por Aniluap
Cerró la computadora y suspiró. ¿Qué podía hacer? Su mundo se tambaleó. Nada. La infinidad de ideas de lo que quizás algún día podría ser parecía tan efímera como el agua que se escapa entre las manos sin poder evitarlo. Sintió un mareó tan intenso que corrió al baño, y se postró junto al retrete, sólo saliva salió de su boca. Se miró en el espejo ¿cuántas veces no se había visto en ese espejo sin verse realmente? Había imaginado que algún día habría canas blancas en lugar del hermoso cabello negro que ahora resbalaba por su espalda, y ese sentimiento de fatalidad y melancolía que tantas veces la había asaltado regresó. Tal vez aquella imagen sólo existiría en su mente. Un nuevo mareo surgió en el fondo de su cabeza, pero esta vez pudo controlarlo. Se bajó los pantalones y miró la parte interna de sus muslos. Tenía la esperanza de que las marcas ya hubieran desaparecido, que hubieran sido sólo un mal sueño, pero ahí estaban, pequeñas manchas de sangre del tamaño de la cabeza de un alfiler, corrían por toda la parte interna de sus muslos y por el lado derecho de su abdomen. Empezaba a notar nuevas manchas apenas perceptibles en sus pantorrillas y en los dobleces de sus brazos. Papá había dicho que se llamaban “petequias”. Recordó, como viviéndolo de nuevo, sus risas cuando le mostraba a Mamá lo que parecían pequeños chupetones. Aquella risa provenía de la ignorancia. Recordó la cara de Papá cuando le mostró por pura curiosidad aquellas manchitas. Su cara no era de risa. Sintió un nudo en el estomago al ver la transformación en el rostro de Papá que también era médico. -¿Qué son?- Preguntó ella. -Petequias- anunció con su tono característico de cuando trataba de algo serio. –Mañana te haremos unos estudios, por ahora no quiero que hagas ningún tipo de esfuerzo.- El tono ligero que había invadido al cuarto unos instantes antes se había congelado. Mamá miró a Papá pero no hizo ninguna pregunta. El plan para la tarde seguía en pie, ella acompañaría a sus papás y hermanos a comer. En el carro las bromas comenzaron a surgir y ella muy animadamente se unió, Papá estaba serio, pero nadie hizo caso, era normal que él se perdiera en sus meditaciones. Ella quería traerlo de regreso al carro, así que preguntó -¿Cómo dijiste que se llama lo que tengo?- Unos instantes después él reaccionó.- Petequias ¿Por qué nena?- Pienso buscar en internet que son- Contestó ella sin darle mayor importancia. – No quiero que lo hagas, prométeme que no lo vas a hacer.- Insistió mirándola severamente por el retrovisor. – Lo prometo-. Dieron la conversación por concluida y la tarde retomó su curso.
Cerró la computadora y suspiró. ¿Qué podía hacer? Su mundo se tambaleó. Nada. La infinidad de ideas de lo que quizás algún día podría ser parecía tan efímera como el agua que se escapa entre las manos sin poder evitarlo. Sintió un mareó tan intenso que corrió al baño, y se postró junto al retrete, sólo saliva salió de su boca. Se miró en el espejo ¿cuántas veces no se había visto en ese espejo sin verse realmente? Había imaginado que algún día habría canas blancas en lugar del hermoso cabello negro que ahora resbalaba por su espalda, y ese sentimiento de fatalidad y melancolía que tantas veces la había asaltado regresó. Tal vez aquella imagen sólo existiría en su mente. Un nuevo mareo surgió en el fondo de su cabeza, pero esta vez pudo controlarlo. Se bajó los pantalones y miró la parte interna de sus muslos. Tenía la esperanza de que las marcas ya hubieran desaparecido, que hubieran sido sólo un mal sueño, pero ahí estaban, pequeñas manchas de sangre del tamaño de la cabeza de un alfiler, corrían por toda la parte interna de sus muslos y por el lado derecho de su abdomen. Empezaba a notar nuevas manchas apenas perceptibles en sus pantorrillas y en los dobleces de sus brazos. Papá había dicho que se llamaban “petequias”. Recordó, como viviéndolo de nuevo, sus risas cuando le mostraba a Mamá lo que parecían pequeños chupetones. Aquella risa provenía de la ignorancia. Recordó la cara de Papá cuando le mostró por pura curiosidad aquellas manchitas. Su cara no era de risa. Sintió un nudo en el estomago al ver la transformación en el rostro de Papá que también era médico. -¿Qué son?- Preguntó ella. -Petequias- anunció con su tono característico de cuando trataba de algo serio. –Mañana te haremos unos estudios, por ahora no quiero que hagas ningún tipo de esfuerzo.- El tono ligero que había invadido al cuarto unos instantes antes se había congelado. Mamá miró a Papá pero no hizo ninguna pregunta. El plan para la tarde seguía en pie, ella acompañaría a sus papás y hermanos a comer. En el carro las bromas comenzaron a surgir y ella muy animadamente se unió, Papá estaba serio, pero nadie hizo caso, era normal que él se perdiera en sus meditaciones. Ella quería traerlo de regreso al carro, así que preguntó -¿Cómo dijiste que se llama lo que tengo?- Unos instantes después él reaccionó.- Petequias ¿Por qué nena?- Pienso buscar en internet que son- Contestó ella sin darle mayor importancia. – No quiero que lo hagas, prométeme que no lo vas a hacer.- Insistió mirándola severamente por el retrovisor. – Lo prometo-. Dieron la conversación por concluida y la tarde retomó su curso.
Ahora en aquel baño, frente a aquel espejo, todo tenía más sentido. La preocupación en el rostro de Papá, su silencio durante el camino. No sabía si estaba agradecida por su curiosidad o molesta por haber roto su promesa y haber investigado. Todo lo que aquello podía implicar, cáncer en la médula espinal, lupus, meningoencefalitis, leucemia o, en el menor de los casos, deficiencias que acabarían por cambiar su estilo de vida por siempre. No había podido presentirlo antes; ahora sabía que algo en ella estaba mal. Su cuerpo no funcionaba como debía. Debió suponerlo desde las otras veces que eso había pasado y los constantes derrames en sus ojos, hubiera podido evitarlo, pero no lo hizo.
Las lágrimas llenaron sus ojos pero inmediatamente las enjugó. Podía escuchar a Papá y Mamá hablando entre susurros al otro lado del pasillo, era algo que no querían que ella supiera. Se puso su pijama, y se acostó con la ventana abierta viendo las pocas estrellas que en su ciudad se veían. Una tras otra empezaron a desfilar imágenes por su mente. Ella con una mochila en la espalda, un tren, ella y la Torre Eiffel, ella en bata blanca, de nuevo ella…ahora en un escenario y con música, pudo verse manejando por la carretera aquel carro viejo que hacía tiempo había planeado comprar y remodelar, pensó en el viaje que tanto anhelaba y que por una u otra razón nunca había hecho, imaginó el día de su boda en escenarios tan diversos y en distintas circunstancias, un hospital y el llanto de un niño, de ahí su mente voló a la propuesta, raro, jamás había pensado en eso antes, pero esta vez se dejó llevar por su subconsciente, su mente viajó al fondo del mar y vio aquella vez en la que estuvo a punto de ahogarse, del agua emergió una luna y una noche llena de estrellas, una canción. El momento cambió tan bruscamente y la situó en una fiesta donde las luces se alternaban y la música sonaba a toda su capacidad, ahí se vio ella y lo vio a él, la gente miraba, ella no era la única viendo. La gente los miraba y ellos sólo bailaban, no se daban cuenta, reían, ella caía, él la atrapaba, y de nuevo bailaban, la noche se extendía eterna antes sus ojos. Había encontrado el camino a su pasado, como una ráfaga de viento vio aquel beso y en un instante una noche llena de caras amigables, amigos, familia, hablando, riendo, ya no sabía si lo que veía era real o mentira, sólo otro producto de su imaginación. Observó aquella noche en el puerto con los fuegos artificiales y la luna reflejándose en el agua, cuya imagen se distorsionaba sólo por el vaivén de las olas. Pudo sentir sobre su lengua el sabor a caramelo con nueces de la manzana que comió aquella tarde sin saber que quizá no volvería a probarla jamás. Unas ganas inmensas de estar en aquel lugar la asaltaron, mientras sus ojos repasaron minuto a minuto cada uno de los recuerdos de ese día. La mañana olor a lluvia, la caminata por el centro, la nota en la puerta a su regreso, su textura, las gaviotas volando por la orilla de la playa y el olor de la brisa del mar, la figura de él mientras esperaba sentado y la sonrisa que fugazmente apareció en su cara cuando sus ojos y los de ella se encontraron…pudo sentir todo hasta aquel estruendoso momento de los fuegos artificiales y todo lo que vino a suceder después. Sonrió al darse cuenta de que acababa de recordar al que posiblemente sería el mejor día de su vida. Suspiró deseando haber disfrutado más cada momento, deseo haber sido menos responsable y más locura. Algo mojó su mejilla, una lágrima. Se arrellano en su cama y se abrazó a un peluche que hacía tiempo había olvidado. Tenía miedo. Siempre había dado por hecho su vida y ahora que la veía amenazada no podía hacer más que desearla con todas sus fuerzas, con todo lo que había dentro de ella, con todo lo que ella era. Lucho por no cerrar los ojos y seguir entre sueños y recuerdos, el miedo la cobijó y el llanto apareció incontrolable. Intentó ser dueña de sí misma. A la mañana siguiente tendría los resultados de la biometría hemática. Cerró sus ojos y deseo que por siempre fuera hoy…después de todo, mañana sería el primer día del resto de su vida.
http://www.youtube.com/watch?v=UcXXpssBFVM
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