Me dueles a toda hora, desde
antes de abrir mis ojos por la mañana, desde antes de estar consciente de que
estoy por despertar, me dueles. Me dueles por la mañana cuando mi cuerpo
desnudo amanece frío porque le falta el calor de tu cuerpo, cuando estiro mi mano
al otro lado de la cama y me doy cuenta de que el espacio es todo mío. Me
dueles con las luces de la ciudad y los tonos rosas, morados y naranjas del
cielo, con la música que sale de las bocinas del carro o con el olor a lluvia
de la noche anterior…me dueles. Me dueles entre los corredores llenos de gente,
también entre los vacíos. Me dueles en las caras de los extraños del metro y en
la sonrisa del chico que me mira desde hace rato y que no eres tú. Me dueles
con las palabras tiernas y románticas de mi amigo, con cada abrazo y cada beso,
aún me dueles. Me dueles en mi habitación vacía, me dueles a la hora de la
comida, cuando las palabras brotan de sus bocas y ninguna de ellas es la tuya.
Cuando me topo con un pájaro que al verme decide volar, cuándo me encuentro con
un buen libro que te podría enseñar o en un pasillo vacío de la biblioteca, me
dueles. Me dueles como las rosas muertas que hace un mes tiré a la basura o
como las rosas también muertas que aún descansan sobre mi escritorio. Me dueles
con el olor de mi vela favorita, cuando apago las luces y cuando las prendo. Me
dueles como me duele el boleto de avión que compré y nunca usé, como el viaje
que planeamos y nunca sucedió, como la película que me recomendaste y nunca vi.
Me dueles al ver las paredes como la promesa que ahí grabé y como la que colgué.
Me dueles como la noche más fría, como la Navidad más sola y oscura, como un
millón de dagas clavándose una a una y lentamente en mi pecho. Me dueles como
me dolió mi Tío cuando se fue. Así de mucho me dueles. Me dueles desde que
amanece hasta que anochece y cada hora que transcurre entre eso. Me dueles cada
día, cada hora, cada minuto y cada segundo de cada minuto, me dueles.
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