¡Awww! –Bosteza- una treinta y seis, pensé que sería más temprano. Sólo cinco horas más de sueño, no quiero. No debí desvelarme – cada noche se repite lo mismo pero no puede evitarlo- ¿Dónde dejé mi pijama? Hoy hará frío – Abre el primer cajón, luego el segundo y revuelve, suspira con enfado, después de voltear a su alrededor, levanta las manos con alivio y va hacia la silla junto a su cama. Jala por encima de su cabeza el suéter, la blusa, ambos encuentran el piso, sus manos desabrochan sin problema el botón de sus jeans que rápidamente resbalan por sus piernas. Tirita de frío. El brassiere la libera y queda colgando de un extremo de la cabecera. El algodón de la pijama la envuelve. Va hacia su cama. – Buenas noches Tito. – Se persigna y de un jalón destiende la cama. Se mete de un brinco y cubre hasta la nariz con el edredón. Frota sus pies, están fríos, no la dejan dormir. Los ojos le pesan y piensa en… - la luz- olvidó apagar la luz de noche. Hace demasiado frío para que se levante y su mente ya está abandonando su cuerpo. Los párpados le pesan, su respiración se vuelve lenta, lenta, más lenta aún…
El camino es largo y por ambos lados se extienden campos llenos de flores y árboles, el viento es suave y trae el olor del verano consigo- ¿Dónde queda el castillo?- Rodeado de un lago, a su izquierda aparece un castillo que antes no estaba ahí. Las torres son enormes y las luces de las ventanas se reflejan en el agua. Ahora es de noche. En el cielo hay una estrella. – Mi estrella- sonríe –Mi luna- dice una voz que reconoce y a la que al mismo tiempo no puede atribuirle un rostro. Unos dedos se deslizan entre los suyos y aprietan su mano. Ella responde con otro apretón. Tropieza con una banqueta y el mesero por poco tira el café por su culpa. Las luces son muchas. Los ojos le encandilan. El saxofonista toca una pieza de… ¿jazz? La tela del vestido rojo se enreda en la enredadera del barandal. Tiene prisa, no sabe a dónde va, pero debe llegar rápido. Cruza la calle y se detiene con el pitido de un carro, casi choca contra él. ¿Quién era ella? Piensa para sus adentros. En los vidrios de un carro estacionado ve un reflejo... En un largo vestido rojo está una persona que conoce, se ve hermosa ¿es ella? Su cabello solía ser café, ahora es negro. El viento sopla fuerte y tierra le entra en los ojos. No puede ver nada y está adentro de un remolino. La mano ¿dónde está la mano? El corazón le late deprisa y siente que está cayendo. En su cuarto, su cuerpo se exalta y suelta un suspiro. Ya no gira. En el restaurante el mismo saxofonista toca y ella espera sentada en una mesa. El reloj en su muñeca cae al suelo, lo recoge, su pelo le cubre la cara. Lo ve y las manecillas no avanzan. Un mesero susurra algo pero no puede entender, sirve champagne en una copa. – Oui, s’il vous plait Monsieur – dice ella, sin saber exactamente a que contesta o de donde ha salido eso. Desde su mesa, las luces de la ciudad se ven espectaculares. Una copa se rompe. El olor del cigarro le cala y hace que su cabeza gire. – Il á arrivé Madmoiselle- Comprende que el mesero se refiere a que él ha llegado, el pánico la toma presa, no recuerda quién es él. En el campo está tirada entre las flores y de pronto ha armado un ramo, no viste nada. Las plantas le hacen cosquillas. Ahora está de regreso en aquel restaurante. Camina rumbo a la terraza, él tiene un cigarrillo en la mano. –Te estaba esperando- escucha, ella lleva su mano, que está cubierta de un guante, a su boca, para verificar si el sonido ha salido de ella. No, su boca está cerrada. Frente a ella un hombre en un traje, alto, de piel morena y ojos cafés da un paso hacia adelante. No, sus ojos no son sólo cafés, son cafés oscuro si los miras en la sombra, miel si los miras con la luz y si es muy intensa, cerca del centro cobran un tono verdoso. Su cabello despeinado se le antoja e intuitivamente da un paso hacia adelante, conoce a ese extraño, no debía ser un extraño. Quiere decir su nombre pero los sonidos no salen de su boca. La mirada de miel ahora parece de fuego. Un lugar cálido en el frío de la torre. Las puntas de sus dedos se encuentran. Dentro una nueva pieza de música comienza a sonar, cada vez más fuerte, fuerte, más fuerte…
La luz empieza a colarse entre sus párpados, todo a su alrededor comienza a desvanecer…
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