viernes, 27 de enero de 2012

En la cocina, sobre la mesa.

Respira profundo y cállate. Por una vez en tu vida por favor cállate. ¿Qué no ves? A él también le cuesta estar aquí, el tampoco quiere sentir tu mirada acusadora sobre su espalda, por eso permanece sentado y se reúsa a ser él quien se pare y deje la mesa primero. Tanto así resiente esa mirada que diriges a veces y que ni cuenta te das, que prefiere soportar tu silencio que se vuelve más insoportable con el eco de tus risas y de tu voz acelerada. Apuesto a que está recordando cuando solías ser pequeña, cuando él solía ser tu héroe. Su mirada dice algo así entre “lo siento y me duele y ¿cómo lo arreglo?” y al mismo tiempo, cuando deja a sus ojos vagar perdidamente de un extremo a otro de la mesa se responde “no hay manera”. Y tú sólo callas. Sí, callar es lo que debes hacer porque un par de palabras más podrían cortar más profundo, tan profundo que el sangrado no se pueda controlar. Ya, muérdete el labio, pellízcate si quieres, pero no llores, no te atrevas, porque aunque sé que lo sientes sólo lo vas a lastimar más. Sí, también lo sé, tu silencio también lo lastima, pero esa brecha es preferible ¿no crees? Te le quedas viendo. Observas su cabeza una vez repleta de cabello, ahora casi lisa por el centro. Por la piel al lado de sus ojos se dibujan un par de carreteras difusas, del mismo tipo de las tres que están bien construidas en su frente. Te preguntas si alguna vez él podrá sentir que lo quieres de la manera en la que él te quiere, porque aunque él jure que tú mirada es resentimiento, no es otra cosa que el dolor post conflicto que viene de la impotencia. Impotencia de saber que hay una red, delgada y al mismo tiempo increíblemente fuerte, que no lo deja sentir, que no te deja sentir y que los separa. Ves sus ojos cansados y te preguntas si tendrás tiempo de cortar la malla. Si descubrirás el secreto de cómo se hace antes de que sea demasiado tarde. Los músculos de tu espalda se tensan y te delatan, quieres pararte y abrazarlo, pero no puedes. Sabes que si lo haces él pensara que el calor de tus brazos es el de un fuego artificial, así que te limitas a jugar con tu anillo. Y así, en silencio, batallas con el impulso de correr y sentarte en sus piernas como solías hacer hace años, mientras él, en silencio y poco a poco, va perdiendo su esperanza. 

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