No puedo hablar. Lo siento. No hay nada de qué hablar.
No entiendes, no sabes de qué se trata y ni siquiera
intentas imaginarlo. Vives en un mundo donde escuchan historias de tierras
lejanas con historias inimaginables, de esas que sólo se ven en las películas.
En tu mundo, esas son fantasías, cosas de otro tiempo, de sueños y pesadillas.
A veces quisiera abrirte los ojos. Me desespero por no poder enseñarte, por no
poder hacerte ver. Pero entonces pienso ¿para qué tratar? Si lo normal es no
ver ¿porqué me empeño en ver? Ya te complicas demasiado así como es. Ni
siquiera te animas a pararte de puntitas para ver, detrás de esa reja que para
ti es invisible, lo que hay del otro lado. ¿Cómo hacerte entender? Me desespero
y tiro de mi cabello y entonces recuerdo, no sirve de nada. De frente, nos
vemos, pero de pronto no estoy segura de verte más. Ni siquiera creo querer
seguir viéndote. Comienzo a volverme inmune a las miradas de insistencia y a
aquellas acusadoras. El coraje que pude haber sentido se transforma en una
especie de melancolía con cada centímetro que se parte la tierra. Tú también lo
notas. ¿Te habrás dado cuenta de que ya no te veo? A veces, por las noches o ya
entrada la tarde, me llega el arrepentimiento. No mucho, sólo un atisbo de él. Me
encantaría llevarte a mi mundo, aunque fuera por un rato y enseñarte de todo lo
que te has estado perdiendo. Si me dejaras enseñarte podría ayudarte a que
dejara de doler. Pero tenemos lenguas diferentes e incluso los ademanes que
intentamos hacer con nuestras manos tienen significados diferentes para ti que
para mí. No me entiendes. Aún sé que dices en tu idioma, pero he dejado de
entenderlo. Melancolía se apodera de mí cuando recuerdo como solía ser.
Desearía tener eso pero poder mantener esto. Tuve que elegir. Me elegí a mí. Quisiera
decirte que lo siento, pero nunca he sabido mentir.
Lejos de aquí los colores son muchos más de los que conoces.
Esas cadenas que rozan tus piernas no son normales, no en todas partes las
usan. También se habla una lengua con miradas y con silencios. Hay un lugar
donde se desconoce la palabra reloj y aquellos pocos que la conocen saben que
fue un invento, de esos que sólo existen en las películas. Quiero querer enseñarte
y olvidarme de olvidar intentar. Pero
estoy cansada y a veces peligro. A veces me siento caer en la franja que nos
separa, no para cruzar a tu lado, pero para quedarme atorada en ella. No, de
nada sirve hablar. Ya no quiero que me hagas llorar. No me gusta darme cuenta
de que ya casi no me haces dudar. Por favor sólo sonríe y asiente. Finge que
entiendes y fingiré que aún entiendo tu lengua. Que hay un lugar dónde nuestros
mundos convergen, aunque sea sólo en esos breves momentos en que nuestras tardes
se cruzan. Olvida que pertenecemos a lugares diferentes cuando me abraces y no
trates de amarrarme como ya lo has hecho. Yo olvidaré la distorsión en nuestros
espejos. Lo haré porque te quiero y no quiero querer estar lejos de ti, no
quiero sentirme bien lejos de ti…cómo estuve ayer, cómo quiero estar hoy.
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