miércoles, 6 de marzo de 2013

No te me vayas


Luz mía ¿dónde te has metido? Dónde… que no veo esos hoyitos en tu carita cuando ríes, o las miraditas que sacan el rojo de mi piel. Sol mío, no te me vayas que me quedo a oscuras y ciega a medias. A medias porque ya no te veo y sin embargo, sin ti veo la realidad completa. Ciega a medias estoy, sin ser capaz de ver del todo, sin ser capaz de no ver, sin ser capaz de soñar, así como viejo que muere antes de morir, si te vas estoy. Como río de verano llegas y te llevas todo aquello que no fue bueno. Te llevas todo lo malo, lo seco y lo áspero. Así, como a rayos, traes suspiros que florecen en las cuencas de mi vida. Quédate un poco más y toma mi mano; desliza tus dedos entre mi mano delgadita y un poco huidiza.  Vamos a pasear a aquellos escondites de los que sólo sabemos nosotros dos. Espera a que a no te vea y despeina mi cabello eternamente despeinado. ¡Ay cómo me siento débil y como niña chiquita! Mi Luz eterna, no te vayas a otros campos que todavía no es hora, todavía no llega la brisa de la noche que ya me cala sin conocerla. Mejor ven y sácame otra sonrisa, ríete conmigo un rato y hazme entender como le haces tú para que te quiera sin razón y sin prisa, perdiéndome a ratos. Y si aceptas quizás te proponga un trato, así mientras me acomodo en tus brazos, en una de esas, sin que sepas ni como, ni cuando, te regreso esos colores que no sabes que me has mostrado.      



Dedicado a mi primer amor, tan puro e inocente y a mi último amor, que será el que me recuerde cómo se siente. 

sábado, 2 de marzo de 2013

Sol frío




Mis ojos… los abro. Un poco entrecerrándolos, un poco queriendo volver a soñar. Pero me obligo y dejo entrar al sol mortecino entre mis pestañas. El frío cala mi piel y recuerdo que he olvidado traer un abrigo. Nunca previniendo, nunca pensando que al despertar haría frío y que mi piel se enchinaría a mi pesar. Mis manos ciegas me obligan a levantarme y ese dorado helado que veo distante por las persianas me invita a seguirlo. Salgo a la calle. Salgo con el cabello sin peinar y mi cuerpo sin lavar, pero es la urgencia de ir y buscar. Necesito encontrar. Camino sabiendo que necesito avanzar y sin la menor idea de dónde iré a parar. Pasan a un lado y otro, mujeres sumidas en abrigos que tapan hasta sus talones con niños que jalan con prisa y detrás. Y hombres, hombres viejos que han perdido la luz en sus ojos y sólo piensan en el trabajo que pierden y quieren conservar. Pasan, unos volteando, otro queriendo mirar, pero sin detenerse a observar. Yo sólo puedo pensar en avanzar y me abro camino, no pensando en el frío que vendrá o en el cuarto de paredes blancas y estantes vacíos que estoy dejando detrás. El chico de los periódicos y la bicicleta pasa y por poco me arrolla. Estoy a punto de caer pero no lo hago. Unas manos pálidas y arrugadas me detienen. Volteo sólo para  ver al viejo de la boina alejarse murmurando y sobre mis labios bailan las letras del “gracias” que no va a escuchar. Tengo ganas de regresar al calor de las sábanas que acarician mi piel y me piden no volverme a marchar. Una puerta delante de mí se abre dejando escapar el calor de hogar que pensé estar buscando o quizás dejando sin pensar y lo acompañan olor a canela y café…mocka o negro. Sea el que sea me quiero quedar. Manos sobre el vidrio, mezcla de inocencia y ganas de escapar, mis ojos se detienen a mirar. El extraño de ojos chocolate y libro en mano me hace señas para que me vaya a sentar.  Y su boca dice palabras que por más que intento no logro escuchar y que quien sabe como calman parte de esa desconocida ansiedad. Y me veo sentada con una tasa entre mis manos y su abrigo sobre mis hombros, riendo de quien sabe que cosas de las que habla sin parar. Pone su mano sobre mi rodilla desnuda y veo el centelleo en su mirar que intenta desesperadamente sostenerme y no dejarme marchar. Mis manos caen a mis lados dejando a su paso su marca sobre el vidrio y el ensueño que inició queda colgando de los ojos de aquél extraño mientras me alejo y lo dejo, de nuevo, solo y con las letras que no le darán un beso antes de irse a acostar.  No me puedo quedar. Delante de esas pieles y ceños fruncidos hay algo más y busco como perro olfateando ese quien sabe qué que se a ratos se asoma de las manos del que me pide unas monedas y de la señora de las flores que suspira mientras las arregla sin saber si sus flores algo, algún día, irán a cambiar. Más allá del gris de esta ciudad, de sus prisas y las miradas de los que te ven sin idea de si te vieron o te imaginaron pasar, demasiado ocupados para pensar, demasiado entretenidos en los días que no volverán, el sol mortecino me invita a continuar, a no detenerme aunque tenga frío, aunque mis pies duelan y este cansada de no encontrar. Así, incitada por el sol frío que encandila mi mirar, le busco sin parar.