Cinco cuarenta y tres, las manecillas dejan de girar. Los reclamos de los relámpagos y las voces de la lluvia se unen para entrar por el balcón, sus cuerpos proyectan una sombra y tapan la luz del sol. Las calles se vacían...escenario de melancolía. Pero dentro ya no se distingue si es de noche o de día, si ha pasado un año o un día. La intensidad de la luz varía, la emoción cambia con cada mirada, cada caricia, interminables como si fuesen ficticias. Y si cierro los ojos ahora, me vuelvo a esas llamadas horas, donde el mundo deja de ser mundo y donde mi sueño ya no es sueño, sino eterna fantasía.
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