Estas ganas de verme en
el negro de tu pupila, de acordarme de todo lo que no es pero un día fue. Estas
ganas de vivir a dieta de besos sabor a tierra y escondidos tras tantas
palabras de lo que no queremos volver a ver. De sentirme como niña aunque bien sé que hace
tiempo eso ya se fue. De volverme el pecado que a puertas cerradas incineré. Estas
ganas de volver a morir por ti para quizás, entonces, revivir en mí… y de
cambiar los centavos que me quedan de razón por caricias breves sin control. Con
esas ganas son con las que me acuesto y me levanto, de sentirme esa muñeca rota
a la que mueres por quitarle la ropa y a la que al mismo tiempo no necesitas
desvestir para sentir instalada en algún lugar dentro de ti. Así, una ilusa,
con hambre de sueños y muriendo en desvelos
paso los días que no debo pensar en ti. Y me arrebato y me reviento y juego a
vivir sin sentir que poco a poco voy muriendo. Uno a uno me deshago de los mitos
que dicen que a ti nadie ha podido sobrevivir. Entonces tapo mis oídos y pinto
mis labios color carmín y visto con mi mejor ropa esperando dejar de ser esa
muñeca rota. Y así, voy por ahí, tomándome en un martini mis ganas de ti.
"Do not go where the path may lead, go instead where there is no path and leave a trail." Ralph Waldo Emerson
domingo, 9 de diciembre de 2012
lunes, 3 de diciembre de 2012
Secretos
Secretos. Como los que cuentas a tu almohada antes de cerrar
los ojos…como los que piensas mientras caminas por la avenida de regreso a tu
casa, cansado, sudado y con hambre. Secretos como los que te cuentan los ojos
de aquella niña en la combi o la sonrisa del viejo que sonríe cuando parece que
no tiene nada por qué sonreír. Secretos de esos son los que yo guardo. Bajo las
luces del metro y asomándose por mis pupilas, tratan de escapar. Se escurren
por mis labios de noche e incendian mi cuarto, pintan sobre las paredes tonos
rojos y anaranjados que contrastan con lo negro del silencio. Uno a uno me envuelven desde mis uñas hasta cada uno de mis cabellos y me sonríen, mitad con
compasión, mitad con malicia. Y el fuego que arde a mí alrededor me quema y
calienta mi piel fría y entumida por el aire que se cuela por la ventana. Y sin
quererlo y queriendo, respiro cada palabra que nunca dije hasta que cada una de
ellas atraviesa mi tráquea y termina ardiendo en mis pulmones, casi tocando eso
que llaman corazón. Y lo tientan y lo incitan un poco con deseos de invadirlo,
otro tanto con miedo de despertarlo. Tomo los secretos que ahora bailan al son
de las llamas por todo mi iris en ambos ojos y los empujo hasta que llegan más allá
de los huesos de mis órbitas. Entonces aprieto fuerte mis ojos esperando que
amanezca para que no sean más que una sombra en lo negro de mi pupila. Secretos
como esos con los que sueñas, como aquellos que, aunque quieres, no vas a contarme.
De esos mismos secretos, muero.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Otoño ha terminado
Parece que fue ayer cuando el
viento cantaba entre las hojas verdes de los árboles y la noche olía a una
mezcla de tierra y de rocío. Aún recuerdo sentir como el calor me besaba buenas
noches al aparecer la luna, pero no para siempre, sólo mientras duraba la
oscuridad, sólo por algunas horas. Ahora las hojas cafés y un poco rojas descansan
sobre la tierra ya seca y falta de flores. Puedes escucharlas murmurar
recuerdos de tardes de primavera con cada paso que das sobre ellas. A veces sus
voces suelen ser muy fuertes y mientras más corres, más imposible se vuelve
hacerlas callar. A veces quieres hacerlas callar, pero ¿qué sería de Otoño sin
los tonos dorados, cafés y a veces rojizos que tapizan los árboles anunciando
que muy pronto ha de terminar? Y el sentimiento que te invade es uno sin igual
con ganas inmensas de huir entre recuerdos o lejos de ellos. La primera hoja
comienza a caer. Poco a poco ondea por el viento esperando ser atrapada entre
las ramas que inevitablemente, también y a su momento, se desnudarán. Ninguna rama
escucha sus súplicas y entonces deja de intentar, lanzándose en una caída libre
en cámara lenta. Inevitable y hermosa. Las tardes se sacuden de sol y se cubren
de viento y cambias los paseos en bicicleta por caminatas por el parque
cubierta de sombrero y quizás abrigo. Y de repente, cuando menos te das cuenta,
las hojas caen a tu alrededor como una tormenta inminente e imparable y se
llevan todas las fotos que hasta entonces habías colgado de los árboles,
dejando sólo ramas secas que a veces hasta parecen muertas. Tardes y más noches
y ahora caminas por el parque de nuevo. A tu derecha e izquierda ves árboles
que parecen muertos a falta de verde, pero tú sabes que es sólo una fachada y
que uno de estos días, ella también ha de pasar. Y entonces la ves. Frente a ti
y a unos tres árboles de distancia, justo a la mitad, la última hoja del
parque. El viento te susurra en el oído y tus ojos se humedecen al mismo tiempo
que sientes como tu piel se enchina. Te envuelves aún más en tu abrigo, pero no
dejas de observar. Las voces del viento se vuelven más fuertes y, con pesar, ves
como su canción alcanza a esa última hoja sobre aquel, una vez hermoso, árbol. Y
entonces se desprende, esta vez sin ningún intento de parar y en segundos que
parecen una eternidad baila por el aire dando piruetas especialmente para que
tus ojos puedan ver. Y así, sin más, cuando más hermoso era su baile, toca el
suelo. Otoño ha terminado.
*
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