miércoles, 29 de agosto de 2012

Le tengo miedo a la noche


Últimamente le tengo miedo a la noche, tanto que apenas veo se empieza a meter el sol, jalo el listón que rodea a mis cortinas y deshago los moños para que cubran las ventanas. Inmediatamente voy hacia mi puerta y presiono el apagador para encender las luces. También enciendo la lámpara de mi escritorio en un intento por iluminar mi cuarto. ¿Te sorprenderías si te dijera que a pesar de eso a veces también prendo velas?
El sol comienza a descender y con él sus tonos dorados comienzan a desaparecer para dar lugar a una amplia gama de grises. El gris es como una enfermedad contagiosa. Poco a poco, va colándose por los poros en mi piel, primero en la superficie y poco a poco recorre cada recoveco hasta llegar al interior. Empiezo a sentir que me falta el aire y mi cabeza empieza a girar. Si pudieras verme, verías el movimiento rápido de mi pecho y como una ligera capa de sudor empieza a cubrir la superficie de mi piel. De todas las esquinas oscuras comienzan a salir fantasmas y monstruos de esos de los que temía cuando niña, pero que en realidad nunca llegué a ver…hasta ahora. Las ganas de correr se apoderan de mí. Al principio salía del cuarto, para huir. Después de las primeras veces me di cuenta de que salir no llevaba a nada. Aquellas figuras encapuchadas que hacían enchinar mi piel y a mi mente sucumbir, se habían colado en mí. Por las noches estoy como poseída. No importa a dónde corra, cuando llega la noche, encuentran la manera de colarse. No pasan rápidamente, en lugar pasean por mi interior conociendo cada parte y explorando cada fibra, cada nervio, se toman su tiempo para sentirse en casa y finalmente, cuando encuentran el lugar dónde pueden tomar una forma más real y comenzar a existir, se instalan. Se recuestan y comienzan a platicar. Tapo mis oídos y no puedo hacerlos callar. Susurran y ríen bajito.  A mí no me da risa, me da miedo. ¿Has escuchado el sonido del miedo? Es un sonido hueco. Después del miedo a veces llega coraje, otras llanto incontrolable, llega y no se va hasta tarde en la madrugada, cuando parece que los demonios se cansan, pero no me sueltan, me dejan paralizada y ya no siento nada. Ya nada provoca la sensación de asfixia, pero tampoco la quita.  Aveces quiero tanto que llegue ese momento de la noche porque es un alivio no sentir nada, aveces lo aborrezco por desearlo tanto. En algún momento y sin darme cuenta, caigo rendida y me sumo en una especie de estupor que juega conmigo, de una u otra manera me atormenta. Trae o se lleva a los monstruos, de igual manera, al despertar, no olvido lo que fue un sueño y que sólo es cuestión de horas hasta verlos regresar. Comienza a salir el sol y mi respiración se vuelve ligera, la inminencia de la noche se aleja y casi dejo que los rayos del sol se filtren por mi piel. La tarde pasa, la vida de nuevo empieza y justo cuando estoy por olvidarlo, la noche regresa.

domingo, 19 de agosto de 2012

Bajo la luna


La luna resbala por mi espalda desnuda mientras el agua comienza a meterse en mi ombligo. Mis manos tocan la superficie del agua y las puntas de mi cabello, ya mojadas contra mi piel, hacen que se enchine y que la sensación llegue hasta mis pezones. Volteo hacia la orilla consciente de que me observas. Tengo cuidado de no voltear por completo. En la orilla y con los pies en el agua, me ves. Tu piel se ve plateada a la luz de la luna. Creo ver tus labios en una línea rígida y el conflicto que se pinta en tu cara. Entre mis cabellos dejo que se asome una sonrisa traviesa. No, aún no se acaba. Me alejo unos pasos más de la orilla y puedo escuchar que das unos pasos apresurados detrás de mí. No me lo dices, de hecho no dices nada, pero sé que estás pensando en aquella tarde cuando te dije que no sabía nadar. El agua ahora llega a mis costillas. Me agacho y dejo caer la cabeza hacia atrás para que mi cabello se moje. Permaneces inmóvil, observando. Volteo a verte. Ahora el agua cubre mis pechos. Tu mandíbula está rígida, al igual que los músculos de tu cuello y de tus brazos. Busco tu mirada y dejo que se clave en la mía. En un instante siento como me atraviesa y llega tan profundo, que a pesar de que el agua no es fría, la siento casi helada. Me dan ganas de esconderme y me agacho hasta que sólo se ve el blanco de mis ojos contra mi piel morena. Pienso en llegar hasta el fondo del mar. Tú lo notas y corres hasta que el agua llega a tus muslos. Puedo ver por tus puños cerrados que sigues luchando, pero de tu cara se ha desvanecido el coraje y sólo queda tu ceño fruncido con angustia y dolor. No, no voy a llegar hasta el fondo. Suspiro de alivio. Sé que vas a llegar antes de que toque el fondo. Entonces, sin despegar mi mirada de la tuya, avanzo hacia atrás muy lentamente, un paso, luego otro. Mi pie resbala y ya no hay dónde apoyarme, intento patalear, pero sólo me hundo más. Entonces dejo de tratar. El agua empieza a entrar por mis pulmones, pero no me altero. Sé que en cualquier momento llegarás.   



domingo, 12 de agosto de 2012

Nuestra mañana


Se nos hace tarde. Corro al baño por mi labial y casi automáticamente me pinto los labios, juntándolos luego para que se vea bien. Por el espejo empañado del baño veo que te abotonas tu camisa blanca. Tu cabello desordenado por poco logra dibujar la sombra de una sonrisa que se desvanece antes de empezar cuando sales de la habitación. En la habitación tomo mis zapatos y sentada sobre la cama los abrocho. Desde la sala y con una tasa de café en la mano, me ves. Sorbes y por un momento te detienes a ver como mis manos luchan con el pasador de los tacones. Una leve sonrisa se dibuja en tus labios, tu celular suena y te alejas a la ventana a contestarlo sin dejarme ver la sonrisa que no tocó tus ojos. Mis tacones resuenan por el piso de madera mientras voy de un lugar a otro en la cocina. Me ves y me saludas con un gesto como disculpándote. Te regreso un reflejo de tu saludo. Preparo un lunch para ambos mientras tú continuas tu llamada. De vez en cuando volteo a verte desde detrás de la barra, estás muy concentrado. Llevas puesto el suéter que te regalé la Navidad pasada. Sin darme cuenta llevo mi mano a mi cuello al dije que cuelga de él. Cuelgas el teléfono y tomas tu maletín. ¿Lista? Preguntas y yo asiento, como hace tiempo hago. Cierras la puerta detrás de mí y al final del corredor, esperamos el elevador en silencio. Hemos llegado al carro. Estoy a punto de abrir mi puerta cuando te interpones en mi camino. Niegas con la cabeza mientras sonríes y entonces abres mi puerta. Entro al coche. Dentro pones nuestro “Álbum de Carretera”, aquel del viaje que no planeamos. Intercambiamos miradas como sabiendo y después las alejamos como sin saber. El camino al trabajo es en su mayoría Damien Rice, Bobby Flynn, Kings of Convenience y otra canción que ya no recuerdo, seguida de silencios. Me preguntas si terminé el reporte y te pregunto por tu siguiente guardia, inmediatamente deseando no haberlo hecho, por saber que esta noche no dormirás en casa. Te detienes frente a las puertas giratorias. Nos damos un beso rápido, casi furtivo. Esta vez es el valet quien abre la puerta y salgo del carro. Volteo y nos vemos una vez más. La luz cambia, aceleras. Yo me fundo con la multitud que se amontona por las puertas giratorias.