído, ¿serían muchas? ¿Quiénes serían? ¿Estaríamos en mucha desventaja? Mientras pensaba en esto trataba de hacer pipí, pero mi cuerpo estaba paralizado escuchando lo que sucedía en el exterior. Entonces me dio miedo pensar que quizás alguna de las chicas del otro equipo me había visto entrar al baño y me seguiría, donde acabaría con mi vida y yo no tendría ninguna ventaja por ser un espacio tan cerrado. Después de todo, mientras fuera dentro del estadio, todo el espacio estaba permitido. Sentí miedo. Como por arte de magia, recordé que si me levantaba de mi cama e iba a sentarme en la tasa del baño, entonces mi cuerpo ya no estaría paralizado. Salí por la puerta del baño y procuré no voltear al campo, mientras con cautela y tratando de no atraer atención, removía las cobijas sobre mi cuerpo y pisaba la alfombra de mi cuarto, primero mi pie derecho, luego el izquierdo. Una vez en el baño y sentada sobre la tasa, mi cuerpo dejó de estar paralizado y entonces con alivio reconocí que aquella épica batalla que estaba comenzando, tendría que esperar… por lo menos hasta la noche siguiente. 

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