viernes, 17 de junio de 2011

La última página

La última página, como siempre es la más difícil de escribir…es difícil porque sabes que el final vendrá y que no queda más. Pero es preferible saber que será la última página. La tinta de tu pluma se está agotando y por más que la sacudes sabes que pronto terminará…pero es más difícil haber escrito la última página sin siquiera sospechar que no habría más y haberla terminado con errores, con faltas de ortografía, de una manera mediocre, dejando hoyos y cabos sin atar. Escribes sin ganas, te guardas parte de lo que sientes, sabes que sientes, pero hoy no es buen día para aceptarlo y muchos menos para plasmarlo. Será real algún otro día, quedará tiempo para volverlo real y esperar una respuesta algún otro día.
Algún otro día aún no llega, han pasado meses y algún otro día se aleja. Comienzas a sospechar que escribiste la última página sin imaginar lo que ya no sucedería y que no te gustó su final. Escribiste heridas y mentiras, no dijiste la verdad, no era parte del plan. Añoras la tinta, añoras el olor del papel y el sonido que tu mano hace cuando lo roza al escribir sobre él. Empiezas otra historia, en otro tipo de papel, quizás en un cuadernillo o algo más pequeño ¿una bitácora tal vez? Pero esto es algo diferente y la última página ya se escribió y a kilómetros de aquí quedó.
El final siempre es difícil, pero es más difícil cuando te das cuenta de que llegó y a ti ni por la mente te pasó.

jueves, 16 de junio de 2011

Entonces...

               

 
Quiero ver tus ojos.
Quiero ver tus ojos cuando la tarde deje de ser tarde y los recuerdos se filtren por mis pupilas.
Cuando el sol se meta y la noche aún no llegue quiero ver tus ojos...cuando sienta la lejanía de tus manos y la ausencia de tu respiración sobre mi cara, cuando recuerde tu ausencia y ella duela quiero ver tus ojos.
Cuando el sentimiento de verano se deslice hacia un suave viento y este se vuelva más frío hasta calar mis huesos, entonces, quiero ver tus ojos.
Cuando el dorado de las hojas se convierta en una sombra gris y el tiempo se detenga en ese instante tan efímero y eterno de silencios, del ladrido de un perro, del motor de una vieja camioneta...quiero ver tus ojos.
Cuando la luz este por despedirse y aún no llegue la oscuridad, cuando no pueda dejar entrar el aire en mis pulmones, quiero ver tus ojos, en ese momento en el que el horizonte deja de ser infinito quiero verme en tus ojos.
Cuando los ríos de gente pasen a mi derecha y a mi izquierda sin detenerse a preguntar, sin molestarse en observar, sin hacerme reir o enojar, cuando a la gente se le olvide sonreir, o detenerse a mirar, quiero poder voltear y encontrarme con tus ojos.
Cuando haga frío, cuando el viento levante las hojas por el aire y todos caminen apresurados por las banquetas sin voltear a mirar atrás, cuando pasen los años, cuando sienta que me has olvidado, un día más, un día sin precedentes, del otro lado de la banqueta...quiero ver tus ojos...

Quiero ver tus ojos

Quiero ver tus ojos

Quiero ver tus ojos.

sábado, 4 de junio de 2011

Echoes of times forgotten

Piercing through the wind came the echoes of times forgotten. The worst and the best of all days had come together that one time disaster was the tonic of his life. Her name evoqued hatred, her smile was like an ancient blade beautiful and deadly, treatcherous in more than one way. He couldn't help to feel nauseated by the memory of all those days and still, in spite of himself, she was stuck in his mind...He hated her, he wanted her forgotten, forever a bad dream. But was it deep inside not all the contrary? He wanted her, he thought he'd seen a spark in her eyes and couldn't tell just yet what it was. He wanted to know...better still, he needed to know. Maybe there was more to her, but that he couldn't say. He was only certain of thing. Wether she was aware of it or not...she was evil. And that made all the difference.

viernes, 3 de junio de 2011

Casa en llamas

La casa está ardiendo, y todo lo que hay detrás de ella. Lo que inició como chispa se ha convertido en llama. ¿Cómo llegó a ser llama? Y dentro de la llama, ¿hay algo? ¿hay alguien? Escuchas gritos y sin quererlo ves sin ver. El fuego está consumiendo todo, la gente corre…escuchas las sirenas y ves mangueras por todas partes, el agua brota a chorros. Sabes que tienes que correr, hacia el fuego o lejos de él, sólo esas opciones tienes, pero el miedo te tiene congelado y tus músculos se han paralizado. Esperas sentir dolor, pero el dolor no llega, tu corazón se ha parado en un segundo infinito y no puedes esperar a que retome su curso. Esperas esa patada de adrenalina que te diga que hacer, hacia donde huir o cómo brincar dentro, pero eres reo del miedo. La gente atrapada en tu segundo infinito corre, una niña llora abrazando a su muñeca. Los gritos dentro de la casa se vuelven insoportables y de repente un golpe. Su nombre. La patada que habías esperado llegó sin avisar y sin que te dieras cuenta, tus piernas se mueven frenéticas y tus brazos las acompañan rítmicamente. No huyes de las llamas. El mundo se mueve tan lento y en tu apresurada carrera no logras hacer detenerse al río de recuerdos. Los gritos han cesado, pero no los recuerdos, no tu urgencia por ser parte de esa llama, por no perder lo que en un momento creíste intrascendental. El humo no te deja ver, pero sabes que sigue dentro de las llamas. Los bomberos te pasan con personas colgadas a sus hombros, pero cuando volteas la cabeza sin detener tu carrera puedes ver que ninguna de las personas que llevan cargadas es dueña de su nombre. El humo se cuela en tus pulmones y tus pulmones están reemplazando al oxígeno por veneno. Todo arde. Tu mismo ardes. ¿Es real? ¿Estás entre las llamas o es que las llamas están dentro de ti? ¿Importa? Eres parte de ellas y son parte de ti y si corres lejos siempre serán parte de ti y si te adentras serás por siempre de ellas. ¡Qué tontería pensar que pudiste escapar! ¡Qué no ves! ¡Nunca tuviste opción! Pero ahora quizás es tarde, quizás lo perdiste todo, quizás perdiste su nombre…no lo reconoces en ningún lugar. Una viga cae y la esquivas por apenas escasos centímetros.  Tu cuerpo se convulsiona con una tos violenta y tus ojos buscan con urgencia, aunque en vano, su rostro. El sonido de las sirenas se escucha como un eco y tú no consigues saber hacia dónde ir. El humo te ciega y las llamas, aunque sabes que tarde o temprano quemarán tu piel e incendiarán lo que queda de ti, se te antojan infinitamente cercanas. Un estruendo interrumpe tu miedo convertido en apacible ensoñación. Del otro lado del corredor la vislumbras, su mirada te toma preso y tu urgencia desaparece. El humo te envuelve, sus ojos reflejan las llamas, todo a tu alrededor arde, ya no hay oxígeno en tus pulmones...Ya no sabes, ya no importa...

jueves, 19 de mayo de 2011

En la Oscuridad


ADVERTENCIA: Decidí que sería interesante experimentar con otras emociones, por lo que no pretendo que al leerlo te agrade. Sé consciente de que puedes interpretarlo de distintas maneras y de que ninguna será del todo correcta o incorrecta. Todo depende de que tan profunda y personal quieras volver tu lectura y de la historia que asumas existe detrás de ella... si es que dicha cosa puede existir.

¡Shhh! No hagas ruido, está acechando ¿No lo sientes? Puedo escuchar los movimientos que hace en la oscuridad. No hay nada que puedas hacer, va a llegar…es más fuerte que tú. Nos está observando desde todos los rincones donde la luz no alcanza a llegar. Siento su respiración, está helando mi espalda. Ahora estás aquí, no sé qué hará o qué pensará. Vete para que no haga daño. Vete y deja que haga lo que siempre hace. Todavía hay tiempo, te ve, pero no me estás tocando, aún puedes correr. No, no creo que quieras saber. ¡No! ¡ya te dije que no te voy a decir! Por favor no te enojes, por favor… no llores. Sé que el agua no toca tu cara. Toca todo lo que yo no puedo tocar... (Suspiro) Está bien, te lo diré…pero no digas que no te lo advertí.
Viene por las noches, espera en quietud en las sombras y oculta sus pasos detrás de mi música. No, nunca he visto su cara. La cubre con cuidado. Cuando aprieto el botón de pausa escucho su respiración, apago las luces que quedan y me meto en las cobijas. Al principio lo resistía, apretaba los ojos y cubría mi cabeza. Ahora sé que haga lo que haga nada va a detenerlo. Primero tira del cobertor suavemente, tiene mucho cuidado y lentamente, como queriendo hacer crecer la anticipación. Lo hace hasta dejarme sólo con la sábana. Luego sus manos frías se deslizan por debajo y sobre la cama hasta tocar mi piel. Mi piel se estremece y mis vellos se erizan. Sus manos frías inician sutilmente y recorren cada parte de mi cuerpo hasta envolverme con sus brazos. El miedo que en un principio hace que no pueda hablar se derrite en sumisión. Su aliento no es cómo el tuyo, es frío y deja un rastro de humedad sobre mi piel por donde pasa. Repentinamente cobra un vigor que aún no me es posible anticipar y sus manos, antes temerosas se vuelven feroces bajo esas uñas que desgarran mis caderas. El dolor se extiende como mar abierto en tempestad. Muerde mis pechos y tapa mi boca para que no pueda gritar. De pronto sin previo aviso como una tormenta en un día soleado el aire entra de golpe a mis pulmones y el dolor se extiende infinitamente placentero. Mi cuerpo entero tiembla y me quedo con mi piel empapada y con un silencio aún más siniestro después de que el cuarto entero reconoce su ausencia. De una forma prohibida y deliciosa extraño el placer del dolor que provoca. Y la noche sigue, regresa el día y luego de nuevo la noche y entonces todo vuelve a empezar.
Viene desde que mi mente conoció otras vertientes. Viene porque sabe que hay algo más detrás del día de sol.
Lo ves, sabía que lamentarías haberlo escuchado. ¿Puedes sentirlo ahora? Está aquí, hace tiempo que ha estado. La diferencia es que ahora lo sabes.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Contrariedad: el inicio

Debo admitir que tu insistencia me ha trastornado y que no consigo conciliar el sueño desde aquella noche que conversamos sobre unas copas de Cabernet Sauvignon. La forma en la que tus ojos atrapan la luz cuando hago alguna referencia a algún evento que concierne a él me ha convencido de que esta historia no puede pertenecerme exclusivamente a mí por más tiempo. Por favor ten en mente que de no creer que pudiera ser de alguna ayuda, no estarías recibiendo esta carta y posiblemente no hubieras vuelto a tener noticias mías. Quizás se debe a la forma en la que el silencio cobra familiaridad cuando no decimos nada, que me he convencido de que si alguien puede hacer algo por él, eres tú. O quizás sólo estoy buscando una excusa para contar su historia,  nuestra historia y poder dejar la tarea de las noches de insomnio a alguien más. De una u otra manera me encuentro sentada en mi escritorio frente a mi ventana viendo llover y estoy más cerca del día en el que lo vi por primera vez que de aquí. Permíteme empezar…
Acababa de salir de la universidad y un amigo de mi mamá me había conseguido un trabajo en Dublín, era la primera vez que realmente estaba por mí cuenta. Yo era la asistente de la asistente en una oficina publicitaria. Mi trabajo consistía prácticamente en llevar y traer cafés, hacer llamadas, recoger ropa de la tintorería, entregar documentos de nuestro departamento al departamento de edición y del departamento de edición al nuestro y a la oficina del director. Cómo lo decía mi hermano, era la mandadera, sí, lo era. Pero era gracias a saber cuánta azúcar quería el publicista de la cuarta oficina en su café o de qué forma le gustaban al director acomodadas las flores de la entrada que iba a poder pagar mi segunda carrera. Bueno quizás era más cómo un pasatiempo, cómo decía mi madre. Desde pequeña tenía grandes aspiraciones artísticas, que iban desde aprender a bailar flamenco hasta abrir una galería de arte. Pero esos eran sueños. Mi camino era otro. Mi madre no estudió una carrera y desde que tengo memoria a mí y a mi hermano nos encaminó a las ciencias. Su más grade sueño era verme graduarme de leyes con honores y eso era lo que yo más quería. Fue a partir de segundo de prepa y tras ir a ver la obra de “Les Miserables” que me obsesioné con la actuación. Mi padre falleció cuando yo tenía tres años, por lo que tengo pocos recuerdos de él, la sensación de su barba rasposa sobre mi mejilla o el olor a pastura mojada que anunciaba su llegada acompañada de una cálida y cansada sonrisa después de un largo día de trabajo. Cuando mi padre murió, mamá se encargó de la granja y de los trabajadores; Crecimos,  yo me encargué de la casa y Cristian, bueno, a él nunca le llamó la atención la granja, estaba demasiado ocupado recolectando y clasificando insectos. El tiempo pasó y cuando terminé la prepa, a pesar de mis mayores esfuerzos por convencer a mi mamá de mandarme a estudiar actuación a Londres, terminé estudiando leyes en una universidad cercana a casa con el prestigio suficiente para conseguir una beca en la Universidad de Dublín. Terminé de estudiar leyes y mi mamá vendió lo que quedaba de la vieja granja para que mi hermano pudiera casarse y yo estudiar mi maestría, pero mis planes eran otros. Así terminé viviendo en Dublín trabajando de asistente de asistente de publicista y juntando dinero para viajar a Londres, mientras mi madre creía que estudiaba mi maestría.  
Era viernes por la tarde y la semana había sido un infierno. Adele, la asistente, había faltado por una enfermedad que la tenía tirada y yo había tenido que tomar su lugar. Debíamos entregar varios trabajos y yo era la encargada de que todo saliera a la perfección. Para las diez de la noche, que fue la hora a la que salimos, yo lo único que anhelaba era a mi cama, un chocolate caliente y una buena película en blanco y negro. Pero no contaba con que mis planes fueran a ser interrumpidos por mis colegas, el chico de la papelería, Henry y Joselyn, la encargada de la cafetería irían a un pub a celebrar el cumpleaños de alguien que yo no conocía y sin poder hacer nada para evitarlo me vi arrastrada a una fiesta todo menos tranquila. Cuando llegamos, una banda de rock tocaba temas de Steve Earle y el cumpleañero se preparaba para hacer un brindis. Yo no acostumbraba tomar mucho, pero tras la semana que había tenido, mi primer instinto fue dirigirme a la barra y pedir un Apple Martini, una de las pocas bebidas que conocía. Joselyn y Henry se la estaban pasando bomba, brindé con ellos un par de veces y después desaparecieron. La banda se tomó un descanso y un dJ tomó su lugar. No estoy segura de cuantas veces brindé, y de si fue por el alcohol o por lo cansada que estaba que comencé a sentirme muy mareada. El humo del cigarro me envolvía y la música parecía que iba a hacer estallar mi cabeza. Me paré y mis piernas me fallaron, una mano que no reconocí me sostuvo del antebrazo. Entonces tomé mi abrigo y salí a trompicones del pub y hacia la llovizna.
Cuando salí mi cabeza aún daba vueltas, me alejé un poco de la entrada y me recargué sobre el vidrio de un local, parte para mantener el equilibrio, parte para librarme del agua. Cerré los ojos y respiré profundo. El aire fresco me estaba haciendo bien, por lo menos temporalmente. Cuando volví a abrirlos, todo estaba mucho más quieto. La calle estaba muy oscura y apenas la iluminaban un farol en cada esquina y las luces de neón del pub. Debían de ser más de las doce. Sabía que necesitaba llegar a casa lo más pronto posible. Voltee a ambos lados de la calle desierta en busca de un taxi y entonces pasó…lo vi.
Estaba recargado en una pared del otro lado de la acera, la luz no alcanzaba a tocar su cara. Fue hasta que un carro pasó y me mojó toda que pude distinguir bien su silueta. Tenía un pie sobre el muro y un brazo alrededor de su cintura, como tratando de cubrirse del frío. En la otra mano sostenía un cigarro, no de la forma en la que la mayoría lo hace entre el índice y el medio, él usaba el índice y el pulgar. Su ligera risa cuando el carro me mojó fue lo que me hizo hablarle. “¿Qué es tan gracioso?” Dije en un tono irónico, tal vez más de lo que pretendía. Supo inmediatamente que me dirigía a él, puesto que éramos las únicas dos personas en la calle. Se movió de lugar para verme mejor, pero sin perder su postura original. La luz del farol iluminó su cara. Fue hasta ese momento que me di cuenta de que era el guitarrista de la banda que hace poco había estado escuchando. Fuera parecía mucho más arrogante que en el pub. Quizás era que adentro la música hacía juego con su actitud y aquí carecía de ella o que ahora la mezcla de su postura con la risa dirigida hacia mí cuando el carro me había empapado había levantado una especie de furia en mi interior. No podía decidir cuál, pero su sola presencia me irritaba de sobremanera. En lugar de contestar a mi pregunta sólo me dirigió una mirada que no supe si interpretar cómo burla o lástima. Absorbió de nuevo el aire a través de su cigarro y soltó una bocanada de humo. Quise contestar algo, me irritaba que pudiera portarse así y seguir tan tranquilo cuando yo por dentro sentía sólo coraje ante su actitud y mi situación. Normalmente no era tan temeraria, pero el alcohol parecía estar haciendo el trabajo, caminé hacia él, me enderecé para parecer más alta e inspirar miedo (ahora comprendo lo patética que habré parecido) y justo cuando estaba por hablar…sentí arcadas y de mi boca salió todo lo que había tomado sin siquiera darme tiempo de voltearme al lado contrario. “¡Demonios tenías que hacer eso!” dijo. Ya había olvidado que era lo que planeaba decir, de hecho no había planeado nada. Con una mano me recargué en la pared, mientras que con la otra traté de despejar el cabello de mi cara. “Lo siento” murmuré, pero era tarde, por su cara cruzó una mueca de asco y de reproche. “Toma, límpiate” dijo mientras me entregaba un pañuelo de tela. Cuando mi estómago estuvo completamente vacío y me hube limpiado, voltee a verlo. Me observaba, ahora recargaba un hombro sobre la pared y cruzaba los brazos. Su expresión había cambiado, lo que en un principio describí como burla de una forma extraña se tornaba en simpatía. Eso o mi mente distorsionada lo veía así. Sentí un escalofrío. Ahora que parte de los martinis había salido de mi sistema pude verlo con más detalle. Llevaba una chamarra de mezclilla negra con las mangas arremangadas muy al estilo de un guitarrista de una banda de rock, unos jeans flojos y rotos a medio muslo y en la rodilla y traía tenis que a primera impresión parecían una mezcla de converse negros y viejos con tenis mordidos por un perro. Su aspecto era descuidado sin serlo. Su cabello rubio lo llevaba peinado todo hacia el centro, sus ojos grises contrastaban con su piel blanca y sus labios inusualmente bien delimitados mostraban un ligero tono rojo. No, definitivamente no era mi estilo. “Tengo que tocar un par de canciones más” una sonrisa se extendió por su rostro mostrando dientes perfectamente bien alineados “espérame y te llevaré a casa”. Recuerdo en el momento no haber estado segura de si se refería a mi casa o a su casa. Su sonrisa podía haber significado cualquiera de las dos. Sin decir nada di media vuelta y me encaminé de nuevo al pub. A mi espalda pude sentir como el cigarro caía al suelo y cómo él, con sus zapatos mordidos, lo aplastaba.