Te dibujo. Con el teléfono en una
mano, sin tratar de pensarte y sin estar consciente de hacerlo, trazo sobre una
servilleta líneas que poco a poco comienzan a parecerse a ti. Tomo un trago de
café. Del otro lado de la ventana frente a la que estoy sentada pasan, tomados
de la mano, con sombreros y bufandas, dos desconocidos que de alguna manera
reconozco. Hay algo de mí en ellos. También hay algo de ti.
Sonrío y por un momento pierdo el
hilo de la conversación. –Perdón ¿Qué dijiste?- pregunto y la voz del otro lado
del teléfono, que no es la tuya, se ríe conmigo y de mi. Y se confunde creyendo
que es otra de esa infinidad de distracciones de todos mis días. Sí, eres una
distracción y sí, de todos los días. Y mi secreto de asoma de la servilleta
blanca, por entre los círculos que comienzan a parecerse más y más a un par de
ojos que me siguen sin que pueda evitarlo y por la media luna, dibujada como un
niño lo haría, que se asemeja a tu sonrisa.
Afuera el viento revuelve a las hojas que se
han caído y yo me complazco en observar el frío que parece no tocarme ahora, no
tocarme jamás mientras me aferro al recuerdo de tu risa en ese mismo café por
primera vez. No puedo evitar sonreír. Entre una conversación de la que apenas
soy consciente y la pluma que se empeña en esbozar eso que yo me niego a decir,
pierdo la noción del tiempo. No sé si he esperado dos minutos o una hora,
cuando del otro lado de la banqueta, dentro de un abrigo un poco grande, te
veo.
Me despido con prisa y palabras
atropelladas y desde detrás de la ventana, agito una mano. Sonríes y te apresuras
a cruzar la calle. La puerta del café se abre y un viento frío arrasa con la
servilleta que cuidadosamente había doblado. La levanto y la meto en mi
chamarra. Tu cabello está despeinado y caminas hacia mí mientras te quitas los
guantes. Hay una punzada en mi estómago y calor en mis mejillas. Jamás he
tenido un secreto más feliz.