domingo, 9 de diciembre de 2012

Muñeca rota


Estas ganas de verme en el negro de tu pupila, de acordarme de todo lo que no es pero un día fue. Estas ganas de vivir a dieta de besos sabor a tierra y escondidos tras tantas palabras de lo que no queremos volver a ver.  De sentirme como niña aunque bien sé que hace tiempo eso ya se fue. De volverme el pecado que a puertas cerradas incineré. Estas ganas de volver a morir por ti para quizás, entonces, revivir en mí… y de cambiar los centavos que me quedan de razón por caricias breves sin control. Con esas ganas son con las que me acuesto y me levanto, de sentirme esa muñeca rota a la que mueres por quitarle la ropa y a la que al mismo tiempo no necesitas desvestir para sentir instalada en algún lugar dentro de ti. Así, una ilusa, con hambre de sueños y  muriendo en desvelos paso los días que no debo pensar en ti. Y me arrebato y me reviento y juego a vivir sin sentir que poco a poco voy muriendo. Uno a uno me deshago de los mitos que dicen que a ti nadie ha podido sobrevivir. Entonces tapo mis oídos y pinto mis labios color carmín y visto con mi mejor ropa esperando dejar de ser esa muñeca rota. Y así, voy por ahí, tomándome en un martini mis ganas de ti.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Secretos


Secretos. Como los que cuentas a tu almohada antes de cerrar los ojos…como los que piensas mientras caminas por la avenida de regreso a tu casa, cansado, sudado y con hambre. Secretos como los que te cuentan los ojos de aquella niña en la combi o la sonrisa del viejo que sonríe cuando parece que no tiene nada por qué sonreír. Secretos de esos son los que yo guardo. Bajo las luces del metro y asomándose por mis pupilas, tratan de escapar. Se escurren por mis labios de noche e incendian mi cuarto, pintan sobre las paredes tonos rojos y anaranjados que contrastan con lo negro del silencio. Uno a uno me envuelven desde mis uñas hasta cada uno de mis cabellos y me sonríen, mitad con compasión, mitad con malicia. Y el fuego que arde a mí alrededor me quema y calienta mi piel fría y entumida por el aire que se cuela por la ventana. Y sin quererlo y queriendo, respiro cada palabra que nunca dije hasta que cada una de ellas atraviesa mi tráquea y termina ardiendo en mis pulmones, casi tocando eso que llaman corazón. Y lo tientan y lo incitan un poco con deseos de invadirlo, otro tanto con miedo de despertarlo. Tomo los secretos que ahora bailan al son de las llamas por todo mi iris en ambos ojos y los empujo hasta que llegan más allá de los huesos de mis órbitas. Entonces aprieto fuerte mis ojos esperando que amanezca para que no sean más que una sombra en lo negro de mi pupila. Secretos como esos con los que sueñas, como aquellos que, aunque quieres, no vas a contarme. De esos mismos secretos, muero. 

sábado, 1 de diciembre de 2012

Otoño ha terminado


Parece que fue ayer cuando el viento cantaba entre las hojas verdes de los árboles y la noche olía a una mezcla de tierra y de rocío. Aún recuerdo sentir como el calor me besaba buenas noches al aparecer la luna, pero no para siempre, sólo mientras duraba la oscuridad, sólo por algunas horas. Ahora las hojas cafés y un poco rojas descansan sobre la tierra ya seca y falta de flores. Puedes escucharlas murmurar recuerdos de tardes de primavera con cada paso que das sobre ellas. A veces sus voces suelen ser muy fuertes y mientras más corres, más imposible se vuelve hacerlas callar. A veces quieres hacerlas callar, pero ¿qué sería de Otoño sin los tonos dorados, cafés y a veces rojizos que tapizan los árboles anunciando que muy pronto ha de terminar? Y el sentimiento que te invade es uno sin igual con ganas inmensas de huir entre recuerdos o lejos de ellos. La primera hoja comienza a caer. Poco a poco ondea por el viento esperando ser atrapada entre las ramas que inevitablemente, también y a su momento, se desnudarán. Ninguna rama escucha sus súplicas y entonces deja de intentar, lanzándose en una caída libre en cámara lenta. Inevitable y hermosa. Las tardes se sacuden de sol y se cubren de viento y cambias los paseos en bicicleta por caminatas por el parque cubierta de sombrero y quizás abrigo. Y de repente, cuando menos te das cuenta, las hojas caen a tu alrededor como una tormenta inminente e imparable y se llevan todas las fotos que hasta entonces habías colgado de los árboles, dejando sólo ramas secas que a veces hasta parecen muertas. Tardes y más noches y ahora caminas por el parque de nuevo. A tu derecha e izquierda ves árboles que parecen muertos a falta de verde, pero tú sabes que es sólo una fachada y que uno de estos días, ella también ha de pasar. Y entonces la ves. Frente a ti y a unos tres árboles de distancia, justo a la mitad, la última hoja del parque. El viento te susurra en el oído y tus ojos se humedecen al mismo tiempo que sientes como tu piel se enchina. Te envuelves aún más en tu abrigo, pero no dejas de observar. Las voces del viento se vuelven más fuertes y, con pesar, ves como su canción alcanza a esa última hoja sobre aquel, una vez hermoso, árbol. Y entonces se desprende, esta vez sin ningún intento de parar y en segundos que parecen una eternidad baila por el aire dando piruetas especialmente para que tus ojos puedan ver. Y así, sin más, cuando más hermoso era su baile, toca el suelo. Otoño ha terminado.  

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