domingo, 24 de agosto de 2014

Debajo de sus ojos

Fue el espejo el que me alertó de la tragedia. Nada hubiera podido advertirlo mejor que el reflejo de mi cuerpo sin mi y acompañado de ella. Con sus labios pintados de carmín y un par de círculos oscuros, muy pronunciados, por debajo de sus ojos. El trato estaba sellado y nada que yo hiciera iba a poder alterar el curso de los hechos que se fueron a desarrollar en los siguientes meses, casi hasta alcanzar el año y hasta el día en el que el espejo dejó de existir como tal y tuve que romperlo. Bueno, yo no, ella. No era como que yo supiera que no había solución o que lo que fue a acontecer tenía que pasar tal cual como sucedió, pero incluso en caso de haberlo sabido, nada iba a detenerme de tratar. 
Cabe aclarar que yo en verdad no tenía la menor idea de lo que sucedía una vez que recostaba mi cabeza sobre la almohada y cerraba los ojos. En ese instante, como por un hechizo, dejaba de pertenecerme para dar paso a lo que ella quisiera y tuviera planeado para mi. Más tarde me enteraría que lo que planeaba era para las dos. Verás, ella sí sabía de mi existencia. No me preguntes como, que hasta la fecha no lo sé. Lo que sí tengo por seguro, es que sabía. 
Recuerdo la primera mañana en que sospeché que algo raro estaba pasando. No era una sospecha como tal. Era más bien un miedo y una paranoia impresionantes al darme cuenta de que alguien había dejado una carta sobre la mesa del estudio con mi nombre en el sobre. Yo sabía que esa carta no estaba ahí antes, porque esa noche me había puesto a cumplir con mi ritual, ése al que por nada del mundo le fallaba los sábados: una botella del vino tinto más dulce que encontrara y media cajetilla de cigarros... Hasta acabarme la botella o hasta que las ideas se me agotaran y la cabeza, necia como siempre, me empezara a dar vueltas, mareándome con las mismas ideas que ya me sabía de memoria, pero que nunca me aceptaba antes de las tres copas. La carta no estaba ahí antes. Punto. Revisé las ventanas y las puertas. Inútilmente, porque sabía de antemano que antes de dormir las revisaba tres veces cada una. Tuve una media hora de imaginar los peores escenarios y no dejaba de imaginar a aquel extraño de pie en una esquina de mi cuarto, observándome y memorizando cada una de mis manías al dormir, mientras se imaginaba el momento en que descubriera la carta y con horror comprobara que, en efecto, alguien había estado en mi casa... Que él había estado en mi casa. Durante esa media hora revisé la casa de arriba a abajo. El teléfono, los mensajes grabados, las llaves de repuesto que guardaba debajo de la vela del comedor, la ventana y las escaleras de emergencia, oxidadas como de costumbre. Revisé todo y no se me ocurrió una manera en la que pudo haber entrado, así que después de hiperventilar y casi caer al suelo, me convencí de que debí haberla escrito yo en tremendo estado. Se me olvidó mencionar que venía de una cita todo menos prometedora y se me ocurrió aliviar la tensión de la manera que mejor sabía... Nada que un par de copas no pudieran arreglar. 
En fin. La carta decidí que no la iba a abrir. En una de esas salían mis demonios disparados y quien sabe cuanto tiempo me tomara atraparlos y regresarlos al sobre. Dejé la carta entre tantas más del banco y de mis padres que hacía meses no dejaban de escribir y traté de olvidarme del asunto. 
No recuerdo cuanto tiempo pasó después de eso hasta que la noche me cayó encima y me hizo la segunda de sus jugarretas. Pudieron haber sido tres semanas o mes y medio. La verdad no me acuerdo.



Y de repente


Abro los ojos mientras sigo abrazada a la almohada y a través de mis pestañas te veo sonriendo para mí... A mí. Y juro que escucho tu risa, pero no eres tú; es el sol que con sus rayos me despierta y llega hasta mis ojos como anunciando que viene lo mejor. Tu risa no es risa, sino pájaros que cantan fuera de mi ventana, como siempre, como ayer, pero que yo escucho por primera vez.
             No estás a la vista, pero te siento respirar cerca de mí y de pronto me doy cuenta de que eres real, de que vives en mi lado del mundo y de que cuando despierte bien no te vas a desvanecer... Que tocar tu piel y rozar tus labios no tiene por que ser sólo una fantasía. 
          Entonces en mi mente se forman torbellinos de cosas que siento que ya viví, pero que es imposible ya hayan pasado.
          Veo trenes con amaneceres y noches iluminadas por las luces de mi ciudad... Quizás, algún día, nuestra ciudad. Y me pierdo escuchando aquellas canciones mientras con una mano manejas y con la otra rodeas mis hombros, alejándome del viento que eriza mi piel y despeina nuestros cabellos. Te veo en el balcón de quien sabe que lugar, pensativo y acabándote un cigarro, y me veo saliendo a abrazarte y a pedirte que regreses a la cama. Nos envolvemos en las cobijas, mientras ríes y amenazas con morder mi hombro y de repente, pasa.
           Me vuelvo consciente de que no perderme en el café de tus ojos ya dejó de ser una opción y mi instinto inicial de correr lejos de ti se sustituye por unas ganas locas de quedarme y de que, sin que yo tenga que pedírtelo, tú también mueras por quedarte. 
           Poco a poco dejo que mis ensoñaciones den paso a la realidad mientras me estiro y quito la sábana. Ya me levanté y ahora bajo las escaleras. Olor a café inunda el departamento y yo sonrío al ver que en la cocina, de espaldas y con el cabello despeinado, estás tú. 





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viernes, 8 de agosto de 2014

Ingenuidad enmascarada

Llega la realidad, disfrazada, como casi siempre, de mentira. Llega disfrazada porque mi mente no hace más que crear versiones en las que nada de lo que creo que es, en realidad es y se inventa un sin fin de justificaciones para todo eso que veo que pasa o más bien, para todo eso que ya no pasa. 
Se me viene encima con todos esos reproches dirigidos a una ingenuidad que hace tiempo sospechaba no era en realidad sincera, sino convenenciera y hasta cierto punto, manipuladora. Así le caen encima todas las imágenes, una a una, a una ingenuidad tonta por querer ser y por querer creer que verdaderamente era. 
           Los retoques en colores calidos y a veces fríos que rellenaban todo lo que veía, se vuelven amarillentos y ocres, como viejos. Las imágenes son las mismas y me pregunto si es posible que sea yo que por primera vez me visto de realidad para entender los recuerdos y las palabras dichas a veces completas y otras cuantas veces, a medias. 
          Ahora me siento del otro lado de la mesa y te miro. Lo hago preguntándome copia de cuantas situaciones similares serás y exhalo desesperada, harta, cansada y con tedio. Y entonces me enojo queriendo que seas tú quien al final del día se quede a escuchar todo eso que me molesta, que no soporto y que hace tiempo quiero decirte y no me atrevo en la esparanza de estar equivocada contigo y con todas tus copias. Mi ingenuidad no quiero marcharse, así que le ordeno que se vaya mientras la abrazo y lloro. 
          Y así pasa el día, conmigo leyendo tus gestos y descubriendo las mentiras que yo misma me contaba. Ya no sonriendo, ya no fingiendo. 
          Te vas, mientras me quedo con tu espalda pintada de un amarillo viejo y lo único que se me antoja hacer con esa foto es rasgarla y tirarla. Entonces lo hago: Rasgo la foto que ahora se pinta de sepia con nostalgia y tiro los trozos sabiendo que a esos, también, se los llevará el viento.