Me cansé de buscarte por las calles y de mis sueños de libertad. Me cansé de paisajes desconocidos y de descifrar lenguas extrañas. Me cansé de las muecas familiares en rostros desconocidos... De la vida vertiginosa y al límite siempre y todos los días. Me cansé de correr del momento en el que vivía para llegar al siguiente en el que debía estar. De mi independencia fingida y de sus ansias por dejar de ser. Y yo no sé cómo pasó, pero de pronto tuve suficiente de hojas naranjas y cafés cayendo de las ramas de árboles secos, de trenes rápidos, de las luces que todo cubrían y volvían bello. De pensarlo cuando lo que debía hacer era guardarlo para luego... De la añoranza no tan secreta cuando finalmente había logrado alejarme... Y extrañé la melancolía que pasaba frente a mi ventana todos los días a las seis, el sabor de su café y las voces viejas conocidas que antes no podía soportar. Y así se me ocurrió que quizás no era necesario cruzar el mar, que quizás bastaban un café y un libro en algún café perdido en la ciudad ... Quizás una caminata por el lago cuando ya cae la tarde o una copa de vino en la azotea. Y ni siquiera tuve que pensarlo... Moría por regresar.
"Do not go where the path may lead, go instead where there is no path and leave a trail." Ralph Waldo Emerson
domingo, 25 de enero de 2015
Aquí
Es el silencio el que aveces no me deja estar. Mi cabeza empieza a dar vueltas y sin que lo sospeche, de pronto empiezo a hiperventilar. Las imágenes comienzan a amontonarse, una a una, contándome una historia que se desvanece antes de empezar. Y entonces lo siento. Es un domingo por la tarde y el teléfono no suena como solía hacerlo y esa conocida ansiedad que ya había despedido, comienza a reptar por debajo de la puerta obligándome a brincar a la cama en la esperanza de que sólo esté de paso y de que si no pienso en ella lo suficiente, se irá... Pero no pasa.
El blanco de las paredes comienza a oscurecerse y pienso que debo estar loca, porque afuera aún es de día. Siento como mis manos quieren empezar a temblar. Abro otra caja y tomo el marco que está cubierto en periódico. Lo desenvuelvo intentando no prestar atención a la foto que hay en él, porque tengo miedo de verlo y de que si lo hago, aquel momento quede como un recuerdo de algo que solía ser y que ya no volverá. Respiro profundo.
Entonces trato de concentrarme en la música y en las cajas que se amontonan en mi alrededor, pero no puedo. No puedo sacarme de la cabeza las palabras que flotaban en el aire cuando debía decir algo y no lo hizo, y me angustio y me da miedo y quiero salir de la casa y encontrarme con el sol y con otro día que no es hoy en un lugar que no es aquí. No pasa.
... Sigo aquí. No puedo irme de aquí.
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viernes, 23 de enero de 2015
El cuarto
Y sólo así, pasó. Me quedé sin alas en el momento menos indicado y cuando más las necesitaba. Diría que fue un proceso rápido y tan rápido que ni lo sentí... Pero estaría mintiendo. El tirón final fue abrupto, pero había comenzado hace tiempo. No pude hacer otra cosa más que sentarme sobre mis rodillas, mientras veía como se cernían los barrotes fríos y delgados sobre mi, hasta no dejar espacio alguno por el que yo pudiera pasar. Se escucharon los pasos de la figura que giró la manija hasta hacerla sonar y asegurarse así de que la puerta estaba bien atorada, y luego, el golpe de otra puerta. Consigo se llevó los últimos rayos de luz que se colaban por la entrada del gran cuarto, dejando tras de sí sólo una penumbra densa y muy espesa a través de la cual me costaba moverme e incluso respirar.
Poco a poco los sonidos del exterior fueron desapareciendo para dar lugar a un silencio casi absoluto, apenas interrumpido por mi respiración. Me acerqué a la puerta y vi que si la sacudía con bastante fuerza, seguro haría que el cerrojo se venciera y que la puerta se abriera, emitiendo un rechinado que avisaba que de nuevo, era libre... ¿Pero para qué? ¿Qué iba a hacer yo allá afuera sabiendo que en algún lugar de aquel edificio medio derrumbado estaba todo lo que me importaba, un poco irrescatable y oxidado, pero al fin y al cabo, ahí estaba. ¿Cómo alejarme sabiendo todo lo que no podría llevarme conmigo y a lo que tendría que renunciar? No sólo dejaba a las sombras de lo que una vez fue, sino que con ellas se quedaba la clave de como armar mis alas, si es que algún día las lograba recuperar. ¿Para que salir? Me costaba saber a dónde volar y sentía que, si trataba, mis alas iban a temblarme y fallarían, dejándome varada en el suelo, otra vez. Y entonces recordé que me habían quitado mis alas y que si me quedaba iba a ser para aprender a caminar sobre dos pies y dos piernas articuladas a mi cadera, así como hacen todos. Así como yo debí aprender a hacer cuando era niña.
El aire se volvió agrio y del otro lado de la puerta juré que escuché un sollozo y que vi a una sombra curvarse en algo que debió ser dolor o desesperación y no sé porque, pero me dieron unas ganas incontenibles de ir a abrazarla y reconfortarla, pero estaba del otro lado de la puerta y no podía. Hablábamos distintos idiomas y un abrazo mío se vería como una jugarreta más, un intento de escapar.
¿Qué no pueden ver? Ya no quiero escapar. Quiero ese edificio viejo y derrumbado con sus cosas oxidadas y con las sombras que en él habitan. No quiero perderme y nunca regresar. Sólo quiero de vuelta mis alas y que sin que yo tenga que pedirlo, abran esta ridícula puerta que me rehuso a romper y que me dejen salir de aquí. Quiero aprender el idioma de esas sombras y que ellas aprendan el mío y con suerte, en una de esas, crear un idioma completamente distinto que tanto ellas como yo, hablemos.
Me está dando sueño y el frío que mi piel sentía se cubre de un entumecimiento viejo conocido. Lentamente mis ojos se cierran y en la lejanía creo escuchar de nuevo el cerrojo, pero no me emociono. Uno a uno mis dedos se entumen y así, sin más, mi respiración se vuelve acompasada, como si la angustia nunca hubiera existido, como si jamás hubiera habido opción.
jueves, 1 de enero de 2015
Una especie de revelación
Despierto con la sensación de haber pasado cien noches en vela, sin cerrar los ojos ni un instante y habiendo, finalmente, dormido una noche completa. Mis pies ya no duelen y mis piernas han recuperado su contorno habitual. Debajo de mis ojos ya no se dibujan las medias lunas moradas azuladas que daban la sensación de que hacía tiempo que la vida que me quedaba se había ido para sustituirse por el mero ir y venir de un cuerpo que ya no sabía si vivía o que pasaba mientras hacía eso.
Las ganas de asomarme por la ventana para ver la primera nevada se vieron envueltas en una sensación mezcla de llanto y felicidad con fuertes tintes de añoranza cuando descubrí pequeños copos de nieve, cayendo muy delicadamente, para formar la escena más bella que había visto en el último mes.
Tejado a tejado, todos se encontraban cubiertos por una gruesa capa de nieve que se me antojaba suave y comible. Los árboles, ya sin hojas, eran mezcla de café y blanco con delicados témpanos de hielo estirándose desde algunas de sus ramas. La luz, que se reflejaba en ellos haciéndolos brillar, comenzó a tibiar algo en mi interior y de pronto lo sentí.
Sentía todo a lo que ya me creía inmune y la sensación era una de asfixia, pero simultáneamente me parecía que entraba más del aire que mis pulmones podían soportar y yo creo que si la escena no hubiera sido tan bella y entrañado tanta tranquilidad, en ese preciso momento me vuelvo loca y acabo recluida en algún psiquiátrico del otro lado del mar. Pero no pasó. Mis ojos parecían no alcanzarme para verlo todo al mismo tiempo ... El humo saliendo de la chimenea algunas casas más adelante, la niña en los columpios a la que mecía su papá, los pájaros sobre los cables de la luz y el cielo blanco espeso como queriendo iluminarse y sin poder hacerlo del todo...
La urgencia es insoportable. Necesito llegar al otro lado del mar.
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