El motor del carro tembló cuando se inició la marcha. Maletas en la cajuela y una última mirada a la casa de dos aguas en la que vivió los pasados dieciocho años de su vida. Las gotas de lluvia que se habían precipitado sobre su cara instantes antes no hacían más que añadirle melancolía a la escena. La casa del porche quedaría por siempre grabada en su memoria, pero ahora sólo sería eso, una memoria. Conforme el Impala 83, que le había dejado su padre, avanzaba por el viejo camino que llevaba a la carretera, sus ojos se volvieron la pantalla de una película a tintes sepias. La película de su vida. En el parabrisas bailaban las gotas de lluvia. La danza era aquella de una tribu frenética implorando un milagro. Las imágenes se deslizaron sin ningún esfuerzo. La reja del prado de maíz se convirtió en la tabla de una equilibrista, el riachuelo que corría por el bosque en un enorme mar lleno de marineros donde ella dejaba de ser la niña huérfana y se transformaba en la Pirata Morgan. Más tarde el riachuelo se convirtió en su secreto aquella noche que fueron a nadar desnudos pensando inocentemente que sólo era un juego… y las sombras de los árboles de maple trajeron consigo la imagen de tardes de risa y los picnics en el verano caluroso. A su izquierda cruzó la vieja mansión abandonada de los Rodneys y le pareció escuchar la risa de dos chicos jóvenes que se aventuraban a retarse entre los pasillos llenos de fantasmas. Creyó ver un Mustang rojo con una chica de cabello oscuro y al joven de cabello castaño desordenado, que tan bien conocía, dirigiéndose al mirador con una botella de licor que habían robado del gabinete de su padre. Le costó regresar y darse cuenta de que ahora todo era recuerdos. El chico del cabello desordenado no volvería a manejar su Mustang y ella no robaría más licor del gabinete de su padre. Se detuvo frente a una reja oscura que guardaba el último recuerdo de todos aquellos a los que una vez amó. A pesar de la lluvia podía distinguir sus formas entre los árboles. Ya no quedaba nada de lo que una vez fue. Ahora sólo contaba con el viejo y destartalado Impala, un par de maletas en la cajuela, una dirección garabateada en una servilleta y el baúl que hacía años había pertenecido a su madre. Ahogó un suspiro al comprender que ahora era su turno de ser fuerte, tenía que serlo por lo último que le quedaba en la vida y que plácidamente dormía en su vientre. Entonces puso el motor en marcha, piso el acelerador y juró no volver a mirar atrás.
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