Cinco cuarenta y tres, las manecillas dejan de girar. Los reclamos de los relámpagos y las voces de la lluvia se unen para entrar por el balcón, sus cuerpos proyectan una sombra y tapan la luz del sol. Las calles se vacían...escenario de melancolía. Pero dentro ya no se distingue si es de noche o de día, si ha pasado un año o un día. La intensidad de la luz varía, la emoción cambia con cada mirada, cada caricia, interminables como si fuesen ficticias. Y si cierro los ojos ahora, me vuelvo a esas llamadas horas, donde el mundo deja de ser mundo y donde mi sueño ya no es sueño, sino eterna fantasía.
"Do not go where the path may lead, go instead where there is no path and leave a trail." Ralph Waldo Emerson
miércoles, 27 de julio de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
De madrugada
¡Awww! –Bosteza- una treinta y seis, pensé que sería más temprano. Sólo cinco horas más de sueño, no quiero. No debí desvelarme – cada noche se repite lo mismo pero no puede evitarlo- ¿Dónde dejé mi pijama? Hoy hará frío – Abre el primer cajón, luego el segundo y revuelve, suspira con enfado, después de voltear a su alrededor, levanta las manos con alivio y va hacia la silla junto a su cama. Jala por encima de su cabeza el suéter, la blusa, ambos encuentran el piso, sus manos desabrochan sin problema el botón de sus jeans que rápidamente resbalan por sus piernas. Tirita de frío. El brassiere la libera y queda colgando de un extremo de la cabecera. El algodón de la pijama la envuelve. Va hacia su cama. – Buenas noches Tito. – Se persigna y de un jalón destiende la cama. Se mete de un brinco y cubre hasta la nariz con el edredón. Frota sus pies, están fríos, no la dejan dormir. Los ojos le pesan y piensa en… - la luz- olvidó apagar la luz de noche. Hace demasiado frío para que se levante y su mente ya está abandonando su cuerpo. Los párpados le pesan, su respiración se vuelve lenta, lenta, más lenta aún…
El camino es largo y por ambos lados se extienden campos llenos de flores y árboles, el viento es suave y trae el olor del verano consigo- ¿Dónde queda el castillo?- Rodeado de un lago, a su izquierda aparece un castillo que antes no estaba ahí. Las torres son enormes y las luces de las ventanas se reflejan en el agua. Ahora es de noche. En el cielo hay una estrella. – Mi estrella- sonríe –Mi luna- dice una voz que reconoce y a la que al mismo tiempo no puede atribuirle un rostro. Unos dedos se deslizan entre los suyos y aprietan su mano. Ella responde con otro apretón. Tropieza con una banqueta y el mesero por poco tira el café por su culpa. Las luces son muchas. Los ojos le encandilan. El saxofonista toca una pieza de… ¿jazz? La tela del vestido rojo se enreda en la enredadera del barandal. Tiene prisa, no sabe a dónde va, pero debe llegar rápido. Cruza la calle y se detiene con el pitido de un carro, casi choca contra él. ¿Quién era ella? Piensa para sus adentros. En los vidrios de un carro estacionado ve un reflejo... En un largo vestido rojo está una persona que conoce, se ve hermosa ¿es ella? Su cabello solía ser café, ahora es negro. El viento sopla fuerte y tierra le entra en los ojos. No puede ver nada y está adentro de un remolino. La mano ¿dónde está la mano? El corazón le late deprisa y siente que está cayendo. En su cuarto, su cuerpo se exalta y suelta un suspiro. Ya no gira. En el restaurante el mismo saxofonista toca y ella espera sentada en una mesa. El reloj en su muñeca cae al suelo, lo recoge, su pelo le cubre la cara. Lo ve y las manecillas no avanzan. Un mesero susurra algo pero no puede entender, sirve champagne en una copa. – Oui, s’il vous plait Monsieur – dice ella, sin saber exactamente a que contesta o de donde ha salido eso. Desde su mesa, las luces de la ciudad se ven espectaculares. Una copa se rompe. El olor del cigarro le cala y hace que su cabeza gire. – Il á arrivé Madmoiselle- Comprende que el mesero se refiere a que él ha llegado, el pánico la toma presa, no recuerda quién es él. En el campo está tirada entre las flores y de pronto ha armado un ramo, no viste nada. Las plantas le hacen cosquillas. Ahora está de regreso en aquel restaurante. Camina rumbo a la terraza, él tiene un cigarrillo en la mano. –Te estaba esperando- escucha, ella lleva su mano, que está cubierta de un guante, a su boca, para verificar si el sonido ha salido de ella. No, su boca está cerrada. Frente a ella un hombre en un traje, alto, de piel morena y ojos cafés da un paso hacia adelante. No, sus ojos no son sólo cafés, son cafés oscuro si los miras en la sombra, miel si los miras con la luz y si es muy intensa, cerca del centro cobran un tono verdoso. Su cabello despeinado se le antoja e intuitivamente da un paso hacia adelante, conoce a ese extraño, no debía ser un extraño. Quiere decir su nombre pero los sonidos no salen de su boca. La mirada de miel ahora parece de fuego. Un lugar cálido en el frío de la torre. Las puntas de sus dedos se encuentran. Dentro una nueva pieza de música comienza a sonar, cada vez más fuerte, fuerte, más fuerte…
La luz empieza a colarse entre sus párpados, todo a su alrededor comienza a desvanecer…
domingo, 3 de julio de 2011
Con los ojos abiertos
Eso que piensas en el fondo, eso que no quieres creer y que te empeñas en bloquear, eso es verdad. No te gusta, quieres que sea diferente, pero eso no cambia como es. Las letras están frente a ti, no trates de desordenarlas, así como las lees, así son. No cierres los ojos, ábrelos...al fin y al cabo, pienses lo que pienses nada cambia, el mensaje es uno y está claro.
sábado, 2 de julio de 2011
El problema de crecer
Así lo pienso yo, eres libre de verlo de otra manera, si sí, porfavor...quiero saber.
Finalmente tienes dieciocho años, seamos realistas, es raro que a esta edad finalmente seas la madurez de la que todos hablaron. Hoy en día, las nuevas generaciones, tenemos más miedo de ser “adultos”, como los “adultos” que conocemos y por lo tanto tus dieciocho años pueden llegar a ser todo menos maduros. No quiero llamarlos infantiles, porque no es lo que creo que sean. Yo lo definiría como un temor a olvidar la diversión y por tanto un afán a aferrarnos a nuestro niño interior. Lo sé, es un cliché, pero es lo más cercano a como lo veo. Por tanto lo voy a denominar como Regresión. En esta regresión la madurez y las decisiones inteligentes pasan a segundo plano y la etapa es dominada por rebeldía y ganas de hacer todo lo que no deberías como un adulto joven. Solemos ser rebeldes, egoístas y también algo egocéntricos. Finalmente todo se trata acerca de uno mismo y lo que uno quiere. Llevado al extremo esta etapa es muy, pero muy peligrosa, pero si pudiera controlarse y quedarse en términos medios no estaría tan mal. El problema es que eventualmente después de algún tiempo, un año, quizás dos, termina y lo hace igual de radicalmente como empezó. Resalto la palabra eventualmente porque tarde o temprano les pasa a todos.
La locura pasó y has crecido, eres una persona “madura” y un adulto ejemplar. Felicidades, lo lograste.
Lo sé, lo sé, desde antes de empezar puedo anticipar que muchos de los que me conocen van a refutar que estoy en contra de los adultos más cercanos a mí, traducción: de mis papás. Bueno, les tengo una noticia, eso no es del todo cierto. –Risas- Empezando porque cada vez me sorprendo más (y gratamente) de ver que mis papás están lejos de ser los adultos que los creía. (¿Cómo explicar que a veces soy yo la que les pide que se comporten?) Qué dirían si confieso que el origen de esta entrada de mi blog eres tú, soy yo…los adultos más cercanos que conozco.
Veamos, el problema de cumplir años no es el número en sí, es lo que representa ese número y lo que quienes nos rodean y nosotros mismos, esperamos de nosotros al cumplir cierta edad.
Yo resumo el problema de crecer de esta manera:
1. Cambio o reducción de sueños
2. Dificultad de imaginación
3. Entumecimiento emocional
4. Miedo a desafiar al sistema
5. Consciencia de la realidad del mundo
6. Formar parte del sistema (MUY IMPORTANTE)
Considero que los puntos anteriores están más que claros y no ha de costar demasiado trabajo el entenderlos, pero en vista de que mis planes para la tarde se cancelaron por la lluvia, voy a seguir ¿Igual y algo bueno puede salir no crees?
Cuando hablo de los sueños es sencillo. De pequeña yo quería ser espía. Pregúntame que voy a ser ahora…exacto, todo menos eso. Estoy de acuerdo que cuando somos pequeños queremos hacer muchas cosas que quizás en verdad, por ahora, son imposibles, como nadar hasta el fondo del océano sin usar un tanque de oxígeno y únicamente vistiendo un bikini, pero no todos los sueños son así de imposibles. A lo que me refiero es que cambiamos ser una estrella de Hollywood por un trabajo detrás de un escritorio. No habría problema en trabajar detrás de un escritorio si eso es lo que quisiéramos más que nada en el mundo, el problema es cuando decimos “es realmente difícil ser la mejor bailarina…mmm…ser abogado no suena mal” e inconscientemente empezamos a autoconvencernos de que nos encantaría ser abogados, porque es más “real” y factible llegar a ser abogado a una bailarina destacada a nivel mundial. Es triste. Los sueños cambian por ser muy difíciles, como querer ser astronauta, por falta de recursos o porque nos meten en la cabezota esa ridícula idea de que es muy difícil salir adelante con esa carrera y que moriremos de hambre porque muy pocos lo logran. Y así, olvidamos los sueños y los cambiamos por uno que pueda ofrecer un cheque al final de mes con muchos ceros antes del punto, o los convertimos en hobbie…uno que con el paso de los años se olvida y queda sólo para creer que un día sí hicimos lo que quisimos, queda como consuelo. Si nos falta dinero para lograrlo, llega el segundo problema, dificultad de imaginación. No sabemos qué hacer, no tenemos la menor idea, y por eso dejamos la escuela, porque no se nos ocurre ninguna forma de juntar dinero para llegar a donde queríamos. El problema de la falta de imaginación no se reduce exclusivamente a términos económicos, va más allá. Somos jóvenes, estamos de vacaciones y estamos aburridos. Y si no estamos aburridos nos reunimos para comer y tomar y más tarde reír. ¿Por qué tomamos? Que poca imaginación tenemos…Y si en lugar organizáramos una pequeña película, un cortometraje por ejemplo, sólo por diversión. Un intento por encontrar los talentos ocultos de cada quien…pero nos sentimos ridículos actuando porque sí. Y cuando vamos a ver una película muy fantástica pasa una de dos cosas, o salimos fascinados porque aunque no lo admitamos nos lleva a los juegos de cuando teníamos ocho años y a todas esas historias que nos encantaban, o salimos diciendo que fue un “choro” porque ya no podemos disfrutar el dejar vagar a nuestra mente libre un rato sin un fin más allá del simple afán de hacerlo. ¿Por qué no inventar nuestra propia manera de decir te quiero? ¿Porqué esperar a hacer cartas en San Valentín nada más? Hacer cartas solía ser divertido y hacerlo sin necesidad de una ocasión en especial aún más.
Ahora, el entumecimiento emocional proviene de varios lugares. El primero es que crecemos, abrimos los ojos y vemos lo que pasa a gente a nuestro alrededor, cosas que nos pasan a nosotros mismos y tenemos miedo. Miedo a querer a alguien, miedo a confiar, a decir lo que en verdad sentimos y que no seamos correspondidos, o a entregar algo valioso y que no lo cuiden, miedo a la decepción, al dolor de cuando algo se acaba, miedo por saber que pocas cosas son para siempre. Cuando éramos pequeños podíamos confesarle nuestro amor al vecino, decíamos te quiero cuando en verdad lo sentíamos y no nos lo guardábamos para luego, cuando creyéramos que sería mejor momento. Si veíamos un corazón roto, íbamos a tratar de pegarlo o si a nosotros nos lo rompían, buscábamos a la persona que podía pegarlo sin pensar en el orgullo que tendríamos que dejar a un lado. Siempre había tiempo para una carta o para compartir una paleta y sacar una sonrisa. Nada era dejado para luego, nada era empañado por pensar en qué pensaría determinada persona si en ese momento le decías un te quiero o si ibas y le dabas un abrazo. Conforme hemos vivido, hemos construido muros a nuestro alrededor y no significa necesariamente que hemos dejado de sentir, sólo que quizás, en algunos casos, hemos escogido fingir que no sentimos, y fingimos tan bien que llegamos a creer real nuestra propia actuación. Más tarde fingir se vuelve lo normal y lo extendemos a nuestros padres, a nuestros hermanos. Y desperdiciamos oportunidades de estar con ellos y de demostrarles que son importantes en nuestras vidas sólo por creer que nosotros no somos de ese estilo.
Otro de los síntomas es que, como poco a poco nos hemos conformado como personas que los demás admiran y consideran maduras, vamos perdiendo ese impulso que una vez nos caracterizó y comenzamos a temer el rompimiento de las reglas. Por romper las reglas no me refiero necesariamente a hacer cosas que nos pongan en riesgo, sino a pequeños detalles. Ya no vestimos como antes, reemplazamos nuestro guardarropa por ropa más elegante, sacos, corbata, faldas y tacones, frecuentamos a nuestras amistades cuando hemos cumplido con todas nuestras obligaciones (tareas, trabajo, quehaceres) cuando queda tiempo, demostramos afecto pero justo el necesario, no muy poco para que no lo malinterpreten, incluso puede ser llegar a ser falso, pero tampoco demasiado por mucho que queramos hacerlo porque ¿cómo lo tomarían? Ahora pensamos ¿Para qué cuestionar todo lo que debemos hacer si yo estoy bien así? Dejemos eso a los rebeldes e inconformistas. Cierto, cuando estamos bien no queremos cuestionar nada. Lo que debemos preguntarnos es si este estado es porque en verdad es lo mejor para nosotros o si hemos llegado a nuestro sitio de confort y lo más sencillo es permanecer en él. A esto es a lo que yo llamo miedo a desafiar al sistema, eso o te has dado por vencido.
Y en cuanto a la realidad del mundo, no significa que esté mal estar informado de lo que sucede en el mundo, al contrario. Sin embargo creo que al estar consciente de nuestra realidad no debemos POR NADA quitar uno de nuestros pies de ese lugar mágico que existe en nuestras mentes donde todo es posible y todo tiene una solución, de lo contrario corremos el grave riesgo de darnos por vencidos. Nos volveríamos negativos y olvidaríamos las ganas de luchar. Si eres de los sensibles, podrías deprimirte por ver a tu mundo como es hoy. O quizás comenzarías a creer como la mayoría, que esto no tiene solución y que lo único que tienes que hacer es ver por tu beneficio personal. ¡De niño querías cambiar el mundo! No lo olvides…
Y una vez que todos los cambios anteriores se han dado dentro de ti, sucede lo inevitable, te vuelves parte del sistema y eso, es a lo que más deberíamos temerle. Quizás esto último no es uno de los puntos que contribuye al problema, sino la consecuencia, el problema en sí, el GRAN PROBLEMA. Creo que todo lo anterior es lo que anuncia la llegada del gran problema de crecer, convertirte en uno más de los que forman parte del sistema.
Cuando menos te das cuenta, trabajas en algo que no es tan increíble como pensaste, pero te ayuda a pagar la renta de tu casa, así que está bien y si aún no trabajas, sabes que tu carrera te dará dinero para comprarte todo lo que quieres y eso para ti es suficiente. Tu tiempo libre lo empleas en ver futbol, novelas que atrofian tu cerebro o en las tan famosas redes sociales que hacen que vivas una vida virtual en lugar de una real, haciendo difícil la convivencia en persona y reduciendo las capacidades para interactuar en el mundo real. No dices te quiero, mucho menos te amo. No tomas riesgos, no te esfuerzas por nadie, sólo importas tú, al final sólo tú. Ahora haces exactamente lo mismo todos los días, con ligeras variaciones en tus días de descanso y pronto, cuando empieces a trabajar y seas mayor, pagarás la renta de tu casa, la luz, el internet, teléfono, gas, el telcel, el nextel, la comida del jefe, el regalo del socio y pronto se te habrá olvidado lo que en verdad importa. Y para colmo, serás una persona que en las comidas, en lugar de hablar de eventos alegres, hablarás del narcotráfico, de la inseguridad, de los políticos corruptos y no te darás cuenta de que eres culpable por no hacer nada. Habrás olvidado vivir.
Ése, es el problema de crecer.
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